Contra la Corriente, n.º 8, octubre de 1943, número especial dedicado a Octubre de 1934 (págs. 5-13). PDF del número completo
En la frondosa selva de experiencias políticas que constituye la revolución española, la insurrección y huelga general de Octubre de 1934, cuyo aniversario conmemoramos en este número de "Contra la Corriente", tiene una importancia primerísima, despues de la guerra civil. Es materialmente imposible dar en un artículo un análisis compbleto de la experiencia de Octubre. A intentarlo se aplica un largo capítulo de un libro del mismo autor de estas lineas, dedicado a la revolución española y que aparecerá en los próximos meses... si los editores no lo impiden. Aquí sólo intentaré presentar un aspecto, el mas importante sin duda, de aquellas jornadas. Me refiero a sus posibilidades de triunfo y a las consecuencias de su fracaso.
En el transcurso de la década anterior, el proletariado y los campesinos españoles ofrecieron numerosas oportunidades de llevar a término la revolución. Una de las principales, el año 193[ilegible]. Su fracaso, bien que no decisivo, gravó a las masas con sacrificios inmensos; sus enseñanzas, incomprendidas, permitieron a los dirigentes infligir a la revolución la gravísima y cruel derrota de la guerra civil.
El advenimiento de la República produjo una poderosa floración de prejuicios democráticos, poderosamente auxiliados por el pensamiento y la conducta pequeño-burgueses del Partido socialista. Pero bien pronto, las masas identificaron el carácter de clase de la República. Desencadeno sobre ellas una represión de violencia sin precedente en los tiempos del reyezuelo, protegió a los latifundistas, monárquicos y reaccionarios en general; surpimió o limitó cuanto pudo las libertades democráticas, persiguió a los revolucionarios, aumentó desorbitadamente el número de guardias civiles, y creó con la Guardia de Asalto, una nueva institución represiva; lanzó a ambas contra obreros y campesinos y dedicó lo mas pérfido de la legislación de las Cortes constituyentes a sabotear y desarticular el movimiento obrero. Todo ello con la anuencia y la colaboración directa del Partido socialista, tanto en el Gobierno como en el Parlamento constituyente. Y, a veces, la iniciativa de las leyes represivas, cual la de asociaciones, procedía del seno mismo del Partido socialista.
La República misma se encargó de hacer comprender a las masas ilusionadas que no era, en esencia, un régimen diferente de la monarquía. Aprendizaje de gran valor positivo si las masas hubiesen encontrado un conducto orgánico por el que verterlo en acción revolucionaria para sus propios fines. Faltó esa condición. El anarquismo, en pleno paroxismo apolítico, rechazaba toda acción que no le perteneciera exclusivamente, renunciando a ganar a las masas atadas al reformismo. De tiempo en tiempo, se dedicaba a preparar insurrecciones suyas también, es decir, "putschs", desconectados de las masas y de la correlación general de fuerzas existente en el país. El resultado práctico de la acción anarquista desmoralizaba y debilitaba al movimiento obrero y campesino. Por su parte, el Partido comunista, ya totalmente infeudado a la burocracia stalinista, aportaba un grano mas a la laxitud de las masas con sus particulares menjurges políticos. Teóricamente había roto con el principal ovjetivo político del marxismo: la toma del poder por el proletariado. Patrocinaba en su lugar una "Dictadura democrática del proletariado y los campesinos" --distorsión esterilizada de la consigna abandonada por Lenin mismo en 1917--, que negaba hipócritamente el carácter socialista de la revolución. Prácticamente, el partido stalinista se cortaba toda posibilidad de aproximación a las masas por un sectarismo exacerbado obediente a la "línea" de Moscú. Cuantos han vivido aquellos dias recuerdan el trato ultimatista que daba a las masas agrupadas en las organizaciones socialistas y anarquistas. "Social-fascistas", "anarcofascistas", con quienes era imposible establecer un frente único de lucha de organización a organización. Tanto los dirigentes reformistas como los anarquistas pudieron escapar así a la prueba de fuego que significa el frente único de lucha contra la reacción. Y las masas, en lugar de evolucionar hacia la izquierda, como lo permitía su decepción de la república burguesa, quedaron estancadas y a merced de los mismos líderes socialistas