Alarme, n.º 31-32, primer semestre de 1986 (págs. 22-24). PDF del número completo · Texto original en francés
Desde que estallaron los dos conflictos mundiales de 1914 y 1939, la frase de Clausewitz «la guerra es la continuación de la política por otros medios» no ha hecho sino confirmarse. Durante la primera carnicería, la de 1914, a la que se opuso la revolución rusa de 1917 —primera chispa de la revolución socialista mundial—, el tablero geopolítico mundial queda trastocado. Los países colonialistas dominantes, como Francia, Inglaterra o Bélgica, la flor y nata del capitalismo internacional, se verán suplantados por Rusia y Estados Unidos, que se afirmarán como las dos nuevas grandes potencias mundiales. En ese periodo los bolcheviques tendrán que hacer frente al empuje, a veces artificial, de movimientos de liberación nacional en el seno del antiguo imperio zarista. Polonia y Finlandia, entre otros, ilustrarán la teoría de la autodeterminación de los pueblos, tan defendida por Lenin contra las críticas acertadas de Rosa Luxemburgo y de otros socialdemócratas de la época. Antes de la primera guerra mundial, los intereses de la burguesía en ascenso desencadenaron guerras o provocaron luchas de liberación nacional contra las trabas locales que impedían que la hegemonía capitalista, basada en la relación capital-salariado, se impusiera mundialmente sobre territorios constituidos por fronteras nacionales. El impulso de la guerra de guerrillas y de la conspiración no tiene, pues, ningún valor revolucionario en sí, sino que ha sido y es hoy el instrumento por excelencia de la dominación de una clase sobre otra. Dicho esto, hay que precisar que el sistema capitalista era en el siglo XVIII progresista respecto al sistema mercantilista feudal, y eso justificará el apoyo que Marx y Engels preconizaron a la burguesía, y ello únicamente con el fin de ayudar a la constitución del proletariado en clase revolucionaria mediante la socialización mundial de la relación de producción capitalista.
Así pues, la guerrilla nunca ha sido una manifestación de la lucha de clase proletaria; es un instrumento que los administradores del capitalismo del Este y del Oeste utilizan en la guerra interimperialista que libran en el planeta por Estados interpuestos. Esa guerra de competencia representa cada vez más la sobreexplotación capitalista y la tendencia del capital a concentrarse en su forma más brutal: el capitalismo de Estado. La guerra de guerrillas fue un redescubrimiento para el movimiento trotskista, que, perdiendo la guerra del 39-45, se echará al monte para apoyar la democracia burguesa contra el fascismo. El internacionalismo proletario, tan defendido por Trotski y la IV Internacional, será traicionado por la mayoría de las secciones. El abandono de esa preciada conquista del movimiento obrero llevará a los trotskistas a la deriva. Mientras los proletarios combaten y mueren en los campos de batalla capitalistas, trotskistas y stalinistas hablan de patria, de resistencia, de guerra de liberación nacional, etc. Incluso en América, lejos de la guerra, el SWP de Cannon capitulará en favor de la América democrática contra los «malvados» fascistas del Eje, uniéndose a los P. Frank, Michel Raptis (Pablo) y tantos otros en Europa.
Toda la dirección de la IV Internacional sucumbirá a los cantos de sirena de la democracia y se pondrá de rodillas ante ella. Al no querer reconocer ni rectificar la política de camarilla que se adueñaba de la IV Internacional, su traición al internacionalismo proletario y su posición falsa y anquilosada de apoyo a Rusia como Estado obrero o socialista la llevarán de modo natural fuera de la revolución y contra ella. Ese internacionalismo proletario es precisamente la negación de la defensa de un campo capitalista frente a otro; a semejanza de la revolución española, que luchó tanto contra el fascismo como contra la República, el proletariado no tiene otra alternativa que transformar la guerra en guerra civil o recaer en uno de los campos capitalistas. Solo el derrotismo revolucionario es la vía proletaria hacia la revolución, derrotismo que es una de las manifestaciones tangibles de la solidaridad internacional de los proletarios por encima de las fronteras de las patrias que se les pide defender. El apoyo al stalinismo se confirmará por lo demás en el I congreso de la IV Internacional, en el 48, directamente contra el interés de la clase obrera.1 Las diferentes tendencias en el seno de la IV Internacional capitularán así (con excepción de la sección española), cada una a su manera, ante el stalinismo. Michel Raptis, entonces secretario de la IV Internacional, propondrá abiertamente el entrismo en los PC en los años cincuenta. Otros propondrán la participación directa en la gestión capitalista, en particular los trotskistas de Ceilán en un gobierno de unión nacional, y así sucesivamente, pasando por el apoyo a los movimientos de liberación nacional prorrusos, desde la guerra de Corea hasta la Indochina del verdugo Ho Chi Minh, culpable del exterminio de miles de comunistas vietnamitas, y para quien los trotskistas de la tendencia espartaquista reclamarán que se le concedieran bombas atómicas.
