Alarme, n.º 27, enero-febrero-marzo de 1985 (págs. 4-6). PDF del número completo · Texto original en francés

«Un accidente en una fábrica de armamento de la URSS, en los Urales, en el mes de noviembre, habría causado entre 300 y 400 muertos».

(La prensa, principios de enero de 1985)

Ciertamente, he aquí una noticia a primera vista banal, incluido el secreto de que se rodeó. Su banalidad, sin embargo, no proviene más que de la habituación al opio ideológico que el medio social circundante asesta con regularidad.

Para el ciudadano razonable no stalinista, no hay contradicción entre semejante noticia y la naturaleza socialista, comunista, marxista, etc., del régimen de Rusia. Por razones opuestas, pero dentro de un mismo marco de razonamiento (o esfera lógica), el ciudadano razonable stalinista tampoco verá contradicción. A lo sumo chillará que se trata de una maniobra de propaganda, pero aceptará la eventualidad de un hecho así: allí hay fábricas de armamento, en ellas trabajan obreros, puede haber un accidente y numerosas víctimas.

Para el ciudadano razonable no hay en ello más motivo de contradicción que cuando declara, en una misma frase, por un lado que Rusia es la URSS, patria del proletariado, y por otro que es el socialismo real, la sociedad sin clases, sin patronos ni obreros, sin explotadores ni explotados y, por tanto, sin proletariado...

Razonables no lo somos apenas, pues tratamos de permanecer impermeables a la razón de este sistema, es decir, a la sinrazón del más fuerte en la actualidad. Preferimos razonar por nosotros mismos, no solo sometiendo los hechos a la crítica, sino también considerándolos ligados a otros conjuntos de hechos que constituyen una visión del mundo, en el espacio y en el tiempo.

Así pues, la primera observación que podemos hacer sobre la breve noticia reproducida más arriba es que en las fábricas rusas hay obreros. ¿De qué viven? De su salario. ¿Cómo se calcula ese salario, a qué corresponde? Es proporcional al número de horas de trabajo efectuadas y suele estar incrementado con primas de rendimiento, de asiduidad y de facilidad para aceptar las horas extraordinarias. A veces no se paga (sábados «comunistas») y siempre está estrechamente controlado (cartilla de trabajo). En ciertos casos, como el de los obreros agrícolas de los koljoses, la jornada de trabajo no está reglamentada y no tienen vacaciones pagadas. Ese salario corresponde a lo que el patrón, el Partido-Estado, estima necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo del obrero. Una vez pagado, el trabajador no tiene necesariamente a su disposición todos los productos de primera necesidad, pero cuando los hay, los compra a cambio de una fracción de su salario, en dinero.

Así, el proletario ruso, asalariado lo mismo que sus homólogos occidentales, está explotado, puesto que produce más que el equivalente de su salario. Ese suplemento de valor, o plusvalía, va a enriquecer al Patrón-Partido-Estado. Ni siquiera goza de la libertad burguesa que consiste en poder venderse a un patrón cualquiera, en cualquier sitio, para cualquier trabajo, puesto que se vende siempre al mismo patrón y no puede cambiar de ciudad y de profesión sino tras innumerables, agotadoras y desmoralizadoras gestiones administrativas. Su homólogo norteamericano o japonés, en cambio, se pasa la vida mudándose, cambiando de patrón y de cualificación, lo que por otra parte aumenta la eficacia de su explotación.

La segunda observación que nos sugiere esta noticia concierne al armamento. Rusia es el segundo exportador de armas del mundo y uno de los primeros consumidores de armas, si no el primero. El obrero ruso debe producir armas para que la patria del socialismo pueda defenderse y para que el socialismo real se extienda a otras patrias. En cuanto a la venta, Rusia vende todo tipo de armamento a cualquiera, aunque no esté bautizado de «revolucionario»: por ejemplo, a Argentina o, en otro tiempo, a Israel, etc. Vende armas a Irán y a Irak, probablemente en el marco de su «deber internacionalista». Siempre por el mismo deber, invade Afganistán, Angola (por cubanos interpuestos), el África oriental (cf. Alarme n.º 26 sobre Etiopía). Por último, suscita, alimenta y participa en innumerables conflictos, inter- e intranacionales, exaltando fuera como dentro el patriotismo, el nacionalismo y el chovinismo más desenfrenado, como atestigua el lamentable espectáculo de las multitudes rusas «socialistas e internacionalistas» en los encuentros deportivos, donde manifiestan su histeria como cualquier multitud «capitalista».

La tercera observación concierne al accidente ocurrido en una fábrica. Es cierto que el trabajo es más peligroso en una fábrica de armamento por la naturaleza misma del producto. Pero, por una parte, muchos productos son también peligrosos y, por otra, se supone que las normas de seguridad son mucho más estrictas para los productos peligrosos, en los países más poderosos, por supuesto. Ahora bien, Rusia es un país poderoso, tan desarrollado, evolucionado y avanzado que la última constitución lo califica de «país del socialismo desarrollado».

