Alarme, n.º 47, enero-mayo de 1991 (págs. 8-9). PDF del número completo · Texto original en francés
Más abrasadora que la arena del desierto arábigo, más hiriente que una lluvia ácida, más áspera que una represión magrebí o gazatí, he aquí la disputa sobre la re-forma de la orto-grafía.1 ¿A favor del sombrerete? ¿Contra el guion? Se conmina a la bestia de tiro (la que se trata como bestia de carga) humana a que piense algo al respecto.2
Ni que decir tiene que estamos a favor del sombrero ante una procesión católica y en contra si es islámica; para los demás, depende de la acidez de la lluvia. Por lo demás, nadie nos ha pedido opinión para cargarnos con el sombrero desde que nuestro espectro recorre este mundo.3 Tanto más cuanto que intentamos construir un guion de unión que nos ligue a todos los que han trazado una raya de ruptura con este viejo mundo.
Pero ¿qué esconde, pues, la re-forma de la orto-grafía? ¡Pues no esconde NADA!
Es el libro de la perfección del vacío de Sabiduría, y no al revés, ¡of course!4 En efecto, las reformas importantes del orden a bofetadas5 (o sus tentativas fallidas pero audaces) proceden todas de una visión nueva del mundo y las sostienen capas sociales que pesan fuertemente, de un modo u otro, en la evolución de la sociedad. La ortografía y la grafía de una lengua las forman (y las imprimen) las corrientes de ideas y las fuerzas sociales que piensan, describen y modelan el mundo en esa lengua.
Del siglo XVI al XIX, la ortografía se simplificó regularmente, impulsada por las ideas del Renacimiento, del Universalismo, del Enciclopedismo y de la Revolución. El movimiento real que producía esas ideas afirmaba, por su parte, la Burguesía, la Economía, la Libertad de circulación del capital, la deslocalización de las relaciones sociales, el sometimiento al salariado de millones de productores y la lenta destilación del conocimiento (¡que sigue siendo siempre cosa distinta del dominio!) de lo escrito entre los proletarios. Esa difusión ha estado y sigue estando en función de las necesidades de la producción, pero también de la reproducción de esta sociedad y, por tanto, de su seguridad. Por importante que sea lo escrito subversivo, agente de propaganda, de agitación, de reflexión teórica y, sobre todo, de organización, rema contra un torrente masivo de escritos manipulados cuyo producto más moderno es el vacío de pensamiento, soltado sin fin contra la crítica radical del capital.
A contrapelo de esa difusión de lo escrito, y con la misma regularidad que la primera tendencia, se encuentran retrocesos de la sencillez ortográfica, que exaltan las peores dificultades para las plumas más avisadas y afirman claramente su oposición al acceso del vulgo a lo escrito. Lo que está en juego en la ortografía parece haber sido así una sombra, a veces deformada y desfasada, de lo que estaba en juego socialmente, cosa de mucha mayor importancia. ¿Hace falta precisar que la recíproca es falsa y que nada de lo que está en juego socialmente ha dependido nunca de un cambio de ortografía?
¿Qué ocurre hoy? Una innoble camarilla de tartufos pretende reformar la ortografía, no para fijar temporalmente un uso caprichoso (numerosas palabras modernas fluctúan alegremente), sino supuestamente para permitir a la mayoría acceder al dominio de lo escrito. Este eslogan, deliberadamente infantil, intenta hacer creer que el dominio de lo escrito pasa por el de la ortografía y que, en suma, leer y escribir es «saberse las letras». Ahora bien, sea una lengua de escritura fonética o ideográfica, su dominio sigue siendo siempre igual de difícil para los proletarios, privados por definición de todo poder sobre su vida. En cuanto a los versátiles adversarios del cambio de ortografía, verdadero gremio de pedantes, temen que algún cambio gráfico les haga perder toda posibilidad de ser comprendidos, lo cual dice mucho de la consistencia de su pensamiento, que a fin de cuentas está muy de acuerdo con sus «enemigos» en reducir el pensamiento a la grafía.
¿Cómo se morirá por el capital en la nueva hortografía? ¿Con una r (de tonto) o con dos?6
Asustados de su temeridad, los «reformadores», en un apuro para justificar su veleidad con una sola idea, mutilarán sin problema su trabajo, habiendo casi creído por un instante que se opondrían a los gruesos y perfiles del pensamiento subversivo.7
El artículo, contemporáneo de la polémica francesa sobre las «rectificaciones ortográficas» de 1990, está escrito a base de juegos de palabras en su mayoría intraducibles. El título, La vraie forme de l'ordre au graphe («la verdadera forma del orden al grafo»), suena como la réforme de l'orthographe («la reforma de la ortografía»), lo mismo que, aquí, l'arrêt fort de l'or qu'on grave («el alto fuerte del oro que se graba») y, más abajo, la raie forte de l'orme qu'on grave («la raya fuerte del olmo que se graba»). ↩
El «sombrerete» (chapeau) es el nombre familiar del acento circunflejo, que la reforma suprimía en muchas palabras, igual que muchos guiones (traits d'union). La frase juega además con on somme («se conmina») y bête de somme («bestia de carga»). ↩
Porter le chapeau, literalmente «llevar el sombrero», significa en francés cargar con la culpa, «cargar con el mochuelo». ↩
En el original, oeuf corse («huevo corso»), que suena como el inglés of course. ↩
En el original, l'ordre aux baffes («el orden a bofetadas»), nuevo juego con orthographe. ↩
Juego con mourra («morirá»), que se escribe con dos erres, y con un air de con («cara de tonto»), que suena como un r de con. ↩
Les pleins et les déliés: los trazos gruesos y finos de la caligrafía. ↩