que propiciaron su decepción. La radicalización que no pudo producirse por la acción de comunistas y anarquistas, demasiado sectarios, hubo de encontrar una válvula de escape en la social-democracia misma. La situación internacional ayudaba a ello. Hitler acababa de subir al poder. En Austria se precipitaba una rápida evolución hacia el fascismo. En Francia y Esapaña surgían aspirantes a "Führer". En la Europa central y balcánica, la reacción filofascista cundía. La social-democracia, que veía escapársele los puestos y canongías de que disfrutaba por su tradicional sumisión al capitalismo, sintió necesidad de defenderlos. Necesitó recurrir a las masas con un lenguaje radicalizante, aunque en el fondo totalmente exento de propósitos revolucionarios. Trataba solamente de impedir la desaparición de la democracia capitalista de la cual los dirigentes reformistas eran colaboradores y funcionarios cómodamente retribuidos. En toda Europa, la II Internacional fué sacudida por esta necesidad de defenderse. A la situación internacional se añadía la particular de España, donde la reacción filofascista ganaba terreno y los socialistas estaban en peligro de ser definitivamente despedidos. Miel sobre hojuelas. El esfuerzo de lucha de la social-democracia tenía que ser mayor en España por ser mas directo el peligro. Así sucedió, en efecto.
Convirtiéndose en exponente de la defensa, Largo Caballero llegó a hablar de la superación de la democracia burguesa y de la necesidad de instaurar la dictadura del proletariado. El eco formidable que suscitaron las palabras de Caballero, prueba hasta que punto el proletariado y los campesinos, sufrida la experiencia de la república, estaban maduros para llevar adelante su ofensiva por la revolución socialista. La necesidad histórica existía; incapaces de aprovecharla comunistas y anarquistas, irrumpió, como una catarata contenida, por la brecha de la relumbrona radicalización socialista. Cierto que para ésta no se trataba de un movimiento real por la revolución proletaria; su máximo alcance era obligar nuevamente a la burguesía a admitir la colaboración socialista. Para las masas, sin embargo, lo que contaba era la promesa de revolución social. Apenas vieron ante sí una perspectiva de lucha por algo mejor que la democracia burguesa, su laxitud desapareció casi de la noche a la mañana. No se debía, en realidad, sino a la incapacidad de todas las direcciones obreras para orientarlas a la lucha.
El bloque electoral de la derecha filofascista, ayuntada a los republicanos "históricos" de Lerroux-Martínez Barrio, logró, gracias a la Ley electoral votada por los socialistas, la mayoría de la nueva cámara en noviembre de 1933. Pero el movimiento de masas creció vertiginosamente, auxiliado por un cúmulo de declaraciones radicalizantes del Partido socialista y de su juventud. En el Parlamento, la minoría socialista, por boca de Indalecio Prieto, se comprometía "a desencadenar la revolución".
Algunos alijos de armas descubiertos por la policía aumentaron los temores de la burguesía, asustada por el grandioso resurgir revolucionario, pero confiante en que el miedo del propio Partido socialista a la revolución resolvería todo en humo de paja.
La reacción acertaba. Las masas eran un peligro, pero no había mucho que tener del reformismo. Apenas reavivada la clase obrera y los campesinos, el Partido socialista comenzó a poner frenos a sus movimientos, tratárase de reivindicaciones puramente económicas o políticas. Forzado a dar ciertas apariencias a su marcha revolucionaria, el Partido socialista aceptó contactos con otras organizaciones obreras, a lo que se había negado sistemáticamente antes. Pero estos contactos estuvieron muy lejos de representar un frente único de lucha. Las Alianzas obreras, organismos resultantes de ellos, redujéronse a pequeños comités de enlace con una mayoría socialista inalterable, dada su composición burcrática, y por lo mismo separados totalmente de las masas. En una declaración publica, Largo Caballero hizo referencia a las Alianzas diciendo que su misión histórica "puede ser tan importante, cunado menos, como la de otros organismos en otro país". En la práctica cotidiana, los representantes socialistas en las Alianzas dedicaban todo su empeño burocrático a impedir que se convirtiesen en soviets u órganos de poder obrero, a los que tan esotéricamente aludió Caballero.
