Alarme, n.º 35, enero-febrero-marzo de 1987 (págs. 10-13). PDF del número completo · Texto original en francés

El texto que sigue es la respuesta a una carta que recibimos a raíz de nuestras intervenciones en el reciente movimiento estudiantil, que hemos criticado amplia y explícitamente. Nos ha parecido interesante publicar esta respuesta porque expone nuestro punto de vista sobre cuestiones generales de fondo que son importantes para la práctica actual de los grupos e individuos revolucionarios.

Antes de responder a tus preguntas, hemos de decir que no creemos que, según tus propios términos, «el medio liceal y las clases medias con ambiciones burguesas» sean tan mudos como crees. ¿No serás tú la que está sorda a su cháchara? Así lo esperamos, pero, dicho sea de paso y para prevenir todo fetichismo obrerista, pensamos que un estudiante o un alumno de liceo orientados correctamente desde el punto de vista revolucionario podrían responderte. Es verdad que este habría centrado previamente su existencia en la revolución proletaria.

Pero ya hemos dicho demasiado, o no lo bastante. Vamos, pues, a argumentar nuestras respuestas siguientes procurando diferenciarnos de quienes abusan de los términos «proletariado» y «revolución». Hemos distinguido dos clases de preguntas en tu carta. La primera, y la más fundamental, es la que pone en duda la existencia de una clase explotada en los países imperialistas; la segunda se refiere al comunismo, sociedad sin clases, sin Estado ni fronteras.

¿Existe una clase explotada en los países imperialistas? Hay que razonar con sencillez para empezar. Sin duda te das cuenta de que aquí, en Francia, igual que en los Estados Unidos o en Rusia, unos seres humanos, obreros, van diariamente al trabajo para producir lo que supuestamente es necesario para la vida. Sabes que por efectuar ese trabajo los patronos o el Estado (patrón único en Rusia y en sus satélites) otorgan a los obreros un salario. Ese salario no está destinado a satisfacer las necesidades múltiples y variadas de los obreros considerados como individuos, sino a mantener su fuerza de trabajo para que sigan trabajando. Por consiguiente, en el capitalismo el obrero no es un individuo ni un ser humano de pleno derecho. No: es una mercancía particular que posee la facultad de producir otras mercancías (viviendas, coches, víveres...). El salario que los patronos, el Estado y los sindicatos llamados sin razón «obreros» negocian conjuntamente puede ser más o menos alto según la capacidad de los obreros para utilizar la técnica industrial. ¡Pero cuidado! Si se produce un aumento de salario a raíz de un perfeccionamiento técnico en la producción, eso no significa que tal perfeccionamiento se haya realizado para elevar el nivel de vida de los obreros. Para convencerse basta observar lo que sucede hoy: la utilización de tecnologías nuevas se ha traducido ante todo en miles de despidos. Pero aunque no hubiera habido despidos, el problema seguiría en pie. En efecto, la riqueza total producida por los obreros, ampliamente acrecentada por el «progreso» técnico, es considerablemente superior a lo que esos mismos obreros consumen en conjunto gracias a sus salarios (aunque estos hubieran aumentado). Por otra parte, cuanto más crece el nivel técnico de la sociedad, más se acrecienta esa diferencia. Del trabajo de los obreros, una vez remunerados estos, se desprende, pues, una riqueza suplementaria que crece con la evolución técnica. La clave de la explotación capitalista reside precisamente en ese suplemento de riquezas sociales.

En el sistema capitalista, dominado por el principio de la compra y venta de la fuerza de trabajo (principio del salariado), los obreros que han recibido su salario o su subsidio de paro no tienen ya derecho alguno sobre el suplemento de riquezas que sin embargo han producido. Este es propiedad exclusiva de los capitalistas, que disponen de él para vivir y defender sus intereses reintroduciendo en la producción nuevas máquinas que los harán más competitivos y manteniendo una armada de funcionarios improductivos y serviles del tipo de los polis, los delegados sindicales, los aduaneros, los militares, etc. Si estos funcionarios los protegen eventualmente de competidores capitalistas desleales, los protegen todavía más de la clase obrera. En suma, eso es la explotación capitalista, y es el principio del salariado lo que permite a los capitalistas apropiarse legalmente de una riqueza que ellos mismos no han producido.

