Contra la Corriente, n.º 4, mayo de 1943 (págs. 9-13). PDF del número completo
Tengo a la vista el manifiesto que en nombre de la "Federación de Agrupaciones Regionales de Socialistas Españoles en México", firman José Sosa, Enrique P. Bonnin, Antonio P. Calderón, Vicente Sarmiento, J. Serrano Romero y Alfonso Ramos.
Quisiera encontrar en él algo que siquiera indirectamente o de refilón significase propósito revolucionario. Inutilmente lo he vuelto y revuelto auscultándolo en todos los sentidos, tratado de leer entre líneas. Nada. Apenas si las lineas dicen algo: ¿qué se podía leer entre ellas? Lo poco que dicen es reformismo clásico, paparrucha política, sin ningún valor. Y sin embargo, la Federación de Agrupaciones Regionales de Socialistas Españoles en Mexico, es considerada como de izquierda dentro del socialismo. Infierase lo que es la organización llamada socialista.
No dudo del espíritu genericamente izquierdista de algunos de los militantes de los regionales, que conozco: del manifiesto está totalmente ausente. El documento cae por completo dentro las normas estereotipadas del reformismo, incapaz, en sus mas violentas querellas, de rebasar el terreno de las maniobras caciqueriles, de las discusiones estatutarias y de las rivalidades personales. Eso no interesa a la clase trabajadora, señores socialistas. Hay que darle crítica y salidas políticas, indicarle claramente el camino de la revolución. Todo lo demás será justamente considerado por los obreros como riña entre lobos.
La elección de la estructura orgánica, Federación de Agrupaciones Regionales, denota ya una maniobra. En España esa era la estructura obligada dada la división administrativa del país. Pero en la emigración, donde los militantes están congregados diferentemente, es inservible, dificulta y burocratiza la marcha de una organización. ¿Por qué la han elegido precisamente los considerados como izquierdistas y caballeristas? Indudablemente, para lograr por ese medio una fuerza que no han podido procurarse por sus posiciones políticas. Se dirá, quizá, que los dirigentes regionales están menos burocratizados y corrompidos que los centrales. Afirmación dudosa y de poco valor, aun en el caso de que fuera absolutamente cierta. La corrupción personal de los líderes, en cualquier organización es consecuencia de la actitud política de la organización de que se trate. Donde se está firmemente sobre posiciones revolucionarias, la corrupción de los líderes está en contradicción con la organización; sólo puede darse por excepción. Por el contrario, la política oportunista, que finca su único interés en el mayor entrelazamiento de relaciones con la burguesía, es un excelente caldo de cultivo para la corrupción de los líderes; entonces la excepción es la honradez. Acostumbrados desde hace mucho tiempo a considerar el mundo capitalista como el marco irrebasable de su actividad, los jefes reformistas han terminado siendo políticos burgueses de categoría e inteligencia varia, pero uniformemente ajenos a cualquier preocupación de transformar las bases de la propiedad. En el mundo capitalista buscan su puesto, su gloria y su comodidad personal. Y como en el mundo capitalista, el dinero desempeña el papel de heroe de la representación.
Que no induzca lo anterior a considerar como honradez la mera venta individual, a tanto el servicio, o el saqueo del dinero administrado en nombre de este o aquel comité. Este es un criterio demasiado lerdo del que frecuentemente se sirven ciertos líderes para ocultar su indigencia y falta de honradez política. El proletariado no puede considerar honrados a quienes llamándose marxistas traicionan diariamente los principios mas sólidos del marxismo; a quienes alzan como un señuelo la bandera del socialismo y sujetan de continuo su conducta a los intereses de la burguesía. La circunstancia de no haber robado es insuficiente por si sola para dar carta de honradez. El metro por el que el proletariado debe medir a sus dirigentes es el de la fidelidad a los intereses y principios de clase. Referidos a este patrón, ninguno de entre los líderes socialistas queda salvo. Si los grupos regionales hubieran empleado esta unidad política de medida de la honradez, no habrían tenido necesidad de maniobrar y enfrascarse en las normas de vulgar cuquería que distinguen al Partido socialista. Habrían trazado una linea divisoria entre los revolucionarios clasistas y los reformistas encadenados a la burguesía. Los ladrones sinverguenzas se hubiesen situado espontaneamente entre los últimos.
A juzgar por el manifiesto, la preocupación directriz de los grupos regionales ha consistido precisamente en evitar un planteamiento político del problema. "Nunca -dice- sufrieron los organos rectores del partido mayor trastrocamiento, ni en su organización, ni en su conducta, ni en las manifestaciones de su ideario". Y no encuentra mas explicación que las ambiciones y rivalidades personales, que propone obviar mediante la organización en agrupaciones regionales. Imposible descubrir por qué los dirigentes regionales creen que esta forma sería mejor que la actual para impedir el caciqueo y las maniobras de los que ya se están preparando para ministros. E indudablemente, con este planteamiento totalmente falso, los elementos que realmente pueden ser considerados como de izquierda, deben haber perdido muchas simpatías y colaboradores entre los militantes de base.
