Alarme, n.º 30, octubre-noviembre-diciembre de 1985 (págs. 4-6). PDF del número completo · Texto original en francés

Hace cinco años que el pueblo de Francia eligió a la izquierda y le entregó, lleno de esperanza, el destino de la Nación. Son también cinco años más de ataques contra la clase obrera, durante los cuales, no hay que olvidarlo, la barbarie capitalista ha perpetrado su estrago planetario.

En su delirio electoralista de vísperas de las legislativas, todos los políticos proclaman, por avidez de poder: «¡Llega la hora de rendir cuentas!».

¡Despierta, ciudadano! ¡Lo de Etiopía está pasado de moda! Ciertamente, el tono dinámico de hoy apenas colma el marasmo político y social que acentúan las penosas disputas sobre la cohabitación Derecha-Izquierda. Dicho esto, si el P«C»F, creando la actualidad, se eleva a la vanguardia del despertar popular y a la cima de la nulidad del debate político, es para borrar de un plumazo su participación en un gobierno capitalista. La reorientación, por así decirlo, de la CGT, su nacionalismo «contestatario» intransigente y militante, se inscriben en esta perspectiva de reconquista electoral, entre otras, de las filas obreras por un P«C»F debilitado. Además, las acciones minoritarias de la CGT, asimiladas a operaciones de comando para proteger el aparato productivo francés, refuerzan la paz social en todo su significado de negación de la violencia obrera. Orientando la agresividad de sus militantes hacia opciones de gestión capitalista que no disimulan las miras capitalistas de Estado del P«C»F, la CGT paraliza un eventual desbordamiento al mismo tiempo que alcanza su límite: la violencia en el terreno capitalista.

Dicho de otro modo, mucho ruido y publicidad barata, como no sea el sacrificio de algunos militantes, para llenar las columnas de L'Humanité, fórmula combativa.

Añadamos, para comprender bien la coherencia maniobrera y antiobrera de este aparato, que la CGT, todavía poderosa, ¡negociaba hace dos años los despidos en Talbot! No se trata de un enésimo error de táctica stalinista, porque, desde un punto de vista de clase, no hay contradicción fundamental entre las dos actitudes capitalistas sucesivas del tándem CGT-P«C»F, puesto que las justifica, según sus propias palabras, la defensa de la economía capitalista.

Pero, diremos, la misma justificación sirve a los partidarios de la modernización, desde J. Chirac, del RPR, hasta su confidente E. Maire, pasando por la flor y nata «socialista» en el poder, que desean todos una Francia tecnológicamente avanzada, capaz de afrontar la competición internacional.

¿Qué significa, pues, «¡Llega la hora de rendir cuentas!», si todos los partidos políticos coinciden en la misma necesidad? Para intentar responder a esta pregunta nos parece oportuno seguir con el pagano1 de la farsa «socialista», es decir, el P«C»F. En efecto, ¿qué fuerza política puede rivalizar en la exhibición de una contabilidad desastrosa, peor que la del P«C»F, debilitado por la participación gubernamental, perjudicado en sus ambiciones capitalistas de Estado por un P«S» timorato y apartado luego poco a poco por éste de los mandos de la economía? El conflicto de Renault y el fin de la cogestión CGT-Dirección. De paso: si la CGT protesta contra la producción en España, ella, por su parte, propone contratos con la «URSS»… ¡Dios los cría y ellos se juntan! (cf. Le Monde del 17-10-85).

Sin embargo, la política del P«C»F nunca ha negado, y menos aún ahora, la tendencia general del capitalismo a la concentración del capital. Al contrario, y en este sentido se adelanta a la célebre flexibilidad en las relaciones entre los interlocutores sociales (sindicatos, Estado, patronal), invocada por el P«S», adulada por la CFDT y relativamente aceptada por la derecha, y por eso mismo la contraría. Dicho sea de paso, para ser claros, la flexibilidad no es otra cosa que el reconocimiento oficial de la negociación permanente de los intereses capitalistas.

