L'Arme de la critique, n.º 2, febrero de 1986 (págs. 19-24). PDF del número completo · Texto original en francés
La segunda guerra mundial pudo estallar tras el aplastamiento del proletariado, después de veinte años de luchas internacionales por hacer triunfar el comunismo, cuya perspectiva se había abierto en Octubre de 1917.
La guerra, si ha sido y sigue siendo una solución a las crisis económicas, es sobre todo un instrumento de aniquilación física del proletariado, es decir, de eliminación ya no de riqueza, sino de potencial de plusvalía, de la fuente misma de toda riqueza. Al mismo tiempo presupone (a veces sin razón, pero en general con ella) la aniquilación de toda organización obrera o su liquidación en la guerra y por la guerra.
Por eso la guerra no puede explicarse sin la acción determinante de los organismos antiobreros que tienen la mayor influencia sobre los proletarios después de sus derrotas, concluidas de la misma manera que las batallas: en orden disperso.
En efecto, si es verdad que una revolución rara vez es vencida por sus enemigos declarados, y mucho más a menudo por quienes actúan en su nombre, también es verdad que los proletarios sólo aceptan fácilmente la guerra si quienes actúan en su nombre, y a quienes reconocen o rechazan, pero confusamente, llaman a la defensa nacional.
Una de las cuestiones más importantes de esta guerra es comprender cómo se pudo llevar a los proletarios a los campos de batalla tanto del lado hitleriano, fascista, como del lado stalinista, demócrata. Siendo la guerra un producto espontáneo de toda sociedad dividida en clases, es evidente que el conflicto entre tres grandes potencias en un mundo capitalista, es decir, donde la división en clases y la explotación están más marcadas que nunca en la historia y donde esas relaciones son mundiales, no puede sino acarrear la mundialización real del conflicto.
Entre paréntesis, las guerras actuales pueden considerarse conflictos virtualmente mundiales, habida cuenta de la imbricación de las relaciones capitalistas mundiales y de la participación de tropas procedentes del mundo entero (10 ejércitos nacionales en el Líbano, por ejemplo, en 1984). Sin embargo, el mundo entero no se ha convertido todavía en un gigantesco campo de batalla donde se enfrenten directamente las mayores potencias del momento y sus vasallos.
El factor necesario, aunque insuficiente, de la movilización popular, es decir, de la disolución del proletariado con vistas a un conflicto armado, fue indudablemente el stalinismo. Dictadores de los países que habían conocido las revoluciones y contrarrevoluciones más poderosas, Hitler y Stalin no podían engendrar, en el curso de sus tumultuosos amores, sino la barbarie más profunda. Hay que señalar que Hitler, producto de una contrarrevolución más débil (aunque más espectacular y más conocida por sus matanzas), no sobrevivió a Stalin, producto y actor de la contrarrevolución más silenciosa, más oculta y más violenta que haya conocido la historia. La profundidad de la contrarrevolución stalinista está en proporción directa con la profundidad del asalto proletario de Octubre del 17.
De 1933 a 1945, Stalin se alió dos veces con Hitler: la primera, declarando «enemigos del proletariado» a quienes se oponían a la elección de éste (pese a los asesinatos de militantes del KPD por las SA) y bloqueando, con la dirección del KPD, el impulso de la base del partido hacia la huelga general contra Hitler. La confianza en Stalin y en la Rusia «socialista», es decir, la confusión obrera que reinaba en Alemania por obra de la contrarrevolución, entregó atados de pies y manos a los proletarios alemanes a la dictadura nacional-«socialista», para que ésta llevara a cabo una política de armamento masivo y de grandes obras como solución a la crisis económica.
Pese a las distancias tomadas en tiempos de la creación de los Frentes Populares, del aplastamiento de los revolucionarios en España y de su amordazamiento en Francia, Stalin volvió a buscar la alianza de Hitler después de haber hecho insinuaciones a las democracias para que comerciaran más seriamente con Rusia.
La alianza sellada con el pacto germano-ruso significaba vía libre para que los capitalistas alemanes hicieran la guerra, para la que se habían preparado con tanto ardor, en la medida en que los salvaba de la bancarrota, si no del proletariado. Su conclusión práctica fue el despedazamiento de Polonia y la invasión de los Estados bálticos; sólo Finlandia fue capaz de rechazar al ejército «rojo», desprevenido y descabezado por las purgas de 1936-1938. Rusia actuaba ahí por primera vez desde Nicolás II como imperialismo de talla mundial, justo complemento de su actividad anterior en España, donde su policía política y sus tropas se habían enfrentado a los revolucionarios y habían estrangulado la revolución, para mayor gloria de la República y provecho de Franco.
