Alarme, n.º 30, octubre-noviembre-diciembre de 1985 (págs. 6-8). PDF del número completo · Texto original en francés
Terremoto en México. Corrimiento de tierras en Colombia1. ¡Horror y condenación! La madre naturaleza ha vuelto a hacer de las suyas. Consumado el hecho, la «humanidad» de un sistema basado en la alienación y la inhumanidad muestra su solidaridad con gran despliegue de publicidad. Decididamente, la hipocresía no tiene miedo de exhibir su rostro repugnante.
No es el horror de las catástrofes lo que inspira estas líneas, sino sencillamente el desprecio y la cólera de una especie que con demasiada frecuencia se considera en vías de extinción, pero que ha sabido y sabe todavía luchar a contracorriente, excavando como un topo la posibilidad de un porvenir para la humanidad. Esa especie son los revolucionarios, los que no aceptan ni la existencia material de la sociedad dividida en clases ni la lógica de todos sus defensores.
Así que vayamos al grano. Si bien es cierto que el terremoto de México y la avalancha de lodo de Colombia no los ha provocado directamente la sociedad capitalista mundial, las víctimas son en gran parte víctimas de esta sociedad moribunda. Y lo son por partida doble: por una parte, porque durante su supervivencia eran presa de una sociedad bien precisa que administraba su insatisfacción, y por otra, porque los medios técnicos y científicos de que dispone esta sociedad podían evitarles la muerte, reproducida tan atrozmente a través de las imágenes.
Añadamos a esto lo más importante. Gracias a la víctima, insatisfecha durante toda su vida, se crearon los medios científicos y técnicos que habrían podido salvarla de la catástrofe natural. En efecto, los medios científico-técnicos de la sociedad capitalista sólo existen gracias a la explotación del hombre por el hombre y no son, pues, únicamente el producto de unos cuantos cerebros, por geniales que sean.
La avalancha de lodo de Colombia estaba prevista. En cuanto al seísmo de México, previsto o no (dejamos que los especialistas se peleen a golpe de retórica), los medios antisísmicos existen para evitar o reducir la aniquilación de vidas humanas. ¡¡¡Y sin embargo!!! Ahí está la triste realidad. Aún hace falta querer transformarla de arriba abajo, puesto que modificarla no sirve de nada.
Si es cierto que el potencial industrial y económico del mundo capitalista va en aumento, y no en descenso, no es menos cierto que cuanto más se desarrolla, más empeoran las condiciones de vida de la masa humana ante los cataclismos naturales e históricos. Empeoran no sólo por la voluntad maquiavélica de los monstruos que dirigen el mundo, sino a causa de la naturaleza intrínseca de la sociedad que dirigen. Porque si bien es cierto que las clases explotadas siempre han tenido y tendrán todo que perder y nada que ganar, técnicos y especuladores hicieron observar a la alta burguesía hace muchísimo tiempo que las epidemias no se detienen ante las diferencias de clase y que se puede morir de cólera incluso en la casa de los ricos. Cuando el barco se hunde, los pasajeros de lujo se hunden también, medio desnudos, como los pobres diablos, o quizá en traje de gala. La seguridad es, pues, indispensable para todos: no se la puede uno pasar por alto por completo, como en las minas, adonde sólo bajan los parias de la producción, con algunos ingenieros, pero sin los chulos de la condecoración, puesto que, de todos modos, allí está oscuro.
Pero el problema real es que, independientemente del grado de humanismo, de buena voluntad o de inteligencia de los amos del mundo, es el mecanismo del sistema económico que veneran y que creen dirigir el que de hecho los domina. Incapaz de luchar, aunque sea para salvar su propio pellejo, contra el demonio de los negocios, de la superproducción y del superbeneficio, la clase dominante muestra que su control de la sociedad es irrealizable y utópico. Los ministerios del medio ambiente, de la previsión de catástrofes naturales, etc., pueden crecer, pero sólo para limitar algo los daños, no para emplear todos los medios necesarios para dominar la naturaleza, en el momento mismo en que la carrera por el beneficio la destruye. Podríamos añadir a nuestra requisitoria el inmenso presupuesto dedicado a la industria destructiva (el armamento, lo nuclear…) en detrimento de las necesidades esenciales del ser humano; la hambruna, la sequía, la guerra y un largo etcétera que multiplicaría el número de víctimas de México y de Colombia. Pero no es necesario para demostrar la validez de lo que decimos.
Como no queremos dominar un sistema que hace de nosotros simples mercancías, queremos destruirlo para acabar con nuestra condición de esclavos a merced del patrón, del Estado, del sindicato, de la guerra, de la hambruna… y de las catástrofes naturales, contra las cuales existen medios que no podemos utilizar por falta de armonía entre individuo y colectividad social.
La tesis más extendida para echar la culpa al gobierno x, al partido y o al técnico z sostiene que la sociedad capitalista contemporánea, con su desarrollo científico, técnico y productivo, pone a la especie humana en las mejores condiciones para luchar contra las dificultades del medio natural. Pero esto, una vez más, no es más que hipocresía, porque en el marco del sistema capitalista no pueden ponerse en marcha todos los medios de que dispone o podría disponer. En este sentido, las víctimas de Colombia y de México son víctimas del sistema mundial basado en el salariado. ¡Y ya puede ese sistema pavonearse con sus tropas de socorristas! Lo único que puede merecer es ser destruido.
A derecha o a izquierda, en el gobierno o en la oposición, todos los administradores del capital del mundo entero son responsables de la primera atrocidad: la existencia de la sociedad de clases en el momento en que están presentes todas las condiciones materiales para su destrucción.
Con ocasión de las inundaciones catastróficas del valle del Po, en Italia2, Bordiga concluía, refiriéndose a las dos bandas opuestas, pero ambas deseosas de administrar los asuntos capitalistas del Estado, de la manera siguiente:
«Pero en los grandes momentos de la historia, la corriente rompe todas las trabas, se sale de su cauce y “salta”, como el Po en Guastalla y en el Volano, en una dirección inesperada, arrastrando a las sórdidas bandas en la ola irresistible de la revolución, derribando diques de toda clase y dando a la sociedad, como a la tierra, una faz nueva.»
El terremoto de México del 19 de septiembre de 1985 y la avalancha de lodo del volcán Nevado del Ruiz, que sepultó la ciudad colombiana de Armero el 13 de noviembre de 1985. ↩
La inundación del Polesine, en noviembre de 1951. Bordiga la comentó en Battaglia comunista («Piena e rotta della civiltà borghese»); traducimos la cita del francés de Alarme. ↩