Alarme, n.º 33, julio-agosto-septiembre de 1986 (págs. 3-4). PDF del número completo · Texto original en francés
Desde hace al menos tres años, la industria naval francesa sobrevivía gracias a importantes subvenciones del Estado. ¡Imagínense! 13.000 millones de francos en tres años, o sea, 300.000 francos por año y por obrero, es decir, el triple de los salarios pagados al conjunto de los obreros de los astilleros. Esto da, de paso, una pálida idea de lo que la totalidad de la clase obrera podría reivindicar como aumento de salario si tuviera en cuenta sus propios intereses sin dejarse limitar por los de la economía nacional.
Pero volvamos a lo nuestro. Hoy eso se acabó, o casi, porque el Estado capitalista francés se niega, en tendencia, a enjugar las pérdidas crecientes de una industria condenada en el mundo entero (véase el cese o la fuerte disminución de la actividad en Inglaterra, España, Corea, Japón, Suecia). En efecto, los armadores ya no quieren barcos, o casi, pues uno de cada cuatro está ya sin empleo. Las consecuencias son tan claras como brutales. Los precios caen (el precio de un barco se ha reducido a la mitad en cinco años) y los beneficios disminuyen tanto más cuanto que las capacidades productivas son enormes. Entre paréntesis, todos los que hablan hoy de crisis generalizada de «sobreproducción» pueden hacerse una idea de lo que pasaría si existiera realmente: por una parte, ninguna empresa presentaría aumentos de beneficios, como todavía es el caso (y de forma espectacular en ciertos sectores); por otra, el Estado sería incapaz de reaccionar y de cubrir los déficits. Pero sigamos. Así, en Francia, las pérdidas de la industria naval son tales (véase la Normed) que al Estado capitalista le saldría más barato pagar a los obreros por no trabajar que mantener a fuerza de subvenciones la propia actividad. Habida cuenta de que esta va en declive y de que la economía nacional debe terminar su reconversión industrial, es decir, reforzar técnicamente los sectores rentables para hacer frente a la competencia internacional, el Estado capitalista no debe ya, a más o menos largo plazo, mantener unos astilleros que le cuestan más de lo que le rinden. En contra del discurso sobre las mutaciones tecnológicas que supuestamente revolucionan la sociedad y significan progreso social, la situación «escandalosa» de los astilleros va a liquidarse según los viejos métodos capitalistas. Así que, con toda naturalidad, al escándalo capitalista sucede la tragedia, y son miles de obreros los que van a ser despedidos y luego dispersados en los múltiples cursillos de reconversión, de cuyo contenido puede uno hacerse una idea cuando conoce las últimas propuestas del ministro de Empleo (Séguin) para reducir el paro. Este propone, en efecto, la creación de «trabajos periféricos», definidos como trabajos mal pagados de asistencia pública. ¡Vaya reconversión! ¡De la miseria social a la miseria social!
¡Qué bonitos los milagros de la tecnología con que nos atiborraban y nos siguen atiborrando los gobiernos capitalistas, sean de derecha, de izquierda o de ambas a la vez! ¡Qué bonito su progreso social!
No solo aumenta el paro, sino que además, incapaz de incorporar a la producción social a todos los obreros de los sectores llamados «superados» para disminuir la duración y la intensidad generales del trabajo, el capitalismo supuestamente «revolucionario» crea a gran escala tareas parasitarias que atestiguan, al contrario, su involución social. Hay que precisar que estas tareas, a imagen de la asistencia pública de Séguin, no tienen por objeto desarrollar la sociedad, sino contener en los límites del orden capitalista a fuerzas sociales marginadas. Y eso no es todo: si el capitalismo elimina industrias cuya inutilidad a escala humana y planetaria no está demostrada, acrecienta al mismo tiempo los medios de destrucción más refinados. Este movimiento puede comprobarse a veces en una sola rama de la producción. Así, hoy, si la industria naval civil se hunde, la industria naval militar sobrevive confortablemente, integrando además los últimos inventos científicos y técnicos (en los Estados Unidos, por ejemplo, solo existe la industria naval militar).
