Alarme, n.º 48, primer semestre de 1993 (págs. 11-15). PDF del número completo · Texto original en francés

Yugoslavia ya no existe.1 Más exactamente, ya no es más que un campo de batalla lo bastante próximo en Europa para que desde aquí pueda observarse la grandeza de los ejércitos. La crisis yugoslava aparece como un caldero inexplicable donde hierve la pasión nacionalista y religiosa. La expresión «limpieza étnica» vuelve tan a menudo en la prensa que cobra la fuerza de una evidencia: asistiríamos (poco antes del tercer milenio, ¡fíjense!) a una guerra tribal, arcaica y feroz, prueba de que bajo el barniz moderno y civilizador (eso es Tito, según parece) siguen yaciendo los viejos demonios de los tiempos antiguos. Escalofrío en los hogares: «¿has cerrado bien los postigos?».

Para enmascarar su ignorancia, o para difundirla, los amos de la palabra y del pensamiento contemporáneos diluyen un poco de sobrenatural prehistórico en un caldo psicoanalítico bien rancio. En suma, no tienen nada que decir, salvo que el hombre es malo, una simpleza religiosa entre otras. Ahora bien, aunque así fuera, ¿cómo pudo el eslavo del sur, bonachón durante 45 años, volverse malo, sobre todo si es serbio? Los más sutiles de los amos susodichos intentan responder con otra simpleza religiosa: el barniz se ha agrietado a causa de la voluntad de poder de Serbia. Muy cierto: si se hace la guerra, hay que querer ser poderoso; nadie había advertido esta verdad profunda antes que los reyes del panorama audiovisual francés.

Pero si Serbia quiere realizar un sueño atávico, cabe preguntarse de todos modos qué significa la expresión «Serbia» y sobre qué descansa esa «voluntad». De lo contrario, no queda sino explicar la guerra por la virtud belicosa, como el sueño por una virtud dormitiva.

Serbia fue el centro histórico de la reunión de los eslavos en los Balcanes. Los avatares de esa construcción descansaron en las alianzas, diversamente afortunadas, que los pequeños Estados de ese rincón habían podido contraer con las grandes potencias del momento. Otomanos contra Austria-Hungría, Alemania contra Francia-Rusia, III Reich contra los Aliados: Serbia siempre apostó por el caballo ganador, sin que por ello la población se beneficiara realmente. El atraso de Serbia y de Montenegro, durante más tiempo en la órbita otomana, ha contrastado desde hace mucho con la eficacia productiva de Eslovenia y de Croacia, ligadas tempranamente a Europa y al auge productivo capitalista del siglo XIX. Así, Croacia y Eslovenia vieron desarrollarse una burguesía y una clase obrera modernas, consecuencia de su conquista por los ejércitos germánicos, cuyas derrotas siguieron luego con regularidad.

Simétricamente, Serbia consolidó su atraso económico compensándolo con una dominación militar primero, y luego administrativa y política, sobre sus vecinos más accesibles geográfica y lingüísticamente. Sobre esa base se formó la Yugoslavia de primera hornada.

Con la segunda guerra mundial, las naciones no serbias intentaron librarse de la tutela del «hermano mayor» aliándose una vez más con Alemania, nazi esta vez. Fracaso estrepitoso, pero las tropelías de los ocupantes nazis y de sus aliados croatas «ustachis» en todo el territorio yugoslavo hicieron el éxito de la propaganda stalino-titista sobre la unidad nacional, en detrimento de los partidarios del rey de Serbia exiliado. Ese éxito fue tan importante que Yugoslavia es el único país que se liberó del ocupante alemán contando esencialmente con su ejército nacional, reconstituido por partisanos.

Esta hazaña nacionalista merece subrayarse muy especialmente, pues pone de relieve lo que puede ser el derecho de los pueblos a disponer de sí mismos. En efecto, pocos gobiernos pueden jactarse de haber sido tan populares como el de Tito en 1944. Pocos países ocupados vieron borrarse tan deprisa los rencores de la guerra, gracias a una sabia constitución que equilibraba política y económicamente las naciones reunidas en una federación. Este cuadro rezumante de «Realismo Socialista» se pintó en el marco de una dictadura de hierro según el modelo stalinista (modelo antes de ser rápidamente competidor): brutal éxodo rural, industrialización militarizada y policía política omnipresente fueron la suerte de esos pueblos. Y sin embargo se habían manifestado con entusiasmo, sin lugar a dudas, por la unidad nacional y la nueva federación: se habían autodeterminado, desde luego.

