Boletín, n.º 1, Barcelona, enero de 1937 (pág. 18). PDF del número completo

Al cabo de seis meses de guerra civil, los jóvenes unificados se reúnen en congreso, no para tratar los problemas de la revolución, sino los de la contrarrevolución.

Durante estos seis meses, no se les ocurrió celebrar ninguna asamblea que impulsara la revolución social. Aguardaban agazapados el momento de abalanzarse sobre ella. El cansancio natural de las masas, producido por la crudeza de la guerra civil, en cuyo camino no han encontrado más que obstáculos por parte de las grandes organizaciones, ha preparado el terreno para que los Carrillo y demás traidorzuelos crean llegado el momento de descubrir sin recato sus intenciones de dar a la situación una salida burguesa.

El congreso ha tenido dos objetivos fundamentales: cortar toda ilusión revolucionaria de las masas juveniles que siguen a los burócratas socialistas y stalinianos y dar al imperialismo franco-británico la garantía de que las Juventudes Socialistas Unificadas perseguirán a los revolucionarios situados dentro o fuera de sus filas con la misma energía que Blum o Baldwin.

¿Problemas del ejército rojo, la dictadura del proletariado, la socialización de la economía, la transformación de la guerra imperialista en guerra civil? Eso es sectarismo trotzkysta. El congreso no admitió otra realidad que consumar una de las traiciones mayores que conoce la historia.

En este aspecto, el discurso de Carrillo es verdaderamente nauseabundo. Convencido del espíritu revolucionario que anima a los trabajadores españoles, lo que constituye una fuente de recelos para las "democracias", siente necesidad de convencerlas de la realidad de su traición. Tras de negar a las juventudes unificadas todo propósito revolucionario y carácter marxista o de clase, agrega: "Conste que no hacemos una maniobra"

Los revolucionarios lo sabíamos desde hace tiempo. Cuando Carrillo ha maniobrado siempre ha sido contra el proletariado. Se trata, efectivamente, de maniatar al proletariado y entregárselo a la burguesía. Sin quererlo, Carrillo ha prestado un buen servicio a la revolución. Ningún trabajador revolucionario que haya escuchado o leído su discurso dejará de reconocer en él un lacayo de la burguesía nacional e internacional.

Como traición, el congreso es de una claridad terminante. De ahora en adelante, sólo los imbéciles o los vendidos podrán estar de acuerdo con los dirigentes unificados. Forzosamente tienen que abrirse grietas en la organización juvenil, que es preciso orientar hacia la revolución. Las J.S.U. han pasado a ser una organización burguesa. La bandera de la revolución proletaria debe agrupar a la juventud trabajadora con tanta mayor facilidad cuanto más monstruosa es la traición de aquella organización.

JOSE MENDEZ