Alarme, n.º 37-38, julio-diciembre de 1987 (págs. 4-8). PDF del número completo · Texto original en francés

La caída del imperio zarista, seguida de la toma del poder por el proletariado, fue una sacudida política y social enorme en el mundo. Por primera vez un partido obrero revolucionario, comunista, se alzaba a la dirección suprema de un país, sostenido por la clase obrera y los campesinos organizados en soviets designados por ellos mismos. Los desheredados, los miserables, la vil canalla en la concepción de los ricos, de los burgueses y de los gobernantes de todo pelaje, se convertían en el conjunto políticamente dominante, con miras a una sociedad sin clases y sin Estado. La importancia y la repercusión de este hecho eran tanto más impresionantes cuanto que demolía un imperio geográficamente gigantesco, muy despótico y santificado por las aguas lustrales del cristianismo, por la tradición y por los residuos embrutecedores depositados durante milenios por las sociedades de explotación. De los señores de las finanzas mundiales a los jefecillos y gurús de los países atrasados, pasando por el clero cristiano, islámico, sintoísta y brahmánico, una tempestad de pánico los sacudió hasta lo más hondo de sus almas, es decir, de sus panzas. Si se recorren los periódicos y revistas de la época, se ve ese pánico vertido cotidianamente, rabiosamente, en injurias, calumnias, mentiras y amenazas contra la revolución, y en particular contra Lenin y Trotsky, acusados de ser agentes del cuartel general prusiano, en primer lugar por el antiguo Estado Mayor zarista.

Un periodo internacional de acción revolucionaria quedaba abierto de par en par. Hay que precisar, sin embargo, que Octubre del 17 fue una victoria local resonante de una situación prerrevolucionaria europea a la que la guerra había cerrado el paso. Por lo demás, el desencadenamiento de la acción por el poder obrero se decidió, no en función de Rusia sola, sino como apertura de la revolución en Europa. Porque cuando un sistema económico como el capitalismo ha alcanzado el grado de producción que permite su superación revolucionaria y, por consiguiente, las necesidades y las ideas de esa superación, estas valen para todo el sistema, incluidos sus sectores atrasados.

Así fue como el proletariado ruso y el partido bolchevique se vieron catapultados a la cabeza de la acción revolucionaria mundial. Y el rugido del proletariado, ahogado por el desencadenamiento de la guerra y por la deserción de la socialdemocracia al campo capitalista, se reanudaba violentamente, ante todo en Alemania. La revuelta de los proletarios, tanto en la fábrica como en el ejército, era tan general que Ludendorff, el jefe militar supremo del káiser, declaraba: «Alemania no ha sido vencida por Francia e Inglaterra, ni siquiera por la entrada en guerra de los Estados Unidos; ha sido vencida por la revolución rusa». En efecto, ante el ejemplo de esta, los soldados alemanes desertaban en masa; el frente ya no existía. La lucha por el poder comenzaba en la retaguardia.

Por desgracia, la socialdemocracia, es decir, el partido socialista alineado tras los explotadores, tuvo todavía fuerza suficiente para desviar a la mayoría de los obreros de la vía revolucionaria, combatir a los espartaquistas que señalaban esa vía y entregar a sus principales dirigentes, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, al asesinato. Por un tiempo cuya duración no podía definirse, se había acabado la revolución alemana.

Este episodio negativo repercutió casi en seguida en la revolución en Rusia. Inspiró a los bolcheviques medidas de espera, de retirada de la revolución, medidas que querían ser provisionales pero que resultarían permanentes, luego agravantes y mucho más negativas que el retroceso momentáneo del proletariado en Alemania. Esas medidas fueron la introducción de la NEP (nueva política económica) y las decisiones del X Congreso del partido bolchevique: supresión de los partidos soviéticos (había varios) y de las tendencias políticas en el interior del partido mismo; todo ello sumado a la represión del levantamiento de Kronstadt y a un hambre espantosa que asolaba todo el país. Era la consecuencia de cuatro años de guerra imperialista seguidos de tres años de guerra civil. A partir de ahí, y en contra de las intenciones de los bolcheviques, el poder en Moscú se desliza a la derecha y se aleja cada vez más de la desaparición de las clases y del Estado; en suma, se aparta del objetivo comunista, aunque conservando la denominación, perfidia obliga.