Así, contra el prejuicio popular, un obrero no está más explotado forzosamente porque gane poco, sino más bien porque produce más en un tiempo récord, aumentando con ello la parte de riquezas que los capitalistas sacan a su costa. A partir de ahí podemos extraer una serie de conclusiones que responden a tus preguntas:

a) En los países imperialistas no solo existe una clase explotada, la clase obrera, sino que, cuanto más floreciente es la industria de esos países, más explotados están los obreros. Desde luego, la condición de existencia de estos obreros es mejor que la de los obreros de los países más pobres, pero hay que recordar que la explotación capitalista se mide por lo que los obreros hacen ganar a los capitalistas.

b) Lejos de haber «transferido», según tú, la explotación (o la clase obrera, que viene a ser lo mismo), los «progresos» técnicos la han acrecentado. Añadamos, a título informativo, que esos falsos progresos los absorbe casi por completo la industria de guerra. Además, exacerban la competencia entre los obreros, que temen no adaptarse y verse en el paro. En una palabra, el «progreso» técnico en el capitalismo significa una amenaza de muerte para la humanidad y, entretanto, una vida social infecta.

c) ¿«El interés material de una clase revolucionaria»? Definimos la clase obrera como una clase revolucionaria porque sus intereses materiales —dejar de ser una mercancía, o un individuo alienado que produce sin saber para qué—, sus intereses, decimos, se confunden con los de la humanidad. Efectivamente, para dejar de ser explotada y alienada del producto social por los capitalistas, la clase obrera tiene que acabar con el principio del salariado y con la carrera de la ganancia. Ahora bien, es para defender esos principios, que garantizan sus intereses, por lo que los capitalistas ponen en peligro a la humanidad. Por consiguiente, apropiándose revolucionariamente de toda la riqueza social, los obreros, que no tienen intereses distintos de los de la humanidad, orientarán prioritariamente la producción a la satisfacción de las necesidades humanas, y ello en el conjunto del planeta. Además de eliminar la indigencia que reina en el globo terrestre, semejante revolución social tenderá también a eliminar la pobreza cultural, porque por fin los individuos sabrán para qué producen y qué tiempo es necesario dedicar a la producción sin sacrificar su desarrollo personal. En realidad, no podría existir interés material superior, habida cuenta, evidentemente, del desarrollo técnico actual, que puede liberarnos de la necesidad estrictamente material.

d) «¿No son los países imperialistas más que una vasta clase explotadora respecto del Tercer Mundo?»

  1. Ante todo, el «tercer mundo» es una definición falsa de los países capitalistas más pobres. Por una parte, significaría que existen otros dos mundos, uno capitalista, en el Oeste, y otro socialista, en el Este. Por lo que hemos dicho sobre el principio del salariado, puede comprobarse que este existe también en el Este y que, por tanto, los dos mundos no forman más que uno, enteramente capitalista. Por otra parte, en los países capitalistas más pobres domina también el mismo principio, y no otro. Por ejemplo, las tribus negras de África del Sur, aunque conserven costumbres ancestrales, ven a sus miembros explotados a cambio de salario en las fábricas y en las minas, y sufren la misma esclavitud que los obreros franceses, es decir, la esclavitud asalariada (aunque sus condiciones de vida sean, desde luego, más precarias y la legislación más dura aún). No existe, por consiguiente, más que un único mundo capitalista, que se trata de eliminar.

  2. Además, contra lo que afirmas, el imperialismo nunca ha significado que dejara de existir una clase explotada en los países imperialistas. Ese término quiere decir que una parte del mundo capitalista domina financiera y militarmente a otra parte del mismo mundo, a la que impone su santa voluntad. Sin embargo, esa dominación no es una relación de explotación, aunque la estafa y el chantaje constituyan lo esencial de ella.

  3. ¿Por qué la dominación imperialista no es una relación de explotación?

  • Por una parte, eso significaría que los capitalistas de los países imperialistas explotarían a los de los países dominados, pues esos capitalistas existen y a menudo se confunden con la burocracia del aparato de Estado. Es un sinsentido, porque significaría que los capitalistas de los países dominados efectúan un trabajo productivo y asalariado. (Véase más arriba la definición de la explotación capitalista.)
  • Por otra parte, supone también que los obreros de los países imperialistas explotan a los de los países dominados. Es de nuevo un sinsentido, porque, siempre según nuestra definición de la explotación capitalista, eso significaría que los obreros de los países imperialistas disponen a su antojo del suplemento de riqueza extraído del trabajo de los obreros de los países dominados. Ahora bien, el suplemento de riqueza es propiedad exclusiva de los capitalistas, sea cual sea su nacionalidad. Los obreros de todas las nacionalidades no tienen más que un derecho: percibir su salario, más o menos alto, y seguir trabajando.

