Alarme, n.º 25, julio-agosto-septiembre de 1984 (págs. 3-4). PDF del número completo · Texto original en francés

Unos nacionalistas vascos, miembros de la organización militar ETA, han sido extraditados por decisión del poder ejecutivo francés. Este acontecimiento ha permitido sobre todo a los demócratas de todo pelaje entregarse a su deporte favorito: la justa oratoria o escrita sobre lo bien fundado o la injusticia de tal o cual decisión. En este caso concreto: ¿ha traicionado o no Francia, tierra de asilo, su reputación? Las opiniones, incluso entre los «socialistas», están divididas. Y, sin embargo, nada verdaderamente fundamental las distingue.

En efecto, Francia no es «tierra de asilo» más que cuando el interés mezquino de su capital nacional o el interés del capitalismo internacional no está en peligro. Punto. Lo demás no es más que palabrería de facetas más o menos humanizantes. Recordemos brevemente algunos hechos.

Tras la guerra civil española (1936-1939) y la victoria obtenida por Franco gracias a los «antifascistas», representados principalmente por el stalinismo, fueron muchos los proletarios españoles que tuvieron que refugiarse en Francia. El poder democrático francés los acogió en campos de trabajo donde trabajaban como bestias sin que por ello se los alimentara en consecuencia. Dos o tres años más tarde, muchos se vieron obligados a alistarse en la Legión extranjera y luego en los maquis para escapar de la cárcel y de la expulsión. Los proletarios españoles que supieron, en condiciones difíciles, mantener una posición internacionalista fueron los primeros en sufrir sus consecuencias.

En los años 60, el Estado masacró a los argelinos en Francia, entregándose a la más repugnante represión, conocida con el nombre de ratonnades1.

Por último, para dar un ejemplo final, el Estado «socialista», como buen representante del capitalismo francés, humilla, controla y expulsa a los trabajadores inmigrados que momentáneamente ya no necesita en su carrera por el beneficio.

Si los vascos de ETA han sido extraditados es porque han cometido «crímenes de sangre», se nos dice. Pero ¿a quién se le puede hacer creer esta farsa, cuando durante muchos años, incluso bajo el poder de la «derecha», encontraban refugio y asistencia en Francia? Si hay extradición es en nombre de las «buenas relaciones capitalistas» entre Francia y España, en un momento en que el problema vasco empezaba a hinchar seriamente las narices a las autoridades españolas.

Por otra parte, los «crímenes de sangre» de la camarilla nacionalista vasca, por crapulosos que sean, no son nada en comparación con los que han perpetrado los Estados constituidos en el mundo: dos guerras mundiales, a las que se suman, desde el final de la segunda, las incesantes guerras sectoriales.

La guerrita entre ETA y los gobiernos de París y de Madrid es una guerrita entre tendencias de un mismo sistema de explotación que conlleva los «mismos crímenes de sangre». Desde un punto de vista anticapitalista, los nacionalistas, sean cuales sean, no representan peligro alguno. En ciertos casos no hacen más que estorbar los intereses de tal o cual capital nacional ligado a uno de los dos grandes imperialismos que se reparten el mundo. Pero la chusma nacionalista obstaculiza constantemente la lucha proletaria y la consciencia de clase.

Durante las luchas obreras de 1976 en Vitoria, capital de la provincia vasca de Álava, nadie pensaba en ETA y en su nacionalismo apestoso. Era una parte del proletariado internacional la que se sublevaba. Eso es lo que hace temblar realmente a todos los gobiernos/oposiciones del mundo entero.

De «izquierda» o de «derecha», totalitarios o demócratas, los Estados reprimen al proletariado (y ante todo a sus elementos más conscientes y decididos) cuando se manifiesta como fuerza antagónica.

En España, el nacionalismo vasco es una de las fuerzas que cerraron el paso a la radicalización de la lucha obrera en los años 70. Por eso, en cuanto organización revolucionaria, no nos solidarizamos con los extraditados vascos más que con los gobiernos de París y de Madrid. Unos y otros representan lo que más vomitamos: el capital, sus fronteras y sus Estados.

(Sobre ETA, recomendamos vivamente la lectura del artículo titulado «ETA, ¿de dónde viene y adónde va?», en Alarme n.º 7, marzo de 1980).

  1. Nombre que se dio en Francia a las cacerías y palizas racistas contra argelinos y magrebíes. (N. del T.) ↩