Se recordará que a las Alianzas se había negado a pertencer el stalinismo y el anarquismo. Este último llegó a formar parte de ellas únicamente en Asturias. La Alianza de Madrid estaba constituida por representantes socialistas (partido, juventud y U.G.T.), un representante de la Izquierda comunista y otro del Partido sindicalista. Mas tarde, la Federación Tabaquera (autónoma), envió su representante. Debido a la desproporción numérica entre las organizaciones socialistas y las otras, la U.G.T. y el Partido disponían de dos representantes cada una, y uno solamente las organizaciones no socialistas. Contando el representante de la Juventud, el máximo de variación que la votación sobre cualquier problema podía dar, era cinco votos socialistas contra dos, o tres al adherir el sindicato tabaquero. De hecho, los delegados de la Izquierda comunista y del Partido sindicalista eran prisioneros de los socialistas. Representados éstos por burócratas reformistas perfectamente petrificados, de la categaría de Manuel Albar y Henche, todos los razonamientos sobre conveniencias revolucionarias se estrellaban contra su estrechez peculiar. Por medio de su representante madrileño, la Izquierda comunista se esforzó en sacar las Alianzas del estado comatoso a que deliberadamente las reducían los socialistas. Quiso convertirlas en organismos que tomasen la dirección de las luchas de masas contra la reacción y darles una estructura democrática susceptible de llevar a ellas representantes directamente elegidos por obreros y campesinos. No existía otra manera posible de transformarlas en órganos de poder, ni tampoco de desarrollar la ofensiva de masas, cual requería indispensablemente el éxito de la futura insurrección. Era, por otra parte, indispensable poner entre la espada y la pared a stalinistas y anarquistas, obstinados en rechazar el frente único. Movilizando a las Alianzas, se hubiesen visto obligados a darle adhesión o desprestigiarse. La mayoría de la base anarcosindicalista estaba por el frente único. Pero el muro burocrático socialista rechazaba invariablemente todas las iniciativas en ese sentido, provenientes la mayoría de ellas de la Izquierda comunista.
En realidad los socialistas no querían ni órganos de poder obrero ni movimiento ofensivo de masas. Sus deseos parecían perfectamente satisfechos con la tensión polótica existente. Ponían a contribución toda su fuerza orgánica y su capacidad de argumentación para trabar las luchas obreras y campesinas. A tal efecto inventaron una teoría de la insurrección digna del premio Nobel de la estupidez. "Nada de movimientos parciales", nada de "gasto de energía"; las huelgas, las demostraciones, son inútiles, perjudiciales. Todo el mundo a callar, obedecer y aguardar a que los novísimos estrategas socialistas den la orden de insurrección. El conspiracionismo utópico y romántico del siglo XIX encontraba en los recién radicalizados dirigentes una grotesca caricatura. Armados de este argumento, con sus aires de conspiradores de calavera y puñal, los socialistas impidieron crecer al movimiento de masas, sabotearon y llevaron a la pérdida huelgas de triunfo fácil e importante para el porvenir del movimiento, produciendo en las masas desconfianza e incluso desaliento y rompiendo el equilibrio revolucionario entre el campo y la ciudad. Para ilutsrar lo funesto de la táctica socialista --en realidad cálculo político perfectamente medido--, me referiré rápidamente a la principal de las huelgas saboteadas y perdidas: la huelga campesina de Julio (1934).
