Alarme, n.º 31-32, primer semestre de 1986 (págs. 30-31). PDF del número completo · Texto original en francés
En la noche del 14 al 15 de abril, escuadrillas de la aviación estadounidense bombardearon Trípoli y Bengasi, las dos principales ciudades de Libia, con el pretexto de asestar un golpe al terrorismo internacional.
Aprovechando el miedo que suscita la posibilidad de ver estallar una bomba ante los propios ojos cuando uno se encuentra en un lugar público, el imperialismo estadounidense apela, para justificar su acto, al sentido común de las poblaciones y de los Estados occidentales. Gadafi, por su parte, apela al antiimperialismo de quienes deben apoyar a los más débiles contra los más fuertes; apela al «socialismo», al mundo árabe y al islam, ¡nada menos!
Digámoslo enseguida: como proletarios revolucionarios no apoyamos ni a la banda de asesinos y explotadores a la salsa de Gadafi o de Moscú ni a la de la salsa occidental. Desde un punto de vista capitalista, tienen tantas justificaciones unos como otros. No tenemos que elegir uno de esos dos campos, ni un supuesto mal menor, sino combatirlos a ambos en un terreno de clase, el de la revolución comunista.
Es cierto que los dirigentes de Estados Unidos mienten cuando pretenden haber dirigido su acción contra Libia en nombre del antiterrorismo, y ello por tres razones principales. La primera es que ellos mismos, como cabeza de uno de los dos grandes bloques que dominan la superficie de la Tierra, emplean complacientemente los métodos del terror en pequeña y gran escala. La segunda es que aprovecharon la situación para mostrar que eran, sin la menor duda, los amos del Mediterráneo (mare nostrum). La tercera es que, por Libia interpuesta, Estados Unidos quiso mostrar su determinación al otro gran bloque, dirigido por Rusia, que no solo no rechistó, sino que, avisada de antemano, retiró dos barcos de guerra en el momento en que estaba previsto el ataque. Aunque Gadafi resulte molesto para la propia Rusia, no deja por ello de estar en su campo imperialista. Perder un peón, bueno o malo, siempre es fastidioso y peligroso, tanto más cuanto que ya ha sido ampliamente utilizado, como en el Chad y en el Líbano. Es, pues, fundamentalmente porque Rusia se sabe militarmente inferior por lo que Estados Unidos ha podido despachar unas cuantas toneladas de explosivos sobre Libia. Estas explicaciones no tienen la pretensión de ser completas, pero sí, a buen seguro, la de ser justas. Habríamos podido «profundizar», «entrar en detalles», «ponernos teóricamente en el lugar de unos y otros», pero ese no es nuestro objetivo. Lo que queremos mostrar ante todo es que quienes se rebelan contra la intervención estadounidense defendiendo, aunque sea críticamente, al país agredido le hacen el juego, voluntaria o involuntariamente, a lo que favorece, determina e implica este tipo de acción: el capitalismo mundial.
Gadafi emplea, por monstruosos que parezcan, los métodos y las armas de que dispone en su cruzada antioccidental y, por tanto, antiestadounidense, armas claramente inferiores a las de que dispone el imperialismo estadounidense, el mismo que sin ningún problema lanzó sobre Japón, cuando la segunda guerra estaba ya definitivamente ganada, las primeras bombas atómicas, asesinando a cientos de miles de personas. Este hecho innegable lleva a mucha gente que se cree revolucionaria a solidarizarse, por antiimperialismo, con «los pueblos oprimidos», «las naciones oprimidas»...
Cuando revolucionarios del pasado, con razón o sin ella, apoyaban ciertos movimientos nacionalistas (lucha de liberación nacional, lucha anticolonial...), lo hacían pensando en debilitar a las viejas metrópolis en la perspectiva de la revolución comunista internacional. Lo menos que puede decirse hoy es que ese argumento ya no lo es, pues ningún movimiento llamado nacional debilita a los grandes amos del capitalismo mundial. Los ejemplos están ahí para probarlo, desde Corea hasta Argelia pasando por Cuba. La independencia nacional resulta más formal que real, y en todas partes ha agravado el sometimiento económico y político de los trabajadores en general.
Estén o no provocados directamente por uno de los dos grandes bloques imperialistas, los conflictos bélicos ininterrumpidos desde la segunda guerra mundial son guerras interimperialistas sectoriales, en las que, por naciones o fracciones interpuestas, los dos grandes mueven los hilos. Los proletarios que, en nombre del islam, de Palestina o de la nación libre, se matan entre sí no son más que carne de cañón utilizada por el sistema mundial del capital.
Además, si hay tantos movimientos llamados de liberación, nacionalistas, anticolonialistas..., es por culpa de la contrarrevolución capitalista de Estado, que desde Rusia ha masacrado el movimiento obrero anacional en todo el mundo, utilizando o fomentando además los movimientos nacionalistas en su propio provecho para contrarrestar la supremacía de Washington.
Por todas estas razones no hay hoy más que una sola posición revolucionaria: guerra a la paz social, guerra a la guerra, derrotismo revolucionario, internacionalismo proletario. Si el capitalismo se ve obligado a preparar la tercera guerra mundial, nosotros debemos preparar la revolución comunista, obligatoriamente a la misma escala.
En el caso del conflicto que nos ocupa en este artículo, el proletariado estadounidense y mundial debe evidentemente alzarse contra el bombardeo decidido en Washington, pero no para solidarizarse con Gadafi, con su «socialismo», con su arabismo, con su islamismo, y menos aún para defender al bloque ruso, tan capitalista y canallesco como el de Estados Unidos, sino para acabar él mismo con los representantes del modo de producción mundial actual allí donde se encuentren. Esto vale igualmente para los proletarios que se encuentran en el bloque del Este, bajo el dominio directo de Moscú, y otro tanto para los que se encuentran en China, en el Chad, en el Líbano o en Israel. Los revolucionarios desprecian el «mundo árabe» tanto como el mundo de la Coca-Cola, del vodka o de los kibutz. Ese «mundo árabe tan dominado» no es sino el de la alta canalla heredera del antiguo despotismo asiático, que utiliza los recursos técnicos, represivos y destructivos de la civilización capitalista en decadencia.
Todos los «antiimperialistas» a la salsa trotskista —con la tendencia espartaquista a la cabeza, que apenas se distingue de la chusma del KGB por su lenguaje y su práctica, menos matizada en cuanto a la defensa incondicional de los intereses rusos— o a la salsa «tercermundista» son objetivamente corrientes que se oponen a la única lucha por la que hoy puede vivirse y morirse con orgullo: la del enfrentamiento sin rodeos entre el mundo del trabajo y el del capital.
NI RESISTENCIA AFGANA, NI TROPAS A SUELDO DE MOSCÚ
NI «CONTRAS» EN NICARAGUA, NI SANDINISTAS
NI GUKUNI, NI HISSÈNE HABRÉ, EN EL CHAD
NI CUBA, NI CHINA
NI ISRAEL, NI PALESTINA
NI IRÁN, NI IRAK
NI WASHINGTON, NI MOSCÚ
NO AL MUNDO CAPITALISTA
¡VIVA EL INTERNACIONALISMO PROLETARIO!