Alarme, n.º 29, julio-agosto-septiembre de 1985 (págs. 15-16). PDF del número completo · Texto original en francés
«Un filósofo produce ideas; un poeta, poemas; un pastor, sermones; un profesor, compendios, etc. Un criminal produce crímenes. Si se considera más de cerca la conexión de esta última rama de la producción con el conjunto de la sociedad, se abandonarán muchos prejuicios. El criminal no sólo produce crímenes, sino también el derecho penal y, con él, también al profesor que da lecciones de derecho penal, y además el inevitable compendio en el que ese mismo profesor lanza sus lecciones como “mercancía” al mercado general. (…)
El criminal produce además toda la policía y la justicia penal, alguaciles, jueces, verdugos, jurados, etc.; y todas esas diferentes ramas de oficios, que forman otras tantas categorías de la división social del trabajo, desarrollan diferentes facultades del espíritu humano, crean nuevas necesidades y nuevos modos de satisfacerlas. La tortura por sí sola ha dado pie a los inventos mecánicos más ingeniosos y ha dado ocupación a una masa de honrados artesanos en la producción de sus instrumentos.
El criminal produce una impresión, unas veces moral, otras trágica, según el caso, y presta así un “servicio” al movimiento de los sentimientos morales y estéticos del público. No sólo produce compendios de derecho penal, no sólo códigos penales y, con ellos, legisladores penales, sino también arte, bellas letras, novelas e incluso tragedias (…). El criminal interrumpe la monotonía y la seguridad cotidiana de la vida burguesa. La preserva así del estancamiento y suscita esa inquieta tensión y movilidad sin la cual se embotaría hasta el aguijón de la competencia. Da así un acicate a las fuerzas productivas. Mientras el crimen sustrae al mercado de trabajo una parte de la población sobrante y disminuye con ello la competencia entre los obreros1, la lucha contra el crimen absorbe otra parte de esa misma población. El criminal interviene así como una de esas “compensaciones” naturales que establecen un nivel adecuado y abren toda una perspectiva de ramas de ocupación “útiles”. Podrían demostrarse hasta en el detalle los efectos del criminal sobre el desarrollo de la fuerza productiva. ¿Habrían llegado nunca las cerraduras a su perfección actual si no hubiera ladrones? ¿Habría llegado la fabricación de billetes de banco a su perfección presente si no hubiera falsificadores de moneda? ¿Habría encontrado el microscopio el camino de la esfera comercial corriente (…) sin el fraude en el comercio? ¿No debe la química práctica tanto a la falsificación de las mercancías y al empeño por descubrirla como al honrado celo productivo? El crimen, con sus medios siempre nuevos de atacar la propiedad, da vida a medios de defensa siempre nuevos, y obra así de manera tan productiva como las strikes [huelgas] sobre la invención de máquinas.
Y si se abandona la esfera del crimen privado: sin crímenes nacionales, ¿habría surgido nunca el mercado mundial? ¿Siquiera las naciones? ¿Y no es el árbol del pecado al mismo tiempo, desde los tiempos de Adán, el árbol del conocimiento?
Mandeville, en su Fable of the Bees (1705)2, había demostrado ya la productividad de todos los oficios posibles (…): “Lo que en este mundo llamamos el mal, tanto el moral como el natural, es el gran principio que nos hace criaturas sociales, la base firme, la vida y el sostén de todos los oficios y ocupaciones sin excepción; aquí hemos de buscar el verdadero origen de todas las artes y ciencias; y en el momento en que el mal cesara, la sociedad tendría que corromperse, si no perecer por completo”.
Sólo que Mandeville era, naturalmente, infinitamente más audaz y más honrado que los filisteos apologistas de la sociedad burguesa.»
K. MARX (Teorías sobre la plusvalía). Tomado de Pages de Marx, ed. Payot, t. 1, págs. 217-2183.
El original alemán añade aquí: «e impide hasta cierto punto que el salario caiga por debajo del mínimo»; la versión francesa reproducida en Alarme lo omite sin señalarlo. ↩
La fábula de las abejas, de Bernard de Mandeville (1670-1733). La versión francesa de Alarme fecha la obra en 1708; el original de Marx dice 1705, año de la primera versión, en forma de poema. ↩
Alarme daba el texto según la traducción francesa de Maximilien Rubel (Pages de Karl Marx pour une éthique socialiste, París, Payot, 1970). Lo traducimos del original alemán: Theorien über den Mehrwert, primera parte, apéndice «Abschweifung (über produktive Arbeit)» (manuscrito de 1861-1863; MEW, t. 26.1), con los mismos cortes que hacía Alarme, marcados (…). Diferencias de sentido de la versión francesa: dice que el criminal «rinde un servicio a las emociones» del público (Marx: «al movimiento de los sentimientos»); habla de «factores naturales de igualación que restablecen el equilibrio saludable» (Marx: «compensaciones naturales que establecen un nivel adecuado»); y en la frase final, «sin duda» por el «naturalmente» de Marx, y «todos los apologistas» donde Marx dice «los apologistas». ↩