Alarme, n.º 26, octubre-noviembre-diciembre de 1984 (págs. 3-4). PDF del número completo · Texto original en francés

Parecería odioso dirigirse así a los seis millones de seres que revientan de hambre en Etiopía. ¡Y efectivamente lo sería, tan total es su indigencia! Pero esa intención de compensar la pitanza con fórmulas milagrosas no nos pertenece. Sigue siendo propiedad del ciudadano caritativo, que nos la presta para hacernos callar. Por supuesto, su fórmula pretende ser diferente (?), realista —1 dólar = 1 saco de trigo, 10 francos = 1 saco de arroz—, y establece, para quien quiera oírlo, una relación «directa» entre el remedio y el mal.

En un nivel completamente distinto, el de las Naciones, aunque el esquema es idéntico, la fórmula se complica y garantiza al menos interminables regateos que no llegan a los oídos del ciudadano caritativo, totalmente absorto en sus propias lamentaciones y sus estúpidos remedios. De todos modos, el pobre diablo no improvisa: escucha y luego retransmite el mensaje de las campañas de carteles y de reportajes morbosos destinados a dejar pasmado su espíritu. Mientras tanto, su Nación indexa la caridad a la cotización de los cereales y... ¡de los misiles, obligaciones de la competencia capitalista internacional! Es evidentemente menos sencillo y requiere, por lo visto, grandes cumbres internacionales de las que no están excluidas las presiones económicas y la estrategia político-militar, por no decir que constituyen lo esencial de los debates. Como ejemplo reciente citaremos la reunión de la OUA (Organización para la Unidad Africana) en Adís Abeba, es decir, en la misma Etiopía, que estuvo enteramente absorbida por... ¡el reconocimiento oficial de la república saharaui! (¡sin comentarios!).

Dicho esto, para el capitalismo internacional, como para nuestro ciudadano embrutecido, el criterio de supervivencia se limita, en el «mejor» de los casos, al mantenimiento somero de la fuerza de trabajo gracias a la cual, por lo demás, y mediante su explotación, los jefes de Estado pueden dárselas de «generosos». Para apreciar las condiciones mismas de la supervivencia hay que tener en cuenta, pues, la división internacional del trabajo en múltiples unidades (de la corporación a la nación), la competencia y las guerras que ello implica, incluidas las llamadas de «liberación nacional». Dicho de otro modo, según los cálculos realistas del ciudadano caritativo que respeta las consignas económicas nacionales e internacionales, diez o veinte campesinos etíopes hambrientos no valen más que un saco de trigo. Es una caricatura muy ligera en comparación con las subastas reales que valoran en nada la vida de millones de seres humanos. No serán desde luego los dirigentes de Etiopía quienes contradigan este estado de cosas, ellos que han dilapidado recientemente 150 millones de dólares para conmemorar la caída, hace diez años, del emperador Haile Selassie (¿una gran victoria sobre el feudalismo?). ¡Pero qué decimos de dirigentes etíopes! Existen en el seno de un comité militar provisional que debería, según una vieja receta, transformarse en Partido Único, pero estos, quizá todavía no lo bastante curtidos contra la población, comparten la casi totalidad de la administración con los «cooperantes» del campo imperialista ruso (los alemanes del Este en la propaganda, los búlgaros en la gestión de las granjas estatales, los rusos en el plan decenal, los cubanos en las fronteras). 150 millones de dólares no están de más para agasajar, a la vista, a toda esa flor y nata burocrática que se asegura una posición estratégica en el mar Rojo frente a los emiratos árabes productores de petróleo (salvo el Yemen del Sur) y a Yibuti, que sigue siendo una base militar francesa. Apostemos a que no se olvida de llenarse, por debajo de la mesa, de divisas del campo imperialista estadounidense, que es el principal cliente de Etiopía y también, en menor proporción, su proveedor. La «Víctima» americano-europea, siempre al acecho de un cambio de alianzas, no vacila evidentemente en responder a la ocasión regando gratuitamente el país de cereales para hacer caer los precios interiores. La respuesta no es solo económica, porque desde ese único punto de vista lo que está en juego es a veces poco en lo inmediato, sino también militar, y hunde sus tentáculos en tres conflictos armados al amparo del regionalismo o del nacionalismo (Tigré y Eritrea en el interior, Somalia en el exterior). Los intermediarios proestadounidenses, Sudán (presa también del hambre) y los emiratos árabes, apoyan particularmente a los nacionalistas eritreos por sus miras sobre el puerto de Assab, principal centro industrial del país (refinería).

De paso, y a propósito de las luchas llamadas de liberación nacional, recordamos que antes del acuerdo militar «URSS»-Etiopía de 1977, los guerrilleros eritreos, hoy bombardeados con napalm por los rusos, se entrenaban en Cuba.

«Sin la revolución social no es posible ir más que de la órbita de Washington a la de Moscú...» (Pro Segundo Manifiesto Comunista, del FOR).

¿Y los seis millones de hambrientos en todo esto? Confinados en el norte del país, siguen en el centro de la rivalidad interimperialista, que no les concede más que las entrañas de la Tierra tras la foto de recuerdo destinada a asustar al proletariado. Así que la sequía... Nosotros decimos: quien tiene hierro tiene pan, y ello para restablecer el verdadero objetivo, todas las riquezas de este mundo y el destino de millones de individuos. Es ante todo una constatación de la que el proletariado mundial debe apoderarse con las armas en la mano para no ser enrolado en las luchas partidistas del capitalismo («liberación nacional», campañas de apoyo, etc.), que legitiman su miseria relativa y acrecientan la indigencia absoluta.

Aunque un buen bofetón sería más eficaz, puede, no obstante, responder, en un perfecto diálogo de sordos con el ciudadano caritativo, «que ya ha dado», lo cual, en definitiva, es verdad y no menos realista; ningún sentimiento de culpa debe venir luego a turbar sus luchas reivindicativas para obtener siempre más trabajando siempre menos, en la perspectiva de la aniquilación de la división del trabajo y del trabajo asalariado.

Debilitar al máximo los Estados que lo explotan sería, teniendo en cuenta lo que hemos dicho más arriba, una solidaridad mínima con las poblaciones más desheredadas (desde los parados hasta las cohortes de campesinos sin tierras cultivables). Si sabe mostrarse así dueño de la producción, deberá necesariamente, para su empresa de destrucción de las clases, incorporar a los más desposeídos a su actividad creadora y revolucionaria. A estos se les abrirán entonces opciones más diversas y más entusiasmantes que las que hoy les imponen un asfalto tedioso o una tierra voluntariamente privada de equipamiento.

Ni que decir tiene que semejante revolución destruirá todas las fronteras y todas las naciones, incluidas las llamadas erróneamente del «Tercer Mundo», que no se distinguen por su exclusión del sistema capitalista, sino como la manifestación extrema de su decadencia.

En fin, puesto que se trata de trastocarlo todo, la responsabilidad proletaria se afirma no como la caridad cristiana, que agota más de lo que alivia, sino como la continuación del combate por suprimir la economía mercantil. Nada de fórmulas, sino constancia en la actividad revolucionaria.