Alarme, n.º 47, enero-mayo de 1991 (págs. 10-12). PDF del número completo · Texto original en francés
Los siete Estados más poderosos del mundo se han concertado en Houston, en Montevideo, etc., a propósito de sus producciones agrícolas.1 Por primera vez, la CEE ha sido invitada como octavo miembro de pleno derecho del «clan de los 7».
El objetivo común a todos los participantes es disminuir la producción agrícola. Pero concretamente, eso consiste en hacer disminuir la producción agrícola del competidor. Estados Unidos, por una parte, y los países europeos presentes (más la CEE), por otra, se han enfrentado, pues, violentamente. Lo que está en juego en semejante disputa es de envergadura y subraya contradicciones fundamentales y constitutivas del sistema capitalista.
Por un lado, los gestores del capital se enfrentan a su maltusianismo agrícola y alimentario. Como el ciclo de valorización del capital se realiza clásicamente mucho más deprisa en la industria que en la agricultura, en el primer sector se valoriza una masa mucho más considerable. Paralelamente, la creciente industrialización de la agricultura aumenta la velocidad a la que el capital puede circular en ella, pero siempre dentro de los límites biológicos de la productividad vegetal y animal. Los progresos de la agronomía hacen retroceder regularmente esos límites y enfeudan un poco más la agricultura a la industria, pero se está todavía lejos de los maravillosos ciclos propiamente (o suciamente) industriales.
Además, la extracción de una renta del suelo muy baja favorece todavía más la utilización de las tierras con fines distintos de los agrícolas, inmobiliarios en particular, ya se trate de infraestructuras que valorizan, como carreteras o ferrocarriles, o de la construcción de lugares de trabajo, de vivienda o de ocio. Más vale un suelo en barbecho o yermo con un capital disponible empleado en otra parte que lo contrario. El suelo siempre podrá ser valorizado ulteriormente, y su valor será tanto mayor cuanto más alejado de la tierra esté el uso que se haga de él. A estos frenos debidos a la lentitud de los ciclos y a la debilidad de la renta del suelo se añade el riesgo casi permanente de sobreproducción capitalista de bienes alimentarios.
En 40 años, aunque la población mundial casi se ha triplicado, la capacidad de producción agrícola ha aumentado en proporciones todavía mayores, en superficie y sobre todo en productividad. Sin embargo, la capacidad solvente de la mayor parte de los hombres no ha aumentado en las mismas proporciones que la producción, y para una parte notable de ellos incluso ha bajado. Lo que los economistas llaman «la no solvencia de una demanda alimentaria» significa la subalimentación, la escasez, la hambruna y la muerte para millones de hombres. Si hay un exceso de producción en relación con la demanda solvente, hay una sobreproducción característica del capitalismo: la masa de riquezas acumuladas es enorme, pero los más pobres no pueden comprarla. La pobreza y el capital, la riqueza, se acumulan al mismo tiempo.
La producción agrícola es potencial o realmente suficiente para satisfacer la demanda alimentaria humana, es decir, para alimentar a seis mil millones de hombres que tienen todos necesidad de comer. Pero el capital no satisface necesidades, ni siquiera las creadas por él: responde a demandas solventes. Por eso no puede hablarse de «sociedad de consumo», sino más bien de subconsumo en relación con las necesidades y las posibilidades de la sociedad. Para evitar la sobreproducción capitalista, los Estados toman medidas de almacenamiento de los productos, de abandono de tierras o de destrucción pura y simple de alimentos, con el asentimiento de los agricultores, que se adelantan para realizar los objetivos estatales. La distribución de esos excedentes a las masas famélicas de África, de Asia o de América, con la que tanto nos machacan los oídos, afecta a menos del 0,1 % de la producción agrícola de los países más poderosos. Y aun así se trata las más de las veces de maniobras que arruinan la producción local (ahogándola bajo toneladas de productos gratuitos... y competidores) o de desechos de calidad execrable, cuando no nociva.
