Alarme, n.º 27, enero-febrero-marzo de 1985 (págs. 7-9). PDF del número completo · Texto original en francés
Entre la consciencia clara de la necesidad de abatir varios milenios de explotación mediante la destrucción del capital y de su trabajo asalariado, y las luchas actuales, en general empantanadas en un aspecto puramente defensivo (y eso cuando hay lucha), existe un foso que puede y debe salvarse. Pero salvarlo desde ahora supone, en primer lugar, por parte de quienes aspiran al comunismo, sociedad sin clases, un mejor acercamiento a la situación real de la lucha de clases y una comprensión más nítida de su propio papel para influir en esa situación.
¡Galones no los tenemos, no los queremos y no los tendremos! Pero no hay más remedio que constatar la diferencia, por no decir el abismo, que separa a un proletario revolucionario de un proletario sumiso, a un proletario que aspira a la unidad de clase de un proletario tan egoísta y miserable como la sociedad que lo oprime y lo explota. Esa diferencia no la hacemos gratuitamente: nos la impone el sistema basado en el trabajo enajenado, que la mantiene por la fuerza de su poder y de su dictadura de clase, en salsa democrática o totalitaria. La falta de una perspectiva clara en el mundo explotado y por el mundo explotado agranda o reduce, según los periodos y las situaciones, el foso que existe entre las posibilidades objetivas, que al principio solo captan minorías comunistas, y el elemento subjetivo del conjunto de la clase, cuyos miembros actúan en el marco estrecho y mezquino del sistema que la explota, sin atentar contra él. Todas las tergiversaciones silogísticas, mecanicistas, dialécticas, etc..., que quieren rodear o negar esa realidad porque hacerlo pondría en cuestión la totalidad de una praxis (teoría y práctica), impiden coger el toro por los cuernos y transformar la realidad misma. Ahora bien, esa realidad queremos y podemos transformarla desde ahora. No todo el mundo lo ve así, incluso entre quienes no tienen en este sistema social más interés que el de conservar sus propias cadenas. Escaso interés es ese, y sin embargo, desde el célebre manifiesto que proclamaba que los proletarios no tienen nada que perder más que sus cadenas y tienen un mundo que ganar1, es el mismo sistema de explotación el que domina el planeta, cuando las condiciones materiales para su transformación revolucionaria están más que presentes.
Si la clase proletaria en su conjunto, empujada por sus condiciones de existencia, fuera revolucionaria en todo momento, o al menos de manera linealmente mecánica respecto a la determinación relativa o absoluta de sus condiciones de vida, haría mucho tiempo que la revolución social habría triunfado. El problema de la organización permanente de los proletarios revolucionarios ni siquiera se plantearía, puesto que el conjunto de la clase explotada constituiría de entrada una fuerza lo bastante poderosa y consciente para derribar el orden existente. No es así, pues todo el mundo puede comprobar que seguimos viviendo bajo el régimen de la explotación capitalista y, lo que es más, bajo su forma decadente, es decir, antihistórica. Se impone aquí una precisión sobre la definición y el uso del término histórico. No entendemos por él, como el stalinismo y sus retoños de toda laya (maoístas, trotskistas, etc...), una línea recta con diversas etapas por las que el conjunto de las sociedades que viven sobre la corteza terrestre (y por qué no en el universo) deben pasar todas, fatalmente, para poder por fin plantear y, sobre todo, resolver el problema de las contradicciones internas y externas de las sociedades basadas en la explotación ajena.
«...Obligado a ir a remolque de los países avanzados, un país atrasado no se atiene al orden de sucesión: el privilegio de una situación históricamente atrasada —y ese privilegio existe— autoriza a un pueblo, o, más exactamente, lo obliga a asimilar lo ya hecho antes de los plazos fijados, saltándose una serie de etapas intermedias. Los salvajes renuncian al arco y las flechas para tomar en el acto el fusil, sin recorrer la distancia que en el pasado separaba esas distintas armas...»
León Trotski, Historia de la revolución rusa, tomo 1, «Febrero», pág. 41.
Lo que entendemos por histórico son las condiciones generales que existen en la tierra, independientemente de los particularismos de tal o cual sector del mundo, y que favorecen el florecimiento colectivo e individual del género humano. El capitalismo es en adelante antihistórico porque, independientemente de su voluntad, ha desarrollado a escala mundial las condiciones óptimas de su propia superación por la revolución. Dicho de otro modo: todas las condiciones materiales están presentes para poder afirmar e imponer prácticamente el comunismo, la sociedad sin clases.
