Alarme, n.º 48, primer semestre de 1993 (págs. 3-7). PDF del número completo · Texto original en francés
¡Ah, la buena gente! Un golpe de perestroika (bien glasnotizada, por favor), una pizca de «tormenta del desierto», una brazada de casa europea, una paletada de nuevo orden mundial, ¡y asunto resuelto! Se acabó la lucha de clases, se acabó el proletariado: es el fin de la Historia (seguramente nos perdimos el principio) y el advenimiento de un Reich disneymocrático de mil años.
No, la lucha de clases no ha muerto. No, el proletariado no ha desaparecido, relegado a las minas o a las acerías de países atrasados, al igual que los animales en vías de extinción, tan caros al corazón de los gobiernos de hambreadores. Una vez más, los enterradores de la clase obrera han oído silbar la bala junto a sus orejas.
Los motines de Los Ángeles, por limitados que fueran en sus objetivos y su contenido, han hecho sentir que el espectro del proletariado sigue recorriendo el mundo. Para calmar el canguelo de los capitalistas hicieron falta la tropa del Estado que domina este planeta, algunas decenas de muertos, miles de detenciones y un gigantesco aparato de represión, movilizados para restablecer el Orden en una de las regiones más ricas de la tierra.
No se había disipado todavía el humo de los incendios cuando los aparatos de propaganda capitalista difundían ya sus pantallas ideológicas en las pantallas catódicas. Pudo saberse entonces, a modo de descerebramiento hertziano, que todo esto se resume, según las interpretaciones, en una guerra entre negros y blancos, o en una guerra entre policías y gánsteres, o también en una guerra entre ricos y pobres. Los raros intervinientes a los que se les escapó —porque estaban en estado de choque— que se trataba de una guerra de clase fueron escamoteados enseguida.
Tomémonos la molestia de considerar los lastimosos esfuerzos de los poseedores y de su clientela por ocultarnos la realidad de lo que está en juego y de su miedo.
La historia de las Américas se confunde con la del genocidio y la deportación de millones de negros africanos, cuyos supervivientes fueron los primeros proletarios agrícolas e industriales, una vez masacrados y encerrados los antiguos habitantes del pretendido nuevo mundo. Aunque la forma jurídica de su sometimiento fue la esclavitud, no por ello dejaron de ser proletarios, pues fueron integrados directamente en relaciones de producción capitalistas. Fueron una mercancía, intercambiada entre burgueses europeos y americanos, pero desde el principio su valor mercantil resultó especial: se calculaba contando con su capacidad de trabajo en empresas capitalistas, ligadas al mercado mundial que empezaba a constituirse. El carácter especial de esa mercancía es su capacidad de producir otras mercancías, de producir plustrabajo, plusvalía. De entrada, el capitalista especula con el esclavo porque va a ser utilizado como proletario.
Los individuos no aptos para el trabajo previsto fueron masacrados; los demás, empleados en manufacturas industriales y agrícolas, privados de todo medio de producción salvo sus brazos y recibiendo justo lo necesario para reproducirse y reproducir su fuerza de trabajo. La fijación esclavista de la mano de obra fue la condición sine qua non del desarrollo de la gran industria en América, mientras los recién llegados europeos podían establecerse fácilmente como trabajadores libres.
Ese sistema fue una etapa de transición hacia el sistema salarial moderno. Sirvió a falta de algo mejor, dado el nivel de las fuerzas productivas de los explotadores de la época. Comportaba numerosos inconvenientes (para los esclavos, ese sistema no tenía «inconvenientes»: era sencillamente el terror y la humillación como suerte cotidiana): el mantenimiento costoso de trabajadores a fin de cuentas poco productivos y de su prole, la transparencia de la explotación, la inadaptación a una industria moderna que exigía trabajadores cualificados, etc.
Como la coexistencia de los dos modos jurídicos era imposible durante un largo período, el esclavismo cedió el paso a la proletarización según el modo europeo. Hay que observar, sin embargo, que ese cambio se hizo en las convulsiones de una sangrienta guerra civil (la guerra de Secesión) y que la reducción, incluso la supresión, de toda libertad para los proletarios no se limitó a las Américas. Pueden citarse en desorden, de un siglo y de un país a otro, las workhouses inglesas, el apartheid anglo-neerlandés, el gulag stalinista, los campos de concentración nazis, los presidiarios de la república francesa, el pasaporte obrero de la Rusia stalinista o del Imperio en Francia,1 y la lista no es exhaustiva.
