Alarme, n.º 25, julio-agosto-septiembre de 1984 (págs. 1-3). PDF del número completo · Texto original en francés

¡El proletariado es revolucionario o no es nada!

Editorial

El 43 % de abstención en las elecciones europeas ha demostrado plenamente que abstenerse no es nada y que luchar lo es todo. La diferencia está entre el escepticismo desengañado y el boicot, el cuestionamiento del aplastamiento «igualitario» de las clases. La democracia burguesa enmascara estas con el ciudadano, átomo social reproducido en un número de electores «todos iguales en derechos y deberes», que soporta más o menos alegremente su separación de su vida real, la cual consiste en padecer la producción y la reproducción cotidianas de este sistema basado en la compra y venta de la fuerza de trabajo.

La desorientación y la confusión son hoy los rasgos dominantes entre los proletarios, y significan la falta de orientación y de organización comunistas. Son el resultado de la confusión mayor, cuidadosamente mantenida por todas las fuerzas políticas, sobre la naturaleza proletaria del P«C» y del P«S». Su acción de gobierno pareció una traición a los siderúrgicos o a los metalúrgicos y provocó su cólera contra sus «defensores». Sin embargo, esa cólera no se organizó resueltamente contra el encuadramiento y los objetivos políticos y sindicales, y es precisamente la organización de los proletarios la que les permite guardar la memoria de sus actos y extraer su significado.

La fuerte abstención en medios obreros ha acelerado el declive del P«C», que ha optado por retirarse a la oposición para rehacerse una virginidad y que todavía hará sentir su fuerza mediante su amplificador sindical.

Sin embargo, el rasgo más notable de estos últimos meses es la intensificación del chovinismo y de la violencia contra los inmigrantes, pretexto de la violencia antiobrera. Ahí la extrema derecha moviliza todo lo más reaccionario que hay en la población, incluidos, y en primera fila, numerosos proletarios.

En efecto, ha sido el Frente Nacional el que ha recogido votos obreros (aunque estos se hayan abstenido sobre todo), y no los izquierdistas, cuya «táctica» electoralista ha fracasado. Ellos debían recoger, sin embargo, los votos de los «decepcionados de la izquierda»; la «gente humilde», ingrata, ha preferido a Jean-Marie antes que a Arlette1. En todo caso, aunque este supuesto ascenso del fascismo se desmontara mañana, no dejará por ello de haber cristalizado un estado de ánimo que sin duda sobrevivirá a sus estructuras.

Así, la derecha y la extrema derecha ejercen una presión cada vez más fuerte a favor de medidas cada vez más antiobreras, pujando por encima de la izquierda y del P«C». Este último, al apartarse del gobierno, se lame las heridas e intenta lentamente volver a la superficie como oposición leal dotada de una «personalidad» propia. Lo que se desprende de todo ello es que la vida política (salvo algunas excepciones, la situación francesa es significativa) está dominada por los aparatos capitalistas. El enfrentamiento no se juega entre proletariado y capital, sino entre Guignol y Gnafron2; a los proletarios se los apalea después de haberlos embobado.

La histeria nacionalista, plenamente realizada por el Frente Nacional, es el resultado de un largo proceso impuesto por la exacerbación de la competencia capitalista a escala mundial. Arranca de los «Produzcamos francés», «no queremos un Hong Kong a orillas del Sena» y otras golosinas excavadoras3 del P«C»F, para desembocar en el «los franceses primero, los inmigrantes fuera» del F.N. Todo ello cuidadosamente orquestado por los sucesivos gobiernos, sobre un fondo de histeria deportiva y de campañas (televisión, periódicos, radio, cine) sobre la «inseguridad» del ciudadano.

La defensa de la patria y de la nación adquiere un cariz casi tan exacerbado como para una guerra. Y se trata, en efecto, de una guerra económica en la que las guerras locales y la industria armamentística desempeñan ya un papel importantísimo, y cuyos gastos siguen pagando los sin reservas.

Como en todo conflicto entre fuerzas capitalistas, la política comunista es la del derrotismo revolucionario: ¡abajo la patria! ¡Abajo la Nación!

Debemos rechazar todo sacrificio: en tiempo de trabajo, en salario, en productividad, en presencia policial, etc. Debemos exigir menos trabajo y más paga, la disminución de la productividad, requisar las viviendas vacías (para empezar), incluir en el tiempo de trabajo el tiempo pasado en los transportes y en ponerse en regla con las autoridades. Debemos rechazar todo tipo de lucha y todo método que favorezca la división entre proletarios: aislamiento en una región, un país o una ciudad impidiendo el paso de los trenes, sabotaje de los productos «extranjeros», aumentos de salario en porcentaje, primas de todo tipo, luchas fábrica por fábrica, encierro en el lugar de trabajo, etc.

En lugar de eso, hay que desarrollar las acciones mediante piquetes de huelga volantes que apunten a la extensión del movimiento y a su popularización mediante la propaganda, la reapropiación de los productos de consumo y de los medios de producción, el llamamiento a la solidaridad en los países limítrofes, el rechazo de las negociaciones y de las soluciones que separan a los proletarios por sexos, razas, naciones, categorías...

Todas estas medidas definen, al pie de la letra o en su espíritu, una orientación que rompe con el marco, los medios y los fines sindicalistas y, por tanto, capitalistas.

El desconcierto entre los proletarios procede de que todos los que hablaban por ellos se desacreditan lentamente y de que se abre un vacío cada vez mayor entre los que hablan y los que padecen.

La organización por nuestros propios intereses, a saber, devolver los golpes que nos asesta este sistema y destruirlo para acabar con toda explotación: ese es el paso que hay que dar, la necesidad imperiosa que es la única que puede sacar a la humanidad de su prehistoria.

  1. Jean-Marie Le Pen, jefe del Frente Nacional, y Arlette Laguiller, portavoz de Lutte Ouvrière. (N. del T.) ↩

  2. Personajes del teatro de títeres lionés. (N. del T.) ↩

  3. Alusión al episodio de Vitry-sur-Seine (diciembre de 1980), cuando el alcalde comunista hizo derribar con una excavadora un hogar de trabajadores malienses. (N. del T.) ↩