Alarme, n.º 28, abril-mayo-junio de 1985 (págs. 13-15). PDF del número completo · Texto original en francés

Es raro encontrar a un individuo que esté satisfecho de su vida o, más bien, de la vida que padece, por expresar un sentimiento más general. Nosotros —que se nos perdone que nos adelantemos— hablaríamos más bien de su supervivencia. Aunque no tenga consciencia en cada instante de la degeneración y de los cataclismos que, como la guerra mundial, amenazan a la humanidad, no deja en ninguna ocasión de culpar, a veces hasta el ridículo, a la Vida, al Mundo, a los hombres y, por qué no, a la Meteorología...

Tampoco es raro verlo oscilar entre un comportamiento desesperado y un amor casi religioso a su condición, al vaivén de las tormentas de una sociedad cuyas relaciones sociales mercantiles dominan totalmente a los hombres. No faltan estafadores reconocidos y reconocibles, a la manera de los especialistas de la vida en sociedad (algunos aspirantes al acecho prefieren la expresión vida comunitaria, e incluso «comunista»), con sus maletas de proyectos o de contraproyectos para explotar esa situación y procurarse una posición, si no prestigiosa, al menos cómoda en el seno de una sociedad violenta, injusta y opresiva. No insistiremos más, pues ante el «malestar de vivir» que hace parlotear a la tierra entera no tenemos ningún paraíso que prometer: no poseemos ni los medios ni el deseo de hacerlo.

Nuestra toma de partido es tan evidente como nuestra voluntad consciente de romper con los estados de ánimo, los métodos de pensar y los pretendidos medios de acción que nos impone, a través de los medios de comunicación, la sociedad capitalista, cuya característica esencial y cuya supervivencia como forma de sociedad siguen siendo la explotación del hombre por el hombre. Es, hay que subrayarlo, esa sociedad la que domina de Etiopía a Japón pasando por Rusia, la que domina mundialmente. En efecto, dondequiera que uno esté, no hay supervivencia posible sin el comercio de la fuerza de trabajo. Por consiguiente, ningún «mal» particular, ninguna consecuencia de este sistema opresivo (adjuntamos la lista habitual y no restrictiva: la masacre de los hombres y de la naturaleza, la condición femenina, el hambre, el paro, el racismo...), si no es todos a la vez, se impone inmediatamente como una prioridad en sí, y menos aún, como pretenden los izquierdistas, como una etapa que salvar dentro de los marcos del sistema para suscitar una supuesta «toma de consciencia».

Dicho sea de paso, esa consciencia no es en absoluto una acción práctica, sino un conjunto de deseos piadosos, una idealización esquemática y religiosa del hombre que hace abstracción de las condiciones sociales. Para insuflar esa consciencia, o para efectuar su toma, con toda la mentalidad doctoral y despectiva que eso supone, habría que querer y poder dominar unas relaciones sociales basadas en la peor injusticia y en la peor inconsciencia: ¡la explotación del hombre por el hombre, una vez más! Nunca insistiremos bastante en este punto, porque constituye la ruptura fundamental con la que empieza el comunismo. En efecto, el comunismo es un combate para suprimir la raíz de todas las opresiones: la división de la humanidad en clases. No es, desde luego, una visión idílica y estrecha de cualquier individuo triturado por el capitalismo, que justifica su pasividad o sus compromisos con la realidad del sistema por la pasividad general de todas las clases juntas o por la incapacidad temporal de la clase obrera. Desde ahí se comprende por qué y en qué medida el comunismo es ante todo un combate de clase.