Consciente o inconscientemente, la Federación de Trabajadores de la Tierra había elegido para declararla el mejor momento, tanto considerado desde el punto de vista económico como político. Los apremios de la siega permitía escasa resistencia a los patronos; la tensión y capacidad de lucha entre los jornaleros había llegado a su punto álgido; el campo no podía esperar sin batirse en retirada ante los patronos y sufrir la desorganización consecuente. Políticamente la ocasión era también la mas propicia. La reacción gilroblista habíase visto obligada a dar un paso atrás, a resultas de la huelga política contra la manifestación fascista de El Escorial (abril). El propio Gabinete Lerroux fué dimitido y substituido por el de Samper, prototipo de gobierno débil, destinado a desaparecer rápidamente por la izquierda o por la derecha, según el movimiento obrero se mostrase mas fuerte o mas débil. Tras el gobierno Samper solo cabía el paso a otro gobierno fuerte con representantes directos de la mayoría reaccionaria de la Cámara, o la disolución de ésta y convocatoria a nuevas elecciones, lo que hubiese supuesto una derrota formidable para la reacción, dejando el camino libre de obstáculos para desenvolver el movimiento revolucionario hasta la dualidad de poderes.
Al rededor de cienmil trabajadores de la tierra holgaron, desde el primer día de la declaración del movimiento. El Gobierno mandó a combatirlos millares de guardias previamente concentrados en las zonas agrícolas. La huelga iba a ser un fracaso cierto sin la solidaridad del proletariado urbano. Dejando derrotar a los campesinos, las ciudades quedarían aisladas, privadas de su poderoso apoyo para los movimientos revolucionarios posteriores. Aunque la huelga campesina hubiese sido realmente inoportuna, lo que estaba muy lejos de ser, el proletariado tenía que apoyarla con huelgas de solidaridad para reducir las proporciones de la derrota y que los campesinos no se sintieran abandonados y traicionados. Era el A B C de la estrategia revolucionaria en aquel momento. Argumentando así, el delegado de la Izquierda comunista en la Alianza obrera madrileña presentó un plan de huelgas de solidaridad escalonadas en las principales ciudades del país y limitadas a un plazo de 48 horas, lo que aseguraba de antemano el éxito. La huelga campesina se hubiese extendido de las regiones mas avanzadas a las mas retrasadas, abarcando 300, 400, 500 mil hombres. El Gobierno habría sido forzado a dispersar sus fuerzas represivas en el campo y a concentrar una parte muy importante en las ciudades. Su capacidad de contención hubiese sufrido una importante disminución. Y los trabajadores de la tierra, respaldados por las ciudades, habrían elevado hasta el máximo la intensidad de su ofensiva. En las excelentes condiciones políticas de las masas, la solidaridad de la ciudad con el campo habría impedido, en el peor de los casos, que los huelguistas sufriesen una derrota grave. El agro debía sentirse acompañado por la fábrica. Pero los burócratas socialistas, aterrorizados por la importancia y el carácter ofensivo del movimiento, se negaron rotundamente a hacer el menor gesto en apoyo de los huelguistas. Todos los razonamientos, todas las representaciones del peligro de aislamiento del proletariado y de reforzamiento de la reacción, encontraron oidos sordos en los representantes socialistas. Y en contra de ellos era difícil declarar la huelga. Se corría el riesgo de un fracaso también las ciudades, lo que hubiese aumentado las proporciones de la derrota. Como de costumbre, al voto del delegado de la Izquierda comunista se sumó únicamente el voto sindicalista. Los trabajadores de la tierra sufrieron una derrota terrible; decenas de ellos cayeron muertos y millares dieron con sus huesos en la cárcel. El campo en su totalidad se desgajó del movimiento revolucionario ascendente. Ninguna ayuda podía esperarse de él en el período inmediato, como se demostró palmariamente durante el movimiento de Octubre. No sólamente se sintieron traicionados los campesinos; los propios obreros de la ciudad vieron como un precedente fatal la forma en que fueron abandonados aquellos.
