Alarme, n.º 26, octubre-noviembre-diciembre de 1984 (págs. 13-16). PDF del número completo · Texto original en francés
En Nicaragua, las elecciones propuestas desde los primeros días de la toma del poder por la junta de reconstrucción (capitalista) han dado la mayoría al candidato de la lista oficial del FSLN. Sin sorpresa alguna, el «comandante» Daniel Ortega ha sido elegido presidente de la república y el partido sandinista ha obtenido fácilmente la mayoría en la nueva asamblea constituyente.
Si bien la oposición burguesa, reunida principalmente en torno a la Coordinadora Democrática Nicaragüense (CDN), ha rechazado participar en el proceso «democrático-burgués», el proletariado, como siempre, se ha visto obligado a elegir entre diferentes fracciones capitalistas: FSLN, PSN, PCN, PPSC... En medio de esta borrachera electoral, los sandinistas han hecho una campaña sublime en cuanto a sus consignas patrioteras: «La abstención favorece la intervención exterior», «Votar por el pueblo contra el imperialismo», etc. Todo con el fin de obligar a la población a acudir a las urnas, logrando así un doble objetivo: combatir la abstención de la CDN y convencer a la opinión pública internacional de que el proceso electoral se había desarrollado de forma masiva y democrática. Pero ¿qué ventaja obtiene la clase obrera de este circo democrático? ¿El éxito de la irrupción del movimiento sandinista?1 No, ya que desde 1979 los trabajadores son víctimas de una explotación más dura por parte de los agentes directos del capital en Nicaragua, es decir, del FSLN.
En los momentos en que la lucha de clases está en su punto más bajo, y en periodos en que domina todavía la contrarrevolución, las capas pequeñoburguesas de algunas partes del mundo tienden a sublevarse y a afirmarse mediante actos de terrorismo individual o revueltas masivas. Estas manifestaciones son el resultado del rechazo del capitalismo a ofrecerles un lugar en el sistema. La pequeña burguesía individualista, en oposición a los métodos de lucha de la clase obrera y a sus fines históricamente comunistas, desconfía de ella y la considera a veces privilegiada dentro del sistema opresor y asesino del capital. Por eso, cada vez que una nueva camarilla capitalista se hace con el poder apoyándose en la pequeña burguesía, la clase obrera es físicamente destruida en cuanto clase y sus organizaciones combatidas hasta su atomización, dejando paso al supremo ideal reaccionario de la Patria y del Estado.
La toma del poder por los sandinistas no escapa a esta «ley histórica». Fue primero una insurrección de la pequeña burguesía contra el clan Somoza, y después un instrumento para frenar toda perspectiva revolucionaria de la clase obrera. El único objetivo trazado por el FSLN era y sigue siendo la construcción de un Estado capitalista fuerte y nicaragüense.
Sin embargo, para el mundillo «izquierdista» latinoamericano y europeo, los «comandantes» de la «revolución» sandinista son revolucionarios. Esta posición emana de imbéciles o de deshonestos que aspiran —proyecciones y frustraciones reaccionarias obligan— a convertirse en comandantes vestidos de verde caqui a la manera de Castro. Esos «guerrilleros», que huelen a la pólvora del capital, siempre han estado al margen o en contra de las perspectivas históricas de la clase obrera. Nunca se han planteado destruir este sistema podrido para permitir a la clase obrera extinguirse como clase, abriendo el camino al comunismo2.
Son estos cretinos y falsarios quienes, para apoyar al FSLN, han puesto en boca de los dirigentes sandinistas un discurso de fraseología «revolucionaria», asegurándole así un apoyo «crítico» que es en realidad un auténtico apoyo estratégico a las aspiraciones antiobreras y contrarrevolucionarias de los sandinistas.
