Contra la Corriente, n.º 8, octubre de 1943, número especial dedicado a Octubre de 1934 (págs. 14-18). PDF del número completo

Octubre -arma de dos filos para el socialismo colaboracionista-, fué un recurso al que acudieron las direcciones reformistas españolas, forzadas por la provocación de la reacción burguesa, presionadas por las masas y en virtud de la política que en su seno realizaban los núcleos de izquierda. Fué la primera escuela de insurrección en la que participó la clase trabajadora contemporanea. El movimiento falto de preparación, puede decirse improvisado, sin dirección política capaz o dirigido por la pequeña burguesía como en Cataluña; circunscrito al proletariado industrial -los campesinos, derrotados en la huelga campesina del mismo año no secundaron el movimiento-, limitado en la mayor parte del territorio a una huelga general pacífica, fué vencido. La lección dejó enseñanzas que por olvidadas muy pronto, permitieron abundar en errores, pago a los cuales fué en parte la derrota del proletariado en la guerra civil.

Pero Octubre, pese la derrota y lo desaprovechado de sus enseñanzas, tiene en si un valor positivo tal, que permite asegurar que gracias a él, la clase trabajadora española, obligó al fascismo a conquistar el poder en lucha armada. Evitando así, una cobarde capitulación, que hubiese propiciado una hegemonia y una influencia considerable del fascismo sobre el pueblo, como en el caso alemán.

Octubre, en cuanto a producto generado por la presión de las masas en general y en particular, del ala izquierda socialista, tiene un gran significado, pues determina con claridad meridiana, como el proletariado, una vez perdidas todas sus ilusiones democraticas, busca la solución de sus problemas a través de la insurrección, única que triunfante, le permite desde el poder abolir el actual sistema de privilegios social-economicos y políticos.

La presión de las masas para adoptar una actitud violenta se debió sobre todo, a tres años de política reformista, de colaboración con la burguesia republicana, desarrollada por el Partido Socialista. Años a través de los cuales se acreditó ante los ojos de todos -aun de los menos impacientes-, por un lado la incapacidad de la pequeña burguesia para resolver los problemas que España tenía planteados y, por otro, como la intervención de los partidos obreros con los gobiernos burgueses no hace sino defender y apuntalar el sistema capitalista.

Los primeros gobiernos de la República, en los que colaboró el Partido Socialista, sirviendo los intereses económicos de la reacción española, coaccionando la expresión y mermando los deseos proletarios, tuvieron la virtud de producir un fermento de descontento entre la masa organizada de la clase trabajadora. Este descontento tuvo su expresión en diferentes luchas de caracter social que radicalizaron los procedimientos poniendo a la orden del día la necesidad de una política revolucionaria que permitiese al proletariado asaltar el poder político.

Por su parte, esta radicalización de las masas, produjo un doble fenómeno en las filas del socialismo español. De un lado, los reformistas tradicionales -no hay que olvidar que ni en el periodo de la dictadura dejaron de serlo-, temerosos de perder el control sobre la clase obrera y, al mismo tiempo, pretendiendo atemorizar al sector burgués que no reconocía sus méritos de colaboración u oposición parlamentaria, adoptaron un exterior radicalizante. ¡Hasta Prieto se permitió amenazar con la revolución! De otro, las Juventudes Socialistas, iniciaron un movimiento hacia la izquierda, que en aparente desacuerdo con el reformismo, buscaba la posición revolucionaria justa con la que apoyar la marcha del proletariado hacia el poder. No solamente fué un movimiento teórico, sino que a él se debe también, el mayor esfuerzo realizado en la lucha social española de 1933 a 1936.