La tragedia de los negros en América es la de su proletarización. De semejante historia subsisten formidables secuelas, políticas, jurídicas y psicológicas. Hace sólo treinta años, los ciudadanos negros de Estados Unidos, faro de la democracia y de la libertad, no eran, en suma, mucho mejor tratados que los «indígenas» del Imperio de la República Francesa. Todavía hoy la piel de un negro vale menos que la de un blanco a los ojos de la justicia o de la policía y, recíprocamente, todo blanco es un enemigo en potencia para numerosos proletarios negros.
Sin embargo, en los grandes movimientos sociales, en particular contra la guerra de Vietnam y durante las grandes huelgas salvajes de los años 70, los proletarios negros y blancos se encontraron unidos, sin vínculo con los movimientos por los derechos políticos propios de las comunidades étnicas o raciales. Muy al contrario, los obreros, en el trabajo, bajo el uniforme o en el paro, se opusieron a sus respectivos líderes comunitarios, ya fueran civiles, religiosos o militares.
En el curso del decenio siguiente, con la pauperización creciente y la llegada de nuevos inmigrantes, latinoamericanos, pudo constatarse la misma indiferencia hacia las comunidades de origen en cada enfrentamiento, aun limitado, con las potencias capitalistas. No se trata de negar la cuestión del «color» (hablar de «razas» es sencillamente una concesión a la mentira dominante), sino de ver bien que todas las luchas que se centran en torno a ese eje no pueden ser sino ilusiones democráticas o fascistoides, pero todas capitalistas. Tienden a aplastar los embriones de unidad proletaria y a polarizar las energías obreras en las luchas entre fracciones capitalistas por el reparto de la plusvalía.
Hablar simple y bruscamente de luchas entre negros y blancos es, una vez más, intentar negar la lucha de clases y glorificar la democracia, donde «cada cual tiene su oportunidad» (como en la Lotería), mediante eventuales arreglos o con el statu quo, según las tendencias y las fracciones del capital que compiten entre sí.
Entre esas fracciones, además de los grupos de presión clásicos de todo género (industriales librecambistas o proteccionistas, maltusianos a lo Reagan o liberales consumistas, etc.), hay que contar en adelante con los nuevos potentados de la industria narcótica. Su producción y su organización desorganizan considerablemente al proletariado, por una parte desmovilizando de su terreno de clase a una fracción importante y joven de él, por otra movilizando la combatividad de jóvenes proletarios contra el Estado, haciéndoles confundir la acción contra el Estado con el comercio ilegal y violento.
Es innegable que los miembros de las bandas de traficantes proceden de las capas obreras de la población. Su comportamiento durante los motines parece ponerlos del lado de los proletarios. Sin embargo, pertenecen a una constelación de organizaciones dominadas por industriales capitalistas como los demás, que practican la concentración vertical y horizontal de su industria, el comercio internacional, y cultivan los lazos más estrechos con los bancos mundiales, la Iglesia y los distintos cuerpos policiales que controlan o que han creado. La generosidad financiera y corruptora de esos grandes «drogueros» procede de su situación de monopolio militarmente preservado, que les otorga una superganancia considerable.
En el estado actual de la lucha de clases, y por tanto de la debilidad todavía indudable del proletariado, los miembros de esas bandas no pueden permitirse rechazar unos intereses capitalistas que les garantizan cierto desahogo así como una especie de honorabilidad y de reconocimiento social. Esos individuos se encuentran en un momento u otro en la obligación de elegir entre dos clases, y la clase obrera no está en condiciones de pesar en esa elección. Poner en cuestión la obediencia a los patronos del tráfico de drogas sólo puede hacerse si una fuerza social opuesta puede ofrecerse. No es el caso, y por lo demás puede así mostrarse a contrario que no hay oposición real entre capitalistas «legales» e «ilegales», por la poca atracción que el «arrepentimiento» ejerce sobre los corredores ilegales.
