Alarme, n.º 31-32, primer semestre de 1986 (págs. 25-27). PDF del número completo · Texto original en francés

El XXVII congreso del P«C» se ha celebrado en Rusia, y la consigna de «eficacia» ha sido machacada desde la tribuna por el apuesto galán llegado a la cumbre a pulso. Puede parecer extraño invocar o incluso evocar la eficacia en el país del «socialismo real», pero el primer vicepresidente del Consejo de Ministros, presidente del Comité Estatal de Agricultura (Gosagroprom), ha precisado el ámbito de aplicación de la eficacia para los miserables ignorantes que somos:

«Hay que utilizar de modo eficaz palancas como los precios, el beneficio, la rentabilidad.»

(Discurso del 3 de marzo en Moscú, y no en Washington)

Dicho claramente: hay que aumentar la rentabilidad y bajar los costes de producción para obtener más beneficio; para salvar el país hay que salvar la empresa. Que los proletarios se anden con cuidado: en el curso de este congreso se han hecho innumerables reproches a los cuadros del Partido por su mala gestión, su venalidad, incluso su corrupción, por la mala calidad de los productos industriales y otros, etc.

Si esos reproches hubieran de traducirse en actos, eso querría decir que la disciplina de empresa (llamada socialista) se reforzaría. Significaría un aumento de los controles policiales contra el absentismo y de las sanciones económicas y carcelarias para los saboteadores y demás reventadores de ritmos. Como esos son los medios más extendidos entre los proletarios para resistir a su explotación, eso significa un próximo aumento general de la represión.

Desde hace ya mucho tiempo toda resistencia se considera sabotaje o psicopatía. Se trata de modernizar la economía y de ahorrar mano de obra gracias a esos métodos. Como todo obrero sin trabajo es sospechoso y está obligado a aceptar cualquier trabajo en cualquier lugar pasado un breve plazo (un mes, pronto reducido a tres semanas), cabe pensar que quien saldrá beneficiada será la eterna serpiente de verano de la «industrialización de Siberia».

Al describir objetivos menos absurdos que los «récords» quinquenales y al criticar a Brézhnev, los capitalistas rusos confirman la naturaleza de Rusia y la situación de los proletarios allí: son individuos desposeídos de todo salvo de su fuerza de trabajo, que alquilan al partido-Estado-patrón a cambio de un salario, representación monetaria de esa fuerza de trabajo que así pueden renovar. A cambio deben producir una cantidad de valor mayor que la equivalente a su salario; ese excedente pertenece de entrada al partido-Estado, que es al mismo tiempo propietario de los medios de producción. Esa es la condición de los proletarios del mundo entero frente al capital, con la salvedad de que en Rusia tienen mucha menos libertad de desplazamiento (se los deporta más sistemáticamente) y de que son, como ha subrayado el congreso, particularmente ineficaces, salvo cuando trabajan por su cuenta como «artesanos» (trabajos por cuenta propia en la fábrica, parcelas de tierra, trabajo negro, etc.). La explotación capitalista, gestionada por el partido-Estado, debe reforzarse para elevar el nivel industrial del país, y su ferocidad es proporcional a su casi total ineficacia, salvo en el terreno militar y en el saqueo de los países satélites.

También se abordó, por supuesto, como en cada congreso, el tema de los países hermanos. Al respecto la satisfacción es de rigor, invariablemente templada por un llamamiento a intercambios «cada vez más equitativos», por oposición al imperio del mal (no él, el otro), que practicaría cínica o vergonzosamente un intercambio desigual con sus satélites. Esos canallas que citan a Marx y a Lenin en sus discursos, después de haber masacrado a sus herederos, difunden como vulgares burgueses lugares comunes que aquellos hicieron trizas.

En efecto, cuando los primeros colonos se instalaron en ultramar, practicaron primero un intercambio desigual: abalorios a cambio de marfil y oro, allí donde podían. Allí donde existía un comercio importante (tráfico de esclavos intraafricano, por ejemplo), tuvieron que ajustarse al valor medio de los productos intercambiados. El crecimiento industrial y agrícola se fundó, como en su origen en los países europeos, en la expropiación de los pequeños propietarios, en su concentración y proletarización. El comercio internacional se desarrolló y atenuó, y luego arrasó, las disparidades locales, y ya nadie cambia cacao, esclavos u oro por abalorios; el funcionario más piojoso del país más pobre del mundo está al corriente de la cotización internacional de los productos que vende, por su valor, como término medio, para comprar el equivalente, como término medio, en productos absorbibles por el mercado local o con los que tratará de especular.

