Alarme, n.º 36, abril-mayo-junio de 1987 (págs. 7-10). PDF del número completo · Texto original en francés
El espectro de la guerra, que parecía alejarse definitivamente con el fin de la segunda guerra mundial, volvió en realidad rápidamente a confirmar la nocividad del sistema capitalista. El mundo, así como su mercancía más preciosa, el proletariado, quedó entonces repartido entre el Este y el Oeste. Con el consentimiento de Occidente, Rusia extendió sus fronteras, monopolizando la explotación de numerosos países de Europa central y nórdica y realizando así un sueño de los zares. Por su parte, los EE. UU. afirmaron su dominación sin reparto sobre la mayor parte de la economía mundial. En suma, los dos bloques rivales e imperialistas redibujaron el globo terrestre, englobando a millones de proletarios y sometiéndolos al yugo de una explotación capitalista mucho más intensa que antes de la guerra.
Por consiguiente, la guerra, lejos de resolver las contradicciones del sistema capitalista, las agudiza y a la vez las aplaza. En efecto, implica una concentración mayor de las fuerzas productivas en el seno del capitalismo y, por tanto, un empobrecimiento relativo más importante del proletariado. Es, pues, un detonador permanente del que el capitalismo se sirve para su autorregulación. La ley del valor y su materialización en ganancias empujan sin cesar a los bloques a enfrentarse económica, política y militarmente, directamente o por países interpuestos. Por esta razón la guerra no se detiene nunca en el planeta: los imperialismos ruso y norteamericano no han dejado de alimentar conflictos locales desde la segunda guerra mundial. La guerra Irán-Irak es uno de los productos de esta competencia desenfrenada.
La «revolución» islámica y los bloques imperialistas
Irak cruzó la frontera iraní en septiembre de 1980 para recuperar tres islas del estrecho de Ormuz ocupadas por el ejército del sha desde 1971 y apoderarse del Juzestán, región petrolífera. Irak contaba con una victoria rápida (en una o dos semanas) sobre las tropas del ayatolá, aprovechando el desorden ocasionado por la «revolución» islámica.
Pero esta guerra entra ahora en su séptimo año, con más de un millón de muertos en total y millones de mutilados y heridos con graves secuelas fisiológicas y psicológicas. Su duración y su ferocidad solo pueden compararse con la primera y la segunda carnicerías mundiales. El pretexto invocado por Irak para desencadenar la guerra muestra el árbol y oculta el bosque. En efecto, cuando Jomeini proclamó que extendería la «revolución» islámica, varios países ricos en petróleo y gobernados por sátrapas se encontraron muy vulnerables ante las minorías integristas que podían servir de correa de transmisión a la política iraní. Esta inestabilidad política llevó a países como Arabia Saudí, Kuwait, Omán, etc., a deshacerse rápidamente del peligro integrista. La solución fue empujar y comprometer a Irak en un conflicto militar con Irán y realizar así tres objetivos:
1.º) Rechazar el desafío de la exportación de la «revolución» islámica.
2.º) Deshacerse de Irak, gran potencia prorrusa de la región.
3.º) Aprovechar la guerra para conseguir una subida del oro negro.
El conflicto fue también muy bien acogido por las dos grandes potencias. En efecto, los EE. UU. tenían todo que ganar con él, tras haber perdido el control estratégico de la región con la caída del sha. En cuanto a Rusia, teme la agitación de sus repúblicas islámicas fronterizas con Irán. Así, los EE. UU. restablecieron lentamente sus relaciones con Irak, suspendidas desde la guerra de los Seis Días y que habían quedado en ese estado a causa de un tratado de cooperación Bagdad-Moscú. Sin embargo, los rusos, vacilando entre Irán e Irak, entregaron armas a ambos. Como era de esperar, fue el Tudeh, el partido stalinista oficial, el que sirvió de intermediario entre los islamistas chiíes y Moscú. La luna de miel duró poco, y en 1983 el Tudeh fue prohibido y sus militantes perseguidos y encarcelados. Este descenso de la influencia rusa en provecho de los EE. UU. no se tradujo en una ruptura de las relaciones comerciales, sino solo en una disminución de su intensidad.
