Contra la Corriente, n.º 9, noviembre de 1943 (págs. 19-23). PDF del número completo
En tiempo de guerra, entre las palabras de mas uso está la de "enemigo. En la radio, en la prensa, en los discursos, en las declaraciones a los periodistas, en las órdenes y arengas militares, puede leerse miles y miles de veces. Su repetición es abrumadora, llegando a crear entre los habitantes de países en guerra, una verdadera psicosis obsesiva durante los primeros tiempos, que los lleva al empleo abusivo del termino, sin para mientes si su aplicación es justa o no, si entraña una exacta definición o si es un clavo ardiendo al que agarrarse para seguir resbalando por la inercia de un engaño.
Afortunadamente, el ritmo histórico tiene acostumbrado a los hombres a constatar con frecuencia, si hay identidad u oposición entre los propósitos expresados y la realidad de los hechos. Una de estas comprobaciones há llevado --no a nosotros, a los demás--, al amargo convencimiento, de que en esta guerra, la palabra "enemigo" fué, con un optimismo injusto, muy mal aplicada.
¿Quién, cuando se trata de Italia y de los directores morales y materiales anglosajones de la guerra, no reconoce ya el verdadero enemigo de estos últimos, al que efectivamente se dirigía el epiteto de "enemigo", millones y millones de veces? No cabe duda, el enemigo de estos señores, contra quién se ha movilizado toda clase de atuendos, es el pueblo italiano, los trabajadores, los explotados. Un Victor Manuel, un Badoglio, colaboradores intimos del Duce, y artífices con él del régimen fascista en Italia, conductores animadores de la guerra, hasta que la vieron perdida del todo, no so los enemigos, No, no lo son, y la prueba está en que colaboran con los aliados y son mantenidos en sus puestos, con la exclusiva misión de salvaguardar los intereses de los privilegiados frente a los déseos populares. Por el contrario, el enemigo es el pueblo italiano. Su delito lo conocemos todos : padeció hambre, torturas y cárcel, por rebelarse violenta o sordamente contra el fascismo, forzado a la guerra por el Duce, el rey y los mariscales, no combatió contra sus hermanos de clase uniformados de otros países, fué cobarde porque no se excedió en asesinar ingleses y norteamericanos, y finalmente, en el límite de su exasperación, se lanzó a la calle y acabó con el Duce, ese Duce en su tiempo tan admirado por los aristócratas ingleses y los capitanes de industria yankis. Partida hoy Italia en dos, de un lado los alemanes y Mussolini, del otro Badoglio, el rey y los aliados, el pueblo conoce por igual en ambas zonas el trato de rigor y la represión. El totalitarismo y la democracia burguesa, defensores de un mismo interés de clase pese sus rivalidades, no se diferencian mas que por la demagógia oral. En el terreno de los hechos y, éste es el de la defensa del grupo capitalista, coinciden.
Para los ingenuos, para quienes por deseo propio o de mala gana se han dejado engañar por las "buenas", "liberales" y "democráticas" intenciones de cualquiera de los imperialismos enfrentados en el conflicto actual, Italia es la primera y gran advertencia.
Raro sería, que al dejar el impreciso terreno de las divagaciones diplomáticas y pasar al de las realidades políticas, económicas y sociales, el imperialismo no mostrase sus torvas intenciones, tal cual son, desnudas de toda veleidad que atente sus "sagrados intereses".
W. Churchill advierte por segunda vez que, "el no preside el Gobierno para contemplar como se desmorona el imperio británico". Willkie y los senadores yankis de regreso de un viaje al mesoriente, claman por el mantenimiento en aquellas regiones, "in secula saeculorum", de las zonas de fuerza que preservan los intereses norteamericanos. Anglosajones del nuevo y viejo Continente, hacen saber, con lenguaje claro y preciso, que el mundo seguirá chirriando sobre sus goznes capitalistas. Lo que quiere decir que la explotación, la miseria, el desorden, los privilegios, las rivalidades en la hegemonía de los mercados y fuentes de materias primas, en fin, la lucha entre las clases y el abono de factores que generen una nueva guerra, seguirán produciendose y campando a sus anchas. Sus palabras y sus actos, quedan ya orientados de pleno hacía el fin que provocó esta guerra, la anterior y cuantas puedan provocarse dentro del sistema actual : hacia la conquista imperialista. La "Carta del Atlántico", taparrabos transparente de sus intenciones en la época de la victoria dudosa, ha sido ya olvidada.