Generalmente, en esas zonas donde el capital está menos concentrado (y que no son «subdesarrolladas»: forman parte, así, del funcionamiento normal del sistema capitalista), se trata de producción vegetal, agrícola o minera extractiva, que casi siempre incorpora más trabajo humano que las producciones industriales por las que se intercambia. Quienes producen la mayor cantidad de productos con el menor trabajo humano podrán realizar mejor la venta de mercancías al precio más bajo en un mercado tanto más grande. Y ello es tanto más fácil cuanto más concentrado está el capital. Para los demás, eso significará la expropiación de los productores locales, a quienes no podrán proteger política y económicamente (es decir, la posibilidad de defender barreras aduaneras), y la mala venta de productos vendidos, como término medio, por su justo valor.

Pero Rusia funciona precisamente de otra manera. Dentro del bloque geopolítico que domina, vende sobre todo productos agrícolas o industriales, pero poco elaborados, incluso en lo militar. Compra a sus satélites minerales y productos industriales elaborados. Pero es ese intercambio el que no es equitativo, pues Rusia fija arbitrariamente, en función de su beneficio, la cotización a la que se hace el intercambio, con independencia de la cotización mundial. Para ello tiene que aislarse, para ciertos productos, o aislar a los países del COMECON del mercado mundial. Y eso solo es factible temporalmente, y por la fuerza de las armas o por el terror que inspiran. Protegiéndose así y saqueando a sus vasallos, Rusia demuestra su estado de atraso industrial y agrícola, y el voto piadoso formulado en cada congreso significa precisamente que la industria debe mejorar y ponerse al menos al nivel de la de la RDA, Hungría, Checoslovaquia, etc.

Esa disparidad, compensada por el poderío político-militar, es lo que tanto le cuesta y la arrastra a un círculo vicioso: distraer una gran parte del capital productivo hacia la producción militar para mantenerse a flote económicamente, y no salir nunca realmente adelante en lo económico a causa del enorme peso del ámbito militar. Aunque a partir de otro punto de partida —el efecto de arrastre que ejerce la industria militar sobre las demás ramas de la economía—, todos los países, de hecho todo el capital, funcionan de ese modo y recorren ese círculo que lleva a la inflación militarista.

Ese peso monstruoso descansa, evidentemente, sobre los hombros de los proletarios. Toda mejora del funcionamiento económico del capital significa un aumento de la explotación. En efecto, al aumentar la productividad se aumenta la parte de trabajo no pagado respecto a la que produce el salario. Como ni del modo más indirecto o lejano que quepa puede considerarse a los obreros rusos propietarios de los medios de producción, es sin duda la explotación más capitalista que existe la que los burócratas (es decir, la capa capitalista identificada con el Estado y propietaria colectiva de los medios de producción) quieren intensificar.

Ninguna argucia puede ocultar el carácter enteramente capitalista de Rusia. Además, toda afirmación sobre el carácter socialista de la economía o de la sociedad entera es un velo más o menos púdico echado sobre la contrarrevolución mundial y ferozmente anticomunista que de allí surgió, contrarrevolución política, ciertamente, pero sobre la base del reajuste del modo de dominación política a la base económica, cuyos fundamentos capitalistas nunca se rompieron realmente.

El peso de la contrarrevolución se hizo sentir particularmente sobre el proletariado en Rusia, del que se eliminaron todos los elementos sanos mediante el asesinato o la deportación, hasta que no quedó un solo individuo capaz de transmitir a su alrededor lo que había sido la revolución. A pesar de la represión, del embrutecimiento físico e intelectual de la población, a pesar de la militarización y de la desvitalización de la sociedad, el stalinismo necesitó aliados que minaran la resistencia de los obreros.

La Iglesia, por ejemplo, cuyo papel fue determinante para enviar a los proletarios rusos a la carnicería en 1941-1945 y que ha mostrado todavía recientemente en Polonia su saber hacer. Semejante aliado es a veces molesto y trata eventualmente de jugar su propio juego, pero no por ello es menos indispensable como válvula de seguridad y servicio de orden complementario.