La campaña de Polonia quedó ilustrada por dos grandes hechos de armas: los carros de asalto alemanes lograron vencer a los jinetes polacos; el ejército ruso logró asesinar a varios miles de oficiales polacos que habían ido a ponerse a sus órdenes (Katyn).
La guerra se generalizó rápidamente, ofreciendo a los beligerantes una salida, deseada o no, conforme a los intereses y a las posibilidades del capital. El caso de Francia muestra que las capas dirigentes nada esperaban tanto como la dictadura hitleriana, por varias razones. Ante todo, el Frente Popular les había dado miedo: miedo a que la propiedad del Estado desplazara a los propietarios burgueses; y sobre todo habían tenido miedo del proletariado, que se había manifestado más o menos explícitamente en 1936. Por último, el patriotismo de 1914 estaba por el momento bien muerto, pese a todos los esfuerzos de Blum, y si había que hacer la guerra con tropas poco seguras, mejor perderla, y deprisa, antes de que se cansaran de la situación. Mientras llegaba la hora de perderla, los generales franceses tuvieron, pues, que no hacer la guerra, y el esfuerzo principal consistió en sostener la moral de las tropas, más numerosas y mejor armadas que las alemanas en 1939, para no herir los sentimientos pacifistas, cuando no derrotistas, que animaban a los proletarios en el frente (que pronto iba a convertirse en la retaguardia).
Ese sentimiento pacifista se manifestó, por lo demás, con toda sencillez tras la paliza militar de mayo-junio de 1940 (¡6 semanas!). El chocho carnicero (del lado francés) de Verdún se presentó a firmar, tembloroso, un tratado de paz que ninguna burguesía nacional establecida habría querido, tan humillante era, y todo el pueblo francés gritó «¡Viva Pétain!», puesto que eso era «¡Viva la paz!».
Los pringados fueron los dos millones de proletarios prisioneros, buenos para trabajar en fábricas, aserraderos, campos, etc., en campos de trabajo. La burguesía francesa, al hacerse a un lado ante el hitlerismo, mostraba que al menos había comprendido que la Nación ya no existía.
Hay que señalar que el llamamiento radiofónico desde Londres de un joven general, menos tonto entonces que después, De Gaulle, el futuro «Père-la-chienlit»1 de 1968, pasó en medio de la más completa indiferencia. Sólo a partir de 1944-1945 pretendieron cientos de miles de personas haberlo escuchado. ¡Tanta razón tenía Marx al decir que el mundo moderno crea más mitos en un día que la Antigüedad en varios siglos! Para una Juana de Arco en el siglo XV, hubo 100.000 ciudadanos que escucharon a De Gaulle, ¡y no sólo no se los quemó por redomados embusteros, sino que se los condecoró!
De Resistencia en Francia, en aquel momento, nada. Los stalinistas, atados por la alianza con Hitler (la «base», por su parte, siguió en la práctica dividida, y una parte se atuvo de hecho a un antifascismo igual de repugnante y antiobrero), llamaron tímidamente al derrotismo contrarrevolucionario, brillantemente ilustrado por Thorez, que desertó... para reunirse con Stalin. Por supuesto, nunca hubo llamamiento del P«C» al derrotismo revolucionario, es decir, intento de organizar la confraternización de las tropas y la rebelión contra los dirigentes y los oficiales del propio país, ni llamamientos, en los dos campos, a la huelga y a la insubordinación en todos los terrenos.
La IV Internacional se pasó en aquel momento, en su conjunto, a la defensa nacional, y entre quienes no lo hicieron en 1939, muchos lo hicieron en 1941. Algunos raros grupos trotskistas, en Grecia (Lukas), en México (Munis), en Francia (J. Costa, Barta2, el grupo «Arbeiter und Soldaten»), rechazaron la defensa nacional. Seguían siendo trotskistas, y por tanto, aun considerando a la URSS un Estado obrero degenerado, antepusieron el internacionalismo proletario al apoyo a la URSS.
En Europa, la Izquierda Comunista, salida de la Fracción Abstencionista de Italia, supo no capitular y mantuvo con valor y obstinación, en aquel sombrío período, el principio comunista del internacionalismo proletario y del derrotismo revolucionario.
