Alarme, n.º 29, julio-agosto-septiembre de 1985 (págs. 6-7). PDF del número completo · Texto original en francés
El concierto del siglo1, de esos que sólo hay uno por lustro, ha reportado un máximo de publicidad a las estrellas encargadas de desahogar a las masas de los países más ricos. Para ellas el circo; para los etíopes el pan (teóricamente). El mundo contemporáneo consigue montar en espectáculo megalómano el embrutecimiento, el aislamiento y la violencia de esta sociedad, y exhibir el complemento más repugnante de esta situación: la caridad. La acumulación gigantesca de hombres y de capital define una escala fabulosa: que tiene algo de fábula. Pero la leyenda es pobre, pobre en humanidad, de todo ese dinero derramado en un olor de misa. La violencia del espectador excitado como en un partido de fútbol sangriento, o el aislamiento del telespectador ante una serie de imágenes equivalentes a un serial político-folletinesco, se multiplican por decenas de millones, pero nunca rebasan el límite del sistema: violencia y represión social, ruptura con la vida proyectada en el escenario, pasividad y aislamiento. El corolario caritativo puede hipertrofiarse y rozar lo grotesco; la caridad no deja por ello de ser el reconocimiento de un abismo infranqueable en la sociedad, donde la riqueza acumulada en un polo significa la producción de pobreza acumulada en el otro polo. El acto ejemplar es el del hombre de la arena, que echa a los ojos con qué deslumbrarlos y adormecerlos.
Por otra parte, los lloriqueos sobre la hambruna etíope forman parte directamente de lo que está en juego militar y económicamente en el mundo. La caridad cobra otro aspecto: el de una inversión cínica en la lucha comercial y en la lucha interimperialista. Entre «occidentales», por las riquezas agrícolas de Etiopía (¡pues sí, las hay!): café, pesca, especias, etc., y en la lucha contra los países del «Este», muy sólidamente instalados allí. Están los rusos en la comisaría del plan (conocida es su brillantez quinquenal en este terreno), los cubanos en las fronteras, los alemanes del Este en la propaganda, los búlgaros en la agricultura, y también trabajan por allí algunos rumanos. Todos cuadriculan el país y conservan una tenaza sobre el mar Rojo, cuyo otro brazo es el Yemen del Sur: una posición estratégica muy interesante que molesta a los EE. UU.
El comercio occidental florece allí, no obstante, y gracias a todos esos amigos siete millones de etíopes, de treinta y tres millones de habitantes, están amenazados de muerte por la sequía, que ya ha matado a 200.000, porque, desde luego, es la sequía la que mata, no las relaciones mercantiles que la transforman en arma al mercadear con los medios de remediarla agrícola o humanamente. Concentrando el interés en este país, se puede hacer olvidar la condena a muerte de veinte millones de brasileños del Nordeste o de innumerables sahelianos. Mejor aún, eso puede, en el espacio y el tiempo de una campaña publicitaria, hacer olvidar a los millones de parados y a los que ya no tienen más que la sopa popular… y la caridad. Sobre todo, eso oculta la identidad entre todas esas capas de la población aparentemente tan dispares. Disparidad en la forma de pauperización e identidad en sus causas. Para unos, hay pauperización absoluta, que puede desembocar en la muerte cuando falta la famosa sopa popular; para los otros, hay pauperización relativa: cuanto más tienen la «suerte» de producir, cuanto más productivos son, menos reciben en proporción a lo que han producido. En esta diferencia reside la explotación, que es la causa única y universal de la pauperización, relativa o absoluta. La identidad procede de la definición misma de la supervivencia de las masas humanas: ser explotado o no serlo, así es el proletario. En torno a su explotación, a su degradación, se articula su pobreza. Nos ponen ante los ojos a los que mueren de hambre para hacernos aceptar la supervivencia que se nos impone, y los Estados traen muestras vivas para dejar bien claro que existen de verdad y que no es un lavado de cerebro más: camboyanos en Francia o falashas en Israel2.
La suma de rock, de estrellas, de dólares, de comida, etc., en un cóctel incongruente y nauseabundo, reverberado hasta el deslumbramiento por los medios de comunicación, no cambia en nada el hambre. Hay que señalar que muchas organizaciones preconizan una solución distinta de la caridad pura y simple y proponen modelos de desarrollo económico basados en la autosuficiencia alimentaria. Proceden más o menos del tercermundismo, que pretende que el mundo está dividido en tres mundos: el capitalismo, el socialismo (!) y el resto, que está en vías de desarrollo… ¡hacia una o varias soluciones llamadas de tercera vía!