Continuemos ahora, tras esta precisión necesaria.
El proletariado, por su lugar en las relaciones de producción en cierto estadio de la evolución histórica, es la única clase históricamente revolucionaria. Al no ser subversiva más que históricamente, no puede serlo ni en su conjunto en todo momento ni de manera mecánica. Intervienen otros factores activos (objetivos y sobre todo subjetivos) que le impiden actuar como debería en cuanto clase explotada que puede apropiarse los enormes medios materiales que favorecerían su emancipación y la de la humanidad. El fracaso del comienzo de la revolución mundial en Rusia y su transformación en contrarrevolución nos lo ha probado y, por desgracia, nos lo sigue probando. Que numerosas generaciones de proletarios hubieran creído en «la patria del socialismo» hizo posible la segunda carnicería mundial, no sin la ayuda de los pretendidos opositores, trotskistas principalmente, que traicionaron los principios mismos del derrotismo revolucionario y del internacionalismo proletario. En el momento de la segunda guerra mundial, por ejemplo, ¿quién puede negar la enorme diferencia entre el conjunto de la clase y las minorías (demasiado minoritarias) que supieron mantener posiciones clasistas y revolucionarias? ¡Nadie, a menos de deformar la realidad hasta hacerla coincidir con el propio querer! Pero ese «optimismo» en trampantojo nada tiene que ver con el análisis necesario de la situación. No llorar, no reír, sino comprender, y actuar en consecuencia, añadiremos.
Todo esto para afirmar que la asociación práctica y permanente de las minorías comunistas, que se alzan contra las barreras de fábrica, sectoriales, regionales, nacionales o continentales, es una necesidad inducida no solo por la voluntad y el espíritu de los revolucionarios, sino también (hay relación dialéctica) por la lucha de clases, sea cual sea el nivel en que se encuentre. La constitución del proletariado en clase revolucionaria no puede dejarse a la sola espontaneidad histórica sin traicionar a la propia clase y a esa espontaneidad de la que formamos parte. Pues, de hecho, todo revolucionario, todo comunista, independientemente de su origen sociológico individual, forma parte integrante de la única clase hoy subversiva en potencia y debe contribuir, a contracorriente las más de las veces, a la unidad de clase contra el viejo mundo. En este sentido reafirmamos con el Manifiesto comunista de 1847 que la constitución del proletariado en clase supone su constitución en partido (en el sentido amplio del término).
Lo que, por otra parte, significa para nosotros que ningún grupo, ninguna organización ni partido puede pretender, a menos de ser estúpido e incluso peligroso, representar desde ahora ese futuro partido, es decir, la constitución del proletariado en clase. La modestia nunca ha matado a nadie, lo contrario seguramente sí, y no busquéis en esta afirmación parentesco alguno con el democratismo cretino. No somos ni cretinos ni demócratas: somos comunistas, sin pretender por ello ser los únicos, aunque estemos convencidos de nuestra razón, de nuestras ideas, de nuestra base programática y de nuestra acción.