Los stalinistas, tras la derrota de 1940, pactaron de hecho con las autoridades, tanto petainistas como hitlerianas, y L'Humanité siguió publicándose con regularidad. Hubo, ciertamente, problemas bastante graves con los ocupantes, pero en realidad el P«C» no rechistó, siempre a causa del pacto germano-ruso y de las consignas de Stalin.
Éste estaba totalmente convencido de que el ejército alemán no atacaría jamás a Rusia, a despecho de todo «buen sentido» y de las innumerables fuentes de información que confirmaban de manera independiente, ya desde 1940, la organización de una gran ofensiva en el Este. Se sabe que hubo más de 80 fuentes de ese tipo, y es sabido que Stalin no aceptó llevar a cabo la ofensiva hasta que la Wehrmacht estuvo casi a las puertas de Moscú. En realidad esa actitud no es tan aberrante como se suele decir, y lo que siguió demostró que el error militar fue más bien la apertura de un frente en el Este. Sin embargo, las necesidades mismas de la guerra y de la expansión capitalista que ésta acarreaba en Alemania implicaban la arremetida sobre territorios ricos en productos alimenticios (Ucrania), en materias primas (petróleo de Bakú) o en productos industriales (raíles, vagones, etc.), y sobre todo en mano de obra muy barata.
Si Stalin se dejó engañar, es porque no veía por qué Hitler no iba a asociarse con él por mucho tiempo para un codesarrollo capitalista. Se basaba para ello en la total compatibilidad entre los dos regímenes políticos y en la orientación alemana, muy acusada, hacia la concentración del capital en manos del Estado, casi identificado con el partido nacional-«socialista». Lo que el genial padrecito de los pueblos no había previsto es que los recursos de Rusia excitarían a los capitalistas alemanes, y que éstos, en particular, habían adoptado como divisa «Nuestro mejor capital es el hombre», fórmula lapidaria que él mismo había enunciado y que cobraba todo su sentido una vez pegada a la más célebre «el trabajo libera»3. Bastaba saber que el hombre-capital libera capital, igual que libera sudor y energía trabajando.
El resultado del genial Stalin, tan alabado por Aragon, fue que esa ofensiva alemana llegó hasta Stalingrado (¡2.500 km de penetración!), pero volveremos sobre ello más adelante.
Con el ataque en el Este empieza la Resistencia. El P«C»F tenía por fin un motivo válido para rechazar la ocupación alemana y para satisfacer a su base, largamente educada en el antifascismo y en el Frente Popular anticomunista, y que reclamaba «acción». El ataque justificaba la defensa de la «patria de los trabajadores» y la «liberación del suelo nacional» en un arrebato de unión sagrada que todavía hoy hace callar a todos los hombres de derechas ante el P«C».
De paso, la IV Internacional tiraba definitivamente por la borda el internacionalismo proletario y abrazaba la causa de Rusia, condenándose y condenando a sus militantes a ir a la zaga del stalinismo hasta no ser más que su ojeador en la misma actividad contra la revolución. Innumerables militantes trotskistas fueron fusilados por los stalinistas en los maquis (y al final de la guerra) en recompensa por los servicios prestados a Rusia, y no por eso dejan los trotskistas de defender incondicionalmente a Rusia... la flexibilidad del «Estado obrero degenerado» no tiene límites, pues desde entonces ha sufrido «deformaciones burocráticas» en todos los sentidos (un poco más o un poco menos de estatización).
Sea como fuere, el avance victorioso de las tropas alemanas no podía hacerse sin grandes riesgos (corte de las líneas de comunicación) en las inmensidades rusas o saharianas. Además, el esfuerzo de guerra implicaba un esfuerzo industrial sin precedentes y, por tanto, una movilización masiva de la mano de obra en los territorios dominados políticamente. Ya no bastaba con utilizar a los prisioneros de guerra. Así que las poblaciones civiles fueron desplazadas (deportadas) hacia centros industriales de Alemania o hacia los emplazamientos de los centros que había que construir. Las poblaciones a las que se apuntó en primer lugar fueron la alemana, luego la eslava, y principalmente la rusa, y entre todas ellas la judía. Después los países occidentales ocupados conocieron el Servicio del Trabajo Obligatorio (STO), acompañado de un servicio del trabajo para los voluntarios, que atraía a Alemania a trabajadores, generalmente cualificados, con salarios altos y ventajas de diversa índole. La población trabajadora de Alemania quedó entonces bajo régimen policial o en campos de trabajo, reproduciendo de forma moderna las condiciones de la acumulación capitalista de comienzos del siglo XIX con un salvajismo acrecentado, aunque superado desde entonces: salario reducido al mínimo, lo que implicaba la muerte por agotamiento tras la utilización máxima de la fuerza del trabajador, y aumento de la plusvalía extraída a la vez por la prolongación de la jornada de trabajo y por la intensificación de la productividad.
