Alarme, n.º 31-32, primer semestre de 1986 (págs. 1-4). PDF del número completo · Texto original en francés
Los gobiernos capitalistas se suceden... Nuestra táctica: ¡la intransigencia! Nuestro combate: ¡la independencia de clase!
De la extrema derecha a la extrema izquierda ha habido una plétora de carteles, octavillas, artículos y discursos en los que cada cual ensalzaba los méritos de su lista electoral, con la nulidad, la hipocresía politiquera y la demagogia que los caracterizan a todos.
Hay en Francia, como media y de forma constante, un 20 % de la población que, sea conscientemente, sea por pasotismo, no se engancha a los vagones llenos de candidatos a dirigir la locomotora capitalista. Pero la gran mayoría de la población, todas las clases confundidas, sigue la vía férrea ya trazada, y en su mayor parte se contenta con elegir a quienes conducirán el tren. Como el maquinista jefe fue elegido en el 81 para siete años, sigue conservando su título. Pero sin un equipo compacto que tenga la misma visión general que él, no puede conducir a su antojo. Y esta vez el equipo que lo asistía ha sido despedido y sustituido por otro que se le opone. Pero como, de hecho, el tren y la vía férrea son los mismos, el tren no corre peligro de descarrilar, ni la vía de ser cambiada, solo por las divergencias de opinión entre el maquinista jefe y su equipo. A lo sumo, el tren puede aminorar la marcha y luego detenerse para que la población pueda elegir a un nuevo maquinista jefe. Nada muy extraordinario, pese a todo el alboroto montado en torno a la cohabitación o la coexistencia. Por lo demás, que el capitalismo cohabite consigo mismo lo sabíamos desde hace mucho.
La alternancia, con sus dos grandes posibilidades, derecha e izquierda, no cambia ni puede cambiar nada fundamental. Las dos grandes fuerzas políticas, o sensibilidades de opinión, como se complace en calificarlas el lenguaje pomposamente moderno, tienen el mismo objetivo: gestionar lo más convenientemente posible (entiéndase: lo más ventajosamente posible) la economía basada en la explotación y en la miseria física e intelectual de la masa de esclavos asalariados. Y no es, convendréis en ello, lo que se llama cohabitación lo que va a cambiar como por milagro lo que precisamente es fundamental y urgente transformar de arriba abajo. Lo que decíamos con la estruendosa llegada de la izquierda al poder es cierto también para la vuelta de la derecha: los proletarios deben arremangarse, unos, y quedarse en paro, otros. También ahí, como en la política capitalista, la alternancia es cosa corriente, con la diferencia de que no hay plazos precisos. Puede ocurrir de la noche a la mañana.
El P«S», después del P«C», ha vuelto, pues, a la oposición. La particularidad de estas dos grandes fuerzas respecto a la derecha y a su extremo es que se pretenden socialistas, por una parte, y las únicas representantes legítimas de la vox populi (¡que se equivoca de vez en cuando!) y de la clase obrera. La mentira clamorosa salta a la vista. Lo que las distingue de verdad es el modo en que conciben la administración del capitalismo y, por tanto, de la plusvalía arrancada a la fuerza de trabajo del esclavo moderno (¡por cierto, ya empieza a hacer demasiado tiempo que es moderno!). Unos (la derecha en general) sueñan con la libre empresa, con el librecambio, en suma, con los buenos tiempos del capitalismo tradicional, el de la propiedad privada individual de los medios de producción, aunque, constreñidos por la propia dinámica del capital, se vean obligados, aun tratando de limitarlos, a aceptar ciertos sectores nacionalizados o por nacionalizar. El P«S», que pretende estar más en armonía con su tiempo y con esa misma dinámica irreversible a falta de revolución social, consiente más fácilmente en las nacionalizaciones, aceptando, sin embargo, la coexistencia con las grandes empresas privadas, aunque critique de vez en cuando el abuso y la opulencia manifiesta de los grandes patronos. ¡Hay que parecer auténtico, hay que parecer «socialista», qué demonios! En cuanto al P«C» y a la extrema izquierda, piensan, a pesar de su lucha fratricida, en una aceleración del proceso, es decir, en la concentración definitiva del capital entre las garras del Estado, Estado que, por supuesto, y ya lo habéis entendido, estaría en sus manos. Eso es lo que se atreven a llamar «revolución» y «socialismo». Pero entre estas diferentes maneras de enfocar la cosa, un punto común y de importancia primordial no puede jugar al escondite con las diversas fraseologías embusteras. La propiedad, sea privada o de Estado, es privativa y capitalista, porque la clase de los productores está igualmente desposeída de los medios de producción y de distribución. Su subsistencia solo sigue siendo posible mediante el salariado y el intercambio de mercancías (entre ellas la fuerza de trabajo) en el mercado nacional e internacional, sencillamente porque el capitalismo se define ante todo como una relación social, determinada a su vez por las relaciones de producción. Todo lo demás (reducir la injusticia, el paro, la desigualdad, etc.) no es más que floritura que quiere ocultar o disimular la dura realidad. ¿Acaso no pretende la derecha hacer otro tanto?
