Alarme, n.º 31-32, primer semestre de 1986 (págs. 10-13). PDF del número completo · Texto original en francés

Poner los puntos sobre las íes significa volver a poner las cosas en su sitio, definirlas correctamente, disipar la confusión, aclarar lo que se ha oscurecido. Para ello hay que distinguir el palo del punto y colocar este encima de aquel. De lo contrario, se obtiene, desde luego, un signo, pero no una i minúscula. Y a ver quién se aclara para descifrar un texto si del alfabeto se ha quitado lo que distingue la i de las demás vocales. Vayamos, pues, al grano y coloquemos correctamente los puntos sobre la susodicha letra para calificar a las dos principales fuerzas llamadas de izquierda, que, con su extremo (los izquierdistas en general), tienen la responsabilidad total de la situación social que padecemos.

Antes del caso Millerand, se reconocía comúnmente en el seno del movimiento socialista francés e internacional que un socialista no podía bajo ningún pretexto participar en un gobierno burgués. La grave crisis ocasionada por el descubrimiento de las maquinaciones militaristas contra Dreyfus llevó a Waldeck-Rousseau, notorio burgués conservador, a solicitar en junio de 1899 el apoyo de los socialistas a su gobierno. Recurrió, pues, al concurso de Millerand, cuyo reformismo le parecía la variedad «menos inquietante de socialismo». Pero, para contrarrestar la entrada histórica de Millerand en su gobierno, eligió como ministro de la Guerra al general Galliffet, antiguo verdugo de la Comuna (1871). Aunque algo estupefacto al principio, Jaurès iba a saludar con énfasis el «valor de los socialistas que enviaban a uno de los suyos a la fortaleza del gobierno burgués». El 14 de julio del mismo año, Vaillant y Guesde, en nombre de sus respectivas tendencias en el seno del socialismo francés, publicaron un manifiesto que concluía que «el socialismo, partido de clase, no podría ser o llegar a ser, so pena de suicidio, un partido ministerial». Por lo demás, ese manifiesto ni siquiera recibió una aprobación unánime en sus propias corrientes, puesto que algunos grupos locales guesdistas llegaron a enviar mensajes de simpatía al nuevo ministro «socialista». Las supuestas «reformas» sociales que se hacían relucir iban a ser, según decían, «gérmenes de socialismo, sembrados en el suelo capitalista, que darían frutos maravillosos». La tesis, teorizada por personalidades eminentes del «socialismo internacional» como Bernstein e Hilferding, según la cual la evolución irresistible de la sociedad hacia el socialismo engendraba una «etapa intermedia» durante la cual el poder político sería ejercido «en común» por el proletariado y por la burguesía, será combatida en el seno mismo de la socialdemocracia por revolucionarios como R. Luxemburgo, Parvus, Mehring, Pannekoek, Lenin, Trotski, etc., toda la corriente de pensamiento y de práctica que históricamente dará nacimiento al Partido Comunista. Léon Blum, heredero del reformismo auténtico (paso del capitalismo al socialismo por el empleo de todos los medios legales, gobierno incluido), mandará la etapa intermedia (colaboración burguesía/proletariado) al museo de la historia, al término de una evolución en suma lógica, puesto que negaba la lucha de clases, reconociendo él mismo que «los socialistas son en adelante buenos administradores de los asuntos capitalistas». Esa unión sagrada en tiempo de paz iba a imponerse, a pesar de las declaraciones contra la guerra del congreso de Basilea de 1912, al declararse la guerra en agosto de 1914. El abandono rápido, y desde el principio, de los principios revolucionarios de clase por la mayoría de la socialdemocracia iba a contribuir fuertemente a la primera carnicería mundial, inducida por los mecanismos mismos del capitalismo, al que le traen sin cuidado las querellas de tendencias si ninguna quiere abatirlo.

La controversia sobre el «caso Millerand» tuvo amplia repercusión en las filas del «socialismo internacional» y en el seno del proletariado en general. Lo menos que puede decirse es que en aquella época la participación de un ministro «socialista», por reformista que fuera, no pasó como si nada. Pero desde el abandono de la teoría reformista por los propios reformistas, es decir, desde que se concretó la pertenencia definitiva de la socialdemocracia al capitalismo, la participación de los «socialistas» en el gobierno, cuando no lo tienen enteramente entre sus sucias manos, ya no puede ni debe escandalizar. En efecto, son buenos o malos gestores de una economía basada en la explotación del proletariado, nada más, y ya es bastante. Su práctica ya no tiene, pues, nada que ver ni siquiera con lo que en aquella época se designaba con las expresiones «colaboración de clases» y oportunismo.