La podredumbre del partido socialista -que no de otra manera se puede calificar lo que ocurre en su seno- es un fenomeno de descomposición provocado por la contradicción entre su ideario pequeño-burgués en teoría, burgués en la práctica, y los apremios revolucionarios del proletariado. El Partido socialista conviene tanto a las necesidades del proletariado como una jaula de ratas a un león. Los diez años de crisis revolucionaria en España, con la inmensa experiencia de la guerra civil, han puesto de manifiesto esa enorme contradicción. En las altas esferas socialistas se manifiesta por un aumento desmesurado de la corrupción y la lucha entre clanes, sin mas finalidades que un botin economico y algunas esperanzas de futuro mangoneo en España, al amparo de la gran burguesía angloamericana. En la base es la indiferencia, el alejamiento del Partido tambien, en menor grado, la corrupción mediante el apoyo a cualquiera de los clanes, para ir viviendo. Pero ninguna combinación orgánica hará caber el león en la jaula de ratas, por mas que le pinten de rojo los barrotes. El proletariado necesita un partido revolucionario; esta tarea es la única digna de él y la única que puede interesarle sin decepcionarle. En el partido socialista, como en general en todos los partidos obreros españoles conocidos durante la guerra civil, hay que empezar condenando la política que siguió durante el periodo revolucionario y particularmente durante la guerra, elaborar una plataforma revolucionaria y sobre esa base dar a los militantes ocasión de situarse por o contra el colaboracionismo. En una palabra, no se trata de salvar el Partido socialista -él se ha encargado ya de suicidarse-, sino de salvar a los verdaderos socialistas que hay en él, para el futuro partido de la revolución proletaria.
El manifiesto, por el contrario, empieza haciéndose solidario del reformismo, con las siguientes palabras: "El ideario y los principios que informan la actuación de las agrupaciones regionales en el exilio son los mismos que los estatutos del Partido y de los acuerdos de sus Congresos celebrados en España". Se propone remediar a la crisis de descomposición con la causa de la descomposición. No es de extrañar que los grupos regionales estén lejos de haber obtenido un triunfo clamoroso. Quienes tengan un criterio político no pueden encontrar diferencias fundamentales, dignas de ser defendidas, entre ellos y los demás cenáculos socialistas, sean de Prieto, de Negrín, Lamoneda o cualquier otro.
Algunos de los componentes de los grupos regionales justifican las declaraciones oportunistas del manifiesto como un primer paso táctico obligado, al que no hay que dar demasiada importancia, que permitirá avances posteriores mas radicales. ¿Aprenderán alguna vez los socialistas que la política revolucionaria es incompatible con el maquiavelismo? Su empleo es signo de impotencia para luchar por ideas y situar las cosas en el terreno de la realidad. El maquiavelismo engaña; el marxismo revolucionario enseña. Y todo el problema de la revolución socialista se reduce, en el fondo, a enseñar experimentalmente a las masas la ruta del poder. Quienes ocultan su pensamiento, dejando entender en medio de una sonrisa que son terribles revolucionarios, en realidad son oportunistas que dificultan el aprendizaje político de las masas. Los revolucionarios no ocultan sus ideas, las muestran tal cual son y deben saber defenderlas aun quedándose en ínfima minoría. Los grupos regionales, sencillamente no las tienen. Hay en ellos, si, elementos de temperamento revolucionario, pero por ese camino harán el juego a lo mas podrido del reformismo. Que relean este párrafo del Manifiesto: "Pero la sangre socialista que ha regado las tierras y aldeas de España o se pudre en los campos de concentración de Francia, tiene que ser fecunda y en su nombre exigimos como cuestión previa de nuestra colaboración, el respeto integro a la Constitución de 1931 y a las leyes dictadas con la aprobación del Partido socialista".