Hay que señalar que, tras la caída del sha, las diferentes purgas políticas (Bani Sadr, Tudeh, Muyahidines del Pueblo) consolidaron poco a poco el poder absoluto en manos del imán Jomeini, pasando el poder del Estado de la dinastía Pahlevi, prooccidental y capitalista, a la oligarquía chií capitalista, tan reaccionaria como la primera, si no peor. En efecto, el clero chií ha construido un Partido-Iglesia-Estado en el que la ley del Corán y la ley del capital están fundidas. A la explotación de los proletarios, a la miseria del salariado, se añade el terror religioso coránico, necesario también para que quienes no son explotados vayan a la guerra, incluidos sus hijos, a servir de carne de cañón. Solo han cambiado las formas de la explotación, aumentando la confusión de los espíritus al mezclar las leyes de la producción de la democracia burguesa con las normas clérico-civiles del Corán.
El mundo árabe y la influencia de los bloques
Kuwait, Catar, los Emiratos Árabes Unidos, Omán y Arabia Saudí formaron el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), que representa, por un lado, una base de apoyo militar a Irak y, por otro, una protección mutua contra la guerra y sus consecuencias futuras en la región. Asimismo, la mayoría de los países árabes, en nombre de la solidaridad de los países «hermanos», apoya el esfuerzo militar de Irak. Argelia y Yemen del Sur (prorruso) optaron por la neutralidad. Solo Siria y Libia apoyan a Irán.
Las potencias imperialistas han sabido aprovechar este contexto para vender armas y equipos sofisticados a los países del CCG, países ricos en petrodólares que temen por su estabilidad.
Contrariamente a una idea muy extendida, la diplomacia rusa ha sabido sacar mejor partido de la situación que los EE. UU. y afirmar su presencia política y comercial en una región de la que hasta entonces estaba ausente. A partir de 1984, el pronorteamericano Kuwait firmó un contrato de 300 millones de dólares con Rusia y recibió a sus expertos militares. Un año más tarde, Rusia inauguró relaciones diplomáticas con Omán y los EAU. Eso no significa que el imperialismo norteamericano haya perdido todo el terreno, sino que no ha podido impedir el reparto del enorme botín de guerra de este conflicto podrido. Por otra parte, las potencias rivales y competidoras utilizan esta carnicería para probar la eficacia de sus respectivas tecnologías militares con vistas a un eventual conflicto convencional entre ellas.
Pero volvamos a la política de los EE. UU., de la que el asunto del «Irangate» no es más que una pequeña muestra. En efecto, a partir de 1983, y sobre todo de 1985, seguros de que Irán no caería en manos de los rusos, deciden abastecerlo de bienes de equipo civil y militar. Sin embargo, al contrario que las entregas y las declaraciones públicas de apoyo a Irak, las entregas de armas a Irán se hicieron clandestinamente, por los puertos de España y Portugal y a través de Israel. Reagan está explicando, de manera reveladora, que las entregas a Irán deben prevenir la influencia prorrusa para después de Jomeini. Por eso Washington continuó sus envíos a Irán pese a los rehenes: los negocios son los negocios, y la estrategia geopolítica en los conflictos interimperialistas lo avala todo.