Conclusión: la clase capitalista mundial explota al proletariado mundial. Por consiguiente, solo la revolución comunista mundial está al orden del día, y las falsas revoluciones «nacionales» o «antiimperialistas» son las máscaras de las manipulaciones militares del imperialismo ruso. Además, la evolución técnica y su utilización en el capitalismo, lejos de liberar a la humanidad, ponen de manifiesto que la división capitalista del mundo en naciones competidoras es un freno al desarrollo de esa misma humanidad. No se trata, pues, de reforzar a las naciones más débiles, sino de eliminar las fronteras.

Como corolario de la pregunta sobre la existencia de una clase explotada en los países imperialistas, está también tu pregunta sobre por qué esta no ha tomado el poder por intermedio de un partido ya existente o de un sindicato que hubiera mejorado.

a) Los sindicatos.

Independientemente de su vinculación inicial con el movimiento socialista, los sindicatos nunca han sido organizaciones revolucionarias. En efecto, su papel es negociar la venta de la fuerza de trabajo de los obreros, y siempre ha sido ese. Sin embargo, si en los albores del capitalismo los sindicatos fueron instrumentos de la clase obrera para distinguir sus intereses de los de los capitalistas, hoy, cuando solo la revolución socialista puede acrecentar el progreso social, esos mismos sindicatos se han convertido ante todo en garantes del orden capitalista (a lo que estaban destinados por su papel). Para los obreros que desean desarrollar su fuerza de clase ya no se trata hoy de reivindicar su parte en el desarrollo de la sociedad capitalista, sino de acabar con esa sociedad, que ya no puede ofrecer más que la regresión social en relación con su evolución técnica. Por consiguiente, hoy toda reivindicación que no apunte a la supresión del salariado es reaccionaria, y los sindicatos no solo son organizaciones capitalistas (lo que siempre han sido), sino también organizaciones contrarrevolucionarias. Por otra parte, allí donde existen sindicatos, el capitalismo prohíbe a los obreros expresarse por sí mismos.

b) En cuanto al partido, se trata sin duda del Partido «Comunista». Desde la contrarrevolución rusa, que encontró su expresión en la persona de Stalin y en la teoría del «socialismo en un solo país», que no era otra cosa que la máscara de la consolidación del capitalismo de Estado en Rusia, los partidos «comunistas», tras haber sido partidos revolucionarios, se han convertido en artífices de la contrarrevolución mundial (hay que recordar que la revolución rusa fue la más alta expresión de la primera tentativa de revolución socialista mundial).

Es principalmente a esos partidos, por cierto, a los que se debe el fracaso de la revolución en España en 1936, segunda alta expresión de la revolución mundial. Para el proletariado mundial la derrota fue total. No solo sus partidos lo traicionaban, sino que además lo hacían en nombre del socialismo. Hoy no existen partidos más contrarrevolucionarios que el partido «comunista». En definitiva: para reconstituir un partido revolucionario proletario habría que reanimar los ideales socialistas en el proletariado y devolverles su verdadero significado, totalmente ajeno a lo que sucede en Rusia y totalmente ajeno a la política del partido «comunista» (y también a la del partido «socialista»). Eso solo podrá hacerse contra los sindicatos y el partido «comunista».

Sin ese trabajo de una minoría consciente y consecuente, «la consciencia política de clase», como tú dices, difícilmente surgirá en el proletariado.

En cuanto a las preguntas sobre el individualismo y el comunismo, pensamos que hay una confusión. En efecto, confundes el arribismo y el egoísmo, que son resultados de la competencia capitalista, con el individualismo. Solo una sociedad libre de la explotación hará surgir individuos reales, poseedores de cualidades personales y distintas que no querrán callar ni ocultar. Mientras que en el capitalismo los seres humanos se ven obligados a amordazar sus pasiones o su afán de conocimiento simplemente para sobrevivir y ajustarse a las normas dictadas por la carrera de la ganancia.

Lo repetimos: en el sistema capitalista los individuos no existen, no son más que una masa de mercancías.

Esperamos haber respondido a tus principales preocupaciones (...), aunque no podamos responder a todo en una sola carta.

Hasta pronto.

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