Rápidamente, el equilibrio económico entre repúblicas resultó muy costoso. Para remediarlo y permitir el crecimiento y la acumulación de las regiones donde el capital estaba más concentrado, Tito lanzó la alegre farsa de la autogestión de los consejos obreros, en la que sólo la palabra autogestión tuvo sentido: autoexplotación de los proletarios por medio de organismos (controlados por el Estado) que mezclaban los comités de empresa, los círculos de calidad y sobre todo el patriotismo de empresa. Por supuesto, esta medida no tenía nada de federativa, sino que, al contrario, favoreció las tendencias centrífugas en las empresas más importantes y en sus repúblicas. Cada cual intentaba esta vez producir y vender de la manera más conforme a sus intereses, en detrimento de las regiones de origen más pobres.

En ese juego, Croacia y sobre todo Eslovenia ganaron ampliamente, desarrollando su comercio con la «zona del marco» y utilizando a la vez la mano de obra barata de los inmigrados de Kosovo. De federadas, las repúblicas intentaron pronto volverse autónomas, y el marco constitucional se vació así de todo contenido en una veintena de años, en el silencio afelpado de las reuniones del Partido, al que pertenecían todos los «decisores» (y aprovechados) económicos y políticos de ese movimiento.

Pero también ahí, tras haber sido muy fructuosas para los capitalistas yugoslavos (incluso dejaron algunas migajas a los proletarios), las aperturas aduaneras pusieron de relieve rendimientos relativos decrecientes, a causa de la inversión extranjera masiva y poderosa, radicalmente ajena a las sutiles diferencias que existen entre serbio, croata y papú. La industria local resultó obsoleta en muchos lugares y en varias ramas. A las repúblicas que habían invertido demasiado les segó la hierba bajo los pies la apertura a la competencia mundial. Su desendeudamiento, así como la rentabilización de la industria yugoslava por los nuevos inversores, sólo pudo hacerse esta vez a costa de los proletarios.

No fue sin dificultades. Aunque nunca logró estructurarse firmemente, la reacción obrera fue muy viva, en todas las repúblicas y, cada vez, con todas las nacionalidades mezcladas. Kosovo fue la región más afectada, a la vez sobre el terreno y a través de su numerosa población emigrada. La represión fue allí particularmente violenta, con la aprobación de los poseedores de las demás repúblicas. Lo más llamativo es que, por una parte, la clase obrera se extravió identificando su lucha con la persona de Tito y con el mito de su época (en la que los diferentes nacionales no existían, al menos abiertamente) y que, por otra, la represión del Estado serbio se empeñó en subrayar y humillar el origen albanés de la mayoría de los habitantes de Kosovo.

Así, deliberadamente, prohibiendo por ejemplo la enseñanza del albanés, los capitalistas serbios desplazaron la protesta al terreno nacionalista. Sus homólogos croatas y eslovenos entendieron muy bien la lección y se lanzaron, del mismo modo, a una cruzada antiserbia. Para ello, esos Estados respectivos (puede hablarse de varios Estados desde el momento en que la partición del país ya se contemplaba) movilizaron a una parte de su población sobre la base, bien conocida aquí, de la expulsión de los inmigrados y otras cantinelas de la misma calaña.

Sin embargo, cabe preguntarse cómo se lanzó Serbia a la reconstrucción de la difunta Gran Serbia —lo cual no era una evolución fatal— sistemáticamente y desdeñando cualquier otra posibilidad.