El propósito no podía ser mejor. 1933 se presentaba en España como un año crucial en las contradicciones de clase. Las pequeñas conquistas que la clase trabajadora logró arrancar en los tres primeros años de la República empezaban a ser liquidadas. Las leyes de excepción caían de pleno sobre los obreros. El paro y el hambre hacían estragos en la ciudad y el campo. La exasperación cundía y las jornadas de violencia se sucedían una tras otra. Las masas reclamaban la lucha. Del exterior, las advertencias no escaseaban. Hitler había conquistado el poder en Alemania, aupándose sobre los errores y traiciones del stalinismo y de la social-democracia. En Austria, la ofensiva reaccionaria, aconsejaba al partido socialista austriaco un cambio de conducta. En Francia y Bélgica, el mismo hecho, determinaba el fortalecimiento de las fracciones de izquierda. En toda Europa, dentro de los partidos de la II Internacional, nucleos más o menos numerosos se pronunciaban por una revisión del reformismo, por la radicalización, por el empleo de métodos revolucionarios.

No es extraño, que ante tal abundancia de condiciones objetivas, los jóvenes obreros socialistas, logicamente por ser jóvenes, por tener menos intereses creados, por sufrir con más agudeza la explotación del régimen capitalista -leyes de excepción, paro, jornales de miseria, etc.-, por escapar a la tradición sentimental y conservadora del Partido y por ser mas receptivos a la percepción de la injusticia social, fueran los primeros y mas decididos en la social-democracia española, en iniciar el desacuerdo con la política reformista y, recogiendo el descontento de los obreros y campesinos pertenecientes al P.S.O.E. y a la U.G.T., se pronunciasen por una política de objetivos y métodos revolucionarios.

El movimiento de radicalización de las Juventudes Socialistas, respondía a una necesidad de la base. Los jóvenes obreros, para los que la República no brindaba otras perspectivas que la Monarquía: pero, con la consecuente imposibilidad de adquirir una formación profesional; trabajo para escaso porcentaje, con salarios de hambre, que les impedía la más mínima independencia; acceso cerrado a la enseñanza secundaria y superior -que permanecía siendo un privilegio de las clases altas-, etc., vivieron los primeros años del régimen comprobando como el partido obrero mayoritario realizaba una política, que en vez de tender a derrocar el estado entonces presente de cosas, contribuía aún más a su afirmación. En el panorama político obrero nacional no había ninguna otra fuerza -la Izquierda Comunista reducía su labor a un trabajo casi exclusivamente teórico-, que pudiera recoger las inquietudes de la juventud obrera. El stalinismo, en su periodo de aventurerismo ultraizquierdista, no cesaba de apostrofar a los socialistas, dedicándoles con asiduidad diaria el epíteto de "socialfascistas". Con su "slogan" de "frente único por la base", descubrían su política simplista de absorción, que sin conseguir atraer a sus filas a los obreros socialistas, por el contrario, lograba a las mil maravillas despertar recelos, que eran bien aprovechados por los líderes del reformismo. A más, su falta de política justamente revolucionaria, a cambio de una plena de incomprensiones para la realidad objetiva española; sus saltos bruscos de "todo el poder a los soviets" a "revolución democrática" a secas, balanceo a que obligaba el inspirarse en la adversión de Stalin a la teoría bolchevique-leninista-trotskista de la revolución permanente, les negaba toda fuerza de atracción sobre los militantes socialistas radicalizados.

El anarquismo, embarrancado en su apoliticismo, soñando en la imposición de su sistema libertario, no se sabe por que arte de magia, se desligaba, por sus métodos y doctrinas, de toda acción de masas y, los militantes socialistas, máxime los procedentes de la escuela reformista, no sentían ninguna tentación por engrosar un movimiento, cuyo verdadero objetivo positivo se les presentaba utópico y en cuya realización, los máximos exponentes de la doctrina, fiaban más a la audacia de unas pistolas, que al esfuerzo conjunto y decidido de la clase trabajadora.

