Alarme, n.º 29, julio-agosto-septiembre de 1985 (págs. 13-14). PDF del número completo · Texto original en francés

«EL PLANETA ENTERO PRACTICA EL APARTHEID»

Mi interlocutor se acalora: «Ustedes, en Europa, nos reprochan el apartheid: qué hipocresía. ¿Cuántos trabajadores inmigrados viven, pues, en Neuilly o en el distrito dieciséis de París? Miren el mundo entero: ¿hay muchos europeos que vivan en las casbas de Argelia o en los barrios de chabolas negros que rodean las ciudades africanas? ¿Hay muchos árabes en los barrios ricos judíos de Israel? Nuestro único problema es la proximidad: Soweto está a nuestras puertas, mientras que el mundo de los hambrientos se encuentra a cientos de kilómetros de sus ciudades blancas. El planeta entero practica el apartheid, pero se trata de un apartheid “natural”, económico. Sólo nuestro gobierno ha tenido el valor de reconocerlo e inscribirlo en la ley. En el fondo, nos castigan ustedes por nuestra franqueza.»

¡Qué cosas tan interesantes y tan bien formuladas!

Así pues, nuestros buenos dirigentes, los políticos, las asociaciones humanitarias y tantos otros, toda esa buena gente prendada de la justicia, de la libertad, de la fraternidad y de tantas otras cosas, no habrían comprendido todavía que el planeta entero es un inmenso campo de trabajo segregacionista.

¿Y sería un vulgar hombre de negocios, bajamente materialista, del país del apartheid quien estaría en lo cierto?

«¡No, no y mil veces no!», responderán las personas antes citadas; «no hay que confundir; en nuestro país es distinto: el obrero puede salir adelante, es igual ante la ley que el millonario, puede votar, sea blanco, gris o esté completamente borracho, desde el momento en que es ciudadano.»

¡Ah, vaya! ¡Nos tranquilizan ustedes, queridos defensores del oprimido, del pobre diablo, del proletario de oficina o de fábrica, del Hombre! Aun así… la duda es una cosa terrible.

Que la sociedad (sin distinción de fronteras) esté dividida en clases sociales antagónicas, clase capitalista contra clase obrera, no representaría sino una peripecia de la civilización moderna, un azar muy leve en comparación con el racismo, el atentado contra los derechos humanos y el derecho de los pueblos a disponer de sí mismos, que cada Estado se empeña en combatir agrupando tras su flamante bandera a «las fuerzas del progreso».

¡Pues no! ¡Nos toca a nosotros gritar que no!

Para quien abra un poco los ojos, la realidad del funcionamiento de esta civilización morbosa salta a la vista. Y a pesar de la hipocresía y del cinismo que despliega la clase capitalista, la verdad sobre su canallería se le escapa a veces, ya emane directamente de uno de sus miembros, de uno de sus lacayos plumíferos o de la represión de una lucha más abierta del proletariado contra su explotación. Y esta verdad enunciada en la entrevista es para nosotros la que determina todas las demás mentiras, los terrenos de lucha falsos y reaccionarios.

En Sudáfrica —por si hiciera falta aportar una prueba más de las que nos da nuestra miseria cotidiana de proletarios—, una parte influyente del medio financiero emprende conversaciones con el UDF y sobre todo con el ANC para «componérselas» con el futuro poder negro y negociar el mantenimiento y el reforzamiento de la explotación de la clase obrera negra y blanca. ¡Y pensar que el ANC es uña y carne con… Moscú! La lucha por el beneficio no tiene realmente color, y menos aún olor.

Para nosotros, militantes comunistas, el centro nervioso que hay que señalar como blanco inmediato al proletariado negro, blanco o amarillo, ruso o norteamericano es la explotación de clase. Esta explotación, que el color de la piel, la nacionalidad, el sexo o la edad acentúan, se expresa en el salariado, en la venta y la compra de nuestra fuerza de trabajo. Nuestro objetivo es su destrucción, destruyendo en todas partes lo que se opone a ello y a quienes se oponen: sindicatos «libres» o «rojos», «P. C.», «P. S.», sus lacayos «críticos» trotskistas y, de manera más general, la corriente que tiende a atraer al proletariado al callejón sin salida de la lucha contra el colonialismo, de la defensa guerrera o económica de la patria. Para la clase obrera poco importa cuál sea el color de la piel, de los ojos o de las nalgas de quien empuña el garrote y reparte el rancho de su miseria cotidiana.

La revolución comunista, que a la mayoría le parece utópica, no deja por ello de ser la única posibilidad que tiene la humanidad de romper la cadena que le aprieta el cuello cada día un poco más…

«El planeta entero practica el apartheid, pero se trata de un apartheid “natural”, económico.» Ese «natural» es lo que hay que expulsar, y sólo un cambio radical de las relaciones sociales, de producción y distribución, hacia la satisfacción de las necesidades humanas puede producirlo. Por eso, contra todos los que llaman:

  • al antirracismo beatífico,
  • al pacifismo bobalicón,
  • a la defensa de los derechos humanos, de hecho derecho a la explotación,
  • o a la liberación nacional popular y a la autodeterminación,

oponemos la consigna de CLASE CONTRA CLASE, sin compromiso con el Estado blanco o negro, del Este o del Oeste.