Alarme, n.º 34, octubre-noviembre-diciembre de 1986 (págs. 7-8). PDF del número completo · Texto original en francés
Llueven los despidos con la unificación Sacilor-Usinor, la sobrecapacidad de la flota mercante internacional y el consiguiente cierre de los astilleros, etc. Los proletarios son desechados y van a amontonarse en el paro para que los que todavía trabajan acumulen más capital, en condiciones todavía más duras. En todas partes los economistas, los políticos, los patronos y los sindicatos urden planes de salvamento del empleo, de la empresa, de la economía nacional e internacional.
Los acontecimientos de La Seyne-sur-Mer1 confirman, en el caso de Francia, el éxito actual de la consigna «defensa del empleo». Ahora bien, esta consigna, por evidente que parezca, es profundamente capitalista y nunca ha permitido evitar un solo despido: a lo sumo se concreta en la negociación del escalonamiento de los despidos.
En primer lugar, defender el empleo significa que hay un empleo que conservar, lo que no siempre es posible: ¿cómo hacer funcionar un astillero si ya nadie encarga barcos y si se desguazan buques nuevos, recién construidos y que nunca han navegado? En semejante situación, incluso desde un punto de vista capitalista, no puede haber defensa del empleo. La impostura de los sindicatos es aquí manifiesta. Plantear semejante consigna prepara la fase siguiente: hacer esperar un comprador superman liberal o estatal y dividir a los proletarios, porque cada uno sabe que, si hay comprador, habrá despidos de todos modos (aunque menos) y cursillos-vertedero llamados de reconversión. Cada cual espera entonces que sea el otro quien pague el pato. Si no hay compra de la empresa, toda solidaridad ha muerto ya por el veneno de la competencia por la esperada contratación; la combatividad baja, pues, y además el desgaste del tiempo y el pudridero de la negociación aumentan la desesperación.
Si hay compra, cosa rara, el patrón o los patronos sucesivos despiden hasta el agotamiento completo e incluso hasta el cierre definitivo de la empresa, usando también ellos el truco de la defensa del empleo. Para hacer creer que el sindicato habla otro lenguaje, bautizan la operación como «defensa de la empresa», lo que es rigurosamente lo mismo. Empleo y empresa están ligados, son consustanciales. Si la compra permite que la empresa vuelva a arrancar (el caso más raro), a la larga algunos proletarios pueden ser recontratados y reencontrarse con los compañeros que no se movieron cuando a ellos los pusieron de patitas en la calle. ¡Un sano ambiente de camaradería se desprende del conjunto!
Si el lector cree que cargamos demasiado las tintas, siempre puede consultar sus periódicos burgueses favoritos, todos grandes defensores del empleo en la sección de economía y no menos grandes despedidores en la página laboral, y en general de las mismas empresas.
Sin embargo, todavía no hemos agotado todo el potencial de esta jugosa consigna de lucha. Imaginemos por un instante que una empresa floreciente, gorda, grasa y mofletuda, decide despedir. Eso solo puede proceder de una voracidad capitalista cada vez mayor: producir más con menos asalariados. Es lo que ocurre en Inglaterra, donde la mitad de los obreros impresores de un grupo de prensa han sido despedidos2. El sindicato se pronunció contra los despidos y, en el mejor de los casos, pidió el mantenimiento del statu quo, es decir, que los obreros se movilizaran para seguir siendo explotados «como antes».
Ahora bien, si efectivamente hay que rechazar todo despido, ¿qué medios hay que darse para hacerlo, medios que todo sindicato rechaza mientras pueda hacerlo sin perder por completo su influencia? En primer lugar, hay que reafirmar que, sean cuales sean las razones de un despido, incluso las más «válidas» desde el punto de vista del patrón, hay que rechazar todo despido. Pero no para conservar el propio puesto de trabajo tal cual, sino, al contrario, para exigir menos trabajo y más paga, para exigir e imponer la contratación de los que están en paro y la reducción del tiempo de trabajo en relación con la contratación y la productividad.
No hay que aceptar el despido aunque se deba a que la empresa se hunde. En ese caso, tampoco se trata de pedir el mantenimiento del puesto de trabajo, sino de exigir la contratación colectiva e inmediata de los despedidos en otras empresas, en las mismas condiciones definidas más arriba. Entonces ya no se trata de defender el empleo, sino de atacar la fuente misma de la explotación. Además, conquistando la solidaridad entre activos y parados a costa de los capitalistas, se reafirma la existencia colectiva de una clase obrera frente a la clase capitalista, también ella colectiva. El ataque a la acumulación del capital debe extenderse y profundizarse mediante la paralización autoritaria o la huelga de los sectores nocivos o parasitarios desde nuestro punto de vista (administraciones, seguros, finanzas, publicidad, fuerzas de represión, etc.) y el empleo de los individuos así disponibles para reducir en la misma medida el tiempo de trabajo, lo que permite agruparse todavía más y organizarse todavía mejor para derribar definitivamente el orden capitalista.
Estas orientaciones para la lucha inmediata, utilizables como respuesta al despido, se distinguen fundamentalmente del sindicalismo. En efecto, tienden enteramente a la afirmación de la unidad de la clase obrera, suponen el rechazo de la negociación de nuestras propias condiciones de explotación y se basan en la capacidad de organización del proletariado para modificar e invertir la relación de fuerzas con el capital.
Sin embargo, si los sindicatos o algunas fracciones sindicalistas se ven empujados a ello por la agitación obrera, son perfectamente capaces, para conservar la dirección del movimiento, de ceder también en este terreno. Pero lo que estas orientaciones tienen de irreductible al sindicalismo es lo que tienen de irreductible al capital: por una parte, el ataque a la plusvalía y a la ampliación de la acumulación; por otra, el hecho de que prefiguran claramente las tareas de la dictadura del proletariado para la abolición del salariado.
La necesidad de estas orientaciones solo la afirman hoy claramente ínfimas minorías organizadas, todavía separadas de la actividad (o de la inactividad) de su clase. Ahora bien, la cuestión de la organización es crucial para el éxito de las luchas. No puede haber movimientos amplios y decididos contra el capital sin organización independiente de clase. Es decir, no solo durante un movimiento, en el que los proletarios se organizan fuera y en contra de los sindicatos, la patronal y el Estado, sino también, y sin que haya separación con ello, antes de esos movimientos, en organizaciones comunistas que defiendan permanentemente el conjunto de los intereses y objetivos de la clase obrera.
Pese a todas las dificultades, el impacto de las organizaciones revolucionarias, por mínimo que sea hoy, no puede sino ir creciendo, en la medida en que la principal fuerza contrarrevolucionaria, el stalinismo, está ya agrietada por los embates de las luchas obreras de los últimos treinta años.
Nuestro proceder nos lleva a plantear estas orientaciones de lucha, reivindicativas y organizativas, porque todavía no tenemos fuerza para ponernos al frente de las luchas que las defenderán. Esa fuerza la crea espontáneamente el propio capital, creando a la vez la imperiosa necesidad de su destrucción y de su superación por el movimiento comunista.