Alarme, n.º 27, enero-febrero-marzo de 1985 (págs. 15-16). PDF del número completo · Texto original en francés

La derrota de los mineros británicos tras un año de una huelga moribunda merece varios comentarios.

En el número anterior de Alarme, el análisis que desarrollábamos planteaba claramente la alternativa que se ofrecía a los huelguistas y, más allá de ellos, a la clase obrera en su conjunto. Hoy, cuando la tendencia a la vuelta al trabajo es irreversible y confirma la debilidad de los grupos revolucionarios y del proletariado, la lucha de clases en Gran Bretaña sufrirá la desmoralización propia de todo movimiento vencido desde dentro, lo que refuerza de golpe el poder de la clase capitalista.

Pese a la visión economicista y catastrofista de ciertos grupos, la lucha de clases, el enfrentamiento entre proletariado y clase capitalista, se inclina indiscutiblemente a favor del capital precisamente por medio de las reestructuraciones económicas puestas en práctica. La clase obrera parece acorralada, desprovista de perspectivas, dispuesta a aceptar mucho (reducción de salario, paro técnico, caída del poder adquisitivo, sobreexplotación, política de austeridad, etc...) para asegurar la supervivencia de sus miembros, para asegurar la defensa incondicional del trabajo asalariado. La resignación y la apatía que manifiesta hoy día ahondan todavía más el cauce de sus numerosas derrotas. A través de todas esas luchas esporádicas, aun cuando se situaran sobre una base radicalizada y espontánea, las acciones no dejaban de ser el mínimo que había que poner en práctica para no hundirse en el completo aplastamiento ideológico, económico, social y político por el capital. La lucha de clases es inherente a este. Es decir, el proletariado está obligado a reivindicar por su posición en la relación social capital-salariado. Pero eso no significa que esas luchas se sitúen en un terreno de clase ni que sean fruto de la madurez de su consciencia. La huelga de los mineros británicos, la de los servicios públicos belgas en 1983, la de Longwy o la de los estibadores de Rotterdam lo han demostrado. Sin negar a esos movimientos su determinación, su negativa a ceder ante el Estado y su economía nacional, hay que situarlos, con todo, en su justo nivel.

  • La incapacidad de romper el corsé sindical, de promover una autoorganización de clase contra él,
  • el aislamiento de los sectores que entran en lucha,
  • la sumisión al corporativismo, a la defensa de intereses específicos,
  • la ausencia de solidaridad activa del proletariado nacional e internacional son los rasgos dominantes de las luchas dispersas que animan el clima social actual.

Piénsese lo que se quiera, la generalización y la expansión de los conflictos no se limitan a un deseo piadoso o a un conjuro. Para los revolucionarios, las tareas políticas y sociales deben ponerse absolutamente en primer plano. Son el cemento capaz de unir por la práctica a los proletarios radicalizados con el resto de la clase.

  • Rechazar los despidos, no porque tal o cual sector pueda hacerse rentable sin despidos y para provecho de la economía capitalista, sino porque el trabajo asalariado constituye el único recurso para asegurar la supervivencia del proletario.
  • Inseparable de ese rechazo, la exigencia de la disminución del tiempo de trabajo y del aumento de los salarios reales.
  • Reapropiación y distribución del producto del trabajo al conjunto del proletariado.
  • Derecho al trabajo para todos, es decir, generalizar su reparto a todas las franjas de proletarios excluidas, no del proceso económico capitalista, sino del proceso de disfrute social de la producción.

Todas estas reivindicaciones, que constituyen una orientación mínima, no son un programa: son un ataque frontal contra la ideología stalino-capitalista de la rentabilización de la fuerza de trabajo; marcan el retroceso de la explotación y de la plusvalía arrancada a los proletarios.

«Vientre hambriento no tiene oídos», dice el refrán, y en este periodo de «crisis económica» la máxima podría tomar el aire de una esquela.

Para el proletariado internacional, la agresión económica que sufre es un reflejo de su debilidad ideológica. Sesenta años de contrarrevolución stalinista, de nacionalismo beato, de atomización, de represión asesina han oxidado el resorte del internacionalismo proletario y del derrotismo revolucionario. Además, si el fracaso actual de las distintas luchas que encuadran los sindicatos y la clase política capitalista es tan fuerte, el propio proletariado también tiene su parte de responsabilidad. Su espontaneidad no excluye el atraso de su consciencia de clase. De la simpatía a la solidaridad real, a la consciencia de una comunidad de intereses subversiva, hay un abismo, como lo hay entre la vanguardia revolucionaria y el movimiento trotskista, sepulturero de la lucha del proletariado como fiel perro guardián del stalinismo. La huelga de los mineros británicos ha ilustrado una vez más la subordinación de los trotskistas al orden capitalista. La única alternativa real que propusieron fue... la caída del gobierno Thatcher y la llegada de los laboristas al poder. ¡En realidad, era extraviar a los proletarios en lucha en el terreno cenagoso de la democracia! Además, al reducir el llamamiento a la solidaridad de clase a una súplica al TUC, castraron a los mineros en su determinación y en su necesidad de extensión práctica del movimiento.

Para terminar, nos parece oportuno reafirmar una verdad que muchos omiten, embarcados en sus sabios cálculos sobre la crisis económica del capital: a través de la oleada revolucionaria de 1917-1937, la clase obrera internacional mostró la posibilidad de acabar con la sociedad de clases, y mostró con ello que el comunismo, y solo él, estaba a la orden del día. Lo propio de los militantes revolucionarios no es buscar en un breviario cualquiera la receta redentora contra el diablo capitalista, sino, al contrario, poner en evidencia la relación social capital-salariado. Su antagonismo mortal no reside en el funcionamiento económico defectuoso de la sociedad mercantil, sino en el antagonismo esencial entre proletariado y clase capitalista. La sociedad sin clases será producto de una clase consciente de su papel histórico, y no producto de vientres que se seguirán vaciando y llenando con la sonda salarial.