L'Arme de la critique, n.º 1, mayo de 1985 (págs. 24-27). PDF del número completo · Texto original en francés
Hoy en día, entre la ínfima minoría de revolucionarios, bastantes reconocen que las condiciones objetivas están más que suficientemente maduras para el triunfo de la revolución comunista. Las diferencias aparecen en el porqué están maduras las condiciones y, consecuentemente, en el propio significado de esta expresión, convertida en un leitmotiv que se exhibe como «abolición del trabajo asalariado». Convencidos por frases bonitas, algunos las emplean sin tenerlas verdaderamente definidas y nos machacan con ellas, venga o no a cuento. De ahí proviene la confusión en el seno de las tendencias y entre los individuos que han escapado mejor o peor al terrible impacto devastador del stalinismo en el seno del movimiento obrero y, por tanto, en la teoría revolucionaria aplastada por la propaganda mentirosa de la contrarrevolución capitalista de Estado.
¿Qué se entiende vulgarmente por la expresión «las condiciones objetivas están maduras», y a partir de qué momento se considera que estas condiciones existen? Todos, hoy, intentan pescar estas condiciones en un mal funcionamiento interno de la economía capitalista: crisis de sobreproducción o baja definitiva de la tasa de ganancia. Las condiciones objetivas se reunirían a partir del momento en que la economía capitalista ya no pudiera levantar cabeza. Y todos gritan a cuál más que están en el campo marxista. Que si Marx dijo, que si Marx nunca dijo, que si patatín, que si patatán. La visión materialista dialéctica de la historia queda reducida por tales estupideces a un simple combate de cifras y estadísticas referidas al dios economía. Esta visión, defendida por los verdaderos discípulos de Marx, es tan disparatada que podría hacer creer que Marx, para demostrar la positividad del sistema burgués respecto del sistema feudal, habría comparado las cifras de productividad de ambos sistemas. ¡Visión indiscutiblemente científica, ya que cifras, lo que se dice cifras, las hay!
Mostremos enseguida la confusión que hacen todos los malabaristas de cifras y estadísticas sobre la definición misma de esta expresión. «Condiciones objetivas maduras» no significa la chispa que provoca el fuego; quiere decir solamente que el proletariado dispone de todas las armas materiales para cumplir sin esperar las tareas comunistas de la revolución, sin verse obligado a realizar tareas que la burguesía no habría tenido tiempo o capacidad de completar. Marx y Engels consideraban el socialismo, la realización de los objetivos socialistas, como la tarea inmediata de la revolución proletaria. Esta fue la concepción que defendieron cuando la revolución de 1848, y ello para la acción del proletariado en el mundo entero. Marx y Engels revisaron ellos mismos este punto de vista. ¿Por qué, sino porque estimaron que el capitalismo no había creado todavía todas las condiciones objetivas suficientes para la realización inmediata del socialismo?
Creemos necesaria una breve puntualización. Cuando los revolucionarios del siglo XIX que se basaban en la teoría del materialismo histórico hablaban del esclavismo, del feudalismo, del capitalismo, lo hacían hablando de un todo, en cuanto sistemas de civilización que cumplían un cierto papel en el desarrollo histórico. De acuerdo con los razonamientos que emplean muchos hoy en día, en el siglo XIX las condiciones objetivas estaban presentes en las crisis cíclicas de sobreproducción y ausentes o disminuidas una vez que el sistema capitalista recobraba un crecimiento económico superior al de antes de la crisis. Porque no olvidemos que solo se ha podido decir que eran cíclicas después de comprobar que el capitalismo superaba cada crisis y que, tras el crecimiento, venía otra. Marx, con lo astuto que era, debía de tener, pues, varios programas que proponer según el capital estuviese en crisis o en crecimiento. A eso se llega con razonamientos vulgarmente economicistas. No es por referencia al grado de opresión en sí (¿qué es mejor, ser esclavo, siervo o proletario?), ni por referencia a las cifras de productividad en sí, como se demuestra la progresividad en la historia, sino por referencia a las condiciones creadas y necesarias para el derrocamiento definitivo de la sociedad dividida en clases. No fue por casualidad que la burguesía derribara el sistema feudal apoyándose en las capas más explotadas: fue porque esas capas más explotadas no constituían aún una clase internacional con intereses precisos y una orientación clara frente al sistema de opresión, mientras que la burguesía sí los tenía, y bien definidos.
