L'Arme de la critique, n.º 2, febrero de 1986 (págs. 15-18). PDF del número completo · Texto original en francés
El capital, al desarrollar el proletariado y desarrollarse a sí mismo por acumulación ampliada, ha sentado cada vez con más fuerza las bases de su dominación, y con la misma nitidez las de su destrucción. Al socializar las relaciones humanas, las ha destruido, vaciado de humanidad en provecho de la mercancía. El intercambio entre los hombres ya no es más que un intercambio por medio de mercancías, un intercambio mercantil que, generalizado, se convierte en un intercambio entre mercancías por medio de los hombres, que a su vez ya no son más que mercancías productoras y vehículos de otras mercancías.
La represión de toda humanidad en las relaciones entre las personas hace más imperiosos el deseo y la necesidad de esa humanidad, y vuelve todavía más fuerte la violencia contenida, la energía de la lucha por la liberación humana, refrenada por la violencia de las relaciones sociales. Esa tensión, liberada mundialmente por primera vez entre 1917 y 1937, es hoy aún más aguda por el fracaso de aquella primera oleada revolucionaria, producto espontáneo, es decir, de la naturaleza misma del capital en la madurez de su sistema.
De ese período, en que se planteó en la práctica la destrucción mundial de la explotación y del capital, sacamos hoy las adquisiciones críticas y nuestra orientación contra las fuerzas y las ideas que permitieron el fracaso de aquella oleada y que siguen actuando hoy. Del fracaso de la revolución surgió un desfase entre las posibilidades históricas de cambio social y la realidad que vivimos. Abortado el alumbramiento de un nuevo sistema social, comunista, único portador de porvenir para la humanidad, el sistema capitalista entró en decadencia. De ese cambio se dedujo el carácter nefasto, e incluso contrarrevolucionario, de fuerzas, estructuras e ideas con las que hubo que romper.
Entre ellas, el sindicato es una pieza maestra en la defensa de este sistema, pese a su origen (las luchas obreras del siglo XIX) y a su proclamación permanente de la «defensa de los trabajadores». El sindicato integra por varios conceptos las consecuencias de la decadencia: como órgano de defensa de los trabajadores, como organización de masas, como proyecto para la sociedad futura.
El sindicato fue creado como órgano de defensa y de protección mutua de los trabajadores. Defendió, pues, el salario, luchó por la reducción del tiempo de trabajo, contra el empleo de esquiroles para romper las huelgas, etc.
Independientemente de su eventual burocratización, se impuso como organismo de representación permanente de los proletarios frente a los capitalistas. En cuanto tal, el sindicato se convirtió en el órgano especializado, el abogado de la fuerza de trabajo y el negociador de su precio. Le haya golpeado o no de lleno el reformismo1, su actividad quedó prácticamente circunscrita al marco del capital. En efecto, si algunos sindicatos afirmaron luchar por el comunismo y la abolición del salariado, y si desarrollaron métodos de lucha acordes con una voluntad de enfrentamiento con el capital, en realidad ninguno de ellos planteó de manera comunista la cuestión del paso de la lucha cotidiana a la lucha histórica. En efecto, o bien el sindicato (en esas concepciones) representa ya el comunismo en el seno de la sociedad capitalista, o bien deja al partido la tarea de elaborar el paso al socialismo..., si el partido decide llevar realmente esa lucha.
Esa separación fundamental (entre lucha inmediata y lucha histórica) permite comprender la transformación del sindicato. La primera guerra mundial y la oleada revolucionaria que la siguió exigieron otra actitud y plantearon en la práctica, y de manera vital, la pesadilla de todos los reformistas, el espectro que acecha al capitalismo: el comunismo. La revolución de Octubre conmovió irreversiblemente el mundo. De la lucha cotidiana contra la guerra, mediante la negativa de los obreros rusos (con los obreros bolcheviques a la cabeza) a participar en los comités de unión patriótica, surgió la necesidad y la voluntad de la toma del poder por el proletariado en armas.