Así pues, como acabamos de mostrar brevemente, la reciente creación de técnicas nuevas no ha tenido por efecto, dentro del capitalismo, aumentar el progreso social. Muy al contrario, estas técnicas tienen tal potencia que su valorización por el capitalismo atenta contra la vida de la humanidad. Por consiguiente, para invertir este proceso, el proletariado, que maneja estas técnicas sin disfrutarlas, debe oponerse a que sirvan al crecimiento económico capitalista, y para ello debe destruir las relaciones sociales presentes y sustituirlas por otras, comunistas, cuyo motor no sea la búsqueda del máximo beneficio, sino la satisfacción de las necesidades humanas. No solo es posible, como lo han demostrado las tentativas pasadas de revolución social, sino que es urgente, puesto que sin reacción del proletariado la sociedad no deja de degenerar.
Esto es lo que debe tener en cuenta una respuesta proletaria en los astilleros o en otras partes, y no las cenagosas alternativas capitalistas de los sindicatos. Pero de estos, que son los peores enemigos del proletariado, no esperábamos nada mejor. Tomemos por ejemplo las enigmáticas consignas de la CGT, «no al desguace, sí al empleo», o mejor aún esas coordinadoras intersindicales que proponen jornadas de puertas abiertas para mostrar al público las capacidades del aparato productivo. ¿Qué significa eso sino que, como buenos mercaderes de la fuerza de trabajo y buenas organizaciones capitalistas, los sindicatos andan buscando un patrón eventual? Sin ignorar el declive de la industria naval, y sin ignorar que ningún capitalista con un proyecto de envergadura que abarque todo el material existente se presentará como comprador de los astilleros, ¿qué significa eso, una vez más, sino que los sindicatos toman a la clase obrera por un hatajo de imbéciles? Y lo peor, pese a algunos desbordamientos sin contenido, es que funciona, como lo atestigua el trajín sindical en los astilleros.
Entonces, lo que era un callejón sin salida desde el punto de vista capitalista frente a los obreros podría muy bien concluir con una victoria de los interlocutores sociales (el Estado, la patronal, los sindicatos) sobre un proletariado que sale derrotado de antemano si no se enfrenta a la raíz del problema. Atrapados en la lógica capitalista, los obreros de los astilleros acabarán aceptando los trabajillos mal pagados de Séguin, cuya «necesidad» Bergeron y E. Maire no temen reconocer públicamente.
¡Pues no! Lo reafirmamos: esa necesidad no es la de la clase obrera, como tampoco es una necesidad para ella rechazar los despidos para conservar celosamente un puesto de trabajo que la condena a ser explotada toda su vida para hacer crecer una economía que la priva relativamente de todas las riquezas sociales que, además, ella produce.
Por consiguiente, si admitimos que la clase obrera debe reconvertirse, es únicamente en el sentido de que debe transformarse en una clase revolucionaria, animada de esa solidaridad que la llevará a apoderarse de los medios de producción para satisfacer sus necesidades y las de la humanidad entera, y desaparecer como clase dando paso precisamente a una sociedad sin clases. Por eso, como revolucionarios deseosos de desarrollar la solidaridad de clase y de destruir el capitalismo mundial, incluidos sus cómitres sindicales, decimos:
¡ABAJO EL SINDICALISMO! ¡ABAJO LA ECONOMÍA NACIONAL! ¡ABAJO LA ECONOMÍA INTERNACIONAL!
- Reducción general del tiempo de trabajo correspondiente a la incorporación a la producción social de todos los parados y de todos los que realizan trabajos parasitarios o de vocación asesina.
- Aumento general de los salarios reales del proletariado.
- Apropiación de los aumentos de la producción, sea cual sea su origen (técnico o debido a la incorporación de los parados), por la propia clase obrera, organizada fuera de los sindicatos y contra ellos, cuya destrucción es una tarea urgente.
- Por último, supresión de la mendicidad mediante distribuciones gratuitas de bienes de consumo a todos los necesitados, inválidos y ancianos.
¡VIVA LA DICTADURA DEL PROLETARIADO!
¡VIVA LA GESTIÓN OBRERA MUNDIAL DE LA PRODUCCIÓN Y DEL CONSUMO!
¡VIVA LA REVOLUCIÓN SOCIAL!
PROLETARIOS DE TODOS LOS PAÍSES, UNÍOS, SUPRIMID LAS POLICÍAS, LOS EJÉRCITOS, LA PRODUCCIÓN DE GUERRA, LAS FRONTERAS, EL TRABAJO ASALARIADO. Para ello: ARMAS, PODER, ECONOMÍA AL PROLETARIADO.