Cuando se conoce lo que se acaba de exponer, se comprende mejor la futilidad de las estúpidas controversias sobre la experiencia del poder «socialista» de Mitterrand en Francia. Dicho claramente: a los proletarios revolucionarios les importa un bledo saber si el actual jefe del Estado, con su antiguo gobierno de izquierda, cumplió o no las promesas de su programa, pues de todos modos este era capitalista. Punto, ya no sobre las íes, sino y aparte.

Acabamos, pues, de probar, si aún hacía falta, lo que son realmente los partidos «socialistas». Por lo demás, son lo que son con independencia de la diligencia o la reticencia que muestren en defender el capital tradicional representado —simplificamos— por las pequeñas y grandes empresas privadas, y de que colaboren o cohabiten más o menos bien con la patronal. Sus gobiernos y sus ministros no son más o menos burgueses: todos defienden las relaciones capitalistas de producción, esté el capital más o menos concentrado, más o menos centralizado.

Ese «más o menos» hace, sin embargo, «reflexionar» y opinar a buen número de personas que harían mejor en callarse, en vez de afirmar que el Partido «Comunista» es mucho más anticapitalista precisamente porque combate más duramente a la patronal y la propiedad privada. Pero como, a pesar de todo, hay que guardar una compostura «revolucionaria», se apresuran a criticarlo arguyendo que su radicalismo es solo verbal y que de nada le sirve denunciar al gobierno «socialburgués», si él mismo le dio su apoyo durante tres años. Con un juego de manos vertiginoso, olvidando lo esencial, quienes deberían callarse hablan de «colaboración de clases». El mismo reproche dirigido a Millerand y compañía valdría para Marchais y sus subalternos. Es lo que esos idiotas llaman la socialdemocratización del P«C».

La historia se repite tal vez en forma de tragedia y luego de farsa, pero en este caso lo que se nos sirve es una inmensa mentira desconcertante. En efecto, afirmémoslo sin más: el P«C» no hace colaboración de clases, pues eso supondría que, a pesar de todo, defiende y representa a la clase proletaria. Es bastante difícil de tragar; los millones de proletarios asesinados por ese partido lo atestiguan. El P«C» es, de hecho, la fuerza más profundamente contrarrevolucionaria. No ha necesitado en absoluto a la burguesía para aplastar y domar insurrecciones obreras, no solo intramuros, sino también allí donde reinaba la burguesía tradicional. Es más bien la burguesía la que ha colaborado con el stalinismo. Pero veámoslo más de cerca.

Durante lo que se llamó la bancarrota de la socialdemocracia, que eligió definitivamente su campo en un momento crucial, tendencias más o menos revolucionarias no se plegaron a las exigencias guerreras de un capitalismo mundial desencadenado. Fueron las conferencias de Zimmerwald en 1915 y de Kienthal en 1916. A las tendencias llamadas de izquierda, dirigidas por Lenin, se vincula históricamente la constitución de los partidos comunistas. Las que proclamaban alto y claro el internacionalismo proletario, «nuestro propio enemigo es nuestra propia burguesía», «contra la guerra imperialista, guerra civil», «contra la guerra, derrotismo revolucionario».