Cuando la industrialización aparece en los años 50 y el proceso de intercambios del mercado común centroamericano cobra envergadura en los 60, los terratenientes se transforman en burguesía industrial, y los intereses de unos y otros crecen. Así se ponen de manifiesto los primeros choques entre los intereses de la familia Somoza y la gran burguesía que había heredado los grandes dominios agrícolas desde la época colonial. Somoza, un simple advenedizo cuyo poder emana de negocios turbios y mal aceptados por la burguesía, se convierte en un obstáculo para el proceso de acumulación de las dos potencias económicas tradicionales de Nicaragua.
Cuando Pedro Joaquín Chamorro (asesinado por Somoza en 1978) encabezó en 1974 una revuelta contra Somoza, lo hizo en nombre de toda la burguesía, para preservar sus intereses de clase y establecer normas seguras de reparto del «pastel», delimitando bien las fronteras entre unos y otros. Pero Somoza, que era un sátrapa, da en el momento oportuno la orden de matar a Chamorro, líder de la oposición y de sus intereses, escogido por los Estados Unidos como el mejor interlocutor para las siguientes elecciones. Ante la decapitación de su líder, la oposición pasa a la ofensiva decretando la primera huelga patronal en 1978, lo que lleva a la burguesía a apoyar al FSLN, tanto más cuanto que su programa de gobierno era el mismo. Así el FSLN será el brazo armado de la burguesía para precipitar la caída del dictador.
Es interesante señalar cómo Sandino, en los años 30, se puso también al frente de una insurrección que representaba el brazo armado de los intereses de una fracción capitalista contra otra fracción capitalista. En efecto, Sandino luchó hasta su muerte por los ideales de una patria nacional nicaragüense y, por tanto, burguesa. Desde los primeros combates señalaba que, para que él abandonara las armas, los invasores estadounidenses debían abandonar su país a fin de establecer elecciones libres y democráticas. Para Sandino, esta libertad del sistema capitalista bastaba para garantizar cierta honorabilidad nacional. Nunca luchó por destruir el orden existente y cambiar la sociedad, aunque en aquella época conocía la revolución rusa. Para Sandino el objetivo era solo acabar con el invasor; para los sandinistas, la marcha de Somoza. Se ve ahí una línea coherente entre los dos movimientos para preservar a toda costa el sistema capitalista, luchando por intereses propios y nacionales.
Desde su aparición, el FSLN ha subrayado que su objetivo no era la revolución social, sino la lucha por la caída de Somoza. El FSLN aparece en los años 60 como un reagrupamiento de pequeños terratenientes, de cristianos e incluso de admiradores de la «revolución» nacional castrista. La toma del poder castrista en Cuba animó a Carlos Fonseca Amador y Tomás Borge, fundadores del movimiento sandinista, a hacer lo mismo en Nicaragua. Esta admiración responde, sin embargo, a la imagen de la «lucha de liberación nacional» contra Batista (Cuba), y no está directamente influida por su alineamiento en el bloque «socialista» del capitalismo de Estado ruso.
La toma del poder por los sandinistas fue el resultado de la colaboración entre la burguesía liberal y «socialdemócrata» regional e internacional, y una consecuencia de la contrarrevolución en Rusia, tanto en el interior como en el exterior de sus fronteras. Así, el partido stalinista (PSN) apoyó durante cuatro décadas, de padres a hijos, una de las más atroces dictaduras de la época, la dinastía pretoriana de los Somoza.
La guerra de las «guerrillas» llegó hasta la toma del poder no solo gracias a la fuerza idealizada de la lucha y del odio a Somoza, sino sobre todo gracias a la colaboración de los países de la región centroamericana: Costa Rica, Panamá y Venezuela acogieron a los sandinistas como héroes de una justa causa de «liberación nacional» contra el torturador Somoza.