El máximo de plusvalía por el mínimo de salario: la guerra no pone entre paréntesis el funcionamiento del capitalismo; al contrario, lo exalta y lo deja al desnudo. Competencia mortal entre explotadores, destrucción masiva de capital, incluso y sobre todo en forma humana (potencial de riqueza), utilización del capital restante al máximo de productividad: los horrores de la guerra están contenidos en el funcionamiento normal del capitalismo.
La competencia entre imperialismos rivales significaba también la guerra por el petróleo y los pozos de Bakú o de Oriente Medio. Los imperios que disponían de bases importantes lejos de su metrópoli, lo que no era el caso ni de Alemania ni del Japón, echaron en la balanza fuerzas considerables. En efecto, sólo Rusia y Gran Bretaña (con una rabadilla francesa) estaban en condiciones de hacerlo, y así pudieron detener el avance de las tropas alemanas en Stalingrado y en El Alamein.
Si el lugar de la batalla de El Alamein se explica por la carrera por el petróleo entre imperialismos rivales, Stalingrado, en cambio, queda fuera de la ruta de Bakú y está a 2.500 kilómetros dentro del territorio ruso desde el Oeste, por donde atacó el Reich. Si las tropas alemanas pudieron penetrar tan lejos en el «territorio sagrado de la Patria» soviética, rusa, es porque por decenas, e incluso por centenares de miles, los soldados rusos se rindieron, en su propio territorio, a tropas de invasión. ¡Las poblaciones civiles acogieron a Hitler como a un libertador, y los soldados practicaron el derrotismo en vez de defender el «socialismo»! Prueba elocuente, entre mil otras, de lo que la clase obrera y los campesinos sufrieron durante el período de gigantesca acumulación de capital, que en Rusia va de 1921-23 a la guerra, bajo la bota policíaca y sanguinaria de la contrarrevolución más poderosa de la historia, a la escala de la revolución y de los revolucionarios que supo vencer. Los proletarios rusos, al rendirse al enemigo, probaron que el stalinismo había sabido quebrar toda voluntad revolucionaria, que la población lo odiaba y que los proletarios trataban, como podían, de aprovechar (¡así lo creían!) la sacudida del poder provocada por la penetración de la Wehrmacht.
Si se compara la Rusia de la primera y de la segunda guerra mundial, se encontrará ante todo una analogía bastante fuerte: un proletariado que ha crecido en número, pero igual de mísero, explotado y concentrado, y un campesinado que sigue siendo la mayor parte de la población, que posee tierras (minifundios) y es asalariado al mismo tiempo, y que ha sufrido más en 20 años que en 2 siglos de zarismo. Pero en realidad se advierte que entre las dos «preguerras» la situación social es muy distinta. Bajo el capitalismo de Estado, poco a poco, la clase obrera se calló. Ni luchas, ni la menor organización, ni la menor idea o información. Ya no queda nada de lo que constituye la experiencia viva del proletariado, su vida misma. El corte con la revolución y el comunismo es tal que, para los jóvenes proletarios, que no conocieron la revolución ni siquiera su aliento, esas dos palabras quedan irremediablemente asociadas al stalinismo, la forma más brutal de la tiranía del capital.
Por eso los soldados más resueltos contra el régimen no pudieron sino oscilar entre derrotismo revolucionario y derrota, para acabar reagrupándose en torno a un oficial, Vlásov, que intentaba poner en pie un ejército para derribar a Stalin, luchar contra Hitler e instaurar... la democracia. Propuso ese plan a los Estados Unidos, que lo rechazaron, pues confiaban en la capacidad de Stalin para movilizar las enormes tropas que ellos mismos necesitaban. Obligaron así a Vlásov a aliarse con Alemania, y por eso la mitad de las tropas de Paulus en Stalingrado fueron rusas, asociadas a las tropas alemanas.
