Contra la Corriente, n.º 7, septiembre de 1943 (págs. 35-38). PDF del número completo
El tema de la unidad, ya sea con la coletilla "nacional" propuesta por el stalinismo o con cualquier otra que descubran los conciliadores, ha sido renovado por la manicbras de quienes tratan de constituir en la emigración un gobierno pelele. Por otra parte, las noticias procedentes de España anuncian una recuperación cada vez mas acentuada del proletariado y los campesinos. La lucha contra Franco y Falange se extiende; la solidaridad entre "los rojos" aumenta; las promesas de venganza se multiplican, lanzadas a la cara de los franquistas; se anuncia la "tercera vuelta" y se la ansía. Ante estos síntomas, que de continuar ascendiendo depararían una ofensiva revolucionaria aun mas terrible que la de 1936, la mayoría de los dirigentes obreros se sienten aterrorizados, de antemano impotentes para contenerla1. Se preparan intensas jornadas de lucha de clases mientras las organizaciones que agruparon masas en España abren los brazos para estrechar al enemigo u observan, sin hacer nada positivo en contra, como abren los brazos las demás. El divorcio entre las masas y las viejas direcciones, aun las menos desprestigiadas, es hoy consciente para los líderes; de ahí su terror pequeño-burgués ante la ofensiva de masas. Pero no es del todo consciente para estas, ni siquiera para una categaría de militantes, sanos, pero aferrados a las viejas organizaciones porque no se atreven a confesarse que la organización por la que tanto han luchado y sacrificado traiciona sus sentimientos revolucionarios y no merece su confianza. Oportuno es que volvamos a la carga, metamos la mano en la entraña de los saboteadores de la lucha de clases y pongamos boca arriba el pérfido significado de la unidad patrocinada por ellos.
Internacionalmente la unidad nacional es una vieja política bajo la cual se han ocultado invariablemente los intereses de la burguesía. En el sistema de la propiedad privada la esplotación del proletariado por la burguesía no puede cesar. No hay comunidad de intereses sino oposición, y por lo tanto ininterrumpida lucha de clases. El proletariado tiene que defender los suyos enfrentándose continuamente a la burguesía o dejarse hacer y deshacer por ella; lo sabe cualquier obrero sindicado. Ya en época normal, cuando la perspectiva del proletariado se limita a mejorar sus situación dentro de la sociedad capitalista, recomendar la unidad o simplemente la contemporización entre las clases, es convertirse en abogado de los poseyentes. Quienes sostienen que existe un interés nacional superior o anterior al de las clases, no pueden defender sino los intereses de la burguesía, porque en el mundo actual todo obedece a la ley de su salud. Naturalmente, los esplotadores nunca han reconocido serlo e invariablemente presentan al mundo sus negocios como el supremo bién de la nación. La esplotación del proletariado, los campesinos y otras capas pobres de la población, es santificada como el interés general. En otras palabras, la conveniencia de los esplotados consiste en seguir siendo esplotados. En cambio, se les permite contemplar como benefactores a sus explotadores, y de cuando en cuando se les otorga el derecho de morir por ellos, ¡máxima expresión de la unidad nacional! Si el obrero no acepta esta situación, si se defiende, la burguesía le acusa: demagogo, disturbador del orden, enemigo de la sociedad; o bien traidor, quintacolumnista, etc., en tiempo de guerra.
La época presente, a partir de la primera guerra imperialista, marca la ruptura definitiva del equilibrio y la normalidad de la sociedad capitalista. Ya no se plantean al proletariado tareas de mejoración en el seno de ella, porque las condiciones del capitalismo en putrefacción tienden a hacer bajar continuamente el nivel de vida, el cultural y las libertades de la población pobre en su conjunto. Se hace imposible toda mejora estable sin destruir la sociedad capitalista e iniciar la organización del socialismo. La energía de clase trabajador y su estrategia política deben proponerse esa meta. La lucha contra la burguesía es, en la época moderna, una lucha directa por la toma del poder político. Cualquier conciliación entre ambas clases refuerza las tendencias totalitarias y decadentes de la burguesía. Pero precisamente en este terreno, la unidad nacional se adentra mucho mas allá que el colaboracionismo tradicional de la II Internacional. Desaparecidas las posibilidades de mejoración en el seno del capitalismo, la colaboración no ofrece a la clase trabajadora mejora efectiva alguna; se traduce, irremediablemente, en una alianza de los partidos obreros y la burguesía contra las masas de la ciudad y el campo, sin excluir las afiliadas a las propias organizaciones. Si la antigua expresión reformista de la unidad nacional, a costa de la castración ideológica, ayudó a conseguir mejoras económicas y los restringidos derechos de la democracia burguesa, en la época decadente del capitalismo actua como saboteador de las huelgas económicas, sanciona la censura de prensa, el estado de alarma o el de guerra, la clausura de los locales obreros, la supresión de sus mítines, manifestaciones etc., en una palabra, surpime aquellos derechos democrático-burgueses en nombre de los cuales se constituye y pretende justificarse.