En aquella época, tanto el «socialdemócrata» Andrés Pérez, presidente de Venezuela, como la Internacional «Socialista» apoyaron públicamente a los sandinistas. Estos participaron en reuniones organizadas por esa internacional capitalista e incluso fueron invitados a su Congreso Mundial. Evidentemente, la solidaridad no se hizo esperar, y la I«S» ayudó económica y políticamente a la causa sandinista. El segundo paso dado por el FSLN serán los esfuerzos por asegurar a la oposición burguesa un programa con fines semejantes, a saber: la instauración de un gobierno provisional con participación de todas las tendencias de la oposición, la disolución de la Guardia Nacional y la convocatoria en breve plazo de elecciones libres y democráticas. Se envió incluso una misión a los Estados Unidos para hacer comprender a la administración Carter que el FSLN no representaba peligro alguno. En aquella época, Alfonso Robelo (líder del MDN y miembro del gobierno provisional, hoy en la oposición «guerrillera» contra los sandinistas) viajó también a los Estados Unidos para persuadir a Carter de la fiabilidad del FSLN y asegurarle que no habría ningún vacío de poder en el Estado nicaragüense. Pero los Estados Unidos no dieron su apoyo al FSLN y al gobierno provisional hasta el último momento.
Tras los diversos cambios de rumbo, Somoza abandona Nicaragua. La Junta de Reconstrucción Nacional ocupa su lugar en el gobierno. No existen diferencias fundamentales entre la oposición burguesa y el FSLN acerca de la reconstrucción del Estado capitalista. El problema se limita a una cuestión de método sobre el papel del Estado y la forma en que este debe intervenir en el juego de las clases sociales. Pero nadie pone en cuestión la naturaleza del Estado, y mucho menos la razón de su existencia. Durante todo este periodo, la oposición burguesa exigió un reparto real del poder. De manera más explícita todavía, pedía estar al corriente de las reglas del juego económico, así como de los límites de las transformaciones que pretendía el Estado árbitro. El FSLN, por su parte, quiere cumplir su propia misión y situarse por encima de las clases sociales como defensor del capital.
En lo que respecta a la religión, la óptica del FSLN es la misma. Hace así una amalgama entre la acción revolucionaria y la fe, que según él no son en absoluto contradictorias. Más aún, se propone como garante de la «pureza» de las celebraciones religiosas. El FSLN se convierte así en animador y cómplice de la Iglesia para bloquear y engañar el pensamiento crítico de los trabajadores (tarea contraria a la de los revolucionarios, que es destruir la alienación del hombre por la religión, el opio del pueblo según Marx). A los ojos de los explotados, la Iglesia está «dividida» entre la Iglesia de los «pobres», que apoya el FSLN, y la Iglesia de los «ricos», que pretende contrarrestar la influencia del movimiento intentando convertirse en el principal interlocutor de la población nicaragüense. Pero los tres se unen en la voluntad de sostener la fe, expresión reaccionaria y antidialéctica.
En Nicaragua, la Iglesia popular, que muestra un Cristo «obrero» y «menesteroso», rinde un doble servicio a los sandinistas. Primero, cierra ideológica y políticamente el camino a la oposición burguesa y a la Iglesia «conservadora». Después, legitima el poder sandinista al favorecer una amalgama entre fe cristiana, ideología sandinista y revolución, cuando este último término les es antitético. Así, los sandinistas ponen el acento en la imagen de una oposición entre dos Iglesias, y no en la lucha de clases. Los sandinistas colaboran, pues, en el desarrollo de la Iglesia popular, que arroja un velo sobre los verdaderos explotadores, siendo los sandinistas y la Iglesia auténticos pilares de la «fe revolucionaria».
Desde su llegada al poder, los sandinistas han enrolado al movimiento obrero en una lucha contra sus propios intereses, sometiéndolo a presiones y contradicciones que lo dejaban completamente pasivo, para limitar toda tentativa revolucionaria. Los sandinistas se plantean como objetivo la reconstrucción del Estado y el arbitraje de las clases sociales. Exigen, por un lado, que la burguesía reinvierta sus beneficios y, por otro, obligan a la clase obrera a trabajar más.