Desde ese momento se instala en el corazón de la lucha de clases mundial un proceso solapadamente contradictorio, que se vuelve venenoso hasta la virulencia. Mientras continuaba el impulso revolucionario del proletariado, surgido antes de la guerra de 1914-18 y reforzado por el Octubre rojo, el poder en Rusia mudaba, al amparo del «socialismo en un solo país» (Stalin), hacia la contrarrevolución capitalista de Estado. Sin embargo, y debido a circunstancias muy particulares que no es el caso tratar en este resumen, el inmenso prestigio de la revolución de 1917 no se había marchitado a los ojos del proletariado internacional. Así, allí donde los explotados en rebeldía empujaban con todas sus fuerzas hacia la revolución comunista, Moscú y sus falsos comunistas contrarrestaban la acción revolucionaria. Habían de llegar hasta combatirla sin disfraz.

Se comprende fácilmente que un poder que transformaba la revolución en contrarrevolución dentro de los límites de sus fronteras necesitara oponerse a toda revolución dondequiera que se produjese. Sus intereses de fondo coincidían con los del viejo capitalismo de tipo occidental. Esa es la causa principal que llevó a la derrota a la gran oleada revolucionaria de entreguerras. El proletariado esperaba una ayuda ideológica y material de Moscú y de sus partidarios; pero de ese lado no podía recibir, desde hacía mucho tiempo, más que golpes bajos y, finalmente, puñaladas por la espalda. Y ese es el solapado proceso contradictorio que ha corroído el movimiento subversivo del proletariado, hasta llegar a la falsificación de las ideas.

Fue sobre todo la nacionalización del capital por el Estado lo que permitió a la contrarrevolución ocultar durante mucho tiempo su verdadero rostro. La desaparición de la propiedad privada de los instrumentos de producción engañaba incluso a revolucionarios sanos e inteligentes. No vieron en seguida que la separación entre instrumentos de trabajo y hombres trabajadores, que obliga a estos últimos a vender su fuerza de trabajo por un salario (lo que los convierte en explotados), se encontraba reforzada por la concentración del capital en el Estado. La contrarrevolución stalinista entró en ello de lleno, y con tanto mayor encarnizamiento cuanto que tenía que saciar a millones de burócratas ávidos de privilegios, que son también poder, y ávidos de poder, que puede transformarse en privilegios. Puede seguirse paso a paso la transformación contrarrevolucionaria en la propia Rusia, así como en su política exterior, hasta su reciente parpadeo con Gorbachov.

Veamos rápidamente sus principales etapas. Burocratización de todas las relaciones políticas y económicas tras el X Congreso y la NEP; en el exterior, maniobras ocultas contra el resurgir de la revolución alemana (1923) y lo que se llamó bolchevización de la Internacional Comunista —en realidad se trataba de stalinizarla, y así se hizo—. Todas las direcciones nacionales estaban compuestas en adelante por funcionarios a sueldo, a las órdenes del Kremlin.

Política favorable a los campesinos ricos (kulaks) y a los comerciantes e industriales (nepmen) que la NEP había multiplicado; lucha contra la Oposición de Izquierda (trotskista); renuncia a la revolución mundial con el pretexto del socialismo en Rusia sola. En el exterior, política llamada del «tercer periodo» o del «hundimiento del capitalismo occidental», que se limitaba a gritos demagógicos y a una práctica en modo alguno revolucionaria. Lo que Moscú y sus lacayos preconizaban equivalía a una política de ayuda a la revolución burguesa, declarada reaccionaria por Lenin en sus Tesis de abril.

Pero en los hechos Moscú y los suyos se situaban todavía más a la derecha. El gran movimiento chino de 1926-1927 fue prueba irrefutable de ello. Se habían constituido soviets un poco por todas partes, que poseían parcialmente el poder. Moscú dio a Mao Tse-tung, Chu En-lai, Deng Xiaoping y a su partido (ya depurado) la orden de liquidar los órganos de poder obrero y de disolverse en el Kuomintang de Chiang Kai-shek. Esta rendición sin condiciones asesinaba la revolución china, que no fue vencida por la antigua burguesía, sino por la política impuesta por Moscú. Esta no era un error, sino la consecuencia lógica de la marcha contrarrevolucionaria en que se había embarcado el gobierno ruso. De ahí ha sacado también el actual Partido-Estado chino su dominación.

