Alarme, n.º 26, octubre-noviembre-diciembre de 1984 (págs. 1-2). PDF del número completo · Texto original en francés

¡Ni mendicidad ni caridad! ¡Solidaridad revolucionaria de clase!

¡Miseria social, miseria de clase!

A golpe de operaciones demagógicas y cínicas, la clase dominante francesa ha echado mano de todos los recursos para hinchar el fenómeno de la «nueva pobreza» que abruma a una parte de la clase obrera francesa e internacional. En realidad, tras las salidas a la palestra del abate Pierre o las ayudas caritativas de algunos ayuntamientos y asociaciones, los «nuevos pobres» no tienen de nuevo más que la degradación que el capitalismo impone a una franja cada vez más numerosa del proletariado, su enemigo hereditario.

La noción de miseria es inseparable de la noción de riqueza. No puede ser sino relativa al entorno cultural y a las potencialidades históricas de la sociedad. Ahora bien, para la clase obrera la miseria forma parte integrante de su posición social, miseria que, comparada con las posibilidades reales de desarrollo social, coloca al proletariado en una situación peor y más absurda que antes de la primera guerra mundial. Las reestructuraciones que requiere la concentración del capital acentúan desde hace una decena de años la sobreexplotación de la fuerza de trabajo de los proletarios y ponen más de relieve la precariedad de la supervivencia de todo elemento de esta clase, supervivencia que solo depende de la solvencia que permite su salario y de la sumisión al orden establecido. Para nosotros, los «nuevos pobres» no son más que la caricatura de la situación general de la clase obrera, obligada a venderse para perpetuar las cadenas que la oprimen.

Al poner de relieve el deterioro de la condición de «nuevo pobre» del ciudadano y al apelar a la solidaridad del pueblo, la clase capitalista teje con viejos hilos la tela de araña en la que viene a quedar pegada la consciencia de clase del proletariado. ¡La solución a la miserable condición que es la suerte de una parte importante de la humanidad pasa por la destrucción de este orden social basado en la no satisfacción de las necesidades humanas de todo orden, y no por la caridad!

La miseria de hoy no cae del cielo: es el producto de la perpetuación de la división de la sociedad en clases y fronteras; es la realidad del funcionamiento normal del modo de producción capitalista. Si estamos en la mierda, la responsabilidad no recae ni en Dios ni en el diablo, sino en el sistema del trabajo asalariado.

De las poblaciones del cuarto mundo que revientan de hambre a los parados, pasando por los «nuevos pobres» y los proletarios en general, la condición de bestia de carga es la misma; solo cambia su grado. Ni del Estado, ni de los partidos políticos, ni de los sindicatos, ni de los organismos pseudohumanitarios debe esperar nada la clase obrera: todos son órganos de la reacción que ocultan la base material de la explotación del hombre por el hombre. Sin la destrucción de esta base económica y la constitución del proletariado en clase revolucionaria, la miseria no hará más que acentuarse, atomizando todavía más a los proletarios para empujarlos cada vez más lejos en el embrutecimiento y la regresión. No se trata de mendigar nada: hay que reapropiarse el producto del trabajo social, rechazando en todas partes el sacrosanto derecho de propiedad y los criterios de realismo ligados a la defensa de la economía nacional.

Si la emancipación de los trabajadores puede hacerse, solo se hará imponiendo la dictadura del proletariado para la instauración del comunismo, el único capaz hoy de satisfacer las múltiples necesidades del hombre y de acabar con la miseria de clase. Es el único realismo social posible, y es el que impondrá el movimiento obrero internacional desembarazándose de las camisas de fuerza (sindicatos, P«C», P«S», extrema izquierda...) que todavía lo mantienen en la lógica del sistema capitalista decadente.