Y fue ella, la burguesía, la que, instaurando nuevas relaciones de producción, iba a crear las condiciones para eliminar para siempre el reino de la explotación del hombre por el hombre. Desarrollando las fuerzas productivas, agrandaba y concentraba a su enemigo mortal, el proletariado. Estas condiciones no pudieron reunirlas ni el esclavismo ni el feudalismo ni ningún otro sistema de organización social, porque cada uno de esos sistemas segregaba las bases de un nuevo sistema de explotación. La burguesía, en cambio, desarrollando su sistema forjaba la fuerza capaz de suprimir para siempre el reino de la explotación y de la necesidad. Es en esto sobre todo en lo que el sistema capitalista fue progresivo. Es decadente hoy porque mantiene su dominación aun cuando todas las condiciones objetivas están definitivamente presentes para que el proletariado pueda derribarlo aplicando inmediatamente medidas comunistas.
Vemos que hasta aquí no ha hecho falta atiborrarse de cifras y estadísticas para presentar los dos términos opuestos: progresivo y decadente.
Como decíamos ya en Alarme:1 «es la persistencia del industrialismo capitalista lo que reclama la supresión del sistema, pues los instrumentos de producción han adquirido una capacidad más que suficiente para liberarnos de su mezquindad mercantil».
Esto es lo realmente importante.
Las condiciones objetivas están maduras porque la apropiación por el proletariado de todo aquello de lo que está privado permite el advenimiento del comunismo sin que este tenga que pasar por toda una serie de etapas para crear esas condiciones. Entre otras razones, es por esto por lo que hoy ya no puede plantearse en modo alguno la cuestión de las «luchas de liberación nacional», de la revolución democrático-burguesa, de la revolución permanente y de otras medidas que se han vuelto totalmente reaccionarias por anacrónicas.
Volvamos a los que ven perfilarse en la crisis económica irreversible las condiciones objetivas para la realización de la revolución comunista: esos se representan las condiciones objetivas como la chispa que provocará el fuego. Ahora bien, como ya hemos dicho, decir que las condiciones están maduras no puede significar en modo alguno que el proletariado vaya a revolucionar el mundo. Quiere decir solamente que, si el proletariado se subleva, se encuentra en un terreno propicio al triunfo de la revolución comunista, puesto que todas las condiciones para la realización de las tareas socialistas le están dadas. Son estas condiciones (los enormes medios de que dispone el capital) las que, a falta de revolución proletaria, pudren hasta la más mínima parcela del mundo. Es por esto por lo que hablamos de decadencia de todo el sistema de civilización capitalista. Todo lo que hoy realiza el capitalismo va contra la humanidad y pudre hasta la médula todo lo que toca. Es fácil comprender que se equivocan de medio a medio los que hablan de decadencia del capitalismo ligando íntimamente decadencia y crisis económica irreversible, y que por otra parte ven en esta crisis económica la emanación de las condiciones para el triunfo de la revolución, ya que de ahí a proclamar «¡viva la decadencia del capital!» no hay más que un paso. Proclamar eso demuestra la incomprensión del materialismo histórico que tienen todos estos economicistas puros. Porque la decadencia de un sistema no puede significar en modo alguno decadencia tan solo de los que lo defienden y se aprovechan de él, sino decadencia de todas las partes de este sistema que, por la pasividad de algunas de ellas, ayudan a mantenerlo. El proletariado, que se sepa, no vive en la luna y, por consiguiente, no es invulnerable a todos los signos de descomposición social, sino todo lo contrario. No es porque el sistema esté en decadencia por lo que las condiciones están maduras, sino que es porque las condiciones están maduras y la revolución no se realiza por lo que el sistema es decadente. Una crisis económica como la de 1929 no sería más que un añadido a la situación de barbarie actual, y no pondría ciertamente al proletariado en las condiciones ideales para el triunfo rápido de la revolución comunista internacional; al contrario, añadiría enormes dificultades y mistificaciones suplementarias a la transformación comunista de la sociedad.
Una cosa debe quedar clara: los medios de que dispone hoy la sociedad se vuelven contra ella mientras estén al servicio del capital. Son un arma, y la garantía de la posibilidad de las realizaciones comunistas, en manos del proletariado revolucionario, que los utilizará poniéndolos al servicio del conjunto de la sociedad y destruyendo para siempre la sociedad dividida en clases. Solo en este sentido puede hablarse de positividad, de decadencia y de condiciones objetivas.