Ningún sindicato pudo digerir ese hecho, ni siquiera entre los que rechazaron las «uniones sagradas» de la guerra. Hay que subrayar, sin embargo, que sindicalistas revolucionarios de la C.G.T., minoritarios mientras la central llamaba a la unión sagrada, se opusieron de manera internacionalista a la guerra, con una resistencia que nada tiene que ver con la de la siguiente guerra mundial. Por lo demás, es en Francia uno de los raros casos del período. Éste se caracterizó por la guerra social abierta y a muerte entre los dos polos de la sociedad. Toda noción de «lucha cotidiana», en el sentido de defensa inmediatista de los trabajadores, quedó caducada, puesto que los proletarios demostraban claramente que ya no querían ser proletarios.
La profundidad de la sacudida revolucionaria fue tal que los fundamentos mismos de la existencia del sindicato se hundieron bajo sus pies. A partir de entonces, ¿a qué agarrarse? En efecto, ni la disolución lisa y llana ni el paso franco y masivo a la subversión resultaron posibles. El sindicato, sencillamente, no se creó para la revolución, y su práctica durante varios decenios lo había arraigado profundamente, por todas sus estructuras, en el funcionamiento del capital.
No es el sindicato el que ha cambiado; es el sistema que lo produjo, y que a partir de entonces exigió su disolución (eventualmente en forma de marginación) o su integración total. El cambio es la madurez del capitalismo, la apertura de un período en que el proletariado ya no puede tolerar otra actividad que su emancipación y en que toda separación entre lucha cotidiana y lucha histórica se demuestra irreductiblemente opuesta a la revolución. La culminación del sistema capitalista (su mundialización y la respuesta proletaria correspondiente) implica la urgencia y la posibilidad, conjuntas y permanentes, del comunismo.
Sin saber ni poder responder, por su naturaleza intrínseca, ni a esa urgencia ni a esa posibilidad, el sindicato se ha convertido en una estructura integrada en el capital, contra la revolución.
Es evidente hoy que el sindicato es la única organización de masas que encuadra a los proletarios. En poder, en eficacia e incluso en número, sólo la superan los Estados, y en particular el Partido-Estado stalinista.
De lo anterior se desprende que hoy no puede haber organización revolucionaria de masas permanente. Recíprocamente, las organizaciones de masas permanentes están contra la revolución. Eso corresponde exactamente a la situación del sindicato en este período.
La existencia del sindicato de masas no se perpetúa por la sola voluntad de sus afiliados, sobre todo ahora que los efectivos bajan por término medio. Una estructura semejante se mantiene con la ayuda del Estado, con la utilización de las cuotas como una renta (inversiones inmobiliarias y otras), con la obtención de monopolios de contratación y otras rentas de la misma vena. El sindicato puede incluso crear y financiar los partidos laboristas, como en Gran Bretaña y en Suecia. Por último, y es con mucho la fuente más fructífera del mantenimiento del sindicato, está la sindicación obligatoria, trátese del sindicato del Partido-Estado o del sindicato democrático de países como Suecia, la RFA, los EE. UU.... Están también, por supuesto, los subsidios internacionales, pues el sindicato no puede, como tampoco el capital, limitar su actividad al marco nacional. Así, los subsidios pasados y presentes de la CIA a F.O. y los del stalinismo (e incluso del islámico Gadafi) a la C.G.T. o a la N.U.M. inglesa. El sindicato depende del Estado, financiera y políticamente (monopolio de la representación de los trabajadores); el Estado depende del sindicato para asegurar la paz social.
El carácter masivo del sindicato hace de él una prolongación del Estado (prolongación que ya existe virtualmente), y la afiliación obligatoria o la integración en el Partido-Estado lo convierten de vendedor de la fuerza de trabajo en comprador de ésta, que vive en todo caso a costa de los proletarios, ya sea de sus cuotas o de las subvenciones patronales o estatales (incluso «en especie», puesto que el trabajo de un delegado ausente por «negociaciones» o «información» lo hacen los trabajadores).
Para pretender defender a los trabajadores, el sindicato tiene que ser lo más fuerte y lo más masivo posible. Cuanto más fuerte y masivo es, más evidente resulta que sólo defiende los intereses del sistema, y más inclinados se sienten los proletarios a enfrentarse a él, o por lo menos a desbordarlo, para atacar su condición.