Como acabamos de mostrar, el movimiento trotskista de los años sesenta no inventó nada cuando dio su apoyo entusiasta al gobierno de liberación nacional de Fidel Castro. Los Hansen, Maitan, Lambert, Gilly y Lutte Ouvrière2 capitularán ante el stalinismo castrista, y más particularmente el Secretariado Unificado, que en el IX congreso de la IV Internacional proclamará la necesidad de hacer la revolución por medio de la guerrilla. En cuanto a la guerrilla en América Latina, debe su auge a la toma del poder por Castro. No obstante, recordemos que la guerra de guerrillas se utilizó en Perú y Chile contra la corona española, poco antes de la liberación nacional de comienzos del siglo XIX; en ese periodo empieza la era republicana, con su cortejo de golpes de Estado militares y de insurrecciones armadas de caciques, que precederán a toda una época de disturbios. Así, en los años sesenta, grupos armados controlarán vastas zonas: Venezuela, Colombia (y su ídolo Camilo Torres), etc. Esos grupos reclamaban simplemente un reparto más equitativo del poder y el acceso capitalista de sectores más amplios de la población privada de derechos de ciudadanía. Todos esos grupos guerrilleristas pedirán a los políticos una serie de reformas del sistema capitalista —nueva constitución, reparto de la tierra a los campesinos—, a cambio de lo cual depondrían las armas. Por ejemplo, la toma del poder por el Movimiento 26 de Julio de Castro tenía como programa de partida esas reformas y la salvaguarda de la continuidad de los intereses capitalistas. La guerrilla castrista contará con el apoyo del ejército y de Estados Unidos para echar a Batista; hay que recordar que la junta que tomará el poder en La Habana estaba compuesta, entre otros, por un abogado —Fidel Castro— y por el presidente del Banco de Cuba. Con la mira de seguir siendo fiel a Estados Unidos se enviarán diversos emisarios para obtener la bendición definitiva del Tío Sam, pero en vano. Castro probará así, por la negativa, la impotencia para sustraerse a la guerra interimperialista sin un programa internacionalista proletario, y se volverá entonces hacia la versión rusa del capitalismo de Estado.
Para los trotskistas se abre entonces una nueva era de capitulaciones, particularmente para el Secretariado Unificado de la IV Internacional. Este va a apoyar a Cuba y a la camarilla stalinista de Castro y del Che Guevara contra el «diablo» estadounidense; Castro convocará una conferencia internacional —la Tricontinental— para crear focos guerrilleros en todo el planeta. Asimismo la OLAS (Organización Latinoamericana de Solidaridad), creada para América Latina con el fin de presionar a Estados Unidos, se propondrá los mismos objetivos. A cambio de deponer las armas, y aceptando que Cuba pase a la zona de influencia rusa, la guerrilla será abandonada a petición de Estados Unidos. Así, salvo la participación del Che Guevara en la guerrilla boliviana —«enviado de Cuba»—, los grupos guerrilleristas procubanos quedarán huérfanos desde su nacimiento; sin embargo, para la chusma trotskista Cuba será un Estado obrero —aunque deformado— no stalinista, que habrá que defender tanto más cuanto que llamaba a la guerrilla: ¡demostración, por parte de los trotskistas oportunistas y ridículos, de cierto internacionalismo!
