Alarme, n.º 31-32, primer semestre de 1986 (págs. 14-15). PDF del número completo · Texto original en francés
Con las revoluciones ocurre lo mismo que con todas las actividades sociales humanas: es lo que se transforma lo que trastoca el orden de las cosas y el curso de la historia. Así, para la clase obrera, es lo que haga en la práctica lo que la empujará hacia su emancipación. Esa práctica será social, y por ello solo podrá nacer de su aptitud para sacudir de inmediato los engranajes de su explotación asalariada, para tender a rechazar su papel social de productora de plusvalía en provecho exclusivo del capital. Pero el itinerario que lleva al proletariado a la consciencia del objetivo final de su acción revolucionaria —la destrucción de las fronteras, del Estado y del salariado—, ese camino está sembrado de trampas. Por eso es necesario y vital que la clase obrera, esa masa que lleva en sí un porvenir para la humanidad, inicie su lucha poniendo en entredicho cada día su miserable condición. Debe reconocer y destruir a sus enemigos, desde los sindicatos hasta los patronos y el Estado, pasando por los seudopartidos obreros que destruyen su potencial revolucionario desde dentro; debe sentar las bases de su combate de clase atacando el capitalismo en su punto neurálgico: la acumulación, el beneficio, que perpetúan su dominación sobre todos los aspectos de la existencia. En esta perspectiva, si es tan pretencioso como estúpido fijarle al proletariado un programa acabado, es en cambio indispensable adelantar reivindicaciones para una verdadera lucha de clases. Esas reivindicaciones no son fruto de un radicalismo obrerista o dogmático: no son sino la expresión de la consciencia comunista de la vanguardia proletaria; representan el resultado de las diferentes victorias y derrotas del movimiento obrero, una síntesis de su desarrollo teórico y práctico. En este sentido, negarse a adelantar tales consignas para el proletariado es dejar el campo libre a todos sus enemigos, al no trazar una línea de demarcación social neta e inapelable.
La consciencia de clase del proletariado no encuentra su expresión revolucionaria ni de manera espontánea ni de manera lineal. Como clase desposeída de todo, su consciencia revolucionaria se afirmará por la amplitud de las realizaciones sociales y políticas que oponga a la sociedad capitalista, a su propia explotación: es un acto político que se construye sobre la reapropiación social de su propia existencia, de los medios de producirla y de reproducirla. Si la toma del poder político es el medio indispensable para la construcción del comunismo, solo puede concebirse rompiendo la separación entre lo político y lo económico, rompiendo toda oposición entre ciudad y campo, entre individuo y comunidad. En el caso contrario, la clase obrera se condena a encontrar otros amos, otros serviles funcionarios del capital que vuelvan a ponerle al cuello el collar de la explotación asalariada. Esa explotación es el punto de crecimiento del capital; es, pues, directamente a ese nivel donde debe crecer la lucha de los proletarios, lucha cotidiana que será el crisol de las luchas subversivas. Es, pues, antes de esas luchas radicalizadas cuando interviene la necesidad de contrarrestar la dinámica capitalista con reivindicaciones capaces de desmitificar y arrasar su ideología de sumisión a la economía, a la democracia y a la mercancía. La clase obrera lo conseguirá por el contenido de sus luchas, porque la revolución venidera es una revolución que es la negación social de todas las formas de explotación del hombre por el hombre, el fin de la división de la sociedad en clases, y solo puede ser obra de una clase que deberá afirmarse para destruirse y liberar a la humanidad.
El Fomento Obrero Revolucionario, en su folleto Pro segundo manifiesto comunista, publica un capítulo titulado «Las tareas de nuestra época». Esas tareas representan las matrices de las reivindicaciones que la clase obrera deberá poner en práctica para acabar con la miseria social de su condición de trabajador alienado. Estas reivindicaciones que adelantamos a nuestra clase, clase de la que somos parte integrante y no espectadores, no tienen nada de un programa de transición, no son un puente cualquiera entre un programa mínimo y un programa máximo, como pretendía ser el Programa de Trotski, que desde su nacimiento no tenía nada de subversivo; no tenía en cuenta el nivel de contradicción entre fuerzas productivas y relaciones de producción, que volvía caducos todos los intentos de arreglar la condición obrera bajo el capitalismo, caducidad que el proletariado ratificó durante la oleada revolucionaria de 1917-1937. El programa de transición nunca supuso poner en cuestión la acumulación capitalista; no era más que su prolongación.
«Las tareas de nuestra época» representan la continuidad histórica de la experiencia de la lucha de clases desde el comienzo de esa misma oleada revolucionaria del 17-37, oleada revolucionaria que ponía al orden del día únicamente la revolución comunista, y con ella reivindicaciones nuevas en cuanto a las luchas inmediatas del proletariado. Si a la época del capitalismo ascendente correspondían reivindicaciones que se quedaban en el terreno capitalista (lo cual no implica que la revolución comunista no pudiera producirse en ese periodo y que la abolición del salariado no fuera entonces más que una simple frase hueca: lo contrario sería hacer caso omiso de la subjetividad proletaria, indispensable para la lucha subversiva), al periodo de decadencia del capitalismo como sistema de civilización corresponden reivindicaciones nuevas que relegan al desván la lucha por derechos cívicos, las mendicidades sindicales o reformas cualesquiera. Todo lo que había de compatible entre el capital y los intereses del proletariado ha quedado de hecho superado por la necesidad de la revolución comunista y de las únicas tareas capaces de realizarla. Comprender la necesidad de este tipo de reivindicaciones es vital, no solo para la clase obrera, sino también para todos los que están en su vanguardia (o se lo imaginan), pues permiten delimitar sobre el terreno, desde un punto de vista de clase, la hez contrarrevolucionaria del movimiento comunista; quienes no estén convencidos de ello corren el riesgo de hundirse en el propagandismo beato o en la delicuescencia activista, pasando por todas las formas del oportunismo.
Si la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos, no hay que olvidar que su vanguardia formará parte de ella; es decir, nada justifica que esa misma vanguardia actúe de modo diferente en periodo de paz social o en periodo revolucionario. Precisamente uno de sus deberes, como fracción más consciente del proletariado, es plantear claramente alternativas políticas y sociales a la explotación y a la miseria capitalistas. Por eso la clase obrera deberá, hoy y mañana, apuntar directamente a la destrucción de unas relaciones de producción inhumanas desde las primeras horas de la subversión. Con esta mira se apropiará de la base material necesaria para la dictadura de clase.
«Las tareas de nuestra época» contienen la respuesta a las preocupaciones de la revolución comunista, prolongación de las preocupaciones cotidianas de la lucha del proletariado por salir del lodazal capitalista. Esas reivindicaciones atacan la acumulación del capital al mismo tiempo que prefiguran las tareas de la revolución comunista.
En este sentido, no son reivindicaciones mínimas ni un programa que haya que aplicar por etapas. Son una orientación global, que toca todos los aspectos de la lucha de clases, sabiendo que, frente a un movimiento obrero de gran amplitud, el capitalismo y el sindicalismo, irremediablemente ligado a él, pueden ceder de inmediato para impedir la subversión total de la sociedad, es decir, la destrucción del Estado capitalista y la dictadura de la clase que estaba desposeída de los medios de producción y, por tanto, de distribución. Mientras el proletariado no haya dado el paso tras el cual toda vuelta atrás es imposible, no habrá ninguna garantía de victoria obrera. A esa victoria queremos contribuir. A nosotros, revolucionarios, nos toca pesar en las luchas cotidianas para que, como «escuela de guerra del comunismo», desemboquen en la transformación total de la sociedad dividida en clases.