Así, cuanto más aumenta la capacidad de producción alimentaria, más aumentan las dificultades de abastecimiento en el mundo. A la intensificación de la producción, cada vez más industrializada, corresponde el abandono de las mejores tierras cultivables, la mineralización (y desertificación) de las tierras de las regiones pobres, áridas o ecuatoriales. Cuanto más aumenta la capacidad de producción, más se aleja la posibilidad de alimentarse normal y regularmente para decenas de millones de individuos; cuanto más crecimiento hay, menos desarrollo, sinónimo de caducidad del sistema capitalista y de decadencia.
Por otro lado, en total oposición con la tendencia maltusiana, los mismos gestores del capital intentan mantener una producción agrícola elevada (se trata aquí de la masa de productos y no de la productividad con que se crea), a golpe —y a costa— de subvenciones, cuyo importe anual alcanza 1.400.000 millones de dólares en los países de la OCDE. En efecto, si cada cual se somete a la tendencia general del maltusianismo, todos desean que su vecino sea más maltusiano, a fin de mantener una producción elevada, tanto más valorizable cuanto más escasa sea o se encuentre en situación de monopolio, con sus ventajas anejas.
La lista de las ventajas no es corta. Cada Estado nacional tiene interés en mantener en el trabajo una capa de población conservadora, que perpetúe un tejido social estable lejos de los centros urbanos de decisión. Puede observarse que el éxodo rural está más o menos acabado allí donde el capital se ha acumulado inmensamente. La expropiación de los productores, de sus medios de producción, es uno de los resortes de la acumulación ampliada del capital, y se produjo ante todo expropiando, proletarizando y urbanizando a la población rural, campesinos pobres a la cabeza. Ese movimiento puede observarse todavía hoy en las zonas más pobres del mundo, es decir, en dos tercios del planeta. Aquí, la expropiación de los productores de sus medios de producción ya no va acompañada de éxodo rural (éste incluso se invierte a veces, pues el capital urbanista ha fagocitado totalmente el campo). La expropiación tiene lugar ahora por absorción de las explotaciones agrícolas en las cuentas y terminales bancarios.
A causa de su industrialización en los países más poderosos, la agricultura ha podido ocupar una parte creciente de las exportaciones de cada nación. Es precisamente esa parte la que se disputan tan ásperamente los competidores. Esa parte pesa en la balanza del comercio exterior y, siempre a causa de su industrialización, es paso obligado de ciertos ciclos del capital industrial (máquinas, química, construcción...). Por supuesto, la cifra del comercio exterior no es más que una abstracción contable si se olvida que quien produce más tiene bajo su bota a quien no produce nada o poco. La producción agrícola excedentaria es un arma que permite mantener un ejército de proletarios de reserva en los países pobres, arruinando la agricultura local y haciendo que se amontonen los campesinos expropiados en los megasuburbios de chabolas, cuya alimentación depende cada día un poco más de las zonas de fuerte acumulación capitalista.
A cambio de ese flujo alimentario corre un flujo de otros productos (alimentarios a veces, pero monopolizados por una o algunas naciones), de fuerza de trabajo, de servidumbres militares y comerciales, o... de deudas enormes y nunca recuperables.
Así, la hipoteca agrícola de los países del Este abre grandiosas perspectivas de explotación y de saqueo. Por supuesto, un Estado poderoso puede proteger a «sus» campesinos imponiendo comercial, política o militarmente un curso forzoso para un producto, mediante el almacenamiento u obligando a los competidores a vender en otra parte, o incluso a no vender en absoluto.
Así, los gestores del capital se enredan entre la lógica transnacional del capital y las políticas de los Estados-nación, disputándose zonas de influencia, protectorados y mercados, oscilando entre librecambio y proteccionismo. En realidad gestionan bien poco, contentándose con acompañar el movimiento general del Capital, incapaces de transformar las potencialidades de su propio sistema, su exceso de abundancia mercantil, en abundancia para la humanidad. El exceso de riqueza crea una sociedad de penuria (y no de consumo), que esclaviza o hace pasar hambre a los hombres en medio de los instrumentos que les permitirían libertad, ocio y saciedad, condiciones mismas del desarrollo individual y general.
Alusión a la cumbre del G7 en Houston (julio de 1990) y, al parecer, a las negociaciones agrícolas de la Ronda Uruguay del GATT, iniciada en Punta del Este (Uruguay) en 1986. El título juega con los «taxis del Marne» de 1914. ↩