Alarme, n.º 48, primer semestre de 1993 (págs. 1-2). PDF del número completo · Texto original en francés
Hace ya casi dos años que apareció el número anterior de Alarme, y casi cuatro que el FOR intenta mantener unas publicaciones que, como se ha podido comprobar durante este período, se han ido haciendo cada vez más escasas. En el origen, un considerable debilitamiento militante (del que hemos dado cuenta) y luego, casi simultáneamente, la irrupción de una actualidad cargada de interrogantes. Estos dos fenómenos han frenado nuestro trabajo de propaganda.
Sin embargo, siempre hemos seguido sosteniendo un debate interno regular, abierto a allegados, conforme a nuestras ideas en materia de organización, y, en la medida de lo útil, nunca hemos rehusado intervenciones públicas. Esto explica en parte que nuestra actividad escrita, por restringida que haya sido en estos últimos años, nunca se haya extinguido del todo; pese a las apariencias, incluso ha obedecido a cierta constancia (véanse las fechas de los artículos del presente número). Más aún: cuando nuestras fuentes de información nos lo permitían, no nos hemos contentado con simples tomas de posición de principio, como la defensa del derrotismo revolucionario, desde la guerra del Golfo hasta la crisis yugoslava.
Habiendo escrito poco y, así lo esperamos, con la misma concisión que antes, hemos querido que ello se escribiera con la mayor precisión posible dentro del marco de nuestro análisis global del período. A este respecto, remitimos incansablemente al lector a nuestra obra de referencia: Por un segundo manifiesto comunista.
Rusia ya no es el segundo polo del mundo. En la guerra permanente, ha quedado relegada a su rango económico real (y lejano), mientras su aureola palidece y a la vez enriquece sus colores. Es el refugio de los nostálgicos de «la ley y el orden», tal como se los encuentra en las cacofonías que siguen a todas las dictaduras largas y sangrientas (Hitler, Franco, Mussolini, Stalin, Mao: marque la casilla correcta y tache la mentira tan útil).
Está todavía en parte en manos —en la propia Rusia o en su periferia— de poderosas facciones del Partido-Estado. Por último, su papel de espantajo de la revolución parece tenerlo asegurado por mucho tiempo todavía. Todos los poseedores del mundo saben fingir que tienen miedo de la contrarrevolución stalinista, cuando ha sido su garante, cómplice y compadre para repartirse la dominación de este mundo. Saben que esa imagen todavía puede servir, aunque sólo sea como recuerdo, y los partidos stalinistas no pierden la esperanza de movilizar a los dejados de lado por la «Liberación del Este».
Sin embargo, como el ping-pong planetario parece transformarse en una confusa refriega, hemos tenido que digerir ese cambio rechazando toda forma de explicación anterior (que reflejaba el reparto en dos del mundo capitalista) que sin duda habría tenido éxito ideológico, pero que sobre todo nos habría hecho correr el riesgo del sonsonete estereotipado. Preferimos proponer el fruto de nuestras reflexiones, adelantar hipótesis, explicaciones; en suma, aportar algún esfuerzo teórico menos perentorio pero más sustancial, aun a riesgo de volver a validar una o varias explicaciones anteriores.
Otros cambios, menos visibles pero igual de reales, modifican más o menos a nuestra clase. Pueden citarse la acumulación estructural del número de parados y de inactivos de todo género; la disminución regular del peso (financiero y numérico) de la industria «tradicional» y su mantenimiento mediante su imbricación íntima con nuevos medios que utilizan otras capas proletarias; la extensión indefinida del salariado a todas las capas sociológicas de la población, cuando nunca las relaciones de explotación han sido tan violentas, etc.
Todos estos movimientos sociales se están produciendo actualmente. Ello nos incita a no trazar precipitadamente nuevas perspectivas (si las hay), sino a observar con paciencia y sin temor las modificaciones de la sociedad. Nuestra intervención se guía por principios a los que estas evoluciones afectan poco o nada, pero su impacto depende en gran parte de nuestra capacidad para comprender nuestro tiempo.
Comprender, pues, para actuar y revivificar las experiencias adquiridas sin que se conviertan en anteojeras. Tal sigue siendo nuestro compromiso con el mismo objetivo, la subversión de este mundo por el movimiento comunista, la revolución social. No hay cambio de rumbo ni de método, y tampoco nos preocupa la «responsabilidad histórica», palabra grande de virtud pequeña, pues el proletariado no nos mira al fondo de los artículos.1 En este marco, y como instrumento indispensable de centralización, hacemos reaparecer Alarme, en la continuidad de nuestra larga y alegre empresa.
El original dice «le prolétariat ne nous regardant pas au fond des articles», frase de sentido dudoso que traducimos a la letra; parece querer decir que el proletariado no juzga a los revolucionarios por lo que escriben. ↩