Pensar en cualquier alianza con las bandas, a la vista de criterios superficiales, equivaldría a contemplar una alianza con grupos violentos religiosos o stalinistas; en suma, con elementos portadores de intereses de clase opuestos a los del proletariado. Ello significa que un motín o cualquier otra manifestación controlada por ellos se descalificaría en el acto y no sería más que una agitación en beneficio de grupos mafiosos cuya actividad ha sido invariable e irreductiblemente hostil al proletariado (¡y con razón!: una vez más, los traficantes de droga no son más que capitalistas no legalizados).
Que miembros del hampa participen en motines no tiene nada de perverso ni de chocante. Lo que decimos es que, en cuanto representantes de organizaciones hostiles al proletariado, no pueden influir en lucha proletaria alguna sin que ésta se desvíe. Recíprocamente, su influencia en una lucha es la medida de la debilidad o de la fuerza de ésta.
Por eso la caracterización de los motines de Los Ángeles como un «enfrentamiento entre policía y bandas» es otra manera de hacer creer en la ausencia de proletariado, con el pretexto de la fuerte presencia de esas bandas en estos acontecimientos. Ciertamente, es una mentira pretender que los proletarios están sometidos al hampa. Es mucho más en torno a los tapetes verdes de los consejos de administración que en los talleres, las oficinas o las colas de parados donde se encuentran una mentalidad y unas prácticas de gánsteres.
Pero la mentira que nos importa es la de la negación de la existencia misma de los proletarios como fuerza de negación de este mundo. Esa mentira la barren, por supuesto, la amplitud del conflicto y el hecho de que la población se ensañara primero con sus propios lugares de «vida», manifestando así su odio a las condiciones de supervivencia que le impone el capital.
Por último, último avatar nauseabundo del tercermundismo, se ha podido oír decir que esos motines son «una lucha de los pobres contra los ricos». Una vez más, se intenta ahogar al proletariado en un conglomerado heterogéneo e interclasista. Siempre pueden encontrarse una policía, un ejército, una iglesia o incluso patronos pobres. Pero precisamente lo que caracteriza a las poblaciones implicadas en estos motines es su condición de proletarios (y nos hemos tomado la molestia de mostrar en qué sentido los negros de América son originariamente proletarios, y no pobres desposeídos por la esclavitud).
Además, detrás de ese discurso miserabilista se encuentra la exclusión de los parados de la clase obrera. Ya no son proletarios, sino «pobres», pertenecientes a no se sabe qué clase social, que se supone que tienen intereses indefinidos (puesto que se guardan muy bien de definirlos), pero opuestos de todos modos (¡¿sobre qué fundamentos?!) al capital. Ahora bien, si el odio a los ricos, e incluso a la riqueza, se encuentra en todas las manifestaciones de la clase obrera, lo que la define es su posición en las relaciones de producción, a saber, su capacidad de producir plusvalía, que un parado conserva siempre, pues de lo contrario su existencia no pesaría sobre el precio de la fuerza de trabajo. Es también su relación de dependencia necesaria respecto del salariado, relación igual de viva tanto si se cobra un salario como si se busca cobrarlo.
En suma, no se trata de pobres contra ricos, como tampoco de bandas contra policía ni de negros contra blancos, aunque se haya podido ver a pobres, negros y bandas contra ricos, blancos y polis.
Se trata, una vez más y siempre, de proletarios contra el capital, de la lucha de clases, aunque sea débilmente y con una profundidad limitada. Es siempre el viejo topo de la subversión comunista que reaparece donde nadie lo esperaba, sobre todo cuando se lo había enterrado prematuramente. Los sepultureros del viejo mundo siguen ahí, dispuestos a construir un mundo nuevo sin «razas» ni clases, riéndose de los ideólogos del Capital y aterrorizando siempre a los capitalistas con el espectro de la abolición del salariado, del advenimiento del Comunismo.
MAYO DEL 92
La libreta obrera (livret ouvrier), instituida en Francia en 1803 y abolida en 1890, controlaba los desplazamientos y contrataciones de los obreros; en la Rusia stalinista, el pasaporte interior y la libreta de trabajo cumplían la misma función. ↩