¿Y es en un país tan desarrollado donde cientos de trabajadores encuentran la muerte por accidente? En realidad, esto muestra la incuria y la despreocupación de los apparatchiks. Incapaces siquiera de administrar correctamente el país, les importa un bledo la vida de los proletarios, carne de cañón en «el frente del trabajo» como en el de Kabul.

Por último, dada su incapacidad económica estructural, Rusia debe primero dominar militarmente para dominar, eventualmente, en lo económico. Pero lo que es verdad fuera de sus fronteras no es más que una reformulación de lo que sucede dentro. Lo que producen los obreros en las fábricas de armamento son ante todo armas contra sí mismos, contra los proletarios. Aquí, los gendarmes móviles tienen furgones blindados de Renault; allí, la milicia puede disparar con Kaláshnikov. Se impone aquí una precisión. En Rusia no se producen cañones de agua, gases lacrimógenos, etc., no porque sea imposible, sino porque el régimen no quiere oponer a los obreros más que tanques, balas explosivas, etc., como ocurrió en 1961-1962 durante la oleada de revuelta que partió de Aleksándrov, Múrom y Novocherkask y que desembocó en un motín de marineros en Vladivostok, ¡en un crucero almirante! Nada ha cambiado desde entonces, ¡y los huelguistas de 1976, aislados en parte por la complicidad de la mayoría de los «disidentes», no corrieron mejor suerte! Las rarísimas noticias que nos llegan quedan, en el mejor de los casos, ahogadas en el torrente de palabrería de la oposición demócrata, capitalista, y el impacto de Polonia y del sindicalismo ha añadido probablemente confusión a la de quienes buscan, bajo la losa de plomo stalinista, reanudar la lucha de clases en todos sus aspectos.

Así, para nosotros, a través de todos los retazos de información, o incluso a través de la prensa más reaccionaria, se afirma la contradicción fundamental en Rusia: salariado contra capital, por la abolición de ambos y la realización del comunismo. Salta a la vista que Rusia no es la realización del comunismo o del socialismo, sociedad sin clases, sin capital ni salariado y, por supuesto, sin fronteras. Pero cuanto más aparece Rusia como lo que es, más se agita en Occidente el espantajo del comunismo, mundo inhumano cuyo arquetipo es Rusia, presentada como el resultado de la revuelta de clase, en una confusión monstruosa y sabiamente orquestada a ambos lados del telón de acero.

Y es que Occidente solo ha podido, y aún solo puede, contener la lucha proletaria gracias a la acción de Moscú, por medio de sus partidos y sindicatos, que dan el tono a las demás organizaciones «obreras» y que tienen en su haber más de sesenta años de experiencia contrarrevolucionaria y policial.

Recíprocamente, Rusia no ha podido ni puede aún sobrevivir sin la ayuda material, alimentaria y tecnológica de Occidente.

Sus contradicciones de bloques, que sin embargo pueden llevar a una tercera conflagración mundial, no son nada frente al proletariado. Así, la colusión entre los bancos occidentales, la Iglesia romana y el poder stalinista, con Solidarność como agente ejecutor, contra el proletariado en Polonia, prueba una vez más hasta qué punto esa asociación puede ser vital para la supervivencia del sistema a escala del planeta.

Más recientemente aún, las incesantes entregas de carbón ruso y polaco a Gran Bretaña, en plena huelga de los mineros, muestran el gran caso que se hace de las luchas obreras en el «país de los sóviets obreros y campesinos»; y las «protestas» de la CGT o de la NUM, miembros ambas de la Unión Internacional de Sindicatos de Mineros y Trabajadores de la Energía, con sede en Varsovia, no cambian en nada el hecho de que un bloqueo del carbón a Gran Bretaña habría podido poner de rodillas al «intratable» gobierno británico. Pero eso es justamente lo que no pueden hacer esos aparatos políticos y sindicales, es decir, policiales.

Solo contra esos pilares del sistema pueden los proletarios esperar obtener una victoria y preparar las luchas de mañana. Y precisamente porque hay proletarios explotados en Rusia y en sus dependencias, pueden los proletarios occidentales esperar ver destruido a su enemigo más peligroso: el stalinismo.

La única ayuda que podemos esperar «del Este» es la que suscitemos con nuestras luchas aquí, con los lazos que tratemos de crear con nuestros camaradas de los países del capitalismo real, que se desloman como nosotros y de entre los cuales ínfimas minorías se desprenden efímeramente, en el curso de la lucha de clases, para afirmar, contra viento y marea, la necesidad universal de la destrucción del capitalismo, tanto oriental como occidental, para afirmar la sociedad sin clases, el comunismo.