Alarme, n.º 26, octubre-noviembre-diciembre de 1984 (pág. 12). PDF del número completo · Texto original en francés
«Hay divisiones en una democracia, ¡así es y así está bien! Conozco esas divisiones. La cuestión es saber a partir de qué momento empieza el riesgo de atentar contra la unidad nacional. Yo soy el garante de esa unidad nacional».
F. Mitterrand (Le Monde del 23/11/84)
Respuesta de clase al «socialista» Mitterrand.
La unidad proletaria fomenta la revolución social. La revolución social cimenta la unidad internacional del proletariado. La una y la otra se garantizan mutuamente.
La unidad de clase empieza en cuanto los corsés capitalistas (taller, empresa, región, nación) dejan de ser un límite para las reivindicaciones obreras y se convierten en su blanco.
Por eso perjudica violentamente a la unidad nacional.
En cuanto clase social, el proletariado no es solo un conjunto sociológico definido por el lugar que ocupa en las relaciones de producción capitalistas (clase explotada), sino también la clase revolucionaria que debe suprimir toda forma de dominación.
Alterar, e incluso negar, una u otra de estas proposiciones, cuando no, más generalmente, las dos a la vez, significa perpetuar la división de la humanidad en clases.
La revolución socialista no se aviene con ninguna división basada en la explotación del hombre por el hombre. Combate, por consiguiente, a todos los partidos capitalistas, declarados o no, que ocultan su necesidad en provecho de intereses que habría que satisfacer inmediatamente para sobrevivir en el seno del... capitalismo.
Las concepciones divergentes así definidas —sobre los imperativos de este sistema— por y para esos partidos, el Estado y los sindicatos, se conjugan o se oponen según reglas negociadas cuya suma constituye la democracia capitalista.
Puesto que ninguna querella, ninguna división ni ningún consenso de los que alimentan esa democracia pueden, ni por separado ni ocasionalmente, representar los intereses del proletariado, la cuestión es saber a partir de qué momento estos se imponen contra todos los intereses capitalistas juntos.
Esta dictadura, al contrario de la dictadura capitalista de forma totalitaria o democrática, no podría afirmarse según las decisiones de un solo hombre, ni tampoco según los programas acabados de un partido o de un colegio de partidos.
Es obra de la mayoría de la clase, a través de todos sus componentes, organizados en partidos o no, en lucha contra la sumisión económica y política que resulta de la esclavitud asalariada.
Sin embargo, y sin temor a contradecirnos, las premisas de la dictadura del proletariado aparecen con la unidad de clase más elemental, que se realiza en la necesidad constante y operante de reunir a las franjas más amplias de la clase entera. Esta unidad no puede mantenerse sin enfrentarse al Estado capitalista, y no puede ampliarse al máximo sin destruirlo.