Eso es particularmente claro allí donde el sindicato es impuesto y, por tanto, pronto sospechoso de connivencia con el «poder». Sin embargo, eso no significa forzosamente el rechazo del sindicato, sino muy a menudo sólo la búsqueda de un sindicato menos masivo, o supuestamente más «dinámico», independiente —al menos en un primer momento— del poder establecido. Depende de la amplitud de la lucha y de su intensidad, así como de las posiciones de las minorías más escuchadas en la clase, etc., como se ha podido ver en Polonia con el K.O.R. y Solidarnosc.
Por lo general el resultado no se hace esperar, y el nuevo sindicato se convierte simplemente en otro engranaje del capitalismo. Mientras no ponga en cuestión las bases de este sistema, todo organismo acaba integrándose en él.
De esa puesta en cuestión, necesaria y buscada por los proletarios, procede la concepción del sindicato revolucionario, o del sindicato rojo cuando está sometido a un partido «marxista». El segundo caso ofrece poco interés, puesto que se trata entonces simplemente de proteger la pureza del partido frente a los proletarios «tradeunionistas» con una pantalla sindical. La separación es total, y hoy se trata simplemente de un sindicato de masas... sin afiliados.
El sindicato revolucionario, por su parte, propone la lucha abierta y sin tregua cotidianamente hasta la huelga general insurreccional y la organización de la nueva sociedad sobre la base de las células sindicales. Además de la ilusión democrática que riega toda la concepción (el mito de la huelga general identificada con la revolución), se supone que el sindicato prefigura el comunismo y que no tiene más que crecer masivamente en la lucha hasta englobar a toda la clase y después a toda la sociedad, lo que hace de él un Estado (incluso, y sobre todo, si se trata de la concepción anarquista) socialista antes, durante y después de la revolución, cosa que se opone al ser del proletariado, desposeído de todo (¡y por tanto de un Estado!), y al comunismo, destrucción de las clases y de todo Estado.
Pese al intento de lucha unificadora y unitaria del sindicato revolucionario, su programa real, y por tanto su práctica real, aunque sus estatutos incluyan la abolición del salariado, no puede rebasar los límites de la actividad del proletariado. En efecto, su vocación unitaria y democrática lo lleva a tender a agrupar permanentemente al conjunto de los proletarios. Lo que entonces se bautiza como apoliticismo no es en realidad más que una débil discriminación política de los afiliados. Si la CNT pudo parecer revolucionaria, es porque el proletariado actuaba revolucionariamente en España y porque el marco anarquista era lo bastante flexible para permitir que todos actuaran en él... hasta los momentos cruciales: freno a la toma del poder en 1936, capitulación ante el stalinismo en 1937 (en 1934, durante la insurrección de Asturias, los proletarios no siguieron a la CNT en Cataluña, por desconfianza hacia su anterior política putschista). En cambio, el papel revolucionario de la CGT termina antes de la primera guerra mundial, porque el proletariado había sido vencido en Francia; la violenta represión (de Millerand y de Clemenceau) reduce la CGT a sus miembros más radicales, que sin embargo ya no pueden aspirar a nada, y el sindicato se hunde en una grave crisis justo antes de la guerra. Entonces, o mantenía las posiciones de fondo, comunistas, y se transformaba en un órgano contra la corriente, o seguía la corriente, «quedándose con las masas», para poder aspirar de nuevo a organizar el comunismo, pero abandonando de hecho totalmente ese objetivo.