Los kurdos en Irán y en Irak
El pueblo kurdo está repartido en tres territorios nacionales principales: en Irán, en Irak y en Turquía. Su lucha armada por constituir un Estado kurdo independiente es anterior al conflicto iraní-iraquí. Esta lucha no es revolucionaria, sino una lucha de liberación nacional, entre fracciones del capital, aunque durante generaciones los kurdos hayan sido dejados de lado o perseguidos por los poderes centrales. Muchos de ellos, ligados a Moscú más o menos estrechamente, quieren reproducir el mismo sistema en un nuevo marco nacional y estatal. No solo luchar por la constitución de un nuevo Estado no puede ser en modo alguno un objetivo comunista, sino que, en plena decadencia del sistema capitalista, es un objetivo profundamente reaccionario, cuando de lo que se trata es de destruir este sistema y acabar con los Estados y las fronteras. Es la lucha por el comunismo la que resolverá estas contradicciones y la que levantará el yugo de las múltiples nacionalidades de Oriente Medio. Por eso toda lucha de liberación nacional, y la kurda en particular, es contrarrevolucionaria, porque la apoya la Rusia capitalista de Estado y porque su objetivo no es el comunismo.
Cuando Jomeini fue canonizado «guía de la revolución», los kurdos creyeron que tendrían por fin su Estado. La respuesta del imán fue la misma que la del sha: envíos de tropas, con más «guardianes de la revolución». El Estado clerical del islamismo chií no tolera ningún separatismo, de modo que una cuarta parte de los efectivos está destinada a la lucha contra la guerrilla kurda. La actitud del Estado iraquí no es diferente. En 1986, los acuerdos de Argel1 concedieron a los kurdos cierta autonomía, pero fueron seguidos inmediatamente de bombardeos y rastrillajes. Esta lucha sin tregua adquirió una dimensión más vasta cuando en el 83, en pleno conflicto con Irán, Irak pidió a Turquía que aplastara la amenaza kurda en territorio iraquí, mientras la guerrilla estaba apoyada por Irán y luego por Libia.
Beneficio de los bloques imperialistas
Dentro del bloque occidental, Francia es el país que más beneficios ha sacado de esta carnicería. La característica de la diplomacia de esta puta avispada es nadar entre dos aguas. El objetivo es claro: asegurarse un margen de maniobra suficiente entre un bando y otro, aunque en apariencia apoye a Irak.
La llegada de la izquierda al poder favoreció la cooperación militar con Irak. Aunque Mitterrand se hizo el Tartufo en el Salón de Armas de Le Bourget, el ministro de Relaciones Exteriores, Cheysson, aseguraba unos meses más tarde que la política de Francia respecto de Irak sería de una «notable continuidad». Después, en octubre del 82, se liberó un crédito de treinta mil millones de francos solo para el sector militar. Entre otras maravillas, aviones Mirage 2000, cinco Super-Étendard, etc., y en 1986 ciento trece Mirage F1 con misiles Exocet. Hay al menos 63 empresas francesas presentes en Irak y, según la COFACE (organismo oficial de seguros a la exportación), son ya acreedoras por cuarenta mil millones de francos. Desde entonces, los sucesivos ministros de Comercio han pasado por Bagdad para ampliar la cooperación en el sector militar. Y Cheysson declaraba a finales del 83: «¿Vamos a dejar únicamente a los soviéticos la tarea de mantener un cierto equilibrio, de restablecerlo?».
Así, el apoyo a Irak se vuelve indispensable para preservar los créditos concedidos por el Estado y las empresas privadas. Sin embargo, eso no impide a Francia restablecer un cierto «equilibrio» en la región, es decir, vender también armas a Irán, aunque de manera más o menos clandestina. Según Libération de diciembre del 86, más de 40 países se disputan los contratos militares: «El conflicto Irán-Irak ha engendrado la mayor masa de contratos militares desde la guerra de Vietnam: 70.000 millones de dólares, repartidos en 40 para Irak y 30 para Irán».
A la guerra del capital opongamos la guerra revolucionaria
El objetivo perseguido en el curso de las guerras sigue siendo la apropiación de las riquezas producidas. La burguesía apareció en la historia como revolucionaria frente a las formas sociales de producción anteriores, dando nacimiento al sistema del salariado. La guerra adquiere entonces también un carácter de mistificación nacionalista para el proletariado, clase engendrada por el salariado y la única apta para destruir ese mismo sistema, sus fronteras, su miseria y sus guerras, e instaurar una auténtica comunidad humana: el comunismo. La primera guerra mundial y la oleada revolucionaria que la siguió demostraron claramente la caducidad del sistema capitalista y reafirmaron la necesidad del comunismo, único progreso posible hoy, capaz de satisfacer las aspiraciones humanas tanto en el plano material como en el intelectual y cultural.