Es el del proletariado, obligado a aumentar sin cesar una riqueza social que se exhibe ante él como un objeto de culto, es decir, globalmente intocable. El del proletariado obligado a vender su fuerza de trabajo para hacer sobrevivir el sistema de explotación y su condición de clase oprimida. El del proletariado privado socialmente de toda posibilidad de cultivarse, incluso y sobre todo desde el punto de vista revolucionario (lo que explica en parte su impermeabilidad al tacticismo izquierdizante, para el que no existe más que como plastilina). Es esa condición la que le impide conocer y poner en cuestión de manera general y práctica tal o cual opresión particular. No puede negar la inhumanidad del sistema sin negar su propia condición y, con ello, la fuente de todas las opresiones. Tantas razones materiales para que el proletariado revolucionario quiera dejar ante todo de ser una clase explotada, y no seguir siendo un rebaño de esclavos antirracistas, enamorados de las margaritas o, colmo de los colmos, que reclaman el derecho al trabajo sin ninguna consideración de clase, es decir, de comunidad de intereses tal como la hemos definido antes.

No hace falta salir de Saint-Cyr, ni siquiera ser un revolucionario profesional, para comprender por fin que la clase obrera no debe estar necesariamente menos explotada, sino dejar de estarlo por completo, y que eso significa un conjunto de medidas prácticas que realizar para debilitar y luego, sin solución de continuidad, destruir el capitalismo. De esa necesidad y de esa voluntad dependen a la vez la indispensable Unidad de Clase Internacional y la no menos indispensable Dictadura de clase.

Algunos, sociólogos ascendidos a revolucionarios por la afirmación de un nuevo «modo de vida», así como sus equivalentes jesuíticos, apóstoles de la revolución política previa, nos acusarán de quedarnos en los limbos de la Teoría marxista (¡fíjense de paso en su saber o en su referencia «indiscutible»!). Conviene, sin embargo, señalar que unos y otros, desde lo alto de sus cátedras, aplazan el comunismo hasta el fin de los tiempos o quieren realizarlo de manera mágica. Es obligado, en cambio, precisar que unos y otros descuidan o se niegan a combatir palmo a palmo los esfuerzos de la contrarrevolución stalinista (incluidos sus residuos izquierdistas y sindicalistas) para ocultar la dinámica social del capitalismo y para impedir en consecuencia toda revolución social.

Son, pues, a la vez el fin y los medios de esta lo que debemos reafirmar con fuerza. Es comúnmente admitido que el proletariado produce más de lo que consume, limitado como está por su salario, y que genera un plustrabajo social asimilable, en el sistema del salariado, a la plusvalía. Algunos llegan a admitir que el salario equivale a la reproducción de la fuerza de trabajo. Nuestra intransigencia respecto a los espíritus generosos que detienen sus concesiones ante ese cuestionamiento latente para preferirle las «ventajas» concretas de las tácticas inmediatistas concierne precisamente a esa reproducción.

En efecto, las condiciones de esta, es decir, la situación material de la clase, están sometidas a unas condiciones técnicas dadas, obtenidas mediante la transformación de una parte de la plusvalía ya extraída. Habida cuenta de la competencia internacional y de las capacidades productivas de la tecnología más avanzada, es evidente que los capitalistas o capitalismos nacionales, propietarios de los instrumentos de producción, no solo acaparan la plusvalía, sino que la orientan prioritariamente hacia la constitución de una tecnología cada vez más sofisticada y embrutecedora, en detrimento de los medios de subsistencia de la clase obrera. Puesto que el fin de la revolución social es poner los medios de producción al servicio de la humanidad sin distinción de raza, sexo, etc., el proletariado, entendido como una clase internacional y revolucionaria, debe, sin más espera, «adoptar un programa de reivindicaciones (de medidas prácticas) en consonancia con las máximas posibilidades de la técnica y la cultura moderna puestas al servicio de la humanidad» (Pro segundo manifiesto comunista)1, para reapropiarse del plustrabajo social que los capitalistas utilizan en forma de plusvalía contra el desarrollo de la sociedad.

Con este espíritu adoptó el F.O.R. un programa revolucionario condensado en las «Tareas de nuestra época» (Pro segundo manifiesto comunista), que somete al juicio y a la voluntad concreta del proletariado revolucionario de acabar de una vez por todas con la situación material que le reserva el capitalismo decadente.

  1. Texto español original: Pro segundo manifiesto comunista, apartado «La organización revolucionaria»; el paréntesis «(de medidas prácticas)» es de Alarme. El programa de las «Tareas de nuestra época» es el apartado que sigue. ↩