Hay que señalar que el ejemplo de la CNT tiene un valor general. Sean cuales sean el valor y la combatividad del sindicato, la actividad del proletariado nunca ha podido estructurarse en él ni por él. En cada manifestación de crisis social aguda, el proletariado actúa fuera del sindicato y crea sus propias estructuras para actuar soberanamente contra la sociedad existente. Trátese de los sóviets, de los comités-gobierno (España), de los cordones industriales (Chile) o de los MKZ (Polonia), los proletarios han inventado organismos que tarde o temprano se han encontrado frente al sindicato (¡de todas las tendencias!), que ha tenido que enfrentarse a ellos y vencerlos con armas o sin ellas, como atestigua, por ejemplo, la formación de Solidarnosc. El nacimiento de Solidarnosc, llevado por una oleada de luchas obreras, significó inmediatamente un paso atrás del movimiento y luego su derrota. Esa orientación pudo juzgarse sin esperar cuando en Francia, por ejemplo, F.O., la CFDT y la CFTC reconocieron con alivio a Solidarnosc como representante de los trabajadores polacos. La evidente connivencia, desde su nacimiento, con la Iglesia y con sindicatos que llevaban mucho tiempo obrando contra el proletariado dice mucho de la imposibilidad de crear un sindicato que no esté integrado en el capital.
El mayor éxito para el capital, en la formación del sindicato en Polonia, consistió en un simulacro de internacionalismo, es decir, ni más ni menos, en la realidad, que el encierro de los proletarios en su especificidad polaca, pidiendo y obteniendo la diligente y asfixiante «solidaridad» de los sindicatos occidentales. Muy pronto la lucha de clases en Polonia fue representada, puesta en imágenes, por los medios de comunicación como la lucha por la democracia occidental; Solidarnosc, por lo demás, nunca caracterizó a Polonia como un país capitalista y se guardó mucho de preparar una contraofensiva ante los preparativos del golpe de Estado que se anunciaba.
Así pues, el sindicato, sea cual sea su forma y el aspecto que se considere, se encuentra siempre, a fin de cuentas, contra la revolución, contra el proletariado. Por supuesto, si uno se atiene a los sindicatos más poderosos de los países occidentales o de los Partidos-Estado, eso puede parecer evidente. Sin embargo, se apoyan en un prestigio que no está del todo muerto y son el resultado de situaciones que pueden volver a producirse. Tanto más necesario es mostrar que son nuestros enemigos por razones históricas y definitivas (que sólo terminarán con el capitalismo) y no superficiales (burocracia, enfeudamiento a un partido, divisiones, etc.). Es también, y sobre todo, para combatir a los que nacen hoy un poco en todo el mundo, o a los que su historia más reciente aureola con la gloria de los proletarios en lucha en Polonia, en Sudáfrica, en Bolivia, etc.
En Sudáfrica, la N.U.M. se comporta exactamente igual que su homóloga británica, y su líder, Cyril Ramaphosa, no tiene nada que envidiar a Arthur Scargill, con quien está enlazado desde Moscú por medio del ANC y de la internacional sindical a la que pertenecen la NUM del Reino Unido y la CGT francesa, y cuya sede está en Varsovia2. La NUM, que sólo tiene unos pocos años de existencia, ya ha logrado producir un líder a la altura de las exigencias sindicales modernas. En septiembre del 85 obtuvo por los pelos la transformación de una huelga general ofensiva en una «huelga de respuesta si los patronos emplean la violencia y la intimidación contra los trabajadores»... ¡cosa que hicieron con mucha dureza y que, por supuesto, impidió la huelga!
Por eso llamamos a luchar fuera de los sindicatos y contra ellos, sabiendo perfectamente que no son reformables, sino que, al contrario, hay que destruirlos, y que no podrá haber hoy perspectiva revolucionaria amplia mientras los proletarios no se enfrenten directamente al sindicato.
Que la NUM de Sudáfrica o del Reino Unido lleve a cabo duras huelgas mineras, que la CGT se enfrente a la policía o que Solidarnosc se organice en la clandestinidad, sabemos que son nuestros enemigos, que han llevado o intentarán llevar al proletariado a la derrota y que lucharán con todas sus fuerzas contra la revolución, contra el fin del proletariado y de toda explotación. Todavía no saben que ya han perdido ese combate: ¡la revolución se lo enseñará!
Nota del original: «Sobre el reformismo, véase Alarme n.º 15, "Léxico de la truhanería contemporánea comparado con el revolucionario"». Texto español de Munis: «Léxico de la truhanería política contemporánea comparado con el léxico revolucionario». ↩
La Federación Sindical Mundial, de obediencia soviética, tenía entonces su sede en Praga, no en Varsovia. ↩