Pero veamos cómo el Pavo capitalista de Estado domina en cierto modo a la Pava capitalista en general, es decir, a todos los componentes políticos, y apreciemos en qué contexto ajustan todos sus cuentas.

En la hora de las mutaciones tecnológicas que modifican la organización capitalista del trabajo, pero que transforman también el rostro de la clase obrera mediante una proporción importante y estable de personas sin trabajo, el Estado tiene necesariamente que dirigir todavía más inmediatamente la vida social, hasta convertirse, impulsado por los imperativos ligados a la competición internacional, en el único gestor indicado.

Los efectos indeseables de esta marcha forzada, a saber, la carrera desenfrenada hacia el poder del Estado, la burocratización de los partidos y de las instituciones, la brutal aniquilación de las industrias no rentables y sobre todo la dominación cada vez más estrecha de los dos grandes bloques imperialistas, EE. UU. y Rusia, delimitan las actuales divisiones políticas.

Los más tibios, que ven en cada manifestación social un atentado contra el orden capitalista o la «mano» de Moscú, se alinearán en el campo de los reaccionarios llamados «liberales», mientras que los otros, igual de reaccionarios, se calificarán de «progresistas» con el pretexto de que idealizan las consecuencias nefastas del progreso de… el crecimiento económico capitalista. En este último campo debemos alinear también a los presuntos «revolucionarios», stalinistas y trotskistas, que legitiman su calificativo de «revolucionarios» por su apego casi militar (¡la defensa incondicional, señores trotskistas!) al imperialismo ruso y a su capitalismo de Estado. Teniendo en cuenta lo que se acaba de decir, podemos ya desnudar las revelaciones, o más bien las acusaciones, que todos esos demócratas se echan a la cara.

La supuesta demagogia que la derecha atribuye a la izquierda, y que el P«S» atribuye al P«C» (y el P«C» a los izquierdistas), no existe, pues, como tal, porque la puja política que supone se anticipa muy a menudo a las posibilidades relativas al crecimiento capitalista antes mencionado.

Podemos citar, haciendo de abogados del diablo, la reducción del tiempo de trabajo y las primeras apariciones, aquí o allá, de las 35 horas semanales, juzgadas antaño irrealizables (o típicamente anticapitalistas, para los trotskistas, cuyas reivindicaciones pierden su carácter transitorio hacia el socialismo en la realidad capitalista)2. Otro ejemplo, «la escala móvil de salarios»: el 39 % de las empresas francesas se pronuncian por la indexación de los salarios a los precios (cf. Le Monde del 16-10-85).

Entonces, después de cinco años de reinado de la Izquierda, y del P«S» en particular, ¿demagogia? ¡No! Pero, en cambio, permitámonos aquí una reafirmación que les trae sin cuidado a la vez a la izquierda, a la extrema izquierda y a los ciudadanos de la nación francesa: el crecimiento económico capitalista niega el desarrollo humano, pues sólo el comunismo, sociedad sin clases y sin fronteras, está a la orden del día. La reducción del tiempo de trabajo dentro del capitalismo podría ilustrar de nuevo lo que decimos, pues la división reglamentada del trabajo y el aumento de la productividad que supone empequeñecen a los individuos. Pero a escala humana mundial, la que el crecimiento capitalista afecta y deteriora, lo ilustran todavía mejor las guerras, las hambrunas y todas las catástrofes sociales, al mismo tiempo que señalan como antihumanos todas las reivindicaciones y sentimientos nacionalistas.

Por consiguiente, la esterilidad del debate político es anterior a la llegada de la izquierda al Poder, y ésta, incluso a través del P«S» solo, no ha traicionado esencialmente sus objetivos… capitalistas y nacionalistas.

¿Entonces, traición? ¡No! Pero, en cambio, usurpación de la palabra socialismo, a la cabeza de la cual figura el acusador n.º 1, el P«C»F, punta de lanza de la contrarrevolución mundial desde la contrarrevolución rusa.

