Alarme, n.º 33, julio-agosto-septiembre de 1986 (pág. 12). PDF del número completo · Texto original en francés

El aniversario de 1936, dignamente festejado por la izquierda y vagamente desairado por la derecha, ha desenterrado el mito de una victoria obrera, popular, de la izquierda unida. Ello permite cristalizar el sórdido regateo izquierda-derecha en torno a una defensa de las «conquistas» de 1936: dos semanas de vacaciones pagadas, las 40 horas, mejores salarios, contratos colectivos y no ya individuales, la institución de los delegados sindicales del personal, etc.

Evidentemente, eso puede hacer soñar a quienes solo ven eso, comparado con la situación actual. Sin embargo, para decir si las huelgas de 1936 fueron o no una victoria, hay que situar el movimiento en su contexto, evaluar sus posibilidades y definir lo que fue el Frente Popular.

Ante todo, el Frente Popular, o más bien los frentes populares, fueron una iniciativa de Stalin, que ordenó a los P«C» unirse con todos contra el fascismo. Fueron, pues, una gigantesca maniobra política stalinista a escala de Europa, en el marco de las negociaciones que Rusia llevaba con los bloques existentes para hacerse admitir y ayudar por uno de ellos. Desde el punto de vista de los P«C» y de sus sindicatos, la existencia de una fuerte agitación obrera en ciertos países (Francia, España, Estados Unidos...) no podía sino favorecer la presión diplomática rusa, dada la ilusión que aún reinaba entre los proletarios sobre la naturaleza de Rusia.

Sin embargo, la amplitud del movimiento huelguístico en Francia, su gran firmeza y su proximidad a la agitación revolucionaria de la clase obrera en España (donde los stalinistas aún no controlaban nada) hicieron temer que la CGT no pudiera contener la lucha en los límites del juego democrático. Hizo falta todo el prestigio de Rusia detrás de Thorez para dominar la huelga y hacerla fracasar.

El potencial creado por la parálisis del país y por los lazos internacionales que se dibujaban fue disminuido y luego apagado gracias a la diligente intervención de Thorez, Jouhaux y Duclos. La patronal, presa del pánico, soltó sustanciosas concesiones, lo más rápidamente posible, en cuanto se dio cuenta del riesgo de una explosión no contenida por la contrarrevolución stalinista.

Aunque odiaban al P«C» y a la CGT (como se puede odiar a competidores despiadados), los patronos prefirieron pactar con ellos antes que desencadenar un conflicto agudo e irreparable con el proletariado. Aunque los proletarios estaban ya vencidos en numerosos países, las perspectivas de un nuevo impulso de la lucha por la toma del poder por el proletariado, la abolición del salariado y el comunismo no estaban totalmente cerradas. Si hay un período en que la lucha proletaria retrasó el estallido de la guerra hasta el agotamiento total, es ese. Requisar las fábricas para hacerlas funcionar y preparar la toma del poder, desmantelar las ramas de producción nocivas o parasitarias para reducir masivamente el tiempo de trabajo, y no ocupar pasivamente los lugares de trabajo pidiendo 40 horas y vacaciones: tal era la distancia entre las posibilidades de acción y el uso que se hizo de ellas.

Habida cuenta de las posibilidades que ofrecía la huelga general, tanto localmente como en el plano internacional, la aceptación de los acuerdos de Matignon, sancionada por la vuelta lenta pero clara al trabajo, constituyó una gran derrota del proletariado, que se sometió entonces por mucho tiempo al stalinismo, al tiempo que daba garantías al capital para la guerra, que pudo perfilarse mejor a partir de entonces.

Emocionados por esa derrota, de la que fueron los principales artífices y que fue su victoria, los partidos y sindicatos de izquierda conmemoran la época en que podían manipular a millones de proletarios.

Hoy se sienten incapaces de desviar movilizaciones semejantes y temen verlas formarse, porque saben muy bien que entonces serán tratados como lo que son: como enemigos.