En el terreno de los hechos no cabe objetar dudas o alegar ignorancia. Si lo sucedido en torno al problema francés, hubiese sido considerado por algunos como prematuro para discernir un juicio, lo que ocurre con Italia es tan diáfono, que hasta los "hombres de buena voluntad", que no han entregado la independencia de su criterio a cambio de los treinta dineras de una oficina de propaganda, se han hecho ya su composición de lugar.
Desde el principio de la campaña de Italia hemos podido apreciar la norma basica que guía toda acción de los aliados : preservar de la destrucción el sistema capitalista. La invasión del territorio peninsular no se ha hecho de acuerdo con las fuerzas populares, trabajadores, campesinos y pequeña-burguesía, víctimas idiscutibles del fascismo, y por lo tanto únicas interesadas en una lucha decidida contra él, sino en inteligencia con los representantes del capitalismo y de la aristocracia, colaboradores y mantenedores del régimen y de la guerra.
En la lógica aconsejable a sus intereses, lo sucedido es norma. Una acción militar apoyada en las capas bajas de la población, hubiera significado el permitir, ya que no el apoyar, que las masas populares empleasen sus métodos clásicos de lucha contra sus enemigos tradicionales, la burguesía italiana beneficiaria del régimen fascista. Esto, hubiese determinado su desaparición como fuerza gobernante, la pérdida de su poder económico con la consecuente transformación de la propiedad privada, y la creación de los órganos del pueblo. Por el contrario, la alianza con la burguesía italiana, en la medida que esta burguesía puede dominar los problemas que plantea la lucha popular, permite la conservación del sistema de propiedad privada y de los métodos jurídicos, policíacos y morales en que se basa su existencia, sin obligarlos al empleo de métodos propios que les evidenciarían ante el mundo entero y su país, como los gendarmes de la injusticia, como los nuevos dominadores de Europa.
Alianza con Badoglio, Victor Manuel y la burguesía italiana, fascista o no, o alianza con el pueblo. El dilema excluía la opción, y la excluirá, a menos que la relación social de fuerzas no se incline de manera aplastante del lado del sector proletario mas conscientemente revolucionario. En tal caso y como medios a poner en juego a fuer y medida que avance el proceso de radicalización, con intenciones de frenarlo o desvirtuarlo, el imperialismo anglosajón cuenta con equipos gobernantes de reserva. Sforza puede ser el puente entre Badoglio y Nenni o Ercoli. Su aparición en el escenario político la retrasarán cuanto puedan los aliados. Tan sólo, cuando Badoglio y los suyos, teniendo concitados contra sí toda la opinión popular, hayan propiciado la agresividad de las masas, poniendo en peligro a la burguesía italiana en pleno, los anglosajones, si no están decididos a emplear directamente sus bayonetas, impondrán a Sforza.
Sforza, puede significar para el pueblo italiano, un punto de partida o el límite de sus conquista en el dinámico proceso social actual. Que sea lo uno o lo otro, depende de la política de clase que desarrolle el proletariado. Si éste, abierto otra vez a la influencia de las cantinelas liberales-democráticas, permite que sean sus mentores los socialistas o los stalinistas, repetirá uno de tantos procesos de derrota que se vieron en Europa entre esta guerra y la anterior. Si por el contrario, los trabajadores barren, con la rapidez debida que aconsejan todas la últimas experiencias, las ilusiones democráticas y, orientados y conducidos por un partido revolucionario, que lógicamente tiene que desarrollarse en una tal situación, plantean batallas formales de clase, se desentienden de todos los compromisos de claudicación y colaboración con el enemigo, a que obliga la política de "unidad"... con la burguesía, que preconizan los reformistas socialistas y stalinianos, entonces, veremos como pese los propósitos de Washinton y Londres, se quemarán las etapas y, si una fuerza represiva imperialista no lo impide, Nenni o cualquier otro socialista o stalinista, desfilarán por el capitolio, no sin cierta precipitación, para dar paso en su caída, junto con la del Estado burgués, a los auténticos representantes del poder obrero.