Además de la inanidad y sobre todo de la impostura que hay en semejante visión del mundo, totalmente infectada de los principios stalinistas del «socialismo en un solo país», es decir, del capitalismo en todas partes, la voluntad de dotar a los países «atrasados» de una agricultura que les permita rehacer la historia de los países europeos —revolución agraria, luego industrial, e higiene— es totalmente utópica, mucho más irreal que la posibilidad del comunismo hoy.
Haría falta para ello anular buena parte de lo ya construido, que tanto beneficia a la acumulación actual y que afianza intereses enormes, tanto privados como estatales. Haría falta también una inversión masiva en la agricultura de esos países para recrear gran número de pequeños productores locales suprimidos por la competencia y por los productos internacionales; es decir, invertir de forma evolutiva la corriente que se ha formado y que sigue fluyendo en el sentido del reforzamiento de los lobbies alimentarios. Por último, haría falta que las inversiones en la agricultura, y sobre todo en la agricultura de subsistencia, fuesen más rentables que en la agricultura «industrial» de los grandes cultivos (cacao, café, té, caucho) y, sobre todo, que en la industria, lo cual desmiente toda la evolución del capitalismo y la ley del valor que lo gobierna, que quiere que los capitales se valoricen prioritariamente allí donde pueden hacerlo lo más rápida y masivamente posible y con el mayor rendimiento posible. En suma, allí donde se valorizan actualmente, y no donde querrían los tercermundistas. Para terminar, suponiendo que todas esas imposibilidades se superasen por una razón imprevisible y por una distorsión importante de esa visión, si uno de esos países lograra, a raíz de una guerra, del descubrimiento de una nueva materia prima, etc., desarrollarse y dotarse de una industria, e incluso eventualmente afirmarse políticamente, constituiría entonces una nueva potencia en el mundo, es decir, un polo de crecimiento y de acumulación capitalista más, competidor de los otros y tendente a pauperizarlos por su propia dinámica.
Esta puntualización sobre los tercermundistas, los partidarios de una «tercera vía» o de la «autosuficiencia alimentaria», puede ilustrarse con la actualidad. Etiopía vive a la hora del desarrollo ruso, pero también de todos los países occidentales que envían allí expertos para atacar la sequía. Uno de los expertos, ardiente partidario de la autosuficiencia alimentaria y de la independencia política de esos países, gran teórico y práctico en este terreno, a saber, Edgard Pisani, se encuentra actualmente manos a la obra en Francia, más exactamente en Nueva Caledonia3. Regando a menudo con francos, consigue hacer crecer gendarmes.
Pasan hambre aquellos a quienes el capital no necesita, o cuya necesidad puede satisfacerse muy rápidamente dada la oferta. No pasan hambre aquellos a quienes necesita inmediata y apremiantemente, o permanentemente. Una particularidad: polis, militares, jueces, periodistas, políticos, sindicalistas, curas, gente del juego (espectáculos, deportes, etc.) tienen días felices por delante. El capital los necesita inmediata, apremiante y permanentemente para hacer aceptar a los demás la situación presente. Que los que ayunan esperen: el crecimiento o la guerra pueden sacarlos de ahí. Que los que comen se callen: la detención total del crecimiento podría hacerlos ayunar.
La necesidad del capital es la de hombres para valorizar el capital ya acumulado y crear capital nuevo, en un mecanismo del que la «carrera por el beneficio» o por los mercados no es más que una prolongación humana. Pero son los hombres quienes han producido y reproducen el capital, cuya acumulación significa la inhumanidad y hoy, potencialmente, la muerte definitiva de la humanidad.
Ésa es una de las razones por las que la revolución venidera se hará a título humano, es decir, indisociablemente individual y colectivo. Este sistema ha dado ya las claves de su muerte: un mercado mundial y un proletariado mundialmente revolucionario. Ya no puede segregar vitalidad sino contra él, y todo ser vivo que quiera vivir choca con él en todas las perspectivas. Envilece y amenaza al hombre; es a título de la humanidad como hay que abatirlo.
El concierto Live Aid, celebrado el 13 de julio de 1985 en Londres y Filadelfia y retransmitido a todo el mundo, para recaudar fondos contra la hambruna de Etiopía. ↩
Los falashas, judíos de Etiopía, fueron trasladados en secreto a Israel en 1984-1985 (operación Moisés). ↩
Edgard Pisani (1918-2016), ex comisario europeo de Desarrollo, enviado en diciembre de 1984 a Nueva Caledonia como delegado del Gobierno francés en plena insurrección canaca. ↩