La caducidad del sistema o, en otros términos, la madurez de las condiciones objetivas para la revolución comunista, han engendrado innumerables tentativas revolucionarias. El proletariado luchó resueltamente por la toma del poder y la transformación social entre 1917 en Rusia y 1937 en España. Esta oleada se inició superando el nacionalismo asesino del 14-18, contra la actividad contrarrevolucionaria de los reformistas, que llamaron a millones de proletarios a la matanza. La derrota de esta oleada, debida principalmente al stalinismo, se concretó en la segunda guerra mundial, en el curso de la cual este último, contrarrevolucionario probado, ¡desempeñó el papel de proveedor de carne de cañón!
La revolución de Octubre del 17 desgarró la trama nacionalista de los reformistas y del capital. La posición internacionalista del Partido Bolchevique, que oponía a la guerra imperialista el derrotismo revolucionario y su transformación en guerra civil revolucionaria por la dictadura del proletariado y el comunismo, quedó confirmada por el Octubre rojo que estremeció al mundo. ¿Podríamos proponer hoy otra solución al proletariado de Irak o de Irán? ¡Desde luego que no!
Se trata siempre de luchar por sus propios intereses en cuanto proletariado, clase explotada, y de rechazar toda guerra «santa» o patriótica en cada bando, de denunciar el juego entre naciones y, más allá, la lucha entre los dos grandes bloques imperialistas.
El derrotismo es una propaganda revolucionaria que puede transformar la situación de miles de desertores desorientados en detonador de la revolución. Los proletarios que han desertado, e incluso fraternizado, han mostrado ya que no querían seguir siendo utilizados como carne de cañón. Pero lo más difícil hoy es dirigir los esfuerzos contra los propios explotadores por la revolución social y, más particularmente allí, denunciar radicalmente el islam y la religión en todas sus variedades como uno de los principales factores de mistificación antiobrera, sobre todo en esa parte del mundo.
Por otra parte, la debilidad del proletariado y de los revolucionarios les ha impedido toda acción contra el desencadenamiento y el desarrollo de la guerra, tanto más cuanto que los stalinistas y los trotskistas sembraban la confusión al respecto, además de su actividad general de sumisión del proletariado a los intereses del capital. Así, todos los grupos trotskistas, con algunos matices, apoyaron («críticamente», por supuesto) a la teocracia en 1979 contra la dictadura del sha. Incluso pudo leerse en la prensa de la OCI (hoy P«C»I) que la revolución mundial comenzaba en Irán. Estas posiciones, así como el apoyo a la lucha de liberación nacional kurda (o a cualquier otra), son evidentemente perjudiciales para el surgimiento de una solidaridad revolucionaria y deben denunciarse como tales.
La alternativa no está, pues, entre la explotación o la carnicería a la manera del sha y a la manera del islam, lo que sería quedarse todavía de lleno en el juego del capitalismo, sino entre ese juego mismo y la consciencia que el proletariado pueda tener de su capacidad para destruir el sistema del salariado y, con ello, acabar con las guerras. En tiempo de paz como en tiempo de guerra, la única tarea sigue siendo la lucha por la revolución social, por el comunismo.
¡POR EL DERROTISMO REVOLUCIONARIO EN IRÁN Y EN IRAK!
¡CONTRA TODO ESTADO NACIONAL O BLOQUE IMPERIALISTA!
¡POR LA REVOLUCIÓN COMUNISTA MUNDIAL!
Así en el original. Los acuerdos de Argel entre Irán e Irak se firmaron en 1975; el acuerdo de autonomía kurda con el gobierno iraquí es de 1970. ↩