Alarme, n.º 36, abril-mayo-junio de 1987 (págs. 5-6). PDF del número completo · Texto original en francés
Un año después de la catástrofe de Chernóbil, cuyo aniversario ha suscitado numerosas manifestaciones, en Francia la central nuclear Superphénix acaba de provocar sudores fríos a buen número de personas que sin duda celebrarán el año que viene el aniversario de la catástrofe de... ¡Superphénix! De los diferentes accidentes o incidentes que se producen en las centrales nucleares, incluso en el «paraíso tecnológico norteamericano», raros son los que, salvo los ecologizantes, parecen conmoverse activamente ante el potencial destructivo que encierra lo nuclear. El simple ciudadano de a pie no ha retenido más que el discurso tranquilizador de los especialistas, o el más inquietante de quienes critican los fallos de seguridad de las centrales. Es tanto como decir que, entregado a los «especialistas», el problema queda vaciado de su contenido real, en la medida en que el ciudadano-proletario está excluido de la verdadera alternativa que hay que plantear. Volveremos sobre ello. (¡Hasta luego!)1
Esta espada de Damocles suspendida sobre nuestras queridas cabezas rubias o morenas parece despertar tanto el horror ante la estupidez erigida en sistema asesino como la simpatía hacia la simple revuelta, por no hablar, ni que decir tiene, de las ideas revolucionarias. Es verdad que el interés nacional, la independencia energética y la recuperación económica son argumentos de choque para justificar la resignación, la apatía o el pasotismo reinante respecto de los intereses generales del planeta. Pobre planeta, que lleva en la frente el chancro blando de una miseria crónica que el progreso de la tecnología hace cada día más dramática. La falsa alternativa planteada queda reducida a su más simple y grotesca expresión: ¿parar lo nuclear o no pararlo? That is the question!
Esta alternativa es una cuestión que solo pueden debatir los famosos especialistas antes citados, y la ignorancia crasa de la población, y del proletariado más particularmente, no puede sino favorecerlo. Y sin embargo son muchos los que se extravían en esta alternativa, prefiriendo ser tuertos en el país de los ciegos (o tartamudos en el país de los mudos) callando y ocultando la realidad social de las centrales nucleares: son empresas nacidas de la sociedad de explotación por el salariado para el mantenimiento y el refuerzo de esta.
Por ello, siendo la ganancia el nervio de la guerra y del crecimiento económico, no tiene nada de extraño que la opción nuclear conduzca a las mismas abyecciones que el conjunto del sistema del que procede: producir minimizando los costes y sin preocuparse de si eso beneficia o no a la humanidad en su conjunto. Más bien se trata de lo contrario, pues el progreso tecnológico, tomado en su conjunto, se vuelve inexorablemente contra esa misma humanidad, cuyo interés vital pasa por la supresión de las fronteras y del trabajo asalariado. A este respecto, no es de extrañar comprobar que los primeros en disfrutar (todavía hoy) de los «beneficios» de una tecnología puntera están o en los cementerios de Hiroshima y Nagasaki, o en manos de otros especialistas que curan las llagas físicas y mentales del progreso en cuestión. Y, por supuesto, algunos, que solo se escandalizan a medias, alegan el «mal necesario» inherente a todo progreso y se tapan púdicamente la cara ante las atrocidades de ese mismo progreso, que sigue siendo incapaz de librar a la Tierra de su anacrónica miseria social.
Si la miseria relativa y absoluta aumenta cuando la tecnología nunca ha tenido tanto rendimiento, hay ahí un hiato, el mismo que empuja a la civilización capitalista a una huida hacia adelante morbosa y frenética. Dividida por un antagonismo de clases que no tiene ya razón objetiva alguna desde hace casi un siglo, la sociedad capitalista, ávida de ganancias, no puede sino apostar por lo nuclear, y si los medios dedicados a la prevención de los accidentes potenciales varían según la situación económica del momento, no por ello deja de ser cierto que la cuestión de su utilización o no utilización no puede resolverse en el marco de una sociedad cuya mayoría está privada del poder sobre su propia existencia en general y confinada, como clase explotada, en el embrutecimiento secular. Esta clase explotada, productora de todas las riquezas, sufre como proletariado la arbitraria dictadura del capital, internacionalmente, dictadura económica cuyas prolongaciones se inmiscuyen en todos los aspectos sociales, afectivos, culturales y espirituales de su supervivencia.
El proletariado es en realidad el único apto para fijar las condiciones del uso del aparato productivo y, por tanto, de los progresos que este acarrea. Y esa aptitud solo podrá hacerse realidad mediante su revuelta insurreccional, insurrección que permitirá resolver el conjunto de las contradicciones sociales que engendran los accidentes, catástrofes que regularmente nos caen en la cabeza porque son productos de una sociedad que solo tiene en cuenta la solvencia del ciudadano-proletario.
De hecho, la alternativa real (¡cucú, aquí está otra vez!) es hoy revolución social o barbarie total, barbarie de la que el accidente nuclear, la guerra o el hambre no son más que consecuencias lógicas. Solo el comunismo es capaz de obrar por la satisfacción de las necesidades humanas librando al planeta de los antagonismos de clases. En este sentido, reintroducirá la verdadera ecología, la que armoniza las relaciones de los individuos entre sí y de los individuos con la naturaleza. Es decir, que fuera de la perspectiva de una reapropiación por el conjunto de la sociedad del patrimonio histórico que sus fuerzas productivas han engendrado, todo lo demás no será más que paños calientes y no hará más que refrendar la anarquía de un modo de producción caduco, irracional y criminal.
A través de lo nuclear y más allá de ello, es, pues, el conjunto de la organización social lo que hay que apuntar y desnudar por lo que es: un inmenso mercado sórdido donde el ser humano es una mercancía privilegiada y rebajada al rango de bestia de producción, aunque lo que produzca sean los propios elementos de su negación. Muerto viviente, el Hombre se dispone a perecer una vez más en el altar de la economía mercantil, ¡atomizado!
Así que, nuclear o no nuclear, señores capitalistas, reblandecidos de sesera y falsos sordomudos ciegos, eso no nos interesa en sí; preferimos la subversión explosiva de vuestro orden social estéril, ¡clase contra clase!
En español en el original. ↩