Vivimos, pues, una situación paradójica que prueba por sí sola el grado de decadencia de toda la civilización capitalista. El comienzo de una revolución proletaria internacional en Rusia fracasó y se transformó en contrarrevolución mundial (cf. Partido-Estado, stalinismo, revolución, de G. Munis). Cuando todas las condiciones objetivas están presentes para la realización del comunismo, la guerra no ha cesado en el mundo desde la segunda carnicería imperialista mundial, un tercio del planeta revienta de hambre y la lucha por el puesto de trabajo enajenado, que procura con qué reconstituir la propia fuerza de trabajo en detrimento de la necesidad de los demás proletarios, persiste pese a algunos sobresaltos episódicos y a combates masivos como en Polonia, aunque sin orientación comunista, pero sin unidad ni solidaridad reales en la mayoría de los casos. Hay, pues, desfase o retraso enorme entre la posibilidad material de realización del comunismo y el nivel de consciencia revolucionaria de clase (aspecto subjetivo); en este sentido retomamos la frase de Trotski: «La crisis de la humanidad es una crisis de dirección revolucionaria», dirección diezmada por la contrarrevolución stalinista con la ayuda de la Cuarta Internacional, nacida muerta desde el punto de vista comunista, cuando una actitud internacionalista por su parte durante la guerra imperialista habría podido hacer de ella un polo de atracción comunista fuerte y poderoso, capaz de poner en cuestión todas las ideas falsas sobre las que descansaba su constitución. El término «dirección» puede chocar, pero en lo que comúnmente se llama «espontaneidad de clase» se insertan los elementos más combativos y más decididos, aunque estos hubieran estado hasta entonces desorganizados. Toda acción parte forzosamente de una determinación individual o colectivamente reducida antes de inflamar a la casi totalidad de la clase. La práctica en todos los niveles (organizativo, político, social) de los elementos ya organizados en favor de la sociedad humana sin clases es necesaria. Estos no pueden, bajo ningún pretexto, autolimitar su acción. ¡La acción presente ya nos limita bastante! «Es a la clase a quien corresponde...», «la clase sabe por sí misma», etc..., no son más que subterfugios que favorecen la inacción allí donde precisamente la acción revolucionaria es indispensable, tanto más cuanto que la reacción, ella sí, se organiza, ¡y de qué manera! (sindicatos, comités de empresa, asambleas de pega, etc...). No basta con aceptar la organización de los revolucionarios, que sin duda puede permitir discusiones fructíferas y la publicación regular de un periódico teórico y de propaganda; además, es preciso que esta no espere beatíficamente la espontaneidad post crisim. Hay que poner en primer plano las propuestas concretas que pueden favorecer la unidad de clase atacando la base sobre la que descansa el capital (la extracción de plusvalía): no a la economía nacional, menos trabajo y más paga, no a los despidos, contratación masiva de los parados, no a los ritmos, no a la jerarquización de nuestra clase; atacan de lleno la acumulación del capital en la perspectiva de su abolición mediante la toma del poder político por el proletariado. ¿En nombre de qué principio no deberíamos defenderlas con uñas y dientes contra toda la chusma mercantil de «nuestras» empresas? Además, estas consignas no suponen ninguna mejora en el marco del sistema que nos explota, sino que tienden efectivamente a la construcción dinámica de una unidad de clase lo bastante fuerte para hacer saltar irremediablemente los cerrojos que sujetan nuestras cadenas. Si no hay que situarse deliberadamente por encima de la clase proletaria considerándola tan solo como una masa maleable, ¿por qué habría que situarse por debajo de ella? ¡No! Somos proletarios revolucionarios y actuamos como tales; al menos, eso es lo que pretendemos hacer. No hay en ello ni voluntarismo ni activismo a ultranza: no hacemos más que plantear problemas importantes que pueden resolverse en y por el movimiento comunista.
Nuestras posiciones y la práctica que nos asignamos no caen del cielo: comprender bien lo ocurrido desde 1914 es necesario para comprender la abyecta situación presente, de modo que se eviten los escollos en que naufragaron (cuando no los modelaron directamente, por falta de experiencia o de perspectiva ante los acontecimientos) los revolucionarios del pasado. El movimiento de subversión del orden establecido no empieza con nosotros. Somos el producto histórico de la lucha de clases y de los avances teóricos que esta ha facilitado. Los jalones de las derrotas deben ser promesas de victoria. Contribuimos y contribuiremos con todas nuestras fuerzas a esa victoria, aunque solo sea porque rechazamos este mundo inicuo y criminal. Con esta mira redactaron quienes constituyeron nuestra organización, entre otras cosas, Pro segundo manifiesto comunista, pequeño folleto que, partiendo de un balance del pasado revolucionario de nuestra clase, propone una orientación y una alternativa para contribuir a transformar radicalmente el presente.
«Es preciso romper tajantemente con tácticas e ideas muertas, decir a la clase obrera sin reticencias toda la verdad, rectificar sin duelo cuanto obstaculice el renacer de la revolución, proceda de Lenin, Trotzky o Marx mismo, adoptar un programa de reivindicaciones en consonancia con las máximas posibilidades de la técnica y la cultura moderna puestas al servicio de la humanidad».
Pro segundo manifiesto comunista, FOR, 19612.
Según nuestra traducción del Manifiesto del Partido Comunista: «Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen un mundo que ganar». ↩
Texto español original: Pro segundo manifiesto comunista, apartado «La organización revolucionaria». ↩