Cuanto sucede en Italia, nos lleva a la doble conclusión, de que si por un lado el imperialismo anglosajón y su aliada la burguesía italiana hacen cuanto pueden para impedir el triunfo de la verdadera expresión popular, inclusivo no llevar a cabo la guerra con la rapidez permisible, para permitir a los alemanes la colaboración en las tareas represivas, de otro, la clase trabajadora italiana, en vanguardia del pueblo en general, bien aprendida la lección de los últimos veinte años, orienta su acción hacia una lucha decidida y total. Los hechos que se han producido, lo mismo en el norte que en el sur, las condiciones en que se produjo antes de la invasión la caída de Mussolini, las medidas que se han visto obligados a tomar no sólo los alemanes sino también los aliados, el ruego del Papa a los nazis al objeto de que incrementen las fuerzas represivas que se hallan en Roma, para impedir "desmanes populares", son la mejor confirmación de que en su espíritu de lucha, el pueblo no pretende conformarse con una sustitución del gobierno fascista anterior por otro, que integrado por antiguos servidores del antiguo régimen o por benévolos opositores, se siga desenvolviendo en el mismo marco político-económico. Nápoles, como Milán y otras ciudades del norte, llevan a cabo una lucha titánica, no en beneficio de éste u otro grupo imperialista. Tampoco luchan en provecho de un sector de su burguesía nacional. Combaten desesperadamente, por desligarse de manera definitiva de la tutela explotadora capitalista, en quien reconocen la causa única de todos sus males y miserias.
Tal actitud del pueblo italo, pone de manifiesto la mendaz traición de quienes aun se atreven a blasonar de partidos obreros, como los socialistas y stalinistas. La colaboración de estos señores con las fuerzas represivas es manifiesta. En Nápoles, al constituirse la Junta de gobierno provisional de la ciudad, elegida por la gracia de Su Majestad "antifascista" Victor Manuel, un miembro del Partido socialista italiano y otro del "comunista", comparten la responsabilidad de imponer a sus conciudadanos, el orden y la administración que mejor sirva los intereses de la burguesía nacional y de los aliados. Entregados a la mas estrecha política de "unidad nacional", no sólo abandonan la defensa de los intereses de la clase obrera, sino que sancionan favorablemente y cooperan en la tarea de represión contra los trabajadores. De acuerdo con la tradición reformista, no solamente no creen y no quieren la revolución, también la combaten. En la labor, el stalinismo pone un verdadero fervor "monolítico". Si el reformismo de la Segunda Internacional, ha cubierto las apariencias la mayor parte de las veces, tratando de disimular con un verbalismo confusionista los grandes servicios que prestaba a la burguesía suscribiendo programas de colaboración de clases, el neoreformismo stalinista, ni siquiera eso. En su actual posición, extrema su celo, al punto de gritar a los cuatro vientos y demostrar por la acción diaría, que en la lucha por la "sagrada unión", por los "intereses patrios y por la democracia" capitalista, es el campeón indiscutible.
Moscú, hace veinte años epicentro de toda acción revolucionaria, médula consciente del movimiento de emancipación de los trabajadores del mundo, es hoy el orientador de todos los desafueros contrarrevolucionarios, al que le cabe la paternidad de las "novísimas teorías" de traición, que redescubiertas a los cincuenta años de su existencia por el "genial mariscal" Stalin, juegan el mismo papel que en la anterior guerra mundial cuando fueron usadas por los mencheviques y social-patriótas.
Aleccionados y cuidadosamente inspirados por la burocracia liquidadora de la III Internacional, los burócratas del partido stalinista italiano, como todos los de no importa que país, se han transformado en los propagadores del peor de los reformismos. Explotando las victorias militares del Ejército Soviético, el que mundialmente despierta grandes simpatías entre los trabajadores --no por lo que tiene de ejercito similar al de cualquier país capitalista, sino por lo que aun ingénuamente se cree que tiene de rojo-- alimenta la ilusión de que al final de la guerra jugará un papel revolucionario. El propósito no puede ser de peor especie y, si su criminal eficacia quedara reducida, en el transcurso de los últimos meses de la guerra a la "paz", hemos de esperar que se deba a que los señores stalinistas, con sus hechos, nos demuestren lo contrario, tal como acostumbran. El Ejército Soviético no será un factor revolucionario, o sea Rojo, en tanto pese sobre él el control de la burocracia. El proletariado europeo pierde su tiempo, haciéndose ilusiones de que este ejército, sirviéndo la política o la diplomacia del stalinismo, puede permitirle el lujo de abandonar sus tareas fundamentales de clase en la actual época revolucionaria. La realidad de lo que de Moscú se puede esperar, lo da de manera incontestable entre miles de hechos, la disolución de la III Internacional y la conferencia de Moscú.
