Alarme, n.º 40-42, abril-diciembre de 1988 (págs. 1-4). PDF del número completo · Texto original en francés

«Entre los grupos más o menos revolucionarios que existen en varios continentes (...) la flaqueza y la incongruencia teórica de unos y otros toca un límite allende el cual no se ve nada».

Consciencia revolucionaria y clase para sí. 1976. Alarme n.º 131

Tratándose de los problemas que plantea el mundo actual, que son los de la clase revolucionaria, los grupos mencionados han rebasado a estas fechas, y con mucho, el límite que señalamos hace doce años. Vamos a precisarlo, pues no se trata de hablar por hablar, ni de emborronar páginas y páginas por poca cosa o para enredar, vicio que hoy se exhibe a menudo como una cualidad.

La flaqueza y la incongruencia teóricas principales, de donde brotan otras, se encuentran en la estimación de la naturaleza de nuestra época. Todos responden: «de grandísima concentración mundial del capital y de decadencia» (cualquier excepción se situaría ideológicamente a la derecha y no merece comentario alguno). La flaqueza y la incongruencia aparecen en cuanto se trata de señalar el porqué y el cómo de la concentración y de la decadencia. En cuanto a la primera, la mayoría se limita a constatar el hecho, a semejanza del movimiento revolucionario de entreguerras. Algunos, sin embargo, llevan el absurdo al colmo negando que haya crecimiento más allá del ciclo guerra-reconstrucción-guerra. Prohíben al capitalismo mundial rebasar el nivel de lo que destruyó.

Otros grupos, sin dar en tan risible desatino, aceptan la idea de ciclo, salvo en caso de revolución, por supuesto. Sin embargo, todos ignoran que la enorme concentración del capital, cualquiera que sea el volumen que le atribuyan, se hizo posible gracias a la derrota del proletariado entre las dos guerras, prolongada después de la última. Pero antes de volver sobre ello, hay que aclarar dónde se encuentra el origen de la decadencia, pues se trata de la característica principal del actual período histórico. Todos los grupos, sin excepción conocida, la ven en un imposible crecimiento de los instrumentos de producción dentro del capitalismo actual. Éste empujaría a la crisis de sobreproducción, sobre la que tanto han parloteado, y ésta, a su vez, mediante el paro en gran escala, engendraría la movilización de las masas y la consciencia revolucionaria. Ése es su materialismo. Como demostración de la existencia de la crisis presentaban el paro, mientras faltaba lo que hiere al capital, es decir, lo que origina esa clase de crisis. Además de esa pifia, los grupos en cuestión han recibido del paro un doble mentís. Esperaban un aumento de las luchas y su radicalización («aceleración de la historia», se oía decir con voz grave). Como a propósito para taparles la boca, el número de luchas disminuía en proporción al aumento del paro, mientras que se multiplican cuando éste disminuye.

El acontecimiento capitalista más importante de los últimos decenios ha sido la delantera tomada por la tecnología japonesa, empequeñeciendo a todas las demás, la de Estados Unidos incluida. Los occidentales, para hacer frente a la competitividad nipona, emprendieron la renovación de su maquinaria y la reducción de su mano de obra. Es este último factor lo que los susodichos grupos, superficiales, interpretaron como su tan anunciada crisis, prolegómeno de una conmoción revolucionaria mundial... o de tercera guerra. Veinte años de su vida y montañas de publicaciones despilfarradas para verse finalmente refutados, sin apelación posible, por la robótica y la electrónica, que prolongan el crecimiento capitalista, antes sólo reducido.

Que la decadencia del sistema se manifieste por la incapacidad de desarrollar sus instrumentos de producción es una idea que procede también de la Tercera Internacional y del Programa de transición de Trotski. Todos los grupos mencionados han sido prisioneros suyos, pese a los mentís de la realidad viva. Así es como han ido a sumergirse en su propio desbarajuste. Desorientan ideológicamente al proletariado y contribuyen a su pasividad. Caen en lo que, sin embargo, quisieran evitar.