Teniendo en cuenta la sitiación expuesta, la radicalización de las Juventudes Socialistas, tendía a mantenerse dentro de la extructura orgánica del movimiento socialdemócrata, a lo que también contribuía el verbalismo revolucionario con que se adornaban algunas personalidades del Partido, con el doble fin ya señalado, de mantener el control sobre las masas y de asustar a la burguesía, para cambiar, tan pronto como fuera posible, la amenaza por una nueva colaboración. Pero, si a esta situación particular en que se encontraba el movimiento obrero -producto de las condiciones de su desarrollo-, sumamos la situación social que se daba en España, los resultados de las experiencias históricas de los últimos años, las advertencias que llegaban del exterior y el conocimiento del "alcance revolucionario" que podían lograr los partidos de la II Internacional, llegamos a la conclusión de que el movimiento de radicalización de las Juventudes, si realmente quería servir los intereses del proletariado, no tenía otra salida que romper con el pasado y presente socialdemócrata, extructurar un programa político marxista revolucionario, basado en la lucha de clases, en la toma del poder y en la dictadura del proletariado, pasando a crear el Partido revolucionario, instrumento sin el cual no pueden de ningún modo los trabajadores vencer a sus enemigos de clase. Se producía ésto, o de lo contrario todo terminaría mal. O actitud revolucionaria consecuente, que garantizase las condiciones subjetivas del éxito, o actitud reformista o neoreformista con seguridad de derrota.

¿Qué sucedió?

La falta de un convencimiento revolucionario y por lo tanto de una firmeza ideológica que permitiese responderse, adónde se iba y por qué camino, dió como resultado, que a la par que se pregonaba la revolución no se hiciera nada por prepararla. Los procedimientos de la escuela reformista siguieron siendo los preferidos por la dirección de las Juventudes.

No existía el Partido de la revolución y menos aún el interés de crearlo. Las dudas teóricas provocaban una indecisión práctica, cuyo resultado era la incapacidad para dirigir la clase trabajadora en la doble tarea que tenía planteada: la derrota de la amenaza reaccionaria y el asalto al poder. En su indecisión, los dirigentes no podían por menos que inclinarse, cuando la presión de la base los obligaba a la sinceridad, a reconocer que la única salida era la de adoptar la plataforma revolucionaria leninista, que teóricamente defendía la Izquierda Comunista. Por aquél entonces, los jóvenes de la dirección juvenil, al estimar su falta de capacidad o su indecisión, abundaban desde el semanario "renovación" en solicitar de los militantes trotskistas su ingreso en las Juventudes para ayudar en la tarea de organizar la radicalización. Hay que reconocer, que estos llamamientos fueron estériles por culpa de la Izquierda Comunista, que estimando erroneamente el lugar y las posibilidades de su trabajo, siguió en principio manteniéndose aislada y acabo finalmente por fusionarse con el B.O.y C. (Bloque Obrero y Campesino), Partido centrista cuya política estuvo siempre inspirada en originales concepciones de nuestras "peculiaridades nacionales".

Los conflictos que se produjeron en Madrid durante el transcurso del año 1934, permitían sospechar los resultados fundamentales de un movimiento mas amplio. Vanas fueron las advertencias. Los gestos y los verbalismos revolucionarios que no son apoyados por una organización consciente del trabajo insurreccional, no pueden conducir más que a la derrota y, la organización insurreccional, no es obra de quienes no creen en el posible triunfo de la revolución proletaria.

