Contra la Corriente, n.º 11, enero de 1944 (págs. 3-5). PDF del número completo
Al finalizar el verano próximo, se cumplirá el quinto año de guerra imperialista. Cinco años que el mundo trabaja para la guerra; cinco años de miseria acentuada para las masas pobres de todos los países y de acumulación astronómica de riquezas para las clases propietarias; cinco años de opresión y terror en los países dominados por Hitler; cinco años de opresión y terror multiplicados en las colonias angloamericanas; cinco años durante los cuales Inglaterra y Estados Unidos se han aproximado al totalitarismo fascista persiguiendo a los revolucionarios y restringiendo mas y mas las libertades democráticas; cinco años durante los cuales millones de hombres han sido enviados al matadero por sus respectivas burguesías, con el único objeto de decidir que pandilla imperialista ha de saquear el mundo y esclavizarlo bajo su "orden" contrarrevolucionario; cinco años --completemos el cuadro-- empleados por la banda bonapartista del Kremlin, auxiliada por los explotadores financieros occidentales, en complots destinados a transformar la victoria militar del pueblo soviético sobre el imperialismo germano en liquidación definitiva de la gran revolución bolchevique. Pero si esta horrible matanza, necesaria sólo a unos cuantos millares de potentados concentrados en torno a Berlin y a Washington-Londres, se hizo posible por la corrupción burguesa de las internacionales Segunda y Tercera, ella engendrará necesariamente gigantescas sacudidas sociales en medio de las cuales surgirá potente una nueva organización revolucionaria decidida a aniquilar el mundo capitalista por la consumación de la revolución proletaria.
Abatidas, desmoralizadas, desorganizadas por la traición del reformismo y el stalinismo, previamente derrotadas en sus respectivos países por la misma causa, las masas pobres no pudieron impedir la guerra imperialista mediante la revolución. Pero ahora, al cabo de cinco años, empiezan a tener la oportunidad de descargar las consecuencias funestas de la guerra sobre el sistema social y la clase que la engendraron: capitalismo y burguesía. Las condiciones objetivas de la revolución socialista existen desde hace decenios. Si su derrota dejó el camino libre a la guerra imperialista, ésta, extremando los problemas del mundo que sólo pueden encontrar solución satisfactoria mediante la revolución, colocará a la mayoría de los países del mundo a las puertas de la misma. Cuando existe tan imperiosamente como en nuestra época la necesidad de una revolución, las derrotas representan sólo un compás de espera, una tregua en espera de que, recuperado el aliento, se pueda volver a la carga. La guerra imperialista, como contrapartida de la inmensa sangría, los sacrificios, privaciones y represión que arroja sobre las masas, acelera el proceso de disociación entre explotadores y explotados, impele los últimos a la lucha contra los primeros, convenciéndoles de que, para impedir la miseria, la opresión política y la repetición continua de las matanzas imperialistas, precísase destruir de arriba abajo el sistema que engendra esas calamidades. Ni la represión mas implacable y perfectamente organizada, cual la de Hitler, ni el método angloamericano consistente en corromper a su proletariado echándole migajas arrancadas por la explotación financiera a las colonias y semicolonias asiáticas y americanas, lograrán detener el proceso de transformación de la guerra imperialista en guerra civil. Lo producen la mecánica de las condiciones mundiales existentes, lo requieren los intereses de la inmensa mayoría de la humanidad y lo reclama urgente, inmediatamente, la necesidad de dar el alto a la matanza. Siguiendo a sus gobiernos respectivos, los pueblos de uno y otro lado de la linea de fuego, sólo conseguirán aumentar su propia miseria, enriquecer aun mas a los potentados, hundirse mas profundamente en la esclavitud política, acelerar la condensación fascista de la burguesía y dejar el camino expedito a una tercera gran matanza imperialista. Proletariado, campesinado y pequeña-burguesía, adquieren de ello una consciencia mas clara a medida que van recayendo sobre ellos las consecuencias de la guerra. El proceso de transformación de la guerra imperialista en guerra civil adquirirá ritmo diferente, sobre todo en los Estados Unidos e Inglaterra por relación a Europa continental; pero se presentará inevitablemente, con algidez varia también, en todos los países beligerantes. Se trata, para las masas pobres en general y para los revolucionarios en particular, de llevar ese proceso hasta su culminación: la toma del poder político por el proletariado.
Ya durante el año 1943 hizo progresos considerables en toda Europa subyugada por Hitler, la agudización de la lucha de clases, estadio preliminar de la guerra civil. A la lucha contra la ocupación se añadió la lucha contra la propia burguesía. Las masas se desplazaron progresivamente hacia la izquierda; al terrorismo individual, destinado fundamentalmente a servir los intereses del imperialismo yanki-británico, se mezclaron en medida creciente reivindicaciones y movimientos de masas apuntados contra el capitalismo; la lucha de nación contra nación cedió terreno a la lucha de clase contra clase; la guerra imperialista empezó a transformarse en guerra civil. En el quinto año de guerra, el imperialismo germano y las burguesías subsidiarias de los países ocupados, ya debilitados por la larga lucha y por la evidencia de su derrota próxima, habrán perdido gran parte de su capacidad de contención del movimiento revolucionario. Este último, por su parte, ganará en extensión, profundidad, radicalismo y ofensividad. El proceso culminará en gigantescos choques de las masas contra el imperialismo ocupante y contra la propia burguesía; la guerra civil se desarrollará a tambor batiente.