En cuanto a nosotros, nos repetimos una vez más escribiendo que la decadencia capitalista la engendra y difunde el actual crecimiento de sus fuerzas de producción. La última de ellas, más importante que todas las anteriores, coexiste con la decadencia y la segrega. Si bien es cierto que antaño el crecimiento comportaba un desarrollo social, ahora lo ataca, lo pervierte, pues crecimiento de los instrumentos de producción bajo su forma capitalista y desarrollo social chocan irreductiblemente. El segundo debe imperativamente, para reanudarse, desembarazarse del otro. Ésa es la contradicción suprema del capitalismo, determinada por la fuerza humana de trabajo, el proletariado en su acepción más amplia, cuyo avance exige el dominio de los instrumentos de trabajo y, por consiguiente, el de su propio devenir. Como se expuso en el editorial de Alarme n.º 38, lo que engendra la decadencia es el mismo factor que había constituido el lado progresivo del sistema, a saber, el crecimiento productivo de los instrumentos de trabajo en calidad de capital creado por la explotación asalariada. Desde entonces, la decadencia se introduce en cuanto los instrumentos de producción acumulados permiten el paso a un sistema de desarrollo social en ruptura con la relación capitalista entre instrumentos de trabajo y trabajo humano. Ahora bien, esos mismos grupos se empeñan en negar el crecimiento industrial, contra una realidad aplastante y con un aplomo de irresponsables; en todo caso, se les escapa enteramente su naturaleza decadente y deletérea. Y en ningún caso ven cómo de esa realidad mundial se desprenden proposiciones revolucionarias capaces de devolver vigor a la actividad de los explotados directamente contra el capitalismo.

De todos modos, su andamiaje teórico se derrumba, y hasta el suelo que los sostiene se vuelve arena movediza. Su propio razonamiento aumenta su desconcierto. En efecto, si el capitalismo se encuentra en circuito cerrado guerra-reconstrucción-guerra, una crisis de sobreproducción se vuelve algo quimérico, pues le basta al sistema convertir en chatarra una parte de su utillaje, mediante la guerra o como se quiera, para emprender una vez más una reconstrucción... y embolsarse siempre plusvalía. Pero entonces, ¿de dónde vendría y cuándo aparecería la combatividad obrera y su consciencia? Ese mismo circuito cerrado impide comprender la causa de la pasividad y del escepticismo de las masas, tan duraderos; impide también comprender las tareas revolucionarias que hay que proponerse, a los revolucionarios como a todos los explotados. La primera situación no ha sido obra de la represión burguesa, sino de la irradiación mundial de la contrarrevolución rusa embadurnada de socialista. Las tareas que hay que proponerse, en cambio, exigen una importante reconsideración teórica, que no han emprendido, o han emprendido mal, las tendencias aquí criticadas.

Colmo de la pifia, la tercera guerra mundial, anunciada como próxima, si no inminente, está dejando plantados a sus pregoneros, enésima versión. La ven alejarse en su horizonte temporal, por efecto de las armas termonucleares, químicas, etc., cuyo alcance exterminador pone al desnudo la caducidad, la corrupción, la sentencia tecnológica última de la decadencia como un todo. Se vio en el episodio de los misiles de Cuba. Con todo, el peligro no desaparecerá sino con la relación social que lo engendra: capital/salariado.

Ahora bien, los grupos de que aquí se ha tratado no encontrarán el enlace con las agitaciones obreras venideras sin... podar ellos mismos sus ideas caducas o enteramente falsas. En una palabra, hay que tomar un nuevo vuelo teórico, lo que equivale a decir de actividad práctica. Eso es, desterrada toda pedantería, la praxis. Pero, por el contrario, parecen aferrarse a sus aberraciones. Sólo Battaglia Comunista insinúa cierto cambio. En su número de julio dice «no referirse tanto a la crisis de sobreproducción» como a la de decadencia. Eso basta para negar la existencia de la primera y, se produzca o no, despojarla de las virtudes que antes se le atribuían. Si se tira consecuentemente de ese cabo de la cuerda, otros cambios se presentarán en fila india.

En medio del estruendo mundial se perciben síntomas precursores de nuevas aperturas revolucionarias. Los de mayor importancia son éstos: la reanudación del crecimiento capitalista, cuya nocividad agravada permitirá al proletariado alzarse contra el sistema; el conocimiento generalizado de la espantosa verdad sobre la contrarrevolución rusa y el desprecio de las masas hacia sus partidos; el rechazo irreversible de los sindicatos por los trabajadores; la puesta en evidencia de los nacionalismos, guerrillerismos, terrorismos y similares como obra de sujetos y partidos ávidos de explotar a sus propios connacionales; la necesidad, cada día más apremiante, de suprimir todos los armamentos militares y los ejércitos sin excepción; el empuje de los explotados, muy persistente, aunque contenido por el momento, hacia una sociedad sin clases y altamente desarrollada.

octubre de 1988
ALARME

  1. El pasaje citado, según el texto español de «Consciencia revolucionaria y clase para sí» (1976); el comienzo de la frase lo traducimos de la versión francesa. ↩