Alarme, n.º 36, abril-mayo-junio de 1987 (pág. 12). PDF del número completo · Texto original en francés

Si fuéramos aficionados a los epitafios, propondríamos poner en la lápida de Jean-Baptiste Doumeng1 esta inscripción: «Aquí yace un capitalista ejemplar». No muy original, desde luego, ¡pero le sienta como un guante!

El stalinismo nos ha acostumbrado desde siempre a las cosas más inverosímiles. ¿Qué mejor ejemplo que el del «millonario rojo», que durante decenios intentó hacernos creer en su fidelidad a las ideas comunistas? Él, que hizo del robo institucionalizado (la plusvalía) un arte y que era una perfecta ilustración del éxito en la estafa legal, preconizaba «un espíritu capitalista sin capitalismo». ¡Qué maravillosa lección de dialéctica! Y cuando declaraba que «un tipo rico es un gilipollas. Un tipo que se aliena defendiendo lo que tiene es un pobre tipo», no hacía más que su autorretrato. Pero no seamos demasiado injustos con nuestro desdichado difunto: hay que admitir, con todo, que era de una eficacia temible. En efecto, con su cara tosca y sus modales vulgares era capaz de imponerse, por la acción mágica del dinero, allí donde los negocios se anunciaban provechosos.

Para un «combatiente comunista», su itinerario resulta cuando menos paradójico, pues, queriendo cambiar lo malo del mundo, como dice Libération, tras una infancia miserable, afirmaba: «Hoy tengo el poder de desplazar las fuerzas. Para ello he tenido que adquirir una de las mayores fuerzas económicas del mundo». Este recorrido no es exactamente el itinerario tradicional de un comunista que ha vivido la injusticia de esta sociedad y que debe hacer todo lo posible por derribarla.

Las convicciones comunistas de Doumeng eran tan creíbles como las de Gorbachov. Su pertenencia al P«C» le aseguraba en cierto modo el monopolio del mercado agroalimentario con los países del Este, en particular con Rusia. Así que dejar el P«C» (donde ocupaba un puesto dirigente) y romper con la burocracia stalinista hubiera sido para él un verdadero suicidio.

Sin embargo, tenía otras cuerdas en su arco, pues nuestro «gran comunista» cuidaba sus relaciones con los más altos dignatarios del planeta. A este respecto solía jactarse: «Puedo ir a invitarme a casa de treinta jefes de Estado».

A lo largo de su irreprochable trayectoria de «buen leninista» (así lo calificó un analista del P«C»), supo dotarse de los mecanismos necesarios para enmascarar sus turbios negocios (en particular Interagra, empresa de pacotilla una parte de cuyos beneficios alimentaba las arcas del P«C»), y cuando se trataba de trapicheos demasiado dudosos, siempre tenía a mano a un amigo que lo sacara del apuro. ¡Más turbio que Doumeng, imposible!

Como todo capitalista que se precie, contaba con la estima de toda la clase política. No podía ser de otro modo, pues era una especie de «gurú» venerado, siempre dispuesto a echar una mano allí donde el capital tenía dificultades; como atestigua con cierta nostalgia un antiguo director de gabinete ministerial: «Si la balanza comercial empezaba a inclinarse demasiado del lado del menos, se le llamaba. Su desaparición es tanto más lamentable para este sistema cuanto que había tenido una parte importante en las ambiciones exportadoras de Francia»... ¡Capitalistas, estafadores y chanchulleros de toda laya están de luto!

¡Jean-Baptiste Doumeng nació pobre, vivió como un capitalista ejemplar y murió como un emperador romano, por exceso de buena mesa!

  1. Jean-Baptiste Doumeng (1919-1987), empresario agroalimentario francés, miembro del PCF, enriquecido con el comercio con la URSS y los países del Este; murió en abril de 1987. ↩