Es tan monstruoso, tan alejado de los principios revolucionarios, que solo da gana de comentarlo con interjecciones. En suma, los grupos regionales se ofrecen a continuar la conducta de colaboración con la burguesía que ha seguido siempre el Partido socialista español y todo el reformismo internacional: ofrece atar de pies y manos al proletariado, cuando corre mayor riesgo de ser aplastado por la burguesía. ¿En qué pues, se diferencian los grupos regionales de Prieto o de Negrin, del círculo Pablo Iglesias o del Jaime Vera? Para llegar a ésto no es preciso salir de ninguna parte y armar jaleos pseudoradicales. Se da adhesión al partido de Martinez Barrio y eso basta. No hacemos paradojas. Después de la experiencia de nuestra guerra civil, con la agravación de las contradicciones de clase que supone la guerra imperialista, las diferencias entre el reformismo clásico -al que se agrega ultimamente el stalinismo- y los partidos republicanos desaparecen. Entre ellos no queda lugar mas que para luchas de dominio. Tratan de demostrar quien puede servir mejor a la burguesía y recibir sus favores. Una sola bandera puede oponerseles: la bandera de la revolución proletaria. El manifiesto no ha sentido necesidad de hablar de ella. ¿Por maquiavelismo? No; por reformismo. Es imposible hablar de revolución proletaria y prometer la colaboración a la burguesía. Los grupos regionales han preferido lo último. Pero en este caso, digamosles francamente que no tienen derecho a hablar en nombre de la "sangre socialista que ha regado las tierras y aldeas de España o se pudre en los campos de concentración de Francia". Todo eso ha ocurrido y ocurre aun porque la colaboración entregó el movimiento revolucionario a la burguesía. Esos hombres son víctimas de la política del partido socialista. Fueron al partido esperando de él lo que su nombre decía: el socialismo; el partido les echó encima la burguesía. Esperaban de él una conducta de lucha revolucionaria; el partido les enseñó a someterse a la legalidad (léase a la violencia) de la sociedad capitalista, estatuida en la constitución de 1931. Por eso su sangre y sus esfuerzos no lograron impedir el triunfo del fascismo, por eso se pudren en los campos de concentración de Francia y en las cárceles de Franco. ¿Se quiere aun ultrajarles, proponiendoles como salida la misma política que los ha victimado? Solo tienen derecho a indignarse contra el colaboracionismo. Los demás están preparando nuevas catastrofes a los futuros movimientos revolucionarios, y nuevos sufrimientos a los trabajadores.
Es hora de que los militantes obreros se den cuenta de que llamarse socialista, comunista o marxista en general y patrocinar la colaboración con la burguesía, es practicar un chantage político. El marxismo es absolutamente incompatible con la colaboración. El reformismo y stalinismo se han llamado marxistas para poder engañar a los trabajadores, pero el primero desde 1914 y el segundo desde 1924 rompieron con él traicionando su principio básico: la lucha de clases. Sus actos colaboracionistas, de donde se han seguido numerosas traiciones, no son imputables al marxismo; son su certificado de ruptura con el mismo.
El proletariado no puede luchar por las libertades democráticas sobre la base de la Constitución de 1931, que le recuerda sufrimientos y persecuciones. En sus propias reivindicaciones de clase tiene una base de lucha mucho mas amplia y capaz de poner en tensión todas sus energías. El proletariado no puede comprometerse a sostener ningún régimen democrático-burgués, porque la gran disyuntiva histórica está entre revolución socialista y fascismo. Solo la primera puede vencer definitivamente al otro. Las tentativas intermedias han dado en todas partes el triunfo al fascismo y volverán a dárselo en el futuro. Aun las reivindicaciones democráticas son modestas, debe perseguirlas el proletariado por medio de la lucha de clases y en función del objetivo supremo: la toma del poder por organismos de clase. En la época que se aproxima, época de lucha terrible, no quedarán en pié mas que dos fuerzas, la de la contrarrevolución burguesa y la de la revolución socialista. Lo intermedio no será mas que una formación de beligerancia atenuada, al lado de la contrarrevolución. La toma del poder será la única palanca capaz de mover a las masas ya hastiadas de mentiras y decepciones de traiciones democráticas. Los revolucionarios deben tener por objetivo la organización de las masas para la toma del poder. Las demás acciones y reivindicaciones deben ser concebidas como escalones para alcanzarla.
Basta ya de medias tintas y farsas semi-revolucionarias. Los que están por la lucha de clases y la revolución proletaria que lo digan y tomen posiciones. No hacerlo es actuar como enemigo del proletariado. Los revolucionarios que haya dentro de los grupos regionales deben comenzar por trazar una linea entre los colaboracionistas y los partidarios de la lucha de clases, deben hacer un balance por la derrota de la revolución española y romper sin contemplaciones con todos los que propiciaron y propician la colaboración. A la tradición reformista hay que substituir la tradición revolucionaria. El proletariado español necesita un verdadero partido de clase, libre de capituladores, y lo tendrá. Quienes se sientan revolucionarios y dignos de pertenecer a él que empiecen a desligarse, combatiendolo, del colaboracionismo. No se trata, repitamoslo, de salvar al reformismo, sino de barrerlo del movimiento obrero, dando paso a un gran partido decidido a aprovechar todas las circunstancias para acabar con el capitalismo mediante el gobierno revolucionario de los trabajadores. Los militantes de los grupos regionales, como los de cualquier otro grupo, tienen la obligación -y aquí si cabe invocar la sangre vertida- de comenzar la lucha en ese sentido. De otra manera es un engaño llamarse revolucionario y socialista.
Mayo, 1943.-