Aparte del característico episodio de Vlásov, los mánagers del Partido-Estado no olvidaron que cientos de miles de proletarios habían preferido rendirse sin combatir antes que morir por la patria, aunque fuese «socialista». ¡Aun de esa manera, los proletarios rusos le decían al mundo que en Rusia ya no quedaba nada que valiera la pena defender!
El resultado fue que Stalin nunca aceptó intercambiar prisioneros, y que éstos, una vez liberados, fueron todos deportados, incluidos los liberados por los americanos, que Eisenhower se apresuró a devolver a Stalin, su indefectible aliado.
El poder stalinista no taponó la hemorragia de tropas hasta que reflexionó sobre el problema: tener muchos soldados significaba tener al campesinado, literalmente martirizado por el padrecito de los pueblos. Para los mártires, dirigirse a la Iglesia. La alianza quedó sellada y, en prenda de buena voluntad, se bautizó la operación «Gran Guerra Patria», denominación nunca revisada desde entonces por ser abiertamente capitalista. Ni siquiera por guardar las formas se la llamó nunca «socialista». (Fue esa alianza la que dio a Stalin tanta seguridad y aisló a Vlásov.)
«Antaño, el sacrificio de un niño era un rito misterioso del culto de Moloch, pero sólo se practicaba en ocasiones especialmente solemnes, quizá una vez al año, y además Moloch no tenía una predilección particular por los hijos de los pobres».
K. Marx. Manifiesto inaugural de la AIT
El capital, y en particular en su forma militar-industrial, tiene una necesidad inmensa de sangre y de carne, joven y vigorosa. El enorme esfuerzo del capital concentrado en Alemania por la supremacía mundial se concretó, pues, en un bombeo cada vez mayor de mano de obra hacia los centros donde el capital estaba más concentrado. De ahí la instauración del STO en los territorios ocupados. En Francia, esa medida llevó a cientos de jóvenes proletarios a huir al maquis o a sabotear la producción. Esas tentativas primarias de resistencia eran una mezcla de dos componentes: uno nacional, patriótico, capitalista; el otro obrero, internacionalista. Las fuerzas organizadas que podían estructurar ese rechazo eran sobre todo el P«C», algunos gaullistas y los trotskistas, que hasta la guerra habían encarnado en cierto modo el internacionalismo. Todas esas fuerzas obraron en la misma dirección, es decir, quebrar el tímido potencial obrero que había aparecido allí y canalizarlo, por la fuerza si era preciso, hacia la defensa nacional. El P«C», aislando a los inmigrados rebeldes en unidades especializadas donde militantes seguros encuadraban a jovencísimos muchachos, deformó y destruyó sistemáticamente todo germen de lucha anticapitalista y todo trabajo internacionalista, hasta hacer de esos grupos fanáticos antialemanes, negación total y siniestra del internacionalismo proletario. Los MOI-FTP del grupo Manouchian y otros fueron recompensados por su fidelidad al P«C» según su costumbre: los gastaron hasta el último hilo y luego los abandonaron (¿o los entregaron?) al enemigo del día, lo que permitió a los stalinistas exhibir algunos héroes tricolores de pura cepa en la «liberación».
La prolongación de la guerra y los reveses de las fuerzas del Eje, que dejaban presagiar la vuelta de la paz capitalista, favorecieron el descontento en los países ocupados, pero también en la misma Alemania, por parte de una población que soportaba duras privaciones y cuyos hijos morían cada vez en mayor número. Esas desapariciones, por cierto, se suman siempre en una suma de héroes: tan capaz es el capital de transgredir las leyes aritméticas según sus necesidades, sumando lo que habría que restar y restando lo que uno pensaría que había que sumar (¡trátese de los sufrimientos de los «héroes» o de una nómina!).
Que los Aliados lo supieran o no, poco importa. El caso es que, en la misma lógica de destrucción, bombardearon los barrios más populosos de las ciudades industriales. Hamburgo, Colonia, Dresde, Düsseldorf ardieron, y a ningún propagandista mercenario se le ha ocurrido contabilizar esos cientos de miles de cadáveres «civiles» como héroes. Sin embargo, esos muertos contaban doble: se trataba de destruir a creadores de capital excedente y a negadores potenciales del capital. Lo mismo ocurrirá en el Japón, que será aterrorizado por miedo a que se repitieran en los países vencidos las condiciones de 1917-18.
