Alarme, n.º 47, enero-mayo de 1991 (págs. 1-3). PDF del número completo · Texto original en francés
La invasión y anexión de Kuwait por Irak constituyen un acto de bandidaje internacional de lo más corriente. Estados Unidos en Vietnam, en Granada o en Panamá, Rusia en Afganistán o en los países bálticos, Cuba en Angola, Francia y Libia en el Chad, Israel en Palestina, Siria en el Líbano; en suma, todos los Estados en casa de los demás.
La invasión, la anexión y el saqueo son prácticas antiguas, enteramente ligadas a la constitución del Estado.
La diferencia con los tiempos pasados es doble. Ante todo, el saqueo de los países vecinos o lejanos no es el modo principal de adquisición de riquezas. Además, el modo de producción de la riqueza es, al menos desde este siglo, el mismo en todas partes en este mundo: el capital se valoriza por el trabajo, y la cantidad y la intensidad del trabajo gratuito que los proletarios (sean o no conscientes de su «calidad») suministran al capital crecen cada vez más masiva y monstruosamente.
Las fuerzas capitalistas, y entre ellas el Estado, se disputan violentamente la gestión de la producción y el acaparamiento de las riquezas. Esa violencia es inherente a su génesis, basada en la expropiación violenta, militar y despótica de los propietarios individuales de los medios de producción. La guerra por objetivos financieros o geopolíticos no sólo es una manifestación normal del capitalismo, sino también una manifestación necesaria para su reproducción.
La guerra es también la ocasión de eliminar a los proletarios sobrantes, de domar a los que se rebelan y de asentar más firmemente el embrutecimiento nacionalista entre ellos, que no tienen patria.
País agresor o agredido, agresión legítima o ilegítima, todo es uno, pues la guerra no se hace para respetar o hacer respetar un código moral, sino para confirmar el dominio de una sola ley: la ley del capital. Emires derrochadores, dictadores bigotudos, respetables demócratas: todos han enviado y enviarán a morir en el frente militar a aquellos que no se necesitan en el frente de la producción. Mal que les pese a los pacifistas, la guerra no es una «gilipollez». Sólo defensores encarnizados de este abyecto mundo, como lo son el P«C» y sus seguidores izquierdistas, pueden intentar hacer creer que es un «error», cuando el Moloch capitalista vive del sudor y de la sangre de los hijos de la Tierra.
Chillidos patrióticos y balidos pacifistas expresan una misma adoración del capital: los unos, por su aspecto tonante, destructor y masacrador; los otros, por su aspecto soberano, explotador y opresor.
Hechos idénticos a los demás explotados de este mundo por el hecho mismo de nuestra explotación común, nacidos sin nación y sin patria por el hecho mismo de que el capital rebasa las naciones y ridiculiza las patrias, no tenemos más emblema que nuestra identidad, pero es una fuerza planetaria. Significa la confraternización de las tropas, la negativa a partir al frente, el rechazo de la producción capitalista, de la explotación.
No defendemos la paz de este mundo, pues su realidad es, todos los días, nuestra explotación y nuestra opresión.
No defendemos la guerra ni bando alguno de este mundo, pues su realidad es nuestra opresión y nuestro aniquilamiento.
Llamamos a la derrota de las patrias, a la derrota de las naciones, a la derrota de los Estados, todos explotadores, opresores y destructores de nuestras existencias.
Llamamos al DERROTISMO REVOLUCIONARIO en tiempo de paz como en tiempo de guerra, en el frente de la producción como en el frente militar, a la transformación de la guerra económica o militar del capital en guerra civil revolucionaria. Hay que destruir este mundo que nos propone elegir entre una larga supervivencia oprimida y una muerte rápida y horrible.
PROLETARIOS DE TODOS LOS PAÍSES, UNÁMONOS, SUPRIMAMOS LAS POLICÍAS, LOS EJÉRCITOS, LA PRODUCCIÓN DE GUERRA, LAS FRONTERAS, EL TRABAJO ASALARIADO
ARMAS, PODER, ECONOMÍA AL PROLETARIADO.