Numerosos grupos guerrilleristas que luchaban por la liberación nacional se unirán a las filas castristas stalinistas en el continente. La mayoría de ellos cambiarán simplemente de bloque imperialista y se volverán del lado ruso contra los intereses estadounidenses, no siempre sin reservas. En Nicaragua, en los orígenes del frente sandinista, había terratenientes rivales de Somoza, cristianos y campesinos que reivindicaban ya entonces un reparto más equitativo del poder político y económico; criticaban a Castro porque había caído en manos de Rusia, pero al mismo tiempo lo miraban como la proyección de su propio destino. En Perú, el grupo APRA Rebelde, escisión del APRA proestadounidense, se convertirá en el MIR procubano e impulsará una guerra de guerrillas en el centro del país con un programa de nacionalización de las empresas estadounidenses y de reparto de la tierra a quienes la trabajan. Hay que añadir que el movimiento guerrillero o de liberación nacional, desarrollado y sostenido esencialmente por el capitalismo de Estado ruso, no deja de tener adeptos proestadounidenses, en particular en los países que tratan de liberarse del stalinismo para volverse hacia el «liberalismo» occidental o volver a él: el grupo UNITA en Angola, Honduras y la Contra, o Afganistán y la resistencia kurda.
La guerrilla, sea urbana, de expresión individual o colectiva, por toma del control de una región para cercar la ciudad desde el campo, aparezca o no, supuestamente, para contribuir a la toma del poder por el proletariado, no tiene nada que ver con la lucha de clase del proletariado por la instauración del comunismo. La palabra clave para la clase obrera es autoorganización sobre un programa cuyo contenido ataque directamente al capital y a su acumulación. Autoorganización que tendrá como base las antiguas organizaciones revolucionarias o la vasta actividad de nuevas organizaciones que demuestren que el proletariado lucha en su terreno. Esas organizaciones comunistas confluirán en el movimiento en una sola expresión hacia el comunismo, donde la clase obrera dejará de estar privada de la riqueza que produce y, por eso mismo, desaparecerá como clase explotada. El proletariado, cuando actúa en su terreno, lo hace como un movimiento que niega la acumulación capitalista, es decir, que apunta a la destrucción de la relación capital-salariado y, al contrario, a la socialización de la producción y de la distribución. Los ejemplos históricos son numerosos: la Comuna de París, la revolución rusa y la revolución alemana, la revolución española y otras tentativas más limitadas, como los Cordones Industriales en Chile. Por eso la clase obrera no necesita en absoluto, en su lucha por el poder y por la revolución social, a nadie que quiera sustituirla o tomar la palabra en su nombre, ¡guerrilleros a la cabeza! Nada, absolutamente nada, puede justificar hoy la guerrilla: es reaccionaria y contrarrevolucionaria, peligrosa no solo por su forma, sino sobre todo por su contenido político.
Así pues, si una vez más el peso de la contrarrevolución stalinista es tan fuerte, es gracias a la labor de zapa efectuada por los trotskistas con el apoyo que prestan a Rusia y a sus satélites como Estados obreros deformados o degenerados. Su capitulación en la defensa de la patria (los maquis) y el abandono del internacionalismo proletario los hacen responsables de la dificultad que siente una franja importante de proletarios para romper con la idea de una patria socialista cualquiera y ver en el stalinismo el capitalismo en su forma estatal. En resumen, la trayectoria contrarrevolucionaria trotskista queda así: durante la guerra, el maquis nacionalista; ayer, el guerrillerismo, y hoy, ¡la defensa de la democracia!
Los izquierdistas (esencialmente los trotskistas) y todos los que se reclaman de la corriente comunista y proponen a la vanguardia proletaria seudonuevas formas de lucha —guerrillas, revoluciones coloniales, pacifismo, etc., totalmente capitalistas—; todos los que predican de manera fetichista en favor de viejas formas de organización —sóviets, consejos obreros, etc.— para preservar la revolución de la degeneración, esos no han comprendido nada de la lucha de clases, pues el proletariado, en su combate histórico contra las relaciones sociales de producción capitalistas, creará la organización más adecuada a las necesidades revolucionarias para el asalto al poder. Esa creatividad de la clase que ha de emancipar a la humanidad forjará el éxito de la revolución socialista mundial y evitará su transformación en contrarrevolución bajo la forma hoy más decadente, el capitalismo de Estado.
La revolución comunista y la lucha cotidiana del proletariado están indisolublemente ligadas por el contenido de esas luchas, y no por el apego a unas formas de acción.