Otro aliado, también a veces molesto, es el alcohol. El alcoholismo, en particular el de los licores fuertes, ha sido siempre el símbolo de los pueblos oprimidos y con mayor razón de los obreros: Irlanda, Polonia, la Rusia zarista. La oposición del movimiento obrero a él siempre ha sido resuelta, y precisamente en Rusia, donde el alcoholismo golpea y desorganiza tan duramente a los proletarios, las insurrecciones y motines obreros siempre se hicieron, entre otras cosas, contra las destilerías de vodka.

El 27 de febrero de 1986, durante el congreso en que se trató este problema, el señor Alíev indicó en una rueda de prensa que el Estado ruso vende cada año 162.000 millones de rublos (unos 1,62 billones de francos) en alcohol. Las estimaciones eran hasta ahora de 20.000 millones de rublos. Esa cifra debe duplicarse, puesto que los burócratas reconocen que la mitad del mercado se les escapa. A 5 rublos la botella, los ríos de vodka que sumergen a los trabajadores rusos reflotan considerablemente las finanzas del partido-Estado. Nada sorprendente, pues, en que las campañas antialcohólicas se dirijan primero contra los destiladores clandestinos (después de los hooligans, ¿los bootleggers?), que crean un lucro cesante para el Estado; pero esas campañas apuntan también a los proletarios que se emborrachan tanto que ya ni siquiera pueden fingir que trabajan. Así, hasta los paraísos artificiales que permiten a veces olvidar nuestra miserable condición (y que desarman para cambiarla) han de eliminarse: ¡solo debe reinar el «paraíso socialista»!

En cuanto a la droga, su existencia oficial está reconocida, al menos en los mismos límites que la definen en los demás países. Rusia es el tercer productor mundial de cannabis, y su tráfico en diversas formas adquiere allí una amplitud proporcional al beneficio y a la evasión que procura, según se sea vendedor o comprador. Georgia y Uzbekistán, que lo producen, están afectadas, como la mayoría de las grandes ciudades. Esa droga se reprime en Rusia como en otras partes por las mismas razones que el alcohol clandestino: escapa al control y, por tanto, al beneficio del Estado, y merma tanto a los proletarios que ya no trabajan lo suficiente. En cambio, el Estado no vacila en drogar a todo opositor en los hospitales psiquiátricos, y a la población en general con el vodka, mientras sea compatible con un mínimo de producción. Nada que difiera de aquí, donde, por ejemplo en Francia, al menos seis millones de personas son drogadas gratuitamente por el Estado, puesto que la Seguridad Social (que lleva bien su nombre) les reembolsa los calmantes y ansiolíticos que las hacen dormir y los excitantes que las hacen trabajar, todo lo cual permite soportar la supervivencia. En Rusia se sospechan incluso experimentos con calmantes en las conducciones de agua de ciudades un poco «agitadas».

En resumen, el XXVII congreso de la fracción capitalista en el poder en Rusia se reafirma: la situación de la clase trabajadora no es nada envidiable allí. En efecto, ¡salvo algunas variantes, es la nuestra!

La voluntad expresada por este congreso de aumentar la productividad, la eficacia, etc., va a concretarse en un ataque a los proletarios, en un aumento considerable de su explotación, si los capitalistas rusos son capaces de reorganizar la producción... y si los proletarios los dejan hacer.

El combate que la clase obrera debe librar en Rusia es, pues, el mismo que en todos los demás países del capitalismo mundial.

Sin embargo, reviste una importancia particular, tanto porque Rusia es la segunda potencia militar y polo imperialista del mundo como porque representa el principal polo contrarrevolucionario de este periodo. Su naturaleza capitalista, desarrollada y ocultada por la contrarrevolución, y el hecho de que innumerables fuerzas en el mundo, reclamándose de ella, pretendan hablar en lugar del proletariado: todas estas razones hacen que hoy todavía la actitud del proletariado ruso en la revolución vaya a ser determinante, al aclarar definitivamente la naturaleza del partido-Estado y revelar categóricamente a todas las fuerzas abierta o solapadamente contrarias a la revolución comunista.