En efecto, si se ve un conjunto de causas que explican el acto, no se explica por ello el paso al acto. De hecho, lo que parece determinante hoy no es un hecho positivo, sino más bien la ausencia de freno a las ambiciones hegemónicas que se manifiestan aquí y allá. Hasta ahora, y desde hace casi un siglo, toda tentativa de labrarse un pequeño «Dominio» sacudía el equilibrio de los grandes imperios, que reaccionaban ahogando esas tentativas en el huevo o podían tomarlas como pretexto para atacar a uno de sus equivalentes si la situación parecía prestarse a ello. Al poner fin a la guerra, la revolución rusa había interrumpido temporalmente ese juego, pronto reanudado, aunque con otros participantes, en cuanto la contrarrevolución se impuso a partir de Rusia.

El reciente hundimiento del Imperio ruso ha dejado el campo libre a su competidor militar directo, Estados Unidos, lo cual no le otorga en el acto el control absoluto del planeta. Muy al contrario, y lo mismo que en el antiguo glacis ruso, las ambiciones y los antagonismos acallados por la necesidad (¡bajo la coacción económica y militar!) de hacer bloque han podido salir a la luz del día. Cada camarilla dirigente, a la vez falta de expansión económica y expuesta a las «molestias» proletarias, echa el ojo a sus vecinos o a sus provincias alógenas para llevar allí a cabo una cruzada-saqueo que siempre piensa coronar en un relámpago. Puede notarse de paso que las guerras son tanto más largas cuanto más han creído (o pretendido) sus causantes que serían cortas.

Hay así pocas diferencias entre los mecanismos de la guerra Irak-Kuwait y los de la de Yugoslavia. La diferencia reside en la intervención rápida de un gendarme puntilloso o no, y puede resumirse en el interés que hay en invertir militarmente en ese rincón montañoso cuyos recursos no son en absoluto vitales para Estados Unidos (y sus dirigentes piensan que esos hipócritas de la CEE no tienen más que arreglar entre ellos sus problemas de alianzas y de entregas de armas...).

Del mismo modo que las causas del estallido de un conflicto son múltiples, puede detenerse por varias razones. Ante todo, por una victoria total de Serbia. Más probablemente, por un acuerdo de desmembramiento de Bosnia entre Croacia y Serbia, a costa de la población y de los musulmanes. Puede haber también una intervención militar violenta de Europa (con o sin hoja de parra de la ONU) para impedir la extensión del conflicto a Albania, Bulgaria, Hungría o incluso Grecia.

La causa más segura de semejante intervención puede ser una protesta obrera contra la guerra que se produjera en Serbia. Esa preocupación nunca está ausente de los rivales capitalistas (como parece haber sido el caso en Irak, de ahí el mantenimiento de Sadam Husein en el poder...), siempre dispuestos a mudar sus rivalidades en complicidad en cuanto el proletariado levanta la cabeza. La hipótesis de un derrotismo obrero no es desdeñable. En efecto, la aceptación de la guerra se hace a cambio de promesas que por lo general no se cumplen, lo cual disipa muchas confusiones, tanto más cuanto que la continuación de cualquier conflicto capitalista engendra sacrificios suplementarios e imprevistos para los proletarios. Además, la aceptación de la guerra nunca ha sido unánime en Serbia, aunque sólo se haya visto ese rechazo en un terreno pacifista y, por tanto, todavía capitalista, sometido al contrasentido del derecho de los pueblos a disponer de sí mismos.

La hipótesis del derrotismo revolucionario, de la transformación de la guerra imperialista en guerra civil, es la única que podemos desear y defender para acabar realmente con esas guerras. Aunque la guerra parezca más terrible —lo que parece cada día más falso a la vista del horror creciente que reina en este planeta—, sólo en su marco pueden darse los medios de atacar radicalmente la guerra y el mundo capitalista que la engendra sin descanso.

La negativa, en el combate o en la producción, a morir por una patria; la necesidad, para concretar esa negativa, de volver las armas contra los poseedores de «su» patria; la necesidad imperiosa de emprender ese combate hacia el objetivo de la supresión de toda explotación, de la ley del valor y del salariado: ésa es la única y ardua posibilidad para el proletariado —y para el de Yugoslavia, entre otros— de acabar con las carnicerías presentes y futuras.

SEPT. 92

  1. El título juega con joug aux slaves («yugo a los eslavos»), que en francés suena como Yougoslaves («yugoslavos»). ↩