Alarme, n.º 35, enero-febrero-marzo de 1987 (pág. 7). PDF del número completo · Texto original en francés
En la huelga de la SNCF (véase el artículo en este mismo número) los trotskistas han podido volver a dar que hablar. Inútil señalar (¡pero lo hacemos de todos modos!) que la prensa bienpensante (de izquierda como de derecha), desconcertada por los comienzos de la huelga, sacó de sus cajones la vieja cantinela de los elementos izquierdistas grupusculares y agitadores profesionales. Independientemente de su comprensión de lo que estos izquierdistas representan realmente, eso sirve objetivamente para hacernos pasar por revolucionario lo que no es otra cosa que un producto de la degeneración del movimiento revolucionario iniciado en 1917, completamente destruido por el stalinismo mundial y por el capitalismo, al que el primero ayudó a salvarse en la misma escala y al que representa allí donde domina directamente.
En la huelga de la SNCF, estos elementos izquierdistas tan denostados han ayudado de hecho a la derrota de una huelga que, incluso vencida, hubiera podido ser un punto de referencia más decisivo aún para el futuro inmediato de la lucha de clases. A pesar de sus decires, todos estos izquierdistas no han hecho más que consolidar el espíritu corporativista que existía masivamente entre los ferroviarios y los empleados del ferrocarril en general.
Para el P«C»I (lambertista), la creación de coordinaciones impedía la verdadera unidad obrera; léase, unidad sindical. Esta unidad ningún proletario revolucionario la puede desear. Se la dejamos, pues, porque morirán con ella.
Para la L«C»R era más o menos lo mismo, pero de forma más crítica de cara a las direcciones sindicales... «reformistas», lo que la llevaba a apoyar principalmente la coordinación de los conductores solos, sin dejar de dirigir amplias sonrisas cómplices a la central CFDT de Edmond Maire. Como los anteriores, habrán de perecer en los movimientos revolucionarios de envergadura.
De todas las grandes tendencias trotskistas, la más inteligente y por ende la más peligrosa en última instancia es sin duda L.O. Puesto que la sindicación está en caída libre y la desconfianza hacia los sindicatos existentes es cada vez más manifiesta, L.O., a fin de tener alguna oportunidad de estar un día a la cabeza del movimiento obrero (¡no ciertamente para ir hacia la auténtica y única revolución!), tiene más en cuenta el estado de ánimo de los trabajadores no organizados, legítimamente insatisfechos de la vida que les imponen quienes los dirigen y explotan. En la huelga de la SNCF apoyó, pues, más particularmente la coordinación intercategorías, en la que tenía además a uno de sus representantes, Daniel Vitry, desautorizado por su sindicato, la CFDT.
Independientemente de que ninguna organización puede ser revolucionaria si considera a Rusia un país no capitalista —lo que lleva a apoyos más o menos críticos a una de las dos superpotencias que se reparten el mundo—, en la lucha de clases no puede subsistir ya la menor duda en cuanto a la naturaleza y la función del sindicalismo. L.O., organización más perspicaz en cuanto a la posibilidad de desempeñar un papel (¡nefasto, sin duda, desde un punto de vista revolucionario!) en los futuros combates que librarán los explotados, ya no se contenta (¡movimiento dialéctico obliga!) con denunciar en ciertos casos a las direcciones sindicales: apoya, esperando a cambio alguna legítima compensación dirigente, lo que tendencialmente pueda expresar el proletariado contra quienes lo han mantenido en la explotación y la ignorancia. No tiene, pues, demasiados escrúpulos en poner en tela de juicio la ortodoxia trotskista en esta cuestión.
Va más lejos. Ayuda a transformar de hecho las expresiones balbucientes de la autoorganización de los proletarios en un nuevo sindicato por sus objetivos, a cuya cabeza podría hallarse fácilmente. A eso aspira. Es la táctica que L.O. empleó en la coordinación intercategorías, aceptando además que los sindicatos (bajo control de las coordinaciones) fueran a negociar con el Estado o la patronal. Los sindicatos y el sindicalismo pudieron imponerse fácilmente. ¡Bonita vanguardia «revolucionaria» la de L.O.!
De boquilla, esta misma organización defendía la extensión y combatía el corporativismo. En la práctica, los elementos de la clase proletaria explotados en otros sectores del mundo capitalista no tenían derecho a participar en las asambleas de las coordinaciones. A pesar de la influencia evidente que tenía en esas coordinaciones, en el mejor de los casos se callaba sobre este tema. Con semejante práctica antirrevolucionaria, Trotsky, del que tanto se reivindica, nunca hubiera podido ser miembro responsable del soviet de Petrogrado, pues, que sepamos, no trabajaba en ninguna fábrica de esa ciudad. A todas las organizaciones izquierdistas les rezuman los poros de sindicalismo, esa sustancia orgánica indispensable hoy para cerrar el paso a la consciencia revolucionaria de clase. Toda organización revolucionaria debe alzarse contra él y contra todos los que lo defienden.
Nota. El FOR publicó en español una versión refundida de este texto como parte final del artículo «Huelgas en Francia» (Alarma, tercera serie, n.º 24, mayo de 1987, págs. 4-7). Hemos tomado su redacción en los pasajes coincidentes y traducido del francés el resto. La versión española añade que el PCI lambertista corresponde al POSI en España, cita la consigna de L.O. («los trabajadores de los otros sectores saben lo que tienen que hacer; no tenemos por qué decírselo») y cierra con una crítica de la «defensa incondicional de la URSS» trotskista; omite, en cambio, la mención de Daniel Vitry y el párrafo sobre la naturaleza capitalista de Rusia.