Numerosos son los revolucionarios, los proletarios que murieron en nombre de esos principios, porque no quisieron seguir a «millones de proletarios de todos los países que caen en el campo de la vergüenza, del fratricidio, de la automutilación, con sus cantos de esclavos en los labios» (R. Luxemburgo, en el Folleto de Junius, asesinada por las mismas razones). En Rusia, al calor de la guerra imperialista, las palabras se materializaron en actos y en realidad: derrocamiento del zar y luego del gobierno «socialista» de Kérenski. Son los famosos diez días que estremecieron el mundo. El partido bolchevique, que más tarde se convertiría en Partido Comunista, acababa de mostrar a la burguesía internacional de qué era capaz el proletariado: de actuar por sí mismo y tomar el poder a escala de un inmenso país con la perspectiva de tomarlo en todas partes. Aun sin conocer el desarrollo de la degeneración del poder soviético y la transformación de la revolución en contrarrevolución, hay que ser estúpido o retorcido para no ver la diferencia fundamental entre lo que fue y lo que es el P«C». Porque durante y después del fracaso de la revolución en Rusia como parte de la revolución mundial, el P«C» mostró claramente a los partidarios del orden capitalista que era el verdugo más encarnizado del proletariado, al mismo tiempo que una fracción de ese mismo capitalismo opuesta a ellos. Él es quien ha destruido, aniquilado, ahogado, asesinado, desviado y estrangulado el movimiento obrero internacional, no la burguesía, y ello con una felonía, una hipocresía, un cinismo y una sed de sangre nunca vistos en la historia, bárbara sin embargo, de la humanidad. Y el colmo es que ha hecho pasar, no sin la complicidad de la burguesía, lo que no es sino una de las formas del capital por socialismo. En nombre del comunismo ha asesinado, asesina y tratará de asesinar a los verdaderos comunistas. Ni Roosevelt, ni Mussolini, ni Hitler, ni De Gaulle se equivocaron al respecto, más pronto o más tarde. Sus declaraciones, además de los hechos, lo atestiguan. El fracaso de la revolución mundial entregó al Partido Comunista ruso, que degeneraba, una forma de capitalismo hallada empíricamente: el capitalismo de Estado. Como defensora de este, Rusia iba a ocupar un lugar cada vez mayor en el concierto de las luchas imperialistas, hasta convertirse tras la segunda guerra en la segunda potencia mundial, a la cabeza de uno de los dos grandes bloques que dividen el mundo. La defensa inquebrantable del principio «contra la guerra imperialista, guerra de clases», propia de quienes inspiraron el nacimiento del PC, no solo brillaba por su ausencia en las declaraciones y los actos del P«C» de los años treinta, sino que fue combatida cuando el pacto germano-ruso y, por supuesto, después, cuando Rusia se alió con las democracias occidentales. Entretanto, había contribuido activamente a derrotar, o había derrotado directamente, varios movimientos revolucionarios en otros países (China en el 26, España en el 36...). Un partido que no defiende al proletariado mundial en tiempo de guerra tampoco lo defiende en tiempo de paz, y viceversa. Esto vale, volveremos sobre ello, también para los trotskistas actuales.

Que el P«C» haya colaborado con el P«S» en el gobierno no añade, pues, nada a su naturaleza específicamente capitalista. Su «radicalismo», «sus amenazas de desencadenar huelgas obreras», su ruptura con la unión de la izquierda no hacen de él, ciertamente, un partido «más revolucionario», sino sin duda el partido del que más hay que desconfiar para estar en mejores condiciones de abatirlo. Porque, aunque en muchos países pierda velocidad, su influencia malsana en los conflictos obreros, aunque solo sea a través de la fuerza ultrarreaccionaria del sindicalismo, es todavía demasiado grande, tanto más cuanto que lo apoyan, más o menos críticamente, los izquierdistas de toda laya. Es, pues, primordial denunciarlo por lo que es, no como un colaborador vergonzante de la burguesía, sino como el representante supremo de aquello a lo que tiende irreversiblemente, a falta de revolución, el capital por su propia dinámica: el capitalismo de Estado. Eso es lo que lo opone a las demás fracciones del modo de producción actual. Que tácticamente sea capaz de girar 90 grados no cambia nada.

Es el peor enemigo del proletariado. Sin él, hay muchas razones para pensar que el capitalismo mundial no sería ya más que un cadáver descarnado, sepultado bajo la nueva sociedad sin fronteras ni clases sociales.

Hemos mostrado que el P«C» no hacía colaboración de clases, pero eso tampoco significa que sea un partido de la burguesía, pues, a pesar de las tácticas cambiantes o diferentes según los países, se opone realmente a ella. Es verdad que lucha contra la patronal, es verdad que lucha contra lo que podría llamarse burguesía como clase poseedora privada de los medios de producción, pero es todavía más verdad que manipula a la clase obrera (es un arma de doble filo) para sus propios fines. Es igualmente verdad que, frente a un movimiento obrero de envergadura, estratégica y tácticamente ha preferido entregarlo atado de pies y manos a una fracción de la burguesía cuando no podía rematar por sí mismo su sucia tarea. Tampoco representa una nueva clase, puesto que defiende el modo de producción capitalista en su forma más centralizada y concentrada. Esa forma es uno de los aspectos de la decadencia de un sistema que, para perdurar, necesita cada vez menos de la clase que lo dominó en su origen, la burguesía.