El marxismo --y no es marxista sino aquel que rechaza, en todas las ocasiones sin excepción, la colaboración de clases-- ha estigmatizado siempre la unidad nacional, en cualquiera de sus grados y bajo sus múltiples disfraces. Desde los primeros escarceos colaboracionistas, con Millerand, se ha alzado vigorosamente en contra. Cuando, en 1914, la unidad nacional arrasó la II Internacional, que la había incubado potencialmente durante largo tiempo, una minoría revolucionaria la combatió como una traición a los principios del marxismo. Su lucha magnífica dió por resultado el triunfo de la revolución rusa, la primera afirmación proletaria en la historia. De ella surgió la III Internacional, destinada por sus fundadores a arrancar el proletariado a la tendencia colaboracionista y organizarlo en todos los países para la revolución mundial. Durante cinco años, de 1919 a 1924, la Internacional comunista se mantuvo fiel a los principios de su fundación. Sus trabajos, resoluciones, tesis y experiencias prácticas, constituyen la mas vasta y mejor escuela revolucionaria que jamás existiera. En vano un neo-reformismo que esplota todos los viejos prejuicios pequeño-burgueses contra el bolchevismo2, trata de negarla o considerarla una "desviación monstruosa". Quitando el período inicial del movimiento obrero y algunos raros ejemplos de la II Internacional, no existe mas que experiencia reformista o ultraizquierdista. La de los años revolucionarios de la III Internacional, junto con la comprensión de las causas de su degeneración, constituye la mas excelsa escuela revolucionaria para las jónenes generaciones. Se puede partir de ahí para adelante; quienes niegan o incomprenden esa experiencia, no servirán sino para poner obstáculos a la marcha revolucionaria del proletariado.
Toda la historia revolucionaria puede resumirse sin exageración en lucha continuamente renovada contra el espíritu de unidad nacional, introducido en las filas obreras por sus propios dirigentes. La fuente general es el principio colaboracionista o ruptura con los objetivos históricos del proletariado; su resultado último la conversión del movimiento obrero en un degradado apendice izquierdista de la burguesía. Sobre esto se han publicado ya diversos artículos y resoluciones del Grupo español en México de la IV Internacional, en "Contra la Corriente" y en "19 de Julio". Insistimos únicamente para presentar algunas caracteristicas particulares a España. Nuestra guerra civil sacó a la superficie los posos reformistas contenidos en las organizaciones obreras; a las ya reformistas les descubrió sus verdaderos fundamentos burgueses. Los conciliadores de hoy lo fueron ayer, en pleno fuego contra las tropas de Franco. E igualmente, quienes, sin estar hoy declaradamente junto a la unidad nacional tampoco la combaten debidamente ni saben oponerle el principio de clase contra clase, son los mismos que ayer, de buen o mal talante, seguían la política de los conciliadores. Los trabajadores españoles que quieran orientarse bién, comprender lo que significa la unidad nacional, situar por relación a ella la actitud de cada organizacion y tomar una posición revolucionaria, den seguir retrospectivamente la pista de cada organización hasta la guerra civil.
En efecto, el Frente popular era una unidad nacional un poco a la izquierda de la que en estos dias se trama. Estaban excluídos de ella muchos reaccionarios y filo-fascistas por cuya "patriótica" colaboración suspiran ahora dirigentes stalinistas y socialistas, para no hablar de los carcamales políticos republicanos. Pero la respuesta de las masas a los militares hizo saltar la unidad nacional en mil pedazos. Desgraciadamente, las masas, contrarrestada su acción de clase por la acción burguesa de sus dirigentes, no lograron mantener esa ruptura, estableciendo su gobierno y creando su Estado. Los dirigentes pudieron rehacer el aparato de dominación burgués y reconstituir la unidad nacional del Frente popular. El gobierno caballero desempeñó la tarea inicial de saboteo de la obra de las masas y reconstitución de la fuerza represiva burguesa, instrumento inseparable de toda unidad nacional. Cuando el dispositivo básico estuvo creado, un movimiento de flanco presentó la cara stalino-negrinista del Frente popular y sus propósitos conciliadores, recatados hasta entonces, salieron a la luz del día.