De manera semejante, los socialistas propiciaron la derrota de otras huelgas obreras, principalmente la de Artes Gráficas de Madrid. Las varias huelgas generales políticas que con éxito completo se declararon en la capital entre los meses de marzo y octubre, lo fueron casi a despecho de los socialistas, que resistieron hasta el último momento las proposiciones de la Izquierda comunista. Cuando, finalmente, se veían obligados a aceptar la declaración de huelga, lo hacían en su nombre, robando la iniciativa a la Alianza obrera, con el objeto de impedir que se convirtiese realmente en organismo dirigente y que las masas le consideraran como tal. Un robo semejante cometió la Comisión Administrativa de la U.G.T. con ocasión del magnífico movimiento de solidaridad con los huelguistas de Zaragoza, que les dió rápidamente el triunfo. También esa iniciativa fué presentada a la Alianza por el delegado de la Izquierda comunista. Tras regateos por parte de los socialistas, fué aceptada. Pero al día siguiente apareció en "El Socialista" como propuesta privativa de la U.G.T. En toda esta miserable y desleal actitud, se veía la intención deliberada de reducir a ficción burocrática el frente único, cortar el desarrollo a los organismos de poder del proletariado y limitar el movimiento de masas a las conveniencias de los socialistas; es decir, a su vuelta a la colaboración gubernamental.
Octubre lo puso bién de manifiesto. El Partido socialista, y Largo Caballero personalmente, habían anunciado la insurrección si el presidente de la República daba acceso al gobierno a los representantes de Gil Robles. Esta condicionalidad prueba cuan lejos estaban sus patrocinadores de un verdadero criterio revolucionario y de pensar firmemente en la insurrección. Como lo había anunciado en la Alianza el representante de la Izquierda comunista, la derrota de los campesinos envalentonó a la reacción, la convenció aun mas de la impotencia revolucionaria de los socialistas y marcó una evolución del poder a la derecha. Retirada la marioneta Samper, Alcalá Zamora llamó nuevamente a Lerroux, introduciendo en su gobierno al propio Gil Robles y otros cedistas. La noticia se conoció en la tarde del dia 4 de Octubre. Según la solemne promesa socialista, la entrada de los reaccionarios en el gobierno significaba, automáticamente, la insurrección. Tanto la masa proletaria de Madrid como de todas las ciudades importantes del país, creyó firmemente que se trataba de lucha armada. Las huelgas políticas anteriores habían mantenido un gran espíritu de lucha y confianza en la victoria. Al conocerse la composición del nuevo gobierno, la huelga general se produjo espontaneamente. Cayendo el día, varias decenas de millares de trabajadores invadían las calles de Madrid esperando la señal del combate, decididos a batirse y morir, confiando en que se les distribuiría un mínimo de armas indispensables para lanzarse al ataque de los cuarteles, de correos, telegrafos, ministerios y demás centros vitales. El gobierno mismo se sintió aterrorizado y paralizado por la inmensa masa que invadía las calles. Los guardias de asalto y civiles, armados incluso de ametralladoras, pasaban junto a los grupos obreros sin atreverse a disolverlos ni a registarlos siquiera. Los suponían armados y no osaban hostilizarlos. En réalidad los obreros no disponían sino de escasas pistolas viejas, punto menos que insevibles. El Partido socialista, que meses antes había alborotado mas y mejor en torno a las armas, no distribuyó sino muy contadas pistolas y fusiles a pequeños grupos que nada serio podían intentar con ellas. Los grupos, o mejor dicho, los individuos así armados, se limitaron a hostilizar a la fuerza publica, a "paquear" diseminados por los tejados, lejos de toda intención ofensiva o insurreccional. Ya estaba bastante avanzada la noche cuando se conoció la decisión del Partido socialista. Sus olimpicas balandronadas y promesas conspirativas se redujeron a esta orden: Huelga general pacífica... hasta que el presidente de la República rectifique y haga dimitir al gobierno. Pero esta vez el Partidos socialista daba la orden en nombre de la Alianza obrera. Al fin se descubría lo que los socialistas entendían por Alianza obrera: un parapeto sobre el que descargar responsabilidades jurídicas si acaso se hiba mas allá de la oposición política permitida por las leyes burguesas. Pero la Alinaza de Madrid no se reunió ni una sola vez durante las nueve jornadas de Octubre. A las reuniones convocadas acudió, solo, el representante de la Izquierda comunista (trotskista).