Algunos podrían reprocharnos que no hacemos el famoso balance de la experiencia «socialista» que todos los políticos prometen sin enseñar realmente sus cartas, hasta tal punto las exigencias actuales los reúnen a todos en torno a una política abiertamente antiobrera. Pero no somos de los que comparan las estadísticas del paro antes de las elecciones y, una vez en el poder, las maquillan. Tampoco pertenecemos al campo de los desilusionados o de los decepcionados de un socialismo inexistente. Si es cierto que ese balance sólo puede hacerse honradamente partiendo de la condición de la clase obrera, no hay que olvidar, sin embargo, que estos cinco últimos años se inscriben en más de un siglo de explotación. Visto de este modo, podemos decir que el debate está superado, en la medida en que el papel contrarrevolucionario del P«S» y sobre todo del P«C»F estaba ya históricamente demostrado antes del 10 de mayo de 1981.

Mal que les pese a los que apoyan críticamente a la izquierda, los trotskistas, cuyas tácticas, cuyo seguidismo religioso respecto de los obreros y cuyas burdas analogías con la revolución política en Rusia los llevan, a fuerza de inercia intelectual, a los brazos del stalinismo. Mientras la principal fuerza reaccionaria, el P«C»F, mengua, los trotskistas, y más particularmente Lutte Ouvrière, toman sin condiciones su defensa, atenúan su nacionalismo y le reservan la iniciativa de una alternativa «revolucionaria» que ellos son incapaces de proponer. Los que esperan del apoyo crítico una clara designación del enemigo de clase se quedan con las ganas y no pueden exigir en serio a las organizaciones trotskistas que les descubran una verdadera perspectiva revolucionaria.

Tenemos que poner los puntos sobre las íes. Todas esas historias de balances reveladores y de contabilidad son una tomadura de pelo frente a la condición de clase del proletariado, pues revelan ante todo las dificultades de la Nación para seguir siendo competitiva. Lo más interesante es que concentran todas las fuerzas reaccionarias y rebajan la polémica democrática por debajo del menor deseo de humanidad.

Por eso, para los revolucionarios, cuya actividad y pensamiento no evolucionan en función de ninguna alternancia, se trata de reiterar su apego a los intereses históricos del proletariado, que significan la supresión de la explotación y el advenimiento de la sociedad sin clases: el comunismo.

Partiendo de esos intereses, y poniendo por tanto en guardia contra todo inmediatismo estrecho o anticomunista, en el que incluyen el antifascismo (futuro sonajero democrático de la izquierda y de su extremo), los revolucionarios llaman a la clase obrera a manifestar un desprecio destructor por todas las reglas de la democracia, de las elecciones presidenciales a las elecciones de delegados del personal. En efecto, el totalitarismo que esta democracia disimula cada vez menos lo refuerza principalmente el sindicalismo, que amordaza toda expresión obrera (cf. ley Auroux3).

Por consiguiente, consumando la ruptura con esta democracia, la clase obrera romperá sus cadenas y las de la humanidad entera.

No existe solución milagrosa, como tampoco es tolerable soportar una tregua social. La lucha, por fin y siempre, fuera de los sindicatos y contra ellos, así como contra sus reivindicaciones capitalistas.

En cuanto a la contabilidad de los últimos sufrimientos, recordemos las palabras de un prestigioso revolucionario, que decía que es inútil describir la vida del obrero al obrero mismo para que comprenda la inhumanidad de su condición.

¡Abajo la economía y la democracia capitalistas!

¡Viva la dictadura social del proletariado y la gestión obrera para acabar con el salariado!

  1. En francés, le dindon de la farce («el pavo de la farsa»), el que paga los platos rotos; de ahí el juego de palabras del «Pavo» y la «Pava» unas líneas más abajo. ↩

  2. El paréntesis está sin cerrar en el original, que dice «voir typiquement anti-capitaliste»; leemos «voire» («o incluso»). ↩

  3. Las leyes Auroux de 1982, del ministro de Trabajo Jean Auroux, sobre los derechos de los trabajadores y la representación sindical en la empresa. ↩