En estas condiciones, las Juventudes Socialistas desembocaron en la revolución de Octubre. Sin organización y sin objetivos; a más de sorprendidas y forzadas. Ni ellas ni el ala izquierda del Partido Socialista sabían porque había que luchar y qué era lo que había que conseguir. La provocación reaccionaria y el impulso revolucionario de las masas los habían colocado en el dilema desencadenar el movimiento. Toda idea de método, coordinación y finalidad, estaba ausente. En Asturias, no por la influencia del ala izquierda del Partido y de las Juventudes Socialistas, sino en virtud de que con anterioridad el proletariado asturiano había suplido la falta del instrumento de lucha revolucionaria, por medio de la Alianza Obrera -organismo de lucha y de poder de la clase trabajadora-, el movimiento fué francamente insurreccional y la victoria completa, entrañando no sólo la derrota del enemigo de clase, sino a la vez, la transformación social con la instauración del socialismo en las zonas conquistadas. En Cataluña, por el contrario, se dejó la dirección del movimiento en manos de la pequeña burguesía catalana, so pretexto de que sus contradicciones con la burguesía centralista del resto de la península, haría de ella un factor revolucionario capaz de dirigir y llevar la lucha a feliz término. El resultado no se hizo esperar mas de 48 horas. Los hombres de la Generalitat, cuando tuvieron consciencia de que la continuación del movimiento determinaría la hegemonía y el triunfo de la clase obrera, de la revolución socialista, no dudaron en dendirse -pese que tenían diez mil hombres armados-, a quinientos soldados que les enfrentaba su "enemiga", la burguesía centralista sojuzgadora.

Madrid, cuyo espíritu de lucha se había manifestado ampliamente en jornadas anteriores, desarrolló su movimiento bajo la consigna estupidamente cobfusa y contrarrevolucionaria de "huelga general pacífica", que dado el Partido Socialista y que mantenía las Juventudes, con el propósito de obligar al Presidente de la República a retirar su confianza al gobierno Lerroux-Gil Robles. Y, pese el heroico sacrificio de militantes socialistas y de otras organizaciones, la huelga fué languideciendo durante siete días, sin conseguir ninguna conquista sobre el Estado burgués y, sin que como al menos debía de haber sucodido por solidaridad con los trabajadores asturianos, restase fuerzas represivas al gobierno, para permitir así apuntalar sus conquistas al norte minero.

Este primer fracaso práctico, al que se llegó por la inconsistencia política y la falta de organización insurreccional del ala izquierda del Partido y de las Juventudes Socialistas, determinó el posterior desarrollo de la política de radicalización. Sin romper decididamente y con todas sus consecuencias con el colaboracionismo reformista, se había jugado -sin organizarla y sin tener confianza en su éxito-, a la insurrección, perdiendo. El ciclo se cerraba sobre si mismo.

En el transcurso de Octubre de 1934 a Julio de 1936, se fué abandonando todo deseeo de lucha revolucionaria y volvió a intervenir en los cálculos la nefasta estrategia de la colaboración de clases. El Frente popular, modalidad stalinista del más podrido reformismo, fué tomado como la panacea salvadora. De nuevo, la clase trabajadora era obligada a reducir o deponer sus aspiraciones, en interés del pariente burgués de la coalición. ¡Prohibido asustar a la burguesía!, a esa buena burguesía que integraba el Frente popular, no en beneficio de una política democrática auténtica, sino en interés propio, para mejor desarmar a la clase trabajadora. Moscú y sus satélites, desalojaban de sus puestos a los "socialfascistas"... para ocuparlos ellos.

La dirección juvenil vió el cielo abierto. Bajo la etiqueta stalinista se les ofrecía el manjar reformista del que su paladar jamás se desacostumbró. No hubo dudas: mordieron. Carrillo y Melchor, los dos pretendidos marxistas revolucionarios, que en su tiempo hablaron de la necesidad de un nuevo Partido y de una nueva Internacional inspirados en los principios del marxismo-leninismo, fueron a hacer la digestión del primer bocado a Moscú. Su regreso, en plena asimilación de nuevos manjares reformistas, servidos por los cocineros del Kremlin, marca la liquidación definitiva de toda veleidad revolucionaria. El papel jugado durante la guerra por las Juventudes Socialistas Unificadas, uno de los secretos del viaje de los señores antes citados, es el mejor comentario.

Octubre, 1943.-

¡POR UN NUEVO OCTUBRE ROJO!

¡POR UN 19 DE JULIO QUE DE EL PODER AL PROLETARIADO!

¡VIVA LA IV INTERNACIONAL, PARTIDO MUNDIAL DE LA REVOLUCION SOCIALISTA!