Lanzadas a la calle en espera de acciones decisivas, las masas obreras no daban crédito a lo que veían y oían. Nada ocurrió, salvo tiroteos sin importancia, durante la noche. Grupos de varios miles de obreros, totalmente desarmados, habían intentado asaltar algunos cuarteles. Las ametralladoras les dispersaron rápidamente. Al día siguiente las masas volvieron a inundar las calles, buscando noticias, esperando aun armas y órdenes de lucha, pensando, para no considerarse todavía traicionadas, que la orden del dia anterior y la falta de acción eran un ardid de guerra de los que tanto se vanagloriaban los socialistas. La actitud de la fuerza pública les hizo caer pronto de su error. Debilidades y temores de la víspera habían desaparecido. Las fuerzas gubernamentales se mostraban insolentes, brutales, agresivas. El gobierno se sentía mas firme, estaba ya seguro de dominar la situación en Madrid. Las amenazas y conspiraciones socialistas se terminaban, en fin de cuentas, con una deserción vergonzosa, en medio de condiciones excelentes para presentar al Gobierno batalla en toda regla. No le faltaban al Partido socialista las armas mínimas indispensables; sobraba asistencia de masas. Con todo ello no supo ni quiso hacer mas que una prolongada huelga de nueve días, alborotada con un paqueo estéril que recomenzaba todas las tardes. El misterioso plan conspirativo que debía dar el triunfo, el que tanto utilizaron para contener el movimiento revolucionario en los meses anteriores e impedir su desarrollo dialéctico, no apareció por ninguna parte.
Ni podía aparecer, porque no existía. Lo único conspirativo en toda la tramoya de la radicalización socialista era su pánico ante la eventualidad de tener que poner por obra las palabras. Esta conspiración si que apareció en Octubre claramente y por todas partes.
En Cataluña, el Gobierno de la Generalidad, que se había aventurado a declarar la soñada República catalana, capitulaba rápidamente ante las tropas gubernamentales, sin tratar de movilizar sus importantes recursos. La "resistencia simbólica" se satisfizo con cuatro cañonazos y bandera blanca. Ni siquiera se dió a los soldados, una vez fuera de los cuarteles, la oportunidad de volver sus armas contra el Gobierno, en lo que había muchas posibilidades de éxito. La Alianza obrera local, fundamentalmente dirigida por un antepasado del P.O.U.M., el Bloque Obero y Campesino, había sido incapaz de practicar una política que obligara a los anarquistas a aceptar el frente único. Utilizó la Alinaza como como instrumento contra la C.N.T., en lugar de emplearla para atraérsela y vencer su apoliticismo. El resultado fué la desorganización y división del proletariado catalán. Imitando desde otro plano a la Generalidad, la Alianza catalana se limitó a organizar una manifestación de petición simbólica de armas a la Generalidad, y viendo que no se las daban, se disolvió y dió por terminada su acción. Era criterio de los dirigentes de la Alianza que nada podía intentarse sin la Generalidad, es decir, sin la burguesía catalana. En esta idea estaba, de antemano, contenida la derrota.
Sólo en Asturias tomó el movimiento de Octubre un verdadero carácter insurreccional. ¿Por iniciativa del Partido socialista, o porque las condiciones particulares de la región permitieron a los mineros pasar a la acción antes de que los altos dirigentes pudieran contrarrestarla? Estoy firmemente convencido de lo segundo. En el libro a que me he referido creo demostrarlo detalladamente. En los límites de este artículo puedo únicamente citar los hechos mas salientes que me persuaden en tal sentido:
1 - Los mineros disponían de algunas armas y de abundante dinamita tomada en las propias minas. Sabían manejarla perfectamente como arma de guerra.
2 - Los dirigentes bajos y medios del socialismo asturiano, directamente en contacto con los mineros y mineros ellos mismos las mas de las veces, eran de los mas revolucionarios en todo el Partido socialista español. Estos hombres tomaban la radicalización y la marcha a la dictadura del proletariado, en serio y no como maniobra política.