Con la disolución de la Internacional comunista, queda aclarado de manera rotunda, sin lugar a dudas o a tortuosas interpretaciones, que el stalinismo, la burocracia soviética y la de los partidos llamados "comunistas", no cree de ningún modo en el triunfo de la revolución socialista. La confianza que el marxismo revolucionario tiene, en que la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos, ha dejado de ser su confianza, sencillamente, por haberse apartado desde hace muchos años del marxismo revolucionario.
El proceso en la degeneración no ha podido ser mas normal. Lo hemos repetido varias veces y habrá que seguirlo repitiendo: quien no cree en la revolución, la obstaculiza y la teme; quien no lucha por ella, la combate. El stalinismo, dejó de creer en la revolución desde el principio mismo de su existencia "teórica". La obstaculizo, desde el periodo que va de la creación del Comité anglo-ruso (alianza con Purcell e Hicks en Inglaterra), apoyo al Kuo-Min-Tang (alianza con Chan-Kai-Chek en China), al fracaso de la revolución alemana. La temió y empezó a luchar contra ella, cuando en los "procesos" de Moscú masacró a la vieja guardia bolchevique, garantía - que le aterraba- de un posible resurgimiento revolucionario que pusiese fin al dominio de la reaccionaria burocracia y diese de nuevo el poder a la democracia obrera revolucionaria, los soviets. La siguió combatiendo durante la revolución española y, hoy la combate, por medio de su política particular con respecto a Italia y Alemania y con su política diplomática en general.
La Conferencia de Moscú, paso obligado después de iniciado el camino de colaboración con la burguesía, un eslabón más de la cadena que empezando con la intervención de la URSS en la Sociedad de las Naciones y continuando con los tratados franco-soviético de 1935 y germano-soviético de 1939, supedita los intereses de la revolución socialista mundial, a los particulares y reaccionarios de la casta burocrática soviética, es la prueba mas evidente, de la decisión formal del stalinismo, de colaborar con el imperialismo vencedor, en la lucha contra la revolución proletaria que amenaza.
En el caso de Italia, la citada conferencia ha tomado decisiones, que de ningún modo permiten a los obreros italianos, esperar de las tres potencias "campeones de la democracia", ni siquiera una política benévola de libertad, que reconoviendoles los mas elementales derechos democráticos, les facilite la lucha por una transformación social. En la "solución" oficial al problema italo no se ha tenido en cuenta para nada a los trabajadores. Se ha contado con castas y personalidades, que aparte de no representar al pueblo, son la garantía de la persistencia de cuantos valores políticos-económicos sumieron a Italia en el fascismo y la guerra. Y, aun así, la instauración de un régimen "democrático burgués", se deja a la opción del ejército aliado, lo que quiere decir, que tal cosa no sucederá en tanto no se hayan solucionado todos los problemas de "orden público".
El stalinismo, suscribe esta política a través de los burócratas soviéticos que representaron a la URSS en la Conferencia y, por medio de los líderes del partido "comunista" italiano, que silenciosamente otorgan su aprobación a la acordado, mientras distraen los auténticos deseos de lucha del proletariado, con una bulliciosa campaña contra Victor Manuel, dejando aparentar, que su derrocamiento pondría punto final a las desgracias populares.
La confabulación contra los verdaderos intereses proletarios, es monstruosa. De un lado, la brutal política imperialista de la burguesía aliada y de otro, la traición de los partidos de origen obrero que se encuentran en el campo de la clase enemiga. En el camino recorrido desde el principio de la guerra hasta hoy, las advertencias ilustran de manera clara la dirección que han de seguir los explotados en la lucha por su liberación: política de clase, rechace de toda colaboración con la burguesía y solidaridad de los trabajadores de todo el mundo, en los combates por el triunfo de la revolución socialista.
Noviembre, 1943.