Entonces precisamente, los movimientos revolucionarios europeos tropezarán con nuevos enemigos. En la mayoría de los países, las tropas de ocupación alemanas serán substituidas por tropas de ocupación angloamericanas. Los elementos ayer colaborantes con el fascismo, bajarán el brazo estirado y abrirán los dedos en forma de V. En conjunción o en competencia con ellos, los gobiernos exilados, mas los líderes reformistas y stalinistas, pondránse directa o indirectamente al servicio de los nuevos amos. La tarea de las tropas angloamericanas, cualesquiera que sean los métodos que empleen --y pueden ir desde el soborno y la corrupción por el suministro de víveres hasta el terror tipo nazi-- será esencialmente la misma que la del hitlerismo. En primer término tratarán de derrotar a la revolución proletaria; logrado el propósito, sujetarán Europa a su dictadura económica y política. En cuanto al gobierno del Kremlin, no hay que considerarlo como un auxiliar de la revolución, sino como un enemigo mas. Sus querellas con el imperialismo aliado no tienen por base los problemas sociales de Europa y el mundo; basadas en rivalidades de influencia, no sobrepasarán los límites del regateo diplomático. En todo caso, entre los gobiernos imperialistas victoriosos y el gobierno bonapartista del Kremlin, se hará siempre el acuerdo en contra de la revolución proletaria. Pero puede asegurarse que en algunos países la violencia del movimiento obrero y la inexperiencia de las masas les permitirá una división del trabajo contrarrevolucionario que dejará en segundo plano a los imperialistas y burgueses en general, mientras los "marxistas" manejados desde Moscú se ocupan en asestar los primeros golpes a la revolución mediante las consabidas muletillas democráticas. Por su parte, las organizaciones socialistas, en general, irán a remolque del imperialismo y del stalinismo allí donde éste, por una causa u otra, alcance preponderancia. Las tareas iniciadas por el imperialismo germano --liquidación de la revolución, servidumbre del mundo-- tratarán de ser completadas por el imperialismo yanki-británico, auxiliado por la burocracia bonapartista rusa. Pero tambien el proletariado, triturado y descorazonado un momento, se dispondrá a un nuevo y terrible ataque revolucionario precisamente en el momento en que el A.M.G.O.T. anglosajón tratará de recoger la obra de los comandantes militares y los gauleiters hitleristas. Dicho en otras palabras, el proceso de transformación de la guerra imperialista en guerra civil, llegará al cenit mientras las tropas hitleristas vayan cediendo sus puestos a las angloamericanas. Y puede tenerse por seguro que si los métodos nazis de represión han sido impotentes para cortar el renuevo del movimiento revolucionario, lo serán tambien los métodos yanki-británicos para impedir su eclosión en grandiosos choques. El desarrollo del movimiento revolucionario está asegurado, cualesquiera que sean los ocupantes y los métodos terroristas que empleen. Pero para asegurar su triunfo definitivo, las masas deberán seguir unos métodos y una estrategia totalmente ausentes de los partidos obreros de la preguerra. En primer término, deberán convencerse de la imposiblidad de toda solución radical, dentro del marco de la sociedad capitalista; en segundo término, deberán ligar sus movimientos revolucionarios continentalmente y procurar ganar para la revolución tanto a los soldados alemanes como a los soldados americanos, ingleses y soviéticos. Esta difícil tarea será irrealizable sin una nueva organización obrera totalmente desligada tanto de la burguesía como de la ideología burguesa del reformismo y el stalinismo. La necesidad se hará sentir mas imperiosamente a medida que progrese el curso de los acontecimientos. Los cuadros políticos de la IV Internacional, seleccionados y templados en la mejor de las escuelas --veinte años de derrotas obreras y lucha contra la corriente-- encontrarán en el medio revolucionario europeo ocasión propicia a su entronque con las masas. Y a la inversa, las masas revolucionarias encontrarán en el programa y lo hombres de la IV Internacional la organización decidida a llevar la lucha entre ricos y pobres, entre barbarie capitalista y civilización socialista hasta el triunfo de la última. En el año 1944, comienza una era en que los grandes movimientos revolucionarios y la IV Internacional se completarán mutuamente. En derrotas y en victorias irán inevitablemente ligados. Pero así como las derrotas proletarias ininterrumpidas, desde la revolución china hasta la española, redujeron a la mínima expresión los cuadros políticos de la IV Internacional, la revolución renaciente, desde la caída de Mussolini hasta los futuros y mas importantes triunfos obreros, convertirán a la IV Internacional en una organización de masas.
Que los escépticos, los cansados o los pequeño-burgueses rían si les parece. Lo cierto es que, durante veinte años de decadencia y corrupción del movimiento obrero, la militancia de la IV Internacional ha guardado las tradiciones revolucionarias y las ha enriquecido con las lecciones de las derrotas. En grado mayor o menor, todas las demás organizaciones, incluyendo la anarquista, se han comprometido colaborando gubernamentalmente con la burguesía y con el bonapartismo stalinista. Y la ideología revolucionaria no se improvisa. La IV Internacional podrá recoger los frutos de su trabajo paciente y sufrido. Los nadadores entre dos aguas se verán bruscamente lanzados al cieno reformista u obligados a reconocer que el "sectarismo trotskista" era la forma viable, obligada, de la ideología revolucionaria en la época del dominio de la contrarrevolución, de la corrupción reformista y del bonapartismo stalinista.