3 - El movimiento insurreccional comenzó en Asturias precisamente en la periferia, donde la decisión pertenecía a los dirigentes bajos y medios. Mientras que en la capital de la provincia, en Oviedo, sede del Comité Regional, se produjo, como en Madrid, sólo una huelga general. Fueron los mineros quienes, concentrándose en torno a Oviedo, la tomaron por asalto.
4 - Finalmente, el carácter no insurreccional del movimiento en Madrid y el resto de España, obliga a creer que lo de Asturias se produjo contra la voluntad de la alta dirección socialista, tanto nacional como regional. No es concebible que se diera una orden de insurrección para Asturias y otra de huelga pacífica para el resto del país. Y, repitámoslo, quienes hayan vivido las jornadas de Octubre en Madrid no pueden negar de buena fé que no existieran posibilidades de insurrección y de triunfo de la misma.
No hubo insurrección porque la dirección del movimiento no lo quiso, porque desertó de las masas en el momento requerido. La insurrección de Asturias fué, con toda seguridad, una sorpresa para los propios dirigentes socialistas. Los mineros se les desmandaron. Bien provistos de dinamita, al conocer la orden de huelga genral se lanzaron sobre los cuarteles de la guardia civil y los tomaron casi todos. Los burócratas socialistas asturianos, los Belarmino Tomás, etc., tenían que aceptar el hecho consumado. ¿No estaban los mineros allí, frente a ellos, cercando Oviedo?
La Alianza obrera asturiana, a pesar de ser la mejor constituida, por la participación de los anarquistas, mostró también su inadaptación como organismo de poder obrero e incluso como centro director insurreccional. En el transcurso de la lucha, la primitiva Alianza, que junto con otros muchos comités se dió a la fuga, tuvo que ser substituida por otra. El modo de representación era mas democrático y los representantes mucho mas cerca de la masa que los bonzos socialistas que constituían la anterior. Las necesidades de la lucha indicaban el sentido en que tenían que ser reformadas las Alianzas. Tal cual los socialistas se esforzaban en conservarlas eran horribles nudos burocráticos que paralizaban la iniciativa de las masas, en lugar de darle curso organizado. Pero todo esto es materia que no puedo tratar aquí con la extensión debida.
Sólo a título de homenaje es necesario recordar la tenaz y heróica resistencia que ofreció el proletariado astur a los hordas gubernamentales, las bárbaras torturas y los asesinatos a que fué sometido por Lerroux-Gil Robles. Su gesta insuperable, aunque aislada y traicionada por los altos dirigentes socialistas, no fué inútil. Todas las masas oprimidas de España se sintieron dignamente representadas por el proletariado asturiano. En su lucha vieron lo que a ellas se les impidió hacer. La reacción triunfó, pero nó gratuitamente y su triunfo fué incompleto, incierto. El ejemplo y el recuerdo de la insurrección asturiana propició una pronta recuperación de las masas, que condujo, en 1936, al triunfo electoral de febrero y a la derrota de los militares en Julio. En 1934 sólo Asturias se les desmandó a los dirigentes pequeño-burgueses; en 1936 se les desmandaba toda España. Los hombres de Asturias abrieron el camino al formidable alzamiento proletario que produjo la guerra civil. Y la guerra civil, a pesar de la hez burguesa del Frente popular y sus secuaces, es una de las mayores glorias del proletariado mundial.
Lo mas característico del proceso de la revolución española, es la rapidez con que el proletariado y los campesinos se recuperaban de una derrota para lanzarse a otra ofensiva revolucionaria aun mas vasta y profunda que la anterior. Con una tenacidad solo igual a la tenadidad revolucionaria de las masas, las direcciones obreras han llevado inevitablemente a la derrota, una tras otra, las ofensivas revolucionarias. La propulsada por la radicalización socialista pudo cubrir el objetivo de rechazar a la reacción, disolver su parlamento y dar acceso a una situación de dualidad de poderes, en dos ocasiones: durante la huelga campesina y en Octubre mismo. De haberse propuesto los socialistas hacer la revolución de hecho y no en palabras, tampoco hubiese sido imposible. Su intención era muy diferente: se limitaba a obligar al presidente de la República a convocar elecciones para que la coalición republicano-socialista recogiera nuevamente el poder. Pero tampoco por esto supieron luchar con decisión. Creyeron que las amenazas bastarían. Unicamente ellos, en última instancia, resultaron asustados de sus propias amenazas.