Con el avance de los Aliados aparecieron los objetivos políticos precisos de los vencedores. Por una parte, para los Estados Unidos, un riego fantástico de dólares, de hombres, de material; en una palabra, el comienzo de una verdadera OPA sobre Europa y la economía mundial. Por otra, para Rusia, la conquista territorial, el meter en cintura y el saqueo de sus futuros satélites.
La pauta se dio en Varsovia, cuando el ejército «rojo» dejó que se masacrara a los insurrectos ante sus ojos, antes de entrar en la ciudad arrasada y abandonada por los alemanes. La insurrección nacionalista de Varsovia no estaba dirigida directamente por el P«C»; había, pues, interés en dejar masacrar a unos opositores que, al mismo tiempo, obligaban al ejército enemigo a abandonar el terreno.
La entrada del ejército «rojo» en Alemania fue una grandiosa demostración de su carácter libertador; en dos palabras, no fue más que saqueo y violación. Esa forma particular de «liberación de los pueblos» representaba la liberación de una tensión terrible acumulada en Rusia, cuyo poder sólo se había sostenido gracias a la ignominia del invasor, que había logrado ser peor que Stalin, y gracias a los Estados Unidos, que habían comprado a precio de oro los veinte millones de proletarios y campesinos rusos que habían ido a morir sin rechistar demasiado.
Apenas se había disipado el terror militar inherente a la guerra cuando estallaron violentos conflictos sociales; más o menos confusos, manipulados a veces por los stalinistas, pero dirigidos también a veces contra ellos (como en Grecia), sólo fueron domados por la estrecha asociación del stalinismo y de los Estados Unidos o de sus satélites. Uno de los casos más célebres fue la Comuna de Hanói, dirigida por un trotskista, Tạ Thu Thâu4, que fue desarmada y entregada al ejército francés por Ho Chi Minh, el innoble sonajero de los izquierdistas de toda laya dos decenios después.
Los pocos actos internacionalistas del período de la ocupación fueron ocultados a sabiendas. Entre otros, la confraternización y la edición de un boletín común «contra la burguesía, alemana o francesa» por un grupo de obreros y soldados alemanes en Bretaña: «Arbeiter und Soldaten». Pese a sus debilidades y a sus ilusiones trotskistas sobre Rusia, en contradicción con su odio a «la burocracia parásita», esa actividad auténticamente internacionalista y derrotista revolucionaria muestra el tipo de acción comunista realizable, totalmente al margen de la falsa alternativa Resistencia/Colaboración.
El grupo de J. Costa, fundado en Angers, defendió también el internacionalismo y el derrotismo revolucionario. Compuesto esencialmente por supervivientes de la Revolución española que se habían negado a luchar por Francia, contra el fascismo, a cambio de ser sacados de prisión, tuvo que luchar contra los stalinistas españoles o franceses. Ese grupo rechazó el ingreso en la Resistencia nacional, y se declaró a favor de métodos de acción obreros como la huelga, a condición de que se expresara explícitamente que la nacionalidad de los patronos no tenía ninguna importancia y que los proletarios no tenían patria.
Estos pocos ejemplos, entre otros, de derrotismo revolucionario subrayan la continuidad y la validez actual de ese principio. Aun en las peores condiciones, hay que mantenerlo inquebrantablemente. Aun siendo terriblemente minoritario, puede practicarse, a la escala en que uno se encuentre, y manifestarse concretamente.
Tanto más debe afirmarse hoy cuanto que el mundo mercantil es cada vez menos disociable, cada vez más unificado, y que la competencia capitalista significa guerras imperialistas permanentes. La ausencia de separación fundamental entre paz y guerra capitalistas implica que el derrotismo revolucionario está a la orden del día y debe practicarse contra «su» propia economía «nacional», militar o no, preventivamente a todo conflicto.
Alusión a la frase de De Gaulle durante mayo de 1968, «La reforma, sí; la chienlit, no» (chienlit: carnavalada, desbarajuste), que los carteles del movimiento le devolvieron: «La chienlit es él». ↩
El texto francés dice «Bartat». Se trata de Barta (David Korner), fundador del grupo trotskista que publicó La Lutte de classes durante la ocupación, origen de Union Communiste. ↩
Arbeit macht frei, la inscripción de la entrada de los campos de concentración nazis. ↩
El texto francés dice «Ta-Tou-Tao». Tạ Thu Thâu (1906-1945), dirigente trotskista vietnamita, fue asesinado por el Viet Minh en 1945. ↩