Desde su iniciación, la idea del Frente popular, como la de cualquier otro bloque colaboracionista, era impedir que el proletariado llevase hasta sus últimas consecuencias la lucha contra la burguesía. La victoria de las masas sobre los militares y la guerra civil misma, eran una contrariedad, un estorbo para la gente del Frente popular. Esa era la guerra de clases y la guerra de clases no la querían ellos, la temían, les aniquilaba; la guerra de clases, para emplear el lenguaje stalinista, es trotskismo. Contra ella dirigieron sus esfuerzos desde el 19 de Julio de 1936 hasta la victoria de Franco. La paz con los militares, designada en el lenguaje oficial con la expresión "reconciliación entre todos los españoles", estuvo presente desde el primer día en los proyectos del gabinete Negrín-Stalin-Prieto. El presidente del mismo, interrogado por los periodistas sobre los rumores de paz corrientes en el extranjero y en España, respondía cínicamente: "Antes de hablar de paz tenemos que poner orden en la retaguardia". Confesión bien explícita de que el gobierno, si lograba imponer su "orden" a los trabajadores, estaba dispuesta a hacer "borrón y cuenta nueva". Existe mas de un indicio de que se hicieron gestiones de paz por conducto de Inglaterra. Quienes conocen bién la naturaleza reaccionaria del colaboracionismo, y más concrétamente, la de los partidos stalinista y socialista, sus principales bases en España, no pueden dudar un solo instante que si les fué imposible concertar la paz se debió a la hostilidad del proletariado en nuestra zona, y a la negativa de Franco, que estaba seguro de poder vencer a gentes que no sabían oponer a su programa de salvación de la propiedad privada sino otro programa de salvación de la misma propiedad, por añadidura deshechado ya por la burguesía. Pero tanto la actividad gubernamental como la propganada de sus sostenedores, siguió orientada, hasta el fin de la guerra, a la "reconciliación entre españoles". El partido comunista y juventud hacía llamamientos a los católicos y "a los que están mas cerca de los fascistas que de nosotros" (Carrillo), mientras se motejaba de quintacolumnistas a los oberos partidarios de la revolución social, cuando no se les asesinaba. El ala derecha del partido socialista seguía la misma política. El ala izquierda caballerista, mas los anarquistas, contrarios a los proyectos de paz, les hacían el juego por su colaboración política con los capituladores y por su incapacidad para preparar la toma del poder político por el proletariado. La política de unión con la otra zona, destinada a borrar el 19 de Julio, no encontró una oposición verdaderamente seria por parte del anarcosindicalismo y el ala izquierda socialista. Sus protestas verbales eran seguidas de sumisión al programa burgués del Frente popular, que favorecía esa misma paz. Los hechos contradecían a las palabras, y en política, sobre todo en política revolucionaria, lo único que tiene valor efectivo son los hechos. Así pudo llegar a imponerse íntegramente la política gubernamental, totalmente inspirada por el stalinismo. La propia dirección estrictamente militar de la guerra, se basaba en el plan de reconciliación. No se trataba para el gobierno de aniquilar militarmente al adversario, sino de resistir suficientemente o adquirir las victorias mínimas indispensables para obligarle a hacer la paz. Los famosos 13 puntos del doctor Negrín apuntaban, uno tras de otro, a ese blanco. Mientras mas recortes sufrían mas descaradamente aparecía la idea del "abrazo de Vergara". Pero, como es de consuno para la política consiliadora en general, la de Negrín-Stalin produjo la derrota, no la victoria, ni el empate siquiera. En nuestra zona, sin embargo, la expresión práctica de la unidad nacional gubernamental fué la supresión de las conquistas de las masas, su desarme, su aplastamiento político, y, no hay que decirlo, la famosa "democracia de nuevo tipo" se perfiló en su verdadero sentido por la supresión mas brutal y reaccionario de los derechos democráticos.
Igual que durante la guerra civil, el stalinismo aparece hoy como el guía de los propósitos conciliadores. Es el único que ha formulado un programa mas acabado de unidad nacional. Le siguen, o bien compiten con él, todos los demás renegados. Lo mas que puede producirse entre ellos son rivalidades de mangoneo. Políticamente no hay desacuerdo entre el stalinismo y la tendencia socialista de Prieto. En cuanto al anarcosindicalismo y la borrosa izquierda socialista, continuan, como en España, sin adoptar una posición de clase y cayendo aquí y allí en el principio stalinista mismo, aunque tampoco ahora dejen de hablar contra el stalinismo como tendencia. En fin, los conciliadores de ayer piden hoy abrazar a requetés, generales y falangistas; los axiliares de los conciliadores siguen axiliandoles por su incapacidad para oponer a la colaboración el principio de frente único proletario y clase contra clase. A esta incapacidad se debe la fuerza aparente del stalinismo y en ella reside un terrible peligro para el futuro movimiento revolucionario español. La clase obrera, principalmente los anarquistas o socialistas de izquierda, deben reaccionar.