Dados los objetivos colaboracionistas del socialismo, que controlaba aun a la mayoría del movimiento obrero, y dada la falta de órganos de poder en los que sustentar la revolución, el triunfo de esta era imposible en Octubre. Pero si los socialistas se hubiesen decidido a dar la batalla a la reacción, con toda probabilidad el Gobierno habría sido derrocado. Aunque los campesinos, traicionados desde julio, estaban imposibilitados de dar al movimiento ningún apoyo, en las ciudades era lo suficientemente fuerte para lograr el objetivo mínimo de rechazar a la reacción. Y alcanzado este, todo permite creer que el movimiento revolucionaria habría encontrado un curso rápido y relativamente fácil, hasta su triunfo. Rechazada la reacción, la situación hubiese sido extraordinariamente revolucionaria. Aproximadamente la de Julio de 1936, pero sin la dominación militar en una parte del territotio. Probablemente se hubiese constituido un gabinete presidido por un socialista. La nueva cámara habría arrojado infaliblemente una abrumadora mayoría obrera. El movimiento revolucionario en su conjunto hubiese sido poderosamente lanzado hacia adelante. Anarquistas y stalinistas habrían sido obligados a salir de su aislamiento e incorporarse al frente único. Las Alinazas obreras hubiesen podido evolucionar, democratizándose y adquiriendo las características de auténticos organismos de poder revolucionario. Del propio Partido socialista, cuya base, principalmente la joven, había tomado en serio lo de la dictadura del proletariado, se habría separado, con toda seguridad, una recia minaría hacia las posiciones bolcheviques de la Izquierda comunista, con la que simpatizaba pública y explicitamente. La dualidad de poderes habría hecho acto de presencia inmediatamente y con ella la posibilidad, para las minorias revolucionarias, de conquistar a la mayoría del proletariado. Los jefes socialistas se hubiesen encontrado inmediatamente en la extrema derecha del movimiento obrero. Es imposible asegurar que de esta manera el triunfo de la revolución se hubiese producido invariablemente. En materia de revolución nunca hay nada seguro ni garantías absolutas contra nada. La experiéncia demuestra que todas las revoluciones dependen en general de la existencia o inexistencia de un partido revolucionario. Por aquel entonces existían en España sólidos núcleos a los que circustancias favorables habrían permitido afianzar su ideología revolucionaria y consolidar su influencia. La derrota de Octubre contribuyó poderosamente a desorientarlos (me refiero a la Izquierda comunista) y hacerles caer en errores que les perdieron como factor revolucionario de importancia para el período siguiente.
En toda caso, la mejor garantía de triunfo que una revolución puede tener, es la lucha, bien preparada, conscientemente calculada, pero la lucha sin reservas y hasta sus últimas consecuencias. Precísamente lo que mas ausente estuvo de la dirección socialista. Tomió las consecuencias revolucionarias de una derrota de la reacción directamente provocada por las masas. Y sin las masas no se podía derrotar a la reacción. Desertando en el momento culminante, la dirección socialista impuso al proletariado y los campesinos españoles sacrificios enormes (la represión de 1934 a 1936, la sublevación de los generales), y sacrificios (la guerra civil) que manejados por la misma gente, ya engrosada con el stalinismo, resultaron finalmente en el triunfo de Franco. La definición mas sucinta, verídica y lapidaria que pueda hacerse de la revolución española considerada globalmente, es la siguiente: mientras las masas, en las ofensivas sucesivas de 1931 a mayo de 1937, se muestran cada vez mas radicales, cada vez mas cerca de instaurar la dictadura del proletariado, los dirigentes se muestran mas burgueses, mas derechistas, mas servilmente sometidos al capitalismo como sistema. Esa oposicón creciente entre las masas y los dirigentes, sin exclusión de ninguna de las organizaciones importantes, da por cociente la contrarrevolución franquista.
Octubre de 1943.