Alarme, n.º 29, julio-agosto-septiembre de 1985 (págs. 3-4). PDF del número completo · Texto original en francés

El artículo anterior1 se escribió antes de los motines de Birmingham, en Inglaterra2.

Como para ilustrar nuestra crítica, en un editorial de Libération del 11/9/85, los arribistas del diario post-sesentayochista hacen la apología de los amotinados, cultivando un gusto por lo sensacional que incensa el análisis más conformista; obligado respeto a la Estupidez seudomarginal.

Argumento n.º 1: los amotinados son jóvenes, inmigrados y sin trabajo; por consiguiente, marginales y subversivos.

Argumento n.º 2: los obreros de la industria son privilegiados, protegidos por una legislación a la que contribuyen gracias al sentido del consenso social tradicional en el movimiento obrero. (Resultado: unos 30.000 «privilegiados» despedidos en la industria minera después de más de un año de huelga sindical3.)

Conclusión n.º 1: el marxismo ha fracasado y la clase obrera no es revolucionaria.

Conclusión n.º 2: la contradicción principal del capitalismo no es de clase, sino una contradicción racial (paralelo fácil con Sudáfrica) revelada por una supuesta crisis económica.

Si el objetivo de Libération está claro —división y negación del proletariado como clase revolucionaria y, sobre todo, internacional—, digámoslo de inmediato: nuestros editorialistas confunden el movimiento obrero con el stalinismo, a cuya sombra ingirieron el «marxismo», y su «radicalidad» se parece mucho a una ingratitud escandalosa.

Como no han pagado su deuda ideológica, pero participan celosamente, invertidos, en la obra contrarrevolucionaria de su maestro y acreedor, no pueden sino identificarse, sólo de palabra, con los amotinados, cuyo movimiento califican de «jacquerie».

Entre paréntesis, no es casualidad que se asimile a los amotinados, y que por desgracia sean asimilables, a simples saqueadores ávidos y herméticos, puesto que siguen siendo, incluso por su indiferencia, prisioneros del Discurso democrático-tercermundista, digno de los ex maoístas y demás stalinistas que han colgado los hábitos. Sin embargo, el desfase entre el carácter eruptivo, violento, de los motines y las reivindicaciones democráticas lanzadas en paracaídas y relativamente admitidas indica un malestar social mucho más profundo que el relativo al solo racismo. Pero, como ya hemos dicho, de nada sirve especular, pues sin un mínimo de consciencia de clase, no sólo proclamada sino traducida en actos por un movimiento en dirección a los obreros de la industria para apropiarse colectivamente de todo el producto social, estos motines están condenados a la repetición estéril. Cuatro años de revueltas idénticas y sin mañana en Inglaterra dan fe de ello.

Dicho esto, si los parados inmigrados están supuestamente al margen de la clase obrera, contra sus intereses, el mérito corresponde en parte a los apologistas que los consideran así, es decir, como parados, inmigrados, jóvenes, etc. Esto se explica: nuestros buenos apóstoles, desde Pagat, del sindicato de parados4, hasta Libération, están en cambio ellos mismos realmente marginados por el poder del stalinismo, que amordaza, él sí, prioritariamente a los obreros industriales mediante el corporativismo y el nacionalismo. El terreno social del paro y de la inmigración, desatendido por éste, ofrece entonces una brecha a la ambición de los arribistas, que lo transforman rápidamente en un nuevo campo de maniobras capitalistas. Pero sigamos con el ejemplo.

Así, al reivindicar en filigrana el derecho a la explotación multirracial, nuestros periodistas «marginales» de Libé reflejan el mismo desprecio lleno de compasión que los stalinistas hacia toda la clase obrera, parados, inmigrados o no. Como el conjunto de las fuerzas capitalistas, deshumanizan a esta clase y la atomizan en una multitud de estómagos belicosos, diferentes y competidores.

En resumen: apología de la revuelta o explotación de la miseria.

  1. «Dictadura del proletariado para la abolición del salariado – Decadencia y violencia de clase», en las páginas anteriores del mismo número. ↩

  2. Motines del barrio de Handsworth, en Birmingham, del 9 al 11 de septiembre de 1985. ↩

  3. La huelga de los mineros británicos contra el cierre de pozos, de marzo de 1984 a marzo de 1985. ↩

  4. Maurice Pagat, fundador en 1982 del Syndicat des chômeurs («Sindicato de parados») francés. ↩