«Esta decadencia de la clase dominante encadena, en ausencia de una revolución social que trastorne de cabo a rabo las relaciones de propiedad, la decadencia de todo el cuerpo social. Es en este terreno donde surgen las castas, auténticos productos de la podredumbre general. El tipo clásico es el de los brahmanes hindúes, que provienen de la prolongada decadencia de la civilización de la India. Esta casta de brahmanes tiene un carácter religioso que, a primera vista, parece diferenciarla suficientemente de las estratificaciones sociales que se están formando en la Rusia stalinista; sin embargo si miramos con mayor atención vemos que este carácter religioso está en vías de elaboración en Rusia... El inca era “hijo del Sol”, el emperador de China, “hijo del cielo”, Stalin es el “sol de los pueblos”, el “padre de los pueblos”. Puede señalarse otra diferencia entre casta y clase: esta última, producto de una revolución, ha adquirido poco a poco “derechos” que a sus ojos constituyen la justificación de su dominio. En cambio, la casta, nacida de la decadencia de la sociedad, cuando todo, desde las ideas hasta las clases y la propiedad, ha sufrido un lento proceso de disolución, no tiene nada en el pasado que justifique, incluso a sus propios ojos, su dominio.»

(Benjamin Péret, El manifiesto de los exegetas, 1946)1

En efecto, el P«C» actual, con su casta burocrática, es a la vez el producto del fracaso del primer intento de revolución mundial y de una sociedad en plena putrefacción, porque prosigue su camino mortífero cuando ya están reunidas todas las condiciones materiales para permitir un tipo de civilización superior.

En cuanto a las fuerzas políticas que no denuncian al P«C» por lo que es realmente, que dejan suponer que habría traicionado menos a la clase obrera si no hubiera aceptado cargos de gobierno (¡como si, por lo demás, fuera la primera vez!), y que apoyaron la Unión de la Izquierda, también ellas son reaccionarias. Nos referimos principalmente a los trotskistas, por supuesto. Históricamente, esta corriente, hoy parcelada en numerosas capillas (que esperamos ver pronto convertidas en capillas ardientes), procede de la oposición de izquierda a la degeneración del P«C» «soviético» y de la III Internacional, compuesta por partidos enfeudados directamente a la contrarrevolución triunfante. Basada inicialmente en postulados que el tiempo demostraría definitivamente falsos (naturaleza de la revolución rusa, de la contrarrevolución y de los P«C»), la oposición de izquierda, convertida en IV Internacional en 1938 sobre un programa totalmente anacrónico, el «programa de transición», traicionará durante la segunda guerra mundial, so capa de antifascismo, el principio invariable del internacionalismo proletario y del derrotismo revolucionario. Y ello a pesar y en contra de su manifiesto «La guerra imperialista y la revolución proletaria mundial», redactado por Trotski para la conferencia extraordinaria de la IV Internacional en Nueva York en mayo de 1940. Poco después sería asesinado por un verdugo a sueldo del propio Stalin.

La excusa del antifascismo es de la misma naturaleza reaccionaria que la de la unión sagrada, aceptada en 1914 por la socialdemocracia alemana en nombre de la lucha contra el despotismo ruso y por la socialdemocracia francesa contra el militarismo alemán. Las justificaciones pueden ser las que se quiera; el resultado es que se llama al proletariado a defender su patria contra el proletariado de enfrente. Después de esto, no es de extrañar que el trotskismo encuentre satisfacción en que los stalinistas lo reconozcan como parte del movimiento obrero, olvidando sin duda que, en el momento en que el proletariado y sus organizaciones fieles a la revolución (oposición de izquierda incluida) se buscaban, fue precisamente el stalinismo el que los reprimió ferozmente en todas partes. Ser reconocido por el stalinismo es ser reconocido como fuerza antiproletaria y antirrevolucionaria, ni más ni menos. Es lo que el trotskismo merece, porque es lo que es. El «gobierno de izquierda sin ministros burgueses» que reclama es un gobierno policial que reprimirá ante todo la constitución del proletariado en clase revolucionaria y, por consiguiente, a su fracción más lúcida y más decidida.

En cuanto a las auténticas organizaciones revolucionarias, deben tratar de ser lo más precisas posible en el uso de los calificativos para no dejarse arrastrar por la fraseología ambiente, lo que no haría sino complicar cosas que deben seguir siendo simples (por ejemplo, ni el P«S» ni el P«C» son reformistas u oportunistas, a menos de considerar como tal al capitalismo mismo, lo que sería el colmo del absurdo). Dicho esto, el movimiento revolucionario no se contentará con poner los puntos sobre las íes. Su revancha histórica será proporcional a lo que ha sufrido. Sin medias tintas y sin medias medidas, barrerá todo lo que obstaculice la emancipación de la clase mundialmente explotada y, por tanto, de la humanidad en su conjunto.

  1. La cita sigue la versión española del archivo de la Escuela, recortada como en el original francés. ↩