Casi simultáneamente, reduciendo a todo el proletariado a merced del capital estatizado, se lanzó el primer plan quinquenal, así como lo que se llamó colectivización de la tierra, en realidad la transformación de los campesinos en proletarios agrícolas. El conjunto causó millones de víctimas. Era la forma de la contrarrevolución; en lo esencial, la marcha atrás estaba consumada desde ese momento. Con todo, al afirmarse como tal, sus manifestaciones habían de ser mucho más indudables y sangrientas. Comienza en las fábricas una campaña de intensificación de los ritmos de trabajo, así como de calumnias y persecuciones contra el trotskismo y contra todos los que se oponen a la contrarrevolución. Estas campañas desembocaron, entre 1934 y 1939, en la carnicería más vasta de la historia moderna, sin contar los campos de trabajos forzados donde penaban decenas de millones de hombres que caían en ellos como moscas. En el exterior, el proletariado alemán fue entregado en manos de Hitler, cuya victoria, según el propio Stalin y los suyos, no tenía importancia. Sin duda alguna, la guerra con Hitler era aceptable para Moscú; la revolución comunista en Alemania, de ningún modo.

Poco después se proclamó la política de Frente Popular, renuncia explícita a la lucha proletaria contra el capital en favor de la lucha interimperialista. Al mismo tiempo, la represión contrarrevolucionaria en Rusia estaba en su apogeo, lo que repercutía en la política exterior. En junio de 1936, el proletariado francés ocupaba las fábricas, acto de expropiación del capital. El Partido de Moscú y los «socialistas» que dirigían la policía lo obligaron a abandonarlas y a volver a su condición de explotado. En julio del mismo año, en España, el proletariado disolvía en batalla el ejército nacional y emprendía la revolución social. Los adeptos de Moscú, debidamente armados y financiados, contrarrestaron la revolución con la calumnia, la represión policial y financiera y el asesinato. También allí prefirieron favorecer una dictadura capitalista, porque la revolución es para ellos el mal y el peligro absolutos. Al mismo tiempo, los bolcheviques que habían dirigido la revolución de 1917 eran asesinados en Rusia. La contrarrevolución stalinista y, a través de ella, el capitalismo internacional quedaban dueños del terreno y podían desencadenar impunemente la segunda guerra mundial.

Durante esta, tras el episodio de la alianza con Hitler, los partidos de Moscú, traidores al internacionalismo desde hacía mucho, resultaron los más ardientes partidarios de la defensa nacional (resistencias nacionales). Esta actitud fue ampliamente rentable para el nuevo imperialismo ruso: diez países sojuzgados o anexionados, de los que saca enormes beneficios desde hace 40 años. Ningún otro imperialismo sacó de la guerra tanto botín. Así culmina la transformación de una revolución en su contrario, previo aniquilamiento de todas las tentativas revolucionarias surgidas entre las dos guerras.

Al cabo de su recorrido, Rusia se ha convertido en un coloso, ciertamente, pero en un coloso con pies de barro. Porque una obra tan negativa respecto del proletariado internacional y del porvenir humano, realizada por medios tan feroces como mendaces, hablando pérfidamente de socialismo, no puede dejar de tener consecuencias negativas para los mismos que son responsables de ella. La situación en el interior de Rusia es tan mala en el terreno económico como en el político. El odio del proletariado, acumulado y contenido durante tanto tiempo, es una de las causas más importantes del atraso industrial y, políticamente, una amenaza constante para el gobierno. Podría estallar en una marejada insurreccional irresistible. Además, la hostilidad de la gran masa de la población debilita militarmente al Estado. Pero para hacer algo en ese terreno, por limitado que sea, el coloso con pies de barro tiene que obtener la ayuda del mundo occidental. Eso es lo que Gorbachov se propone realizar. Está en posición de solicitante; de ahí la acogida favorable que encuentra casi en todas partes.

Es evidente que se propone hacer algo, pero algo que disminuya la hostilidad de la población. No se puede conjeturar la evolución de la situación; sin embargo, puede tenerse la certeza de que, tras su apoteosis, la contrarrevolución entra en su fase de declive. El proletariado solo mostrará interés por la «transparencia» para desentumecerse ideológicamente y sacar ventaja para su lucha revolucionaria frente al capitalismo de Estado1. En ese camino encontrará un porvenir más grandioso todavía que en 1917.

G. MUNIS

  1. Véase en nuestras próximas publicaciones: La gorbachada en tecnología y transparencia. (Nota del autor.) Nota nuestra: el texto apareció en español en Alarma, tercera serie, n.º 25, julio de 1988: «La Gorbachada en tecnología y transparencia» (fragmento); completo, en La Perestroika y la implosión de la URSS stalinista. ↩