Los sandinistas intentan reconciliar a estas dos clases a fin de consolidar la idea reaccionaria y contrarrevolucionaria de un Estado nicaragüense «nacional». La clase obrera mundial debe estar sobre aviso: para ella no hay ni Estado capitalista ni fronteras que defender. La clase obrera debe luchar por romper sus cadenas, las relaciones capitalistas de producción, su explotación, a fin de dejar de ser una clase despreciada, y una clase sin más.
Si la Guardia Nacional impidió que el proletariado se liberara de su explotación y del sistema capitalista, los sandinistas han ahondado esa explotación por medio de múltiples estructuras, como los «comités de defensa de la revolución», organismos llenos de burócratas y arribistas. Están encargados de agrupar a la población para defender la «revolución» y «ayudar a la población en sus problemas cotidianos»; en realidad, no son más que los ojos y los oídos de los «comandantes» sandinistas, confidentes y servidores del orden capitalista en Nicaragua.
Del mismo modo, el verdadero papel de la Coordinadora sindical (mayoritariamente sandinista), agrupación de la mayoría de los sindicatos progubernamentales, es evitar toda explosión de huelgas y asegurar que la explotación en las empresas del Estado y de los patronos sea eficaz. En la Nicaragua sandinista se ha prohibido todo movimiento de huelga. La clase obrera ha perdido su mínima expresión de hartazgo contra el agotamiento físico en las fábricas. La coordinadora sindical ha sabido asegurar su tarea contrarrevolucionaria.
Pero lo que es todavía más indignante es que, a semejanza del estajanovismo ruso, los sandinistas han hecho una campaña para «ganar la batalla de la producción», imponiendo comités técnicos de producción para mejorar la productividad, lo que supone una sobrecarga de trabajo para las clases explotadas. Por otra parte, se van a crear secretariados de emulación y de trabajo voluntario para que la jornada de trabajo aumente en horas y en intensidad y la producción crezca, mientras los burócratas, el ejército y los dirigentes del movimiento sandinista siguen viviendo a expensas de la clase que produce las riquezas del planeta. Todos los proletarios deben exigir menos trabajo y más paga real, hasta la toma del poder por la clase. En Nicaragua, régimen reaccionario, antiprogresivo y antiobrero, debemos alzar la voz para hacer comprender que la explotación capitalista no ha desaparecido, sino que, al contrario, continúa de forma más centralizada y más encarnizada contra el proletariado.
La política de los frentes de clases capitalistas, instaurada en Nicaragua para acabar con la dinastía Somoza, es muy clara desde el primer día de su instalación: pluralismo político, economía mixta y libertad religiosa. Los sandinistas han respetado el pluralismo económico limitando la propia participación del Estado, que realiza ya aproximadamente el 41 % del PIB. Hay que señalar que todos los abogados del capitalismo de Estado ruso no han dejado de aconsejar al FSLN que nacionalice todas las empresas y las centralice en el Estado (trotskistas de todo pelaje), pero jamás han pronunciado una sola palabra sobre la necesidad de abolir el trabajo asalariado, aspecto fundamental para iniciar el proceso hacia el comunismo. La centralización de la economía por el Estado no abole la explotación, sino que, al contrario, la racionaliza y la ahonda.
Pero la burguesía conoce bien a sus servidores y ha sido tranquilizada en numerosas ocasiones; así, Tomás Borge declara sobre el proyecto sandinista: «Va hacia una sociedad nueva, de una concepción muy particular de la revolución popular. Se la puede llamar, si se quiere, sociedad sandinista, en la que la economía mixta es la línea estratégica».
Así, toda la burguesía de la región, que había dado su apoyo desde el primer día a los sandinistas contra Somoza, no ha actuado de forma diferente para resolver el «conflicto» entre los Estados Unidos y los sandinistas. Los esfuerzos del grupo de Contadora, con la declaración final firmada incluso por el gobierno de Managua, muestran bien su interés en acabar con ese «conflicto». Los reaccionarios más nauseabundos han dado su apoyo a ese esfuerzo: Mitterrand, González, O. Palme, W. Brandt, J. Ziegler..., para que los intereses de los socialdemócratas queden a salvo en Nicaragua. Esos intereses, más políticos que económicos, representan la posibilidad de una apertura hacia mercados como México, Brasil o Argentina, donde Europa —en cuanto bloque— intentaría competir con los EE. UU. o con Rusia. El mercado latinoamericano es la verdadera razón del empeño europeo en defender a Nicaragua, lo cual no sorprende en absoluto viniendo de los viejos partidos imperialistas que allí dominan.
