Alarme, n.º 31-32, primer semestre de 1986 (págs. 28-29). PDF del número completo · Texto original en francés

Dos dictadores, Marcos y Duvalier, han tomado con pocos días de intervalo el camino del exilio dorado. Diríase que para la Casa Blanca, y para todos los demócratas, las dictaduras ya no están de moda. Resultan anticuadas e impopulares.

En Haití, la marcha sin sobresaltos de «Baby Doc» provocó el desbordamiento de toda la población, que tras veintiocho años de dictadura aprovechó la ocasión, aunque solo fuera por unos días, para tomarse la justicia por su mano, sobre todo contra los tontons macoutes,1 que desde la llegada al poder de Papa Doc hacían reinar el terror. Tenían todos los derechos. Pero el derrocamiento de la dinastía Duvalier se realizó ante todo gracias al acuerdo de Estados Unidos y de una fracción más inteligente del capital nacional, que consideraban demasiado grande el contraste mal disimulado entre el fasto de la familia Duvalier y sus acólitos y la miseria creciente de Haití. Esa situación, juzgada peligrosa, podía provocar un descontento incontrolable de la población; había, pues, que actuar y librarse de ese dictador molesto y sin utilidad alguna para el mantenimiento de la paz social.

En cuanto a Filipinas, la marcha de Marcos fue igualmente bastante fácil, tanto más cuanto que la sucesión estaba prevista desde hacía meses. En efecto, Cory Aquino parecía desde el principio dar la talla: esposa de su marido mártir, católica practicante («Cory, ruega por nosotros» era el lema de su campaña electoral), procedía de una honorable familia burguesa. Esta mujer es la imagen perfecta de la canalla demócrata de posdictadura. Sin la participación activa de un sector del ejército y de la Iglesia, ese vuelco de la situación no habría sido posible.

Con 26.000 millones de dólares de deuda exterior, abandonado por los bancos y por el mundo de los negocios, vuelto terriblemente impopular, Marcos ya no obedecía a las normas del capitalismo internacional. Pero que estos dos dictadores caídos se tranquilicen (de todos modos ya lo están): la Casa Blanca y el Elíseo les asegurarán una vejez feliz y tranquila. Lo principal es la supervivencia del propio sistema capitalista; poco importa, hasta cierto punto, quién tenga la tarea de dirigirlo para las grandes potencias que se reparten el mundo. Un gran número de países que estuvieron durante decenios bajo la bota de dictaduras disfrutan hoy de una «democracia ejemplar» (Perú, Argentina, España, etc.). Ese cambio de situación ha sido posible en parte gracias a la contrarrevolución stalinista, que, cuando no puede imponerse directamente ella misma, no ha sembrado en la consciencia de los trabajadores más que aspiraciones democráticas para desviar al proletariado de su verdadero y único objetivo actual. La forma democrática del capital basta a menudo para contener al proletariado. A este respecto, la Iglesia ha desempeñado un papel de primer orden en esta escalada democrática que perpetúa la dictadura del capital sobre el trabajo. Ella, con la bendición del bloque capitalista occidental y de un sector del capitalismo nacional, ha estado a la cabeza de todas las manifestaciones de descontento, incapaces por eso mismo de poner en peligro los intereses del capitalismo nacional e internacional. En la oposición se encuentran también grupúsculos marginales pertenecientes a la vieja guardia maoísta, que sacan su fuerza de los sectores más atrasados del proletariado y de la desintegración del proletariado bajo el vocablo de pueblo. Esos grupúsculos de apariencia radical dirigen la oposición mediante la guerrilla, desviando al proletariado de sus verdaderos intereses. A pesar de manifestaciones más o menos duras por parte de la población, hay que afirmar claramente que la caída de Marcos y Duvalier se debe sobre todo a las diversas fracciones capitalistas nacionales e internacionales, en la medida en que el proletariado no supo ponerse a la cabeza del movimiento llamado popular afirmándose como única clase revolucionaria. Una vez más, a falta de una alternativa revolucionaria, el proletariado ha sido utilizado como masa maleable y como carne de cañón en un conflicto intercapitalista.

Es preciso que los trabajadores de esos países, como en todas partes, por supuesto, luchen contra la ilusión de libertad sembrada en sus consciencias. Solo han sido liberados de una forma de dominación más brutal y más salvaje, pero el nuevo sistema democrático asegura con la misma eficacia la explotación acrecentada y la miseria de los proletarios. Sea cual sea la forma que adopte el capitalismo, será siempre el enemigo mortal del proletariado, tanto más cuanto que esa forma está prácticamente siempre sujeta a la voluntad de las grandes potencias llamadas democráticas o falazmente socialistas. El capitalismo es una entidad mundial, a pesar de su parcelación en fronteras nacionales.

En Filipinas y en Haití, el entusiasmo popular provocado por la marcha de los dictadores se puso al servicio de los nuevos amos del Estado, que, una vez en el poder, hicieron todo lo posible por ahogar una verdadera respuesta proletaria, con el pretexto, como siempre, del peligro de un golpe de Estado que instalaría a otro dictador «malo». Son mentiras que impiden a los proletarios medir su propia fuerza, capaz de construir una sociedad nueva, sin clases ni explotación, donde los negros años de represión no serán más que un mal recuerdo.

Algunos dirán que la forma democrática del poder es necesaria para todo cambio de sociedad, o que una democracia es preferible a una dictadura. Nosotros decimos NO. Cuba, Nicaragua e Irán bastan para afirmar que en los países llamados «liberados» siguen existiendo la miseria, las desigualdades, la explotación, la represión, etc. En nombre de la «reconstrucción nacional», los trabajadores de esos países deben someterse a condiciones de vida semejantes a los peores años de la esclavitud antigua. Sea cual sea el régimen político que domine el capital tras unas fronteras nacionales, cuando el proletariado actúa en su terreno de clase recibe como respuesta artillería, metralla, represión y toda la monstruosidad de la barbarie del mundo capitalista decadente contemporáneo.

  1. Milicia paramilitar creada por François Duvalier («Papa Doc»); el original escribe «tontons Macous». ↩