En el poder, la izquierda, con el P«C» al principio y sin él después, supo gestionar la insatisfacción de la población logrando a la vez contener a la clase obrera, a pesar de los ataques incesantes que esta sufrió: ¡beneficios, acumulación y reestructuración obligan! Ahora que vuelve a la oposición, tratará igualmente de canalizar, amortiguar y pacificar toda cólera proletaria que corra el riesgo de ir demasiado lejos. No lo hará en provecho exclusivo de la derecha en el gobierno, sino en provecho del capitalismo y de su Estado, que confía en volver a dirigir.
El primer peligro para todas las fracciones capitalistas es la clase a la que explotan o contribuyen a explotar. De ello son más o menos conscientes según sepan apreciar más o menos correctamente la relación de fuerzas entre el capital y el trabajo. Cuando la clase obrera no se manifiesta en su terreno de clase, la vía queda ampliamente abierta a todas las oposiciones entre alimañas deseosas de abrirse camino hacia el poder capitalista. Es lo que ocurre hoy. En este sentido, las elecciones son más o menos una fotografía de la situación ambiente. Pero esa fotografía no es más que instantánea. Solo reproduce el momento que ha podido captar. Es decir, las mismas personas que se han comportado cívicamente yendo a coger una papeleta en la cabina de la democracia para depositarla en la urna del capital pueden de la noche a la mañana encontrarse en lucha en la calle, único lugar donde pueden empezar a tener un poder real, y, una vez en movimiento, comprender de qué son capaces: transformar radicalmente las relaciones de producción a escala planetaria mediante su dictadura de clase revolucionaria. Por eso, independientemente del poder establecido, la clase explotada no debe contar más que consigo misma para defenderse y atacar. Debe darse cuenta de que un solo gesto consciente y decidido por su parte hace temblar a todas las fracciones del capital, que ya no saben entonces a qué santo encomendarse para evitar que la situación se envenene y desemboque en el cuestionamiento total de la sociedad mercantil.
El proletariado debe dejar de tragarse lo que todos quieren hacerle tragar. En lugar de tratar de encontrar las diferencias entre quienes se proponen como candidatos al destino de Francia, haría mejor en fijarse en sus puntos comunes.
Resolviendo su problema particular de clase explotada, el proletariado resolverá también el de la humanidad en su conjunto. Lejos del circo electoral (nacional, regional, sindical...), la clase obrera debe impulsar su unidad mediante la extensión y el contenido mismo de su lucha allí donde se encuentre e internacionalmente, en Francia como en España, en Chile como en China, en Rusia como en Estados Unidos, en Afganistán como en Libia.
¡Así pues, proletarios!
- Defendamos nuestros intereses de clase, pues como ciudadanos no tenemos ninguno.
- Rechacemos las ilusiones electoralistas, que son otros tantos llamamientos a someterse a la ideología dominante.
- Rechacemos todo consenso social, toda seudotregua electoral en nombre del interés nacional, de los bloques imperialistas, del mundo capitalista.
- Rechacemos todo sacrificio, toda austeridad.
- Rompamos las separaciones corporativistas, entre parados y no parados, entre hombres y mujeres, inmigrantes y ciudadanos.
- Exijamos la reducción masiva del tiempo de trabajo y la incorporación a él de nuestros compañeros parados, no para rentabilizar el aparato productivo capitalista, sino para impulsar el derecho inalienable a la pereza.
- Exijamos el aumento de los salarios reales sin tener en cuenta índice económico alguno del capital.
- Impulsemos una verdadera solidaridad de clase basada en reivindicaciones comunes a todos los explotados.
- Reivindiquemos con la perspectiva de no tener que hacerlo más.
Solo la lucha puede llevarnos a una unión de clase creciente y, por tanto, a la transformación radical de esta sociedad moribunda a escala mundial. Si a la clase capitalista la cohabitación le ocupa la propaganda, a nosotros nos toca ocupar el terreno social con la fermentación de una ofensiva anticapitalista, nacional e internacionalmente.
¡VIVA LA DICTADURA DEL PROLETARIADO PARA LA ABOLICIÓN DEL SALARIADO Y DE LAS CLASES SOCIALES!