Para los EE. UU., Nicaragua representa la fiabilidad de toda América Latina y, por supuesto, la salvaguardia de sus intereses económicos. Para la Rusia de otro tiempo, como para lo que hoy ha llegado a ser Rusia, se trata siempre de ganar nuevas zonas de influencia y nuevos mercados. Pero es difícil creer que, ante una provocación de los Estados Unidos, Rusia o Europa hagan algo en Nicaragua. Como Polonia, corresponde al reparto del mundo entre los dos bloques imperialistas.
Proletarios de Nicaragua y del mundo entero, ¿qué tenéis que hacer detrás de este enfrentamiento entre bloques económicos —estadounidense, europeo, ruso—? Nada, por supuesto; en el Este como en el Oeste, sois explotados y desmoralizados hasta el límite de vuestras fuerzas.
Solo podéis ganar algo destruyendo vuestras propias cadenas, empezando por atacar a vuestro propio capital nacional y a su Estado, que impide la abolición de las relaciones de producción mercantiles, a fin de liberar al ser humano de este sistema mundial decadente.
Proletarios de Nicaragua y del mundo entero, hay que negarse a ser utilizados como carne de cañón en cualquier enfrentamiento. En Nicaragua, los sandinistas han instaurado, de manera ficticia o verdadera, una situación de estado de guerra (servicio militar obligatorio para los jóvenes de 17 a 22 años desde febrero del 84). Además, se ejerce una explotación todavía más acentuada, cuya única justificación es la defensa de la patria mediante el terror sandinista.
¡No, proletarios: en Nicaragua nunca ha habido revolución, y menos aún conquistas sociales! Los dirigentes sandinistas, ayer «guerrilleros», hoy «demócratas», intentan implicaros en una defensa del Estado capitalista en Nicaragua y, por tanto, de la ignominiosa explotación. En caso de una intervención extranjera en Nicaragua, no tenéis nada que defender, porque no sería más que elegir un patrón y seguir atados a la máquina asesina del capital.
¡NINGUNA DEFENSA DEL ESTADO CAPITALISTA EN NICARAGUA! ¡FUERA TODA INTERVENCIÓN EXTRANJERA! ¡PROLETARIOS, VOLVED VUESTRAS ARMAS CONTRA EL ENEMIGO DE VUESTRA PROPIA NACIÓN: EL FSLN! ¡POR LA TOMA DEL PODER POR LA CLASE OBRERA MUNDIAL! ¡UNÁMONOS POR EL COMUNISMO!
Texto español según la traducción del propio FOR publicada en [Alarma, tercera serie, n.º 20, mayo de 1985](/hemeroteca/alarma/1985-05-nicaragua-cinco-anos-de-dominio-sandino-capitalista) («Traducido de la revista ALARME n.º 26»), cotejada con el original francés: se han corregido erratas, restituido algunas frases que aquella abreviaba (la misión de Robelo para «persuadir a Carter de la fiabilidad del FSLN», el «aspecto fundamental para iniciar el proceso hacia el comunismo», el servicio militar «de 17 a 22 años desde febrero del 84») y devuelto a la segunda persona del plural la interpelación final a los proletarios, que Alarma* formula en primera persona.*
Alarma traduce aquí «¿Quizás conseguir superar al propio movimiento sandinista?»; el francés dice «La réussite de la percée du mouvement sandiniste?». (N. del T.) ↩
Alarma dice «realizarse como clase»; el francés, «s'éteindre comme classe» («extinguirse como clase»), conforme al resto del artículo. (N. del T.) ↩