Alarme, n.º 48, primer semestre de 1993 (págs. 15-16). PDF del número completo · Texto original en francés

El anticomunismo ya no vale nada. Casi todos los burócratas del Kremlin, ahora liberales, socialdemócratas o lo que sea, son los primeros en reivindicarlo. De paso, les toca hacer su demostración implícita, es decir, la de la validez social del capitalismo. La hazaña es imposible, en absoluto la pretenden y nadie se la cree.

Que el stalinismo fuera fiel a los principios de Octubre es, por supuesto, una falsificación stalinista que siguen propalando los burócratas y los capitalistas occidentales, sus cómplices de siempre. En este terreno ni unos ni otros innovan, y arruinan por ello todo efecto de sorpresa. En una palabra, el derribo de las estatuas de Lenin es, a fin de cuentas, anecdótico.

Reunidas estas condiciones, es vano objetar sin cesar que el stalinismo no es el comunismo. Es una evidencia, desgraciadamente condenada a la larga a no ser más que una coartada, tanto la usa todo lo que es reaccionario y lleva todavía etiqueta comunista. Y, por lo demás, desde las pretendidas revelaciones de Jruschov, no permite ciertamente separar el buen grano revolucionario de la cizaña stalinista.

En la misma serie, otra parada, pero falsa ésta: «El stalinismo ha muerto, no el comunismo». So capa de defender la Causa, hay que entender: «en Rusia la burocracia se da el batacazo y corresponde a los obreros batirse por la propiedad estatal». Ahora bien, en primer lugar, ocurra lo que ocurra jurídicamente con la propiedad en Rusia, la burocracia no se transformará en burguesía, pero, capitalista por esencia, sobrevivirá no obstante, y bastante bien, fundiéndose en un mundo cada vez más conforme a ella misma, tecnología por añadidura. Y en segundo lugar, se sobreentendía, la propiedad estatal no tiene nada de socialista ni de comunista: remítase uno al propio Lenin.

Nuestro sentir es claro. No se trata de aullar con los lobos anticomunistas, no muy conscientes a pesar de todo. Pero tampoco se trata de balar con quienes no oponen otra perspectiva que un remake de la revolución rusa. Si ésta está hoy en cuestión, ¡tanto mejor!

Revolución proletaria, ciertamente, grandiosa incluso en cuanto propugnaba la revolución mundial, la revolución rusa nunca fue, sin embargo, una revolución socialista. La burguesía fue expropiada, pero la relación capital-salariado le sobrevivió en provecho de una casta de explotadores salida de las filas de la propia revolución. Es duro de tragar, y más duro todavía de defender, pero fue esa casta, aliada contra el internacionalismo, la que estuvo en el origen de la contrarrevolución stalinista. Ésta no fue más que política, no social ni burguesa, pero sí fundamentalmente capitalista. Ya sería hora de enfrentarse a ello y de sacar las enseñanzas para la actualidad del comunismo.

«La socialización de la economía y la abolición del salariato a que ha de dar cumplimiento la revolución proletaria, no son dos tareas diferentes o sucesivas, sino dos aspectos de una sola transformación [...]. Lo que tiene que desaparecer antes de poder hablar de socialismo es la propiedad como medio de someter el hombre al trabajo asalariado».

Por un segundo manifiesto comunista. 1961.1

Fomento Obrero Revolucionario. Octavilla difundida en noviembre de 1991.

  1. Citamos el texto español de Munis, según Pro Segundo Manifiesto Comunista; la octavilla francesa lo resume algo: «La revolución social debe realizar la socialización de los medios de producción y la abolición del salariado». ↩