«La consciencia revolucionaria no puede ser engendrada más que por una actividad del proletariado que oponga soluciones socialistas a cada aspecto del capitalismo en funcionamiento económico normal, tratándolo como sistema de asociación humana caduco, reaccionario y pernicioso. La bancarrota del sistema de civilización basado en el capital/trabajo asalariado ofrece motivos y problemas concretos suficientes para suscitar la rebelión contra él. ¡Bien torpes son los revolucionarios que no lo ven!» (Alarme, n.º 5).
En cuanto a los que buscan ese famoso instante «X» en el que el proletariado es capaz de sublevarse (momento que, por otra parte, corresponde en su esquema a la guerra imperialista si el proletariado no se subleva), y que creen haberlo encontrado en esta santa o vil crisis económica (eso depende del resultado: guerra o revolución), pueden buscar mucho tiempo con su «espíritu científico». Porque, si bien es verdad que la humanidad no se rige por la simple voluntad humana, tampoco se rige por fórmulas matemáticas. ¡¡TODO ES DIALÉCTICO, ¿VERDAD?!!
Porque, en fin, la ausencia del proletariado de la escena histórica, tras el fracaso de la primera y única oleada internacional (1917-1937), como única clase portadora del comunismo, ha dejado ciertamente tiempo para reflexionar a los exégetas de la teoría. Pero han reflexionado tan mal que, con desprecio de las comprobaciones más evidentes, tuvieron que inventarse un ábrete sésamo marxisto-economicista que certificara el regreso de la clase a los puestos avanzados de la subversión. Otros han llegado, lo que es peor, a hablar de integración definitiva del proletariado en el capitalismo, o bien a negar la existencia misma de esta clase. Por alejadas que estén una de otra estas dos teorías, en su base hay una misma reflexión estrecha y antidialéctica. Si la clase no lucha, es que el capitalismo es capaz de ofrecerle las mil y una maravillas de la «sociedad de consumo». Por dar la vuelta a una frase de Marx demasiado a menudo mal entendida, no ven en la riqueza más que la riqueza.
En efecto, el capitalismo nunca ha sido una sociedad «de consumo», sino precisamente su contrario, tanto en los momentos de las crisis cíclicas como en sus momentos de crecimiento. Si los productores pueden poseer radio, televisión y coche, es porque se trata de mercancías producidas que deben venderse en el mercado, y no porque este sistema podrido hasta la médula se haya vuelto altruista. Además, para un proletario —y ahí está lo esencial—, un coche, que a menudo él mismo ha contribuido a producir, representa seis meses de trabajo durante los cuales ha producido una plusvalía enorme, una parte de la cual, no necesaria para la acumulación ampliada del capital, permite a los propietarios-gestores de los medios de producción comprarse cien, si tal es su capricho. El aburguesamiento del proletariado es un mito, porque, a falta de revolución, sigue siendo una clase miserable en relación con la riqueza que produce. Este hecho innegable, ¿no constituye la base material del trabajo asalariado? Pero ¿qué hace falta, entonces, para situarse en el «campo marxista», en el campo del análisis material y objetivo de las situaciones, a fin de poder transformarlas? ¿Que el productor se convierta en un vagabundo que reclame el buen viejo trabajo asalariado? ¿Que se agrande la oposición entre trabajador y parado? ¿Que el vientre clame de hambre y la cabeza pida trabajo a cualquier precio? ¿O bien una buena vieja tercera guerra mundial?
Estos análisis miserabilistas nos afligen. Tanto más cuanto que quienes los profesan no se encuentran por lo general en la situación del parado desesperado, del indio de Bhopal2 o de los millares de sin trabajo de los cuatro rincones del mundo. Proletario en el tajo, uno todavía puede reflexionar y luchar como clase; no si está privado del único medio de subsistencia que concede el capital para proseguir su camino asesino.
En resumen, negamos que la pasividad del proletariado, desde un punto de vista revolucionario, haya sido producto del inmenso crecimiento sobrevenido tras la segunda guerra mundial, como negamos también que el resurgir proletario vaya a ser consecuencia de una crisis económica irreversible (crisis ya existente para los grupos revolucionarios que conocemos; aún falta que se pongan de acuerdo sobre su naturaleza: ¡es muy importante, por Marx!).
Entonces, nos diréis, ¿cómo explicáis las cosas? Una pequeña frase de Marx es aquí bienvenida:
«La doctrina materialista según la cual los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y por tanto los hombres transformados son producto de otras circunstancias y de una educación distinta, olvida que son precisamente los hombres quienes transforman las circunstancias y que el propio educador tiene que ser educado...»
(Tercera tesis sobre Feuerbach)3
Como cualquiera puede comprobar, somos capaces de citar a ilustres autores revolucionarios, pero nunca los utilizaremos como texto sagrado. Lo que nos interesa en esta cita es el método de conjunto que permite analizar los hechos históricos, porque tal es nuestro método. En efecto, si el hombre es producto de su medio, ese medio también lo transforma él. Si sin materia no hay idea, la idea misma se convierte en fuerza material. Y, desde nuestro punto de vista, la pasividad del proletariado no se debe esencialmente a los bienes que se le ha permitido consumir, sino al aplastamiento físico e intelectual que sufrió con el fracaso de la primera tentativa revolucionaria internacional, tras el aplastamiento completo de la revolución allí donde se había iniciado, en Rusia. Circunstancia agravante, y de mayor alcance que el vergonzoso hundimiento de la II Internacional ante la guerra de 1914: la contrarrevolución procede del interior del movimiento obrero, y no de una represión feroz de la propia clase burguesa. Así, miles de proletarios creyeron con pasión en la Rusia socialista, haciéndole el juego por eso mismo a la estrategia capitalista imperialista de esta. Pese a la combatividad obrera en el mundo, los frentes populares, a cuya cabeza se encontraban por lo general los P.«C»., se sucedían para reprimirla. Solo ínfimas minorías pudieron resistir esa avalancha, que arrastró, nacido muerto, al propio trotskismo en su camino antiobrero. He aquí, señores deístas de la crisis, lo que explica fundamentalmente la situación de apatía o de luchas sin perspectivas. La consciencia necesita una base material para desarrollarse, y cuando se desarrolla se añade a esa base material que la ha producido, y la transforma. Es esa consciencia la que la contrarrevolución ha diezmado casi por completo.
Hoy, elementos mucho más importantes que la supuesta crisis económica permiten entrever una salida revolucionaria a la situación. Los aparatos stalinistas y «socialistas», así como los sindicatos, ya no suscitan el entusiasmo que suscitaban, aunque todavía dominan ampliamente a la clase, que, para destruir el capital, tendrá que aniquilarlos.
La reciente lucha de clases en Polonia ha probado masivamente en los hechos que en la patria del proletariado este se ve obligado a defenderse igual que en Occidente. Pero por el momento estas reacciones proletarias están circunscritas al marco del capitalismo. A los revolucionarios les toca intervenir para contribuir a superar los límites que nos imponen nuestros enemigos de clase, criticando y oponiéndose en los hechos a las orientaciones reaccionarias que todavía toman nuestros hermanos de clase (nacionalismo, sindicalismo, racismo, democratismo, corporativismo, jerarquismo, etc.).
«Es preciso romper tajantemente con tácticas e ideas muertas, decir a la clase obrera sin reticencias toda la verdad, rectificar sin duelo cuanto obstaculice el renacer de la revolución, proceda de Lenin, Trotzky o Marx mismo, adoptar un programa de reivindicaciones en consonancia con las máximas posibilidades de la técnica y la cultura moderna puestas al servicio de la humanidad.»
Pro segundo manifiesto comunista, F.O.R., 1961.4
Artículo retomado, reelaborado y ampliado a partir del texto aparecido con el mismo título en Alarme n.º 6, diciembre de 1979.5
El original francés remite aquí a una nota «(1)» que no figura en el texto; la versión de 1980 en Alarma precisa: «en el segundo número de ALARME». ↩
La catástrofe química de la fábrica de pesticidas de Union Carbide en Bhopal (India), en diciembre de 1984, que mató a miles de personas. ↩
Según nuestra traducción de la versión de Engels (1888) de las Tesis sobre Feuerbach. ↩
Texto español original: Pro segundo manifiesto comunista, apartado «Tareas de nuestra época». ↩
La versión de 1979 se publicó en español, traducida por el FOR, en Alarma, tercera serie, n.º 8 (1980). Hasta «¿Verdad que todo es dialéctico?» seguimos ese texto español, corregido con la versión ampliada de 1985 donde esta lo modifica o lo completa (y donde la traducción de 1980 se equivocaba: «no puede significar en modo alguno que el proletariado vaya a revolucionar el mundo», no «no puede significar más que»); lo que sigue, añadido en 1985, es traducción nuestra. Diferencias de contenido: en 1980 se decía «¡Viva la crisis del capital!», en 1985 «¡viva la decadencia del capital!»; la cita de Alarme n.º 5